Lexikoa

LINGÜISTICA

Las escuelas lingüísticas y el euskara según Tovar. Puede ser útil examinar el eco que las diferentes corrientes han ido teniendo en el estudio de la lengua vasca, y a la vez las posibilidades que esta lengua, como original y aislada, ofrece para una lingüística de veras general, ciencia aún apenas existente. Parece se puede decir que todo descubrimiento científico se logra, a la vez que alcanzando un horizonte nuevo, renunciando a otro y cegándose para un cierto tipo de problemas. El rigor que alcanza la nueva lingüística histórica y comparada hacia 1870, gracias a la escuela de los neogramáticos, se traduce en el descrédito y abandono de problemas importantísimos, que fueron relegados a la categoría de no científicos. La línea de la lingüística general, inaugurada por Guillermo de Humboldt, otro de los grandes estudiosos del vasco, en los primeros decenios del siglo XIX, quedó abandonada. La universalidad de los conocimientos de nuestro Hervás y Panduro, que se atrevió a hacer el Catálogo de las lenguas, y a considerar el mapa universal de las lenguas como un aspecto a su vez de lo que él llamó en su gigantesca obra en italiano Idea dell'Universo (21 volúmenes, 1778-1787), quedó totalmente abandonada. El lingüista, al hacerse riguroso, se hizo especialista, y no se atrevió a hablar sino del campo limitado en que se sentía seguro. Se había de ser romanista, germanista, indólogo, eslavista, etc., pero sólo algunos espíritus formados antes de la nueva lingüística positivista, como H. Steinthal en Berlín, como Ascoli en Italia, o el romanista y vascólogo Schuchardt, podían mantener abierta una curiosidad que no se sentía limitada por las especialidades precisas.

Neogramáticos.
Julio de Urquijo, por razones que podríamos llamar generacionales, fue educado en la severa escuela de los neogramáticos, lo mismo que su coetáneo don Ramón Menéndez Pidal. Urquijo en sus trabajos de lingüista, filólogo y bibliófilo, supo apreciar la ciencia en cuanto ella tenía de sobrio, cauteloso y seguro, y se dedicó por eso a depurar textos, a revisar afirmaciones, a negar fantasías, a poner sobre firmes bases de certeza el conocimiento de la lengua y la literatura antigua vasca. En la especialización que escogieron los dos pilares de la vascología de su tiempo tocóle a don Julio aplicar la lección de los neogramáticos, mientras que por su parte don Resurrección M.ª de Azkue hubo de inventar, un poco a su manera, el estudio de la dialectología y el folklore, que una nueva generación, la de J. Gilliéron por ejemplo, aplicaba con los nuevos métodos de observación y registro en los Atlas lingüísticos. La Revista Internacional de Estudios Vascos que él fundara, fue durante 30 años, salvando incluso el peligroso momento de la primera guerra mundial, órgano central de la investigación. Ella hizo en gran parte posibles con altura científica los Congresos de Estudios Vascos, y en ella escribieron Schuchardt y Gavel, Saroihandy y Meyer-Lübke, C. C. Uhlenbeck y Emst Lewy y Rohlfs: estudiosos todos de una época en que la lingüística floreció con el rótulo de histórica. Podemos con Fausto Arocena recordar los nombres de otros grandes colaboradores: Menéndez Pelayo y Campión, Vinson y Lacombe. García de Diego y el novelista vasco D. de Aguirre, Serapio Múgica y Telesforo de Aranzadi, el prehistoriador Barandiarán y el germano-vasco G. Báhr, P. de Yrizar el dialectólogo y Eleizalde con sus valiosas notas de topónimos, el lexicógrafo Lhande y el fonético Navarro Tomás, además del viejo vascólogo alemán Linschmann. Es la nómina completa de los interesados en la lengua y la cultura vasca y en el pasado del país. Cuando Urquijo comenzó su trabajo, la lengua vasca era campo de estudios a menudo fantásticos. El comenzó a podar las frondosas ramas, rodeó de precauciones la alegre formulación de teorías y desconfió por sistema de las afirmaciones demasiado seguras en cuestiones opinables. La ciencia de su tiempo era histórica, e histórica fue la consideración que se dedicó a la lengua vasca en la Revista. Contrastando con su sobria curiosidad, Schuchardt se reservó con su alta autoridad los arriesgados problemas de orígenes y relaciones del vascuence: conexiones con el ibérico y el caucásico y el camítico, etimologías y parentescos. En dirección algo semejante se orientarían más tarde, en las postrimerías de la Revista, los estudios de Lewy. Por otro lado, las relaciones con el mundo románico, en las que Schuchardt había trabajado también como un genial investigador, fueron continuadas por Saroihandy, por Meyer-Lübke y Rohlfs.

Descriptivos.
Lo que ahora llamamos lingüística descriptiva apenas si fue cultivada por entonces. Cuando un tan buen conocedor de la lengua como Henri Gavel se dedicaba a analizarla, ofrecía, bajo la influencia de lo que en su época se exigía de los lingüistas, ricos cuadros históricos. Así ocurre en el volumen entero de la Revista que cubre los años de interrupción de la primera guerra mundial, en el cual se publicó la preciosa fonética histórica de dicho autor. Cuando los acontecimientos de 1936 trajeron consigo la desaparición de la Revista Internacional de Estudios Vascos, la obra a que Urquijo dedicó su vida, no habían podido reflejarse en ella otras corrientes que la historicista y positivista que hasta entonces dominaban solas. Los entonces recientes descubrimientos de Ttvbetzkoy no podían aún haber marcado huella en sus páginas, y menos las corrientes de la lingüística norteamericana, que había surgido tan lejos de las orientaciones europeas. Representativo de lo que los científicos no pedían al vascuence de la época de la Revista es el trabajo que en sus últimos años Hugo Schuchardt, uno de sus más ilustres colaboradores, publicó en las actas de la Academia de Viena. Es cierto que Schuchardt, por razones de edad y de orientación científica, no puede ser considerado el representante más genuino de la etapa histórico-positivista de la evolución de nuestra ciencia. Era unos años más viejo que los fundadores de la escuela neogramática, y se diferenció de un Brugmann o un Meyer-Lübke -por citar a alguno de los máximos orientadores de la dirección que supo dar nuevo rigor a la lingüística precisamente en su interés por relaciones lingüísticas que estaban fuera de las estrictas correspondencias a que aplicaban sus rigurosos métodos los que se llamaron "jóvenes gramáticos". En una palabra, dedicarse a la lengua vasca era entonces un estudio poco ortodoxo. Compararla con sus vecinas, sin ser una lengua románica, no cabía dentro de las rigurosas correspondencias que las entonces nuevas corrientes lingüísticas fundaban en estrictas "leyes" fonéticas. Sin embargo, las lecciones que Schuchardt supo sacar del vascuence para la lingüística general fueron entonces, aun en un ambiente poco favorable, sumamente incitantes. La tendencia espontánea que tenemos a tomar nuestra lengua nativa como "la lengua" por excelencia, no es siempre corregida por los estudios lingüísticos, y así como los neogramáticos de la era positivista tendían a considerar como lengua tipo el románico común o el indoeuropeo reconstruido, así tienden hoy estructuralistas o transformacionalistas a creer que la lengua tipo es el inglés. Por ejemplo, Schuchardt, que por su enorme curiosidad aprendió él solo a saltar las barreras de la especialización y a ver el románico desde las fronteras célticas o eslavas, descubrió en el vascuence -y a través de él y en sus comparaciones vascas en lenguas caucásicas o africanas- las infinitas e imprevisibles posibilidades de la mente humana ante la necesidad de expresarse. Lingüística general era para él -y ésta era la lección que debió al vascuence, continuando a Humboldt y a la vez adelantándose a su tiempo- la ciencia de esas posibilidades. Y como tal, una ciencia no empírica, ya que ¿quién podrá sin disolverse abarcar las posibilidades innúmeras que se dan en las lenguas del mundo? Frente a la limitada imagen que la ciencia de sus contemporáneos era capaz de trazar sobre el modelo de la lengua que se reconstruía por comparación de un grupo emparentado, presentaba Schuchardt, guiado por el contraste de esa lengua paleoeuropea que es el vasco, el cuadro de la misma lengua humana en general, de las posibilidades infinitas que se insinúan tan pronto como salimos de un grupo determinado y comparamos lo incomparable: dos lenguas que pertenecen a mundos diferentes, cual es el caso del euskera y nuestras lenguas románicas o indoeuropeas en general. La lección de Schuchard se mantiene viva al cabo de nueve lustros, pues su desiderata de una lingüística general que no se base en la imagen de la lengua propia, o del grupo lingüístico con el que nos hemos compenetrado por el estudio, se mantiene todavía como algo no alcanzado. Pero es evidente que la desgraciada interrupción de la Revista en 1936 correspondió a un cambio de época: en 1928 Trubetzkoy y R. lakobson habían presentado en el Primer Congreso de Lingüistas de La Haya (un congreso en el que tomó parte don Julio) los fundamentos de una nueva lingüística, desarrollándola ya en una de sus partes: la fonología. Por aquellos años también en los Estados Unidos, ante los problemas del estudio de las lenguas americanas, se habían desarrollado, con un cierto paralelismo, ideas nuevas, que incluso en ciertos libros de divulgación, como la Language de Sapir (1921) y la estimulante obra de igual título de Bloomfield (1933) iban encontrando afortunadas formulaciones. En vísperas de la segunda guerra mundial aparecían en Praga los Grundzüge der Phonologie del príncipe Trubetzkoy. Al terminar la guerra todos estos fermentos se manifestaron en una lingüística nueva, que arrumbó al desván de las cosas viejas la sólida lingüística que todavía la gente de mi generación habíamos aprendido de nuestros maestros.

Estructuralistas.
La gran corriente ante la que nos encontramos se perfiló en lo que luego se comenzó a llamar estructuralismo. Ya es sabido que el proclamado precursor de las nuevas tendencias, F. de Saussure, fue un indoeuropeista suizo de formación alemana, que contribuyó durante una época en que enseñó en París a la difusión de las doctrinas neogramáticas. Su memoria sobre el vocalismo indoeuropeo (1878) no había sido, sin duda por demasiado original, discutida y menos aún aceptada. Después Saussure había publicado pequeños trabajos sobre cuestiones de gramática comparada, y en los últimos años de su vida, retirado a enseñar en la universidad de su ciudad natal, Ginebra, había dado unos cursos de lingüística general. A la visión atomística y singular de la lingüística histórica venía a sustituir el concepto de sistema y estructura, por el cual las realidades lingüísticas resultaban en sus diferentes planos agrupables de un modo coherente y sistemático. Otra novedad de la lingüística de después de la segunda guerra mundial ha sido la preferencia de las formas modernas de las lenguas frente a las antiguas, que desde siempre eran las más prestigiosas para los gramáticos. Eco de la anterior orientación fue en los estudios vascos, ya lo hemos dicho, la Revista de don Julio. El mismo se ocupó, como era necesario entonces, de depurar textos y editarlos, como los Refranes, Axular, etc. En la Revista se cultivó la lingüística histórica, y fue también en la misma dirección cómo uno de los más grandes vascólogos contemporáneos, René Lafon, escribió su gran tesis sobre la morfología del verbo vasco en los textos del siglo XVI. La Revista descuidó un tanto, dejando este campo a Azkue y a la Academia de la Lengua Vasca, el estudio de la lengua viva y la descripción de lo contemporáneo. Hubo, entre la lingüística histórica positivista y la crisis contemporánea que se hizo evidente al terminar la segunda guerra mundial, una vuelta hacia las lenguas vivas (románicas, germánicas, etc.), que se manifestó en la atención a los dialectos, a la correspondencia cultural de palabras y cosas, a la confección de atlas lingüísticos. Los estudios vascos se beneficiaron relativamente poco de esas corrientes, que eran muy nuevas cuando don Julio fundó la Revista, y que no encontraron muchos cultivadores, si exceptuamos al gran Azkue. Mientras los neologistas preferían inventar palabras a estudiarlas en boca del pueblo, y la Revista cultivaba el historicismo que representaba las corrientes dominantes en las universidades, sólo Azkue captaba a su manera la lengua hablada, y en sus grandes obras, su Diccionario, su Morfología, daba sin cansarse indicaciones geográficas y dialectológicas, sustituyendo, lo mejor que podía, ese atlas lingüístico vasco que todavía no existe. Continuando esta ojeada a la historia de los estudios vascos, nos encontramos con que por fin las corrientes estructurales tuvieron eco entre nosotros. Ya desde el origen los estructuralistas se dieron cuenta de que el método era aplicable no sólo a la lingüística descriptiva, sino para la explicación de los cambios diacrónicos o históricos. En la aplicación de los nuevos métodos a la lingüística histórica se distinguió un maestro francés que ha tenido gran influencia en España, me refiero a André Martinet. Podríamos decir que la relación de Martinet con los estudios vascos, personificada en el mejor de nuestros lingüistas vascólogos, Michelena, le fue a él mismo muy útil, y fruto de esa relación son algunos artículos muy importantes de Martinet sobre la fonética histórica del vasco. En esta corriente estructuralista hay que colocar buena parte de la obra de Michelena. Con la ayuda de las nuevas ideas, que permite sistematizar y no perderse en la confusión de los detalles, pudo rehacer los trabajos de sus predecesores Uhlenbeck y Gavel y darnos en su Fonética histórica una obra fundamental que resuelve de modo nuevo muchos problemas antes oscuros. Sin duda que la aplicación del estructuralismo a los estudios vascos no está agotada, y la morfología de la lengua está esperando que el método se aplique más. Un maestro que ya hemos citado como de gran labor historicista, René Lafon, aplicó a la noción de tiempo y aspecto en el verbo vasco de ciertos dialectos métodos que atienden a la estructura, y con ello ha conseguido una ordenación muy clara. Pero del estudio de la estructura pueden sacarse más ventajas para el conocimiento de la lengua viva, y en la tarea urgente de hacer posible la enseñanza escolar y de tener en cuenta en ella de un modo conveniente la dialectología, son métodos estructurales los que hay que aplicar. Ref. Tovar, Antonio: El vascuence y la lingüística, "Anuario del Seminario de Filología Vasca Julio Urquijo", 1971, San Sebastián, 14-20.