Léxico

TUMBA

La tumba, término proveniente del griego "tymbos", túmulo, es la obra levantada en piedra donde se da sepultura a los cadáveres. Mucho antes de que el imperativo bíblico instara a los hombres a enterrar a sus muertos, ello venía ya haciéndose con mayor o menor espíritu ritual. Durante el Paleolítico se inhumaban los cuerpos en cuevas y se erigían megalitos, monumentos funerarios en piedra que señalaban el espacio donde, en el Neolítico, hallaban los difuntos, incorporando objetos --armas y alimentos-- además de adornos y vestidos al sepulcro en una suerte de conjuración protectora que aspiraba a arraigar al espíritu errante con los elementos terrestres. Como dice Camón Aznar, "estas prácticas funerarias tenían por objeto ahuyentar toda intromisión de la vida del más allá, sumergida en la destrucción y en la nada". El megalitismo aparece como fenómeno peculiar en Europa Occidental hacia el 4.000 a.C., consecuencia de una cultura técnica superior basada más en el pastoreo que en la agricultura y con la incorporación de los metales. A este período corresponde el dolmen (al parecer del bretón "dol" = mesa, y "men" = piedra), monumento funerario compuesto de grandes losas plantadas verticalmente, que delimitan un espacio funerario más o menos rectangular. En la parte meridional del País Vasco (llanura y Rioja alavesa, Navarra central), de prematura economía mixta agrícola y pastoral, el dolmen es el cementerio de un grupo social amplio y organizado (véase el de Eguilaz, Alava), mientras que en las zonas montañosas las tumbas son reducidas y cumplen una misión circunstancial, jalonando las vías de trashumancia; corresponden estos monumentos a los predominantes cultos naturales (sol, luna...). Hacia el final del Bronce en Europa se localizan prácticas de incineración --tal vez originarias del Oriente Próximo--, que en el País Vasco entrañaron una importante transformación de los ritos funerarios. El sentido de la incineración durante la Edad del Hierro, convertida ya en regla, parece motivado por el temor: mediante la destrucción se aspiraría a evitar toda intromisión de los espíritus en la vida material. De esta época datan los "cromlechs" pirenaicos. En la Ley de las Doce Tablas (siglo V a.C.) se ordenaba que los difuntos recibieran sepultura fuera de las ciudades, excepción hecha de los emperadores, las vestales y personas de virtud esclarecida; se instaura así una diferenciación entre tumbas públicas y privadas. Por esto, a partir de la cultura romana las piedras en las cabeceras cumplen una función de singular importancia: surgen así las estelas tabulares o discoidales, monumentos funerarios de gran tradición, que traducen una suerte de sincretismo de las tradiciones paganas y las creencias astrales con el ritual cristiano. Cuando se empiezan a erigir iglesias y ermitas, todos los fieles exigen ser acogidos tras la muerte al calor del hogar espiritual. En el exterior de cada templo se asienta un camposanto, al que por sentencia del Papa Inocencio III se negaba el acceso a los fallecidos sin bautizar, excomulgados, suicidas, usureros y caídos en torneos o desafíos. Si de túmulos medievales hablamos, no puede dejar de mencionarse los sepulcros conservados en San Adrián de Argiñeta, en Elorrio (Bizkaia), datados de finales del siglo IX, cada uno de los cuales está constituido por dos bloques de piedra superpuestos con un espacio en medio, y cuyas inscripciones figuran en latín. Los lugares de enterramiento han sido variados, y siempre provistos de un fuerte sentido simbólico. hasta el papado de Gregorio IX (1227-1241), en los carneros de los templos sólo se inhumaba a las divinidades civiles o religiosas. A principios del XIV en Guipúzcoa se había extendido al estamento llano, pero no así en otras zonas, como Soria o Navarra por ejemplo, donde tardaría todavía uno o dos siglos en introducirse. Esto explica por qué las estelas en funciones de cenotafios (es decir, sin resto alguno debajo) de caminos y cañadas fueron los únicos monumentos que subsistieron una vez que la costumbre de enterrar en el exterior de las iglesias se había extinguido --por abrirse sus puertas a los fieles en general-- y, por tanto, también la erección de cabeceras de sepulturas. Por otra parte, la tradicional "argizaiola" ("argizai" = cera, "ola" = tabla), elemento contemporáneo al sepelio de los fieles civiles en los templos, puede interpretarse como una versión "interiorista" de las estelas discoidales. En el siglo XVIII, Carlos III prohíbe las sepulturas dentro de las iglesias por razones profilácticas. Esto tardaría en cuajar en la mentalidad popular, para la que el "yarleku" es una prolongación del hogar familiar (por lo que toda venta o alquiler incluía a ambos: la casa y su tumba correspondiente). La creación de nuevos cementerios vino a suplir en parte la misión que tuvieron los carneros, y mucho antes aún la propia casa, pues en efecto hay vestigios que indican que fue el hogar acaso el primer cementerio de los humanos (como el que hasta fecha no muy lejana se enterrara a los niños muertos sin bautismo junto al caserío, o el nexo entre las ofrendas de alimentos y luces con las sepulturas). Dos aspectos son, sin embargo, constantes en todas las épocas: la orientación de las tumbas y el material que sirve de sustento. En efecto, no hace tanto desde que desapareció la costumbre de que los fallecidos hubieran de yacer con la cabeza mirando hacia el este, al nacimiento del sol, posición similar a la de los túmulos prehistóricos. Esto parece testimoniar la supervivencia de un culto solar incluso en época cristiana. La piedra, por su parte, ha sido elemento protector por antonomasia, y por añadidura símbolo terrestre de lo incorruptible. Según Mircea Eliade, la piedra funeraria protege a los vivos de los muertos, pues "la muerte representa un estado de disponibilidad que permite ejercer influencias buenas o malas. Fijada en una piedra, el alma se ve obligada a actuar únicamente en sentido positivo: fertilizando". Así se explicaría por qué todavía hoy se plantan piedras (en forma de estelas, losas o placas) en lugares donde se produce una muerte violenta, toda vez que ésta "deja el alma agitada y hostil, llena de resentimientos" y con una inevitable "tendencia a continuar junto a la comunidad de la que le han separado, tanto tiempo como hubiera durado su vida". Respecto a las modernas tendencias, hay que destacar el desarrollo de un auténtico mercantilismo alrededor del hecho luctuoso, favorecido por las ciudades-cementerio donde, también hoy, desde los osarios colectivos hasta las fosas privadas de la minoría, se ponen de manifiesto las posibilidades económicas de unos y de otros. Quizás por ello, cada día más los crematorios cumplen una doble función: simbólica (la reducción a polvo) y de rechazo al ritual masificado. En cualquier caso, como señala acertadamente J. Blot, "es sorprendente constatar la fidelidad de los vascos a sus tradiciones, ya se trate del rito protohistórico de la incineración, que podría haber perdurado hasta la Alta Edad Media, o se trate de los grandes temas --neolíticos--, esos grandes símbolos venerados en la época dolménica, y que reencontramos en las estelas discoidales del XVI y del XVII".

Antxon AGUIRRE SORONDO

Ver ESTELA, FUNERAL, MUERTE.