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REGIMENT CANTABRES VOLONTAIRES

Trayectoria. Los cazadores participaron en toda la guerra de la Convención (1793-1795), primero defendiendo el territorio y luego, al desbordar la frontera, ocupando, junto con el resto del Ejército de los Pirineos Occidentales, Guipúzcoa, Vizcaya y parte de Navarra. Su papel fue muy importante y puede decirse que constituyeron, en medio de la desconfianza y el clima de deserción que caracterizaron a la Revolución francesa en Iparralde, una excepción, aunque su celo «patriótico» puede haber sido suscitado más por su rivalidad con los del valle altonavarro de Erro que por altas consideraciones de tipo político. Su familiaridad con el medio y el idioma contribuyeron a este éxito. También su humanidad con las poblaciones ocupadas no sólo en Egoalde sino asimismo entre los Grisones, en Austria y en Italia. No debió de ser ajeno a ello el carácter honesto, moral y moderado de Harispe, muy querido por sus subordinados hasta el punto de solicitar, al ser ascendido al grado de ayudante de general en jefe de batallón por el general Mauco, el poder seguir con sus hombres, cosa que finalmente alcanzó y con el nuevo grado. Acabada la guerra con España el Regimiento estuvo a punto de ser englobado en el ejército de Italia, cosa que el general Moncey, que los apreciaba, consiguió evitar mediante un alegato en el que decía entre otras cosas: «El vasco, orgulloso e independiente, tiene unas costumbres, un carácter y una manera de vivir completamente diferente de los de los pueblos que lo rodean. Su idioma, que no tiene ninguna relación con los restantes, parece oponerse a toda comunicación extraña y obligarlo a no vivir más que consigo mismo; sin lujo, sin comercio, trabaja el campo que le ha visto nacer, que le alimenta y que verá acabar su carrera; el amor a su país es entre ellos su fanatismo; desde el momento en que pierde de vista los valles que habita, las montañas que le coronan, languidece, pierde su energía, o la emplea por completo, abandonando todo temor, toda disciplina, en ir volando a sus hogares... en pocas palabras: 1) Es imposible alejar a los vascos de esta frontera donde por otra parte son indispensables. 2) Es necesario enviar a su casa a los que no están movilizados. 3) Hay que acordarles, en función de las necesidades de la agricultura, permisos momentáneos a los que permanecen en sus batallones». Sin embargo, la recluta, las concepciones mismas que presidían la organización del ejército francés y que dejaban de lado las unidades autónomas, habían enfriado el entusiasmo de los vascos; algunos, de permiso, no habían vuelto, otros, habían incluso emigrado. Fue preciso que Moncey, comandante del XI Regimiento, intercediera por ellos en 1796. La respuesta que recibió le permitió hacer un llamamiento «A los vascos del I reclutamiento y a los que han abandonado sus banderas: es con un sentimiento de profunda amargura con el que me veo en la necesidad de recordaros todavía vuestros deberes». Desde hace seis meses algunos no han vuelto a sus cuerpos: «No van a ver en vosotros más que desertores u hombres indignos del nombre de republicanos. ¿Será cierto el rumor de que varios de vosotros han huido a territorio extranjero?... Bravos vascos, pueblo orgulloso, pueblo independiente que habíais fijado la libertad en vuestras montañas mientras era desconocida en el resto de Francia. ¿Es que vais a renunciar a vuestra antigua gloria? Los enemigos de la patria han abusado de vuestra buena fe, de vuestro idioma peculiar... os dicen que sólo se os quiere juntar otra vez para enviaros a la Vendée... se me ha encargado en nombre del gobierno, el dar un desmentido formal. No, no saldréis de vuestro país. El ministro de guerra acaba de darme la seguridad y vuestras guarniciones se hallan invariablemente todavía en vuestra frontera. Jóvenes del I reclutamiento, se os ha dicho que se os iba a encuadrar en batallanos extranjeros, en medio de soldados cuyo idioma no entendíais; se os ha engañado, todos seréis recibidos en los cuatro batallanos vascos, seréis mezclados con vuestros hermanos, parientes, amigos». Moncey anuncia permisos agrícolas para los soldados que hubieran pasado la edad del I reclutamiento. Y añade, esta vez para los administradores: «sólo ejecutando estrictamente las leyes sobre el reclutamiento hallaréis la seguridad pública; estos desertores podrían pasar a ser pronto bandoleros que violan personas y propiedades». La Administración Central del Departamento tomó en serio estas medidas que aseguraban el orden interior como antes habían asegurado la defensa de la frontera; ordenó que el llamamiento de Moncey fuera traducido al euskera y expuesto a la población. La presencia de los Cazadores Vascos iba a ser muy necesaria en la lucha contra las bandas que se habían constituido como consecuencia del Terror y de Thermidor. Acantonados en Bayona, San Juan de Luz, San Juan de Pie de Puerto y Navarrenx, bajo las órdenes de Harispe que residía en Bayona, los Cazadores Vascos restablecieron el orden con una moderación que les granjeó el reconocimiento de la población. La acción moderadora de los Cazadores se ejerció también en Burdeos, en Pau y en Las Landas, sustrayendo a la zona de la intervención violenta de las tropas extranjeras. Sin embargo, el senador Fargues, de San Juan de Pie de Puerto, Garat y Moncey obtuvieron de Bonaparte, primer cónsul, que por una medida excepcional, los Cazadores, reducidos de cuatro a dos batallones, no fueran refundidos en el ejército. El mando del primer batallón fue entregado a Iriart y el del segundo a Harispe. Fueron afectados al ejército de reserva y salieron para Dijon llegando a finales del año 1800. Los dos batallones constituyeron otra vez la media brigada de los Cazadores Vascos, bajo el mando de Harispe, incorporada al ejército de los grisones que hizo la campaña de Suiza, alta Italia y Austria. Pero el primer cónsul decidió la disolución de la media brigada y la incorporación de los Cazadores en diferentes unidades ligeras. Harispe realizó esfuerzos desesperados para impedir, o al menos retardar, esta medida. No le quedó otro remedio que inclinarse y exhortar a sus soldados a que obedecieran. Es posible que esta resistencia le costara al general baigoitarra el detrimento de su carrera. V. REVOLUCION FRANCESA.

Eugéne GOYHENECHE