Arquitectura

Torre de Saint-Michel

Formaba parte del castillo de Marrac en Baiona. Se encontraba después de la esplanada en la que Napoleón pasaba revista a la guardia y a las tropas que iban a España. Estaba en el parque y era una torrecilla o palomar situado en el borde de la muralla que cae a plomo en el valle del Nive, y su venta fue autorizada por el gobierno a principios de siglo. Cuando la reina viuda de España María Ana de Neubourg adquirió el dominio de Marrac, hizo construir en él el castillo de este nombre, se trazó un parterre y un jardín, se prepararon las largas avenidas de un parque bajo los árboles y se añadieron una capilla y diversas construcciones del estilo de las de Aranjuez que la buena reina tenía siempre en su espíritu.

Seducido sin duda por el magnífico panorama que se descubría de la extremidad de la meseta sobre el valle del Nive y los Pirineos, el arquitecto coronó su obra construyendo al borde de la muralla y en un punto pintoresco, una torreta bastante alta, especie de pabellón o palomar, desde cuya terraza la mirada podía extenderse sobre un soberbio y variado horizonte. Cuando en 1808, Napoleón se hizo propietario del castillo y de sus dependencias, su primer trabajo fue visitarlo de arriba a abajo, y lógicamente podemos pensar que la torrecilla no fue olvidada y que la posición que ocupaba despertaría su admiración. Sin embargo, la torrecilla, descuidada durante muchos años, estaba agrietada y la escalera exterior que conducía a su cima amenazaba ruina.

El emperador dio órdenes precisas para que se llevasen a cabo inmediatamente reparaciones y algunos días después pudo personalmente, subir hasta el final y comprobar la belleza del panorama que se descubría desde este elevado punto. El 28 de abril, es decir, al día siguiente de la llegada a Baiona de la emperatriz Josefina, después del desayuno, Sus Majestades imperiales salieron juntos y tras haber dado una vuelta al jardín de detrás del castillo, pequeño y bastante mal cuidado, se adentraron en las avenidas del parque, cuyos hermosos árboles gustaron mucho a la emperatriz. Esta pidió al general Duroc que les acompañaba, que se ocupase de hacerlo conservar y de mandar hacer los trabajos necesarios en él. Después se dirigieron hacia la torrecilla que estaba en el borde del parque por el lado del Nive y Napoleón invitó a Josefina a subir con él a la terraza que la dominaba.

Pero la estrecha escalera exterior dio miedo a la Emperatriz que se negó a subirla, y no se decidió más que cuando Napoleón, que ya había subido, le dio la mano, y la ayudó riendo. Como testigos de esta escena había dos guardias de honor de Baiona y un paje. Y estos curiosos detalles se los debemos a la correspondencia de uno de los primeros. Tuvieron al parecer el honor de ver los preciosos pies de la soberana y sus piernas con medias de seda con la corona imperial bordada en oro en los lados. No es ésta, por otra parte, la única vez que los bayoneses recibieron un honor semejante, cuyo recuerdo ha quedado muy preciso.

El emperador y su esposa estuvieron un momento en el tejado de la torrecilla donde pudieron gozar de un panorama maravilloso, que sería más admirado si fuese mejor conocido. Después, bajando la estrecha escalera, continuaron su paseo por el parque y no tardaron en volver al castillo. Sus Majestades imperiales volvieron a menudo al pequeño pabellón de orillas del Nive. Más tarde, una leyenda popular que circulaba por Baiona bastante después de estos acontecimientos decía que el príncipe de Asturias, Fernando VII, había sido encerrado en este lugar durante algunos días. Pero esta versión no reposa sobre ningún fundamento. Poco después, esta torrecilla fue vendida a una dama de la vecindad a principios de siglo. Además estaba en ruinas y se encontraba agrietada en la base y en la parte de arriba.

Ref. Edouard Duceré: Dictionnaire historique de Bayonne, 2 vols, Bayonne, 1911-1915.