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PROSTITUCIÓN

La prostitución a partir del siglo XVIII. Con la prohibición de los burdeles y hasta la llegada del renovado intento reglamentarista del s. XIX, la prostitución se ejercerá básicamente de forma clandestina. Se recurre a medidas clandestinas coercitivas para su represión. Así en Bayona, en 1723, se recurría a penas como el afeitado de la cabeza o la ya tradicional de la expulsión. Sin embargo, después de la Revolución Francesa, son abolidas las penas infamantes para las prostitutas. Durante el s. XVIII, como resultado de los nuevos aires que recorren Europa, vuelve a resonar con fuerza el viejo argumento de que la prostitución no es sino un mal menor que evita otros mayores, urgiendo, por tanto, a su organización como medio para preservar la salud colectiva. Como consecuencia evidente de la Ilustración y del desarrollo de su disciplina, la ciencia médica viene a ocupar el lugar de los canonistas y entra de lleno en el debate en defensa de la reglamentación. En un Congreso Médico celebrado en París en 1865 se resuelve impulsar la reglamentación de la prostitución en toda Europa. «La prostitución pública bien organizada, en el estado actual de nuestra sociedad, es un desorden que evita mayores males. Dirijamos una mirada a las obras que se han escrito sobre las costumbres, y en todas hallaremos consignada esta opinión. Con la prostitución bien organizada se satisfacen los deseos brutales, se evita el adulterio y que cunda y se extienda la terrible enfermedad venérea», opina el doctor Gil y Fresno en su obra La higiene física y moral del Bilbaíno en 1871 (p. 132). Se abre paso ahora con mayor fuerza la necesidad de la vigilancia médica de las mujeres públicas. El control de la prostitución será reclamado desde todas las instancias como medio de evitar el contagio de las enfermedades venéreas. Se comienzan a elaborar reglamentos en todas las ciudades, entre cuyos rasgos generales se encuentra la obligación de inscribirse en un Registro Oficial y de someterse periódicamente a la visita médica obligatoria. En el año 1873 Bilbao tendrá su propio reglamento, llamado de Higiene Pública, en el que se regula lo concerniente a las casas de prostitución; San Sebastián, en 1874 y también Vitoria y Pamplona. Paralelamente, pensadores liberales y asociaciones feministas se estaban identificando con las teorías que difundía desde Inglaterra Josephine Butler. Dichas teorías, denominadas abolicionistas, mantienen una posición contraria al reglamentarismo, por considerarlo vejatorio para las mujeres. El movimiento, que pretendía ser independiente de cualquier credo religioso, político o filosófico, aspiraba a la supresión de la reglamentación y con ello de las casas de tolerancia. Impulsó también un convenio entre naciones dirigido a la represión del tráfico internacional de mujeres con destino a la prostitución, denominado trata de blancas en alusión a la de esclavos. Como consecuencia de ello, se crea en 1875 la Federación Abolicionista Internacional. A partir de 1899 se sucedieron congresos internacionales como los que tuvieron lugar en París en 1906 y en Madrid cuatro años después y que perseguían el castigo de quienes inducían a la prostitución y se lucraban de ella. Finalmente, por un decreto republicano de 1935 se ordena la abolición de la prostitución, decisión que, según el penalista Jiménez de Asúa, «no lo es en cuanto a la prostitución, sino en lo tocante a los reglamentos que la admiten y vigilan (...), libera a la prostituta de sus explotadores -tratantes de blancas, proxénetas y rufianes- y la deja libre sin más obligación que la de tratarse si está enferma y la de respetar el decoro público» (Lidón, Reglamentación, p. 430). Después de la Guerra Civil española, en 1941, se derogó este decreto abolicionista y se reinstauró una reglamentación, para volver a decretar, nuevamente, en 1956 la abolición definitiva de la reglamentación de la prostitución. En Francia, diez años antes, se había dictado ya una ley inspirada en principios abolicionistas.