Léxico

PREDICADORES

Durante el Antiguo Régimen, en Bayona (Laburdi) las predicaciones ordinarias las hacía el capellán mayor y sus vicarios, pero a partir de 1565 el teologal se encargó de algunas y para los sermones solemnes de Adviento y Cuaresma se llamaba generalmente, a predicadores de fama. Los escogían el Obispo, el Cabildo y la Corporación Municipal. Pero pronto el Obispo reclamó al Parlamento, el derecho a nombrarlos, él solo; la Corporación Municipal rehusó entregar la subvención en metálico que daba generalmente y acabaron por entenderse como en el pasado. En diversas ocasiones la Corporación Municipal tuvo motivos de queja por las intemperancias del discurso de varios predicadores. En 1600, les señaló únicamente como temas los autores antiguos, Ovidio y Plutarco, y los deberes de los esposos. Varios de estos sermones levantaron escándalo. El asunto del P. Salvagorry, guardián de los Franciscanos de Bayona, que tuvo grandes discusiones con Monseñor de Echaux, es digno, sobre todo, de ser contado. Este religioso había sido escogido para predicar el Adviento y la Cuaresma pero el Obispo se lo prohibió a partir del primer sermón -14 de diciembre de 1603-. Entonces toda la ciudad, comenzando por el gobernador M. de Gramont y los regidores abrazó la causa del predicador. Se creó un ambiente de gran exaltación que hizo a la gente dejar desierta la Catedral y correr a la capilla de los Carmelitas donde el predicador continuaba su ministerio. Pero un día, mientras predicaba, entró el Obispo y ocupó un sitio en la iglesia. En medio del sermón mundano se levantó y apostrofó al predicador en los siguientes términos: «Padre Salvagorry parad y haced una pausa». Cosa que hizo el sacerdote. Preguntándole entonces el Obispo, si no le había prohibido que predicase. Y de aquí se siguió un diálogo entre los dos, invocando el religioso en su defensa, el concilio de Trento, diciendo que no era ni herético ni cismático para merecer una prohibición. «Bien, puesto que no queréis responder otra cosa, con la autoridad que Dios y el Santo Padre me han dado, os excomulgo y os anatematizo». Y volviéndose hacia el pueblo pronunció de nuevo estas palabras: «Y a vosotros pueblo, os excomulgo si prestáis a partir de ahora oídos a este predicador». El sacerdote declaró que apelaría contra la sentencia. Al año siguiente hubo otro escándalo. El Padre de Saint-Dones, franciscano, predicaba la Cuaresma en la Catedral. El Viernes Santo, llevado por un entusiasmo religioso, se dirigió vivamente a los magistrados diciéndoles: «Vuestros antepasados hicieron levantar esta iglesia y, vosotros, ¿la volveríais a levantar si se derrumbase?». Después continuando dijo: «Ya sé que podríais destruirla, pero ¿la volveríais a construir?». El escándalo naturalmente, fue enorme. Pero el predicador no debía detenerse aquí pues continuó diciendo: «Sé que poseéis rentas municipales elevadas, pero las empleáis muy mal, en gastos inútiles, y robáis al Rey y a la administración del tesoro y varios artículos de vuestras cuentas deberían ser eliminados». El mariscal de Gramont y la Corporación Municipal protestaron contra semejante lenguaje. El sacerdote fue llamado para que se explicase, ante el lugarteniente, el alcalde y el Concejo y cuando compareció les dijo «que eran peores que Pilatos al tratarle como éste lo había hecho con Cristo, pues le habían ido a buscar como si fuese un bandido o un ladrón». Se contentaron con responderle que a los ladrones y bandidos se les enviaba soldados y gente armada, mientras que a él se le había enviado simplemente al capitán de la ronda. Pero todo esto no le impidió volver a hablar al día siguiente, en el mismo tono. En 1704, tuvo lugar, también, una escena del mismo tipo. El P. Gaillat estaba de pie predicando sobre la nada de las cosas humanas y volviéndose hacia el banco ocupado por los miembros de la Corporación municipal exclamó: «Y vosotros que no sois grandes y que ocupáis, sin embargo, el primer puesto de la ciudad mediante la intriga, vosotros os enorgullecéis de la autoridad que tenéis sobre los demás». Después, continuando en el mismo estilo, les señaló con el dedo diciéndoles: «¡Aprended y corregíos!». El sobresalto fue tamaño entre los regidores. Se pasó el asunto al Obispo y el pobre religioso tuvo que ir a presentar sus excusas al alcalde quien le reprendió enérgicamente. Ref. Edouard Duceré: Dictionnaire historique de Bayonne, 2 vols, Bayonne, 1911-1915.