Lexikoa

ROMANTICISMO

El concepto de romanticismo. Paul Valéry insinuó que a la hora de definir el término romanticismo había que perder cualquier sentido del rigor. Nunca es fácil, cuando nos aproximamos a cualquiera de las grandes subversiones del pensamiento o de la sensibilidad humana, dar con una definición ideal, pero ésta carece de sentido cuando se trata de una revolución tan universal como el romanticismo, cuya misma esencia no es otra que el rechazo de los límites, el llegar a cada individuo en lo que tiene de más personal: su capacidad de sentir, de recordar, de sufrir, de lanzarse hacia lo divino e infinito, y de forjarse un estilo propio. El romanticismo no puede entenderse sin referencia a la Ilustración y a los excesos de la Revolución Francesa y del Imperio napoleónico. Los franceses hicieron la revolución pero no tuvieron tiempo de pensarla. Quienes realmente la pensaron fueron los alemanes: ese pensar la revolución constituirá otra revolución, la revolución espiritual del romanticismo. No quedará circunscrita a Alemania. Su extensión por Europa definirá distintos tiempos románticos a lo largo del s. XIX, sin que los avances científicos y técnicos, en relación cada vez más estrecha con la industrialización, según nos acercamos a los tramos finales del siglo, consigan disipar del todo una atmósfera romántica que tan fundamental resulta para la comprensión de la cultura occidental y de la misma Europa. Para la comprensión, muy en concreto también, del País Vasco contemporáneo. De ahí que convenga profundizar en el concepto de Romanticismo, un fenómeno que no puede reducirse a lo puramente literario o artístico. Su empresa, como proclamó Novalis, era mucho más vasta: acometer una regeneración interior de toda la existencia. Si cabe hablar de un saber romántico en una atmósfera romántica es porque el Romanticismo es ante todo una cuestión de sensibilidad, que traduce toda una psicología romántica, aunque no exista un solo modo de ser romántico. El Romanticismo es la expresión de una concepción del mundo, de una actitud ante la vida, profundamente enraizada en la Estética. Es la sensibilidad que reacciona contra la frialdad de la razón ilustrada, la sensibilidad que reclama otras fuentes de verdad y redescubre el mito, la leyenda, la tradición, la religión, el sentido común, el color local, el espacio de lo vivido. Al Hombre, arquetipo de la humanidad propuesto e impuesto por los ilustrados, el Romanticismo opone el hombre individual y concreto, la captación plena de la realidad específica y determinada. Aparece entonces la invocación irrenunciable a la libertad. El Romanticismo en cuanto puro hecho de sensibilidad -de sensibilidad contestataria- se distingue tanto del sentimiento irracional (aquél que se alza violentamente sobre la razón) como de lo sentimental (el simple sentimiento melancólico-contemplativo, la nostalgia, la añoranza, el deseo de regreso a una felicidad antes poseída). Lo que subyace en la atmósfera romántica es un estado de ánimo, un ethos. El término alemán Sehnsucht es el que mejor lo expresa. Es aún más que un «deseo ardiente», «anhelo apasionado» o «ansia». Desvela tensión, una ansiedad ligada a una mística del futuro, que hace del s. XIX el siglo del sentido. Un afán de llegar. En el cuadro posrevolucionario europeo, el intelectual romántico se distingue más por su afán de preguntarse que de imponer respuestas: es el reconcomio que produce el raciocinio del sentimiento. El mal del hombre romántico es la enfermedad de la vida. La fiebre que quemaba a los románticos, les empujaba a consumir una vida entera en diez o veinte años de existencia adulta... No faltaron entre los vascos románticos teóricos del Romanticismo. El joven gipuzkoano Eugenio de Ochoa legó en 1835 -en las páginas de El Artista, que él fundara y dirigiera- un claro manifiesto del Romanticismo como actitud, definiéndolo por oposición a los clasiquistas, no a los clásicos. El espíritu de Ochoa se reconcome ante el «intolerante, testarudo y atrabiliario», ante el clasiquista: hombre -y acuñaba el término- «para quien ya está todo dicho y hecho, o por mejor decir, lo estaba ya en tiempos de Aristóteles; hombre que no cree en los adelantos de las artes ni en los progresos de la inteligencia, porque es incapaz de concebirlos; hombre, en fin, tan desgraciado que se considera a sí mismo y a la generación presente y a las pasadas, desde el día de la fecha hasta el reinado de Augusto, como una superfetación inútil sobre la faz de la tierra». Ninguna dicha más apreciable para los románticos que «tener por mortales enemigos a los partidarios de la rutina». El gusto por lo clásico no excluía a los románticos. Volvería sobre ello en 1840, enfocando ahora el Romanticismo literario. Citando a su maestro Alberto Lista, sentaba Ochoa cómo no tenía especial sentido la opinión según la cual el género clásico era aquél en que se observaban las reglas y el romántico el que se entregaba a los desvaríos de la imaginación. La literatura no podía consagrar una oposición entre el «hombre interior» y el «hombre exterior». Era precisamente «el contraste, la lid entre el hombre de la razón y el hombre de los sentidos» algo «característico y exclusivo de la literatura de los pueblos cristianos», y ahí es donde el romanticismo alcanzaba su mayor sentido e inteligencia. Tanto el mayor conocimiento en el día de la literatura inglesa como el «gusto alemán» propagado en Europa «por el conducto poco puro de las traducciones francesas» de Schiller, Goethe y otros, venían a demostrarlo. El origen inglés del término romántico no debía inducir a reduccionismos. Las notas de Ochoa, reconduciendo la oposición de contrarios clásico-romántico y distinguiendo clasicismo de clasiquismo, tienen claro interés en el perfil conceptual del Romanticismo. El Romanticismo, ciertamente, asume el clasicismo desde una perspectiva radicalmente distinta a la de la cultura ilustrada del XVIII. No es el clasicismo de los neoclásicos. No se trata de imitar las formas artísticas clásicas, sino de lograr la disposición anímica y estética de aquellos artistas: hacer de la naturaleza forma y de la vida arte, tal es la misión del genio romántico. Un Genio que, con Schleiermacher en Alemania, con Víctor Cousin y Lamartine en Francia, devuelve a Platón sus honores en detrimento de Aristóteles.