Políticos y Cargos Públicos

Maret

Ministro que acompañó a Napoleón en su viaje a Baiona (Lapurdi). Uno era el conde de Champigny, ministro de Relaciones exteriores, y el otro Maret, secretario de Estado y hecho duque de Bassano en 1810. El primero se alojó en Largenté, propiedad situada casi enfrente del castillo de Marrac; el segundo, de quien el emperador no se separaba fácilmente, se alojó en la bella casa Cabarrus, a la entrada del puente Mayou, después calle de Víctor Hugo. Se ha escrito mucho sobre este ministro de Napoleón. "Hay alguien más tonto que Maret, decía M. de Talleyrand, es el duque de Bassano". Pero el secretario de Estado tenía una gran cualidad, era fiel, mientras que el príncipe de Bénévent podía pasar como modelo de traidores. Tan pronto como llegó a Baiona, Maret acompañado por el prefecto de los Bajos Pirineos, general de Castellane, visitó, el 20 de abril de 1808, las prisiones, el hospital y los lugares donde se proyectaba construir el ayuntamiento; "es un ministro muy bueno, dijo el prefecto, y un buen hombre".

Maret acompañó al emperador por el Sur y el Suroeste de Francia, estaba con él durante la corta campaña de España. Se le unió en medio del fuego de Somosierra, donde el emperador le dijo riendo: "No podemos tirar un cañonazo, sin que vos no queráis tomar parte". Observación elogiosa por parte de un hombre que no prodigaba frases de este tipo. Fue después de la catástrofe de Napoleón cuando Talleyrand y otros muchos empezaron a manifestar su desacuerdo. Maret, fiel a sus sentimientos del primer momento, dejó entre sus papeles una nota relativa a los asuntos de España, de la que extraemos lo que sigue:

"Fernando ha sido conducido a Baiona por los dos móviles que dirigen a los hombres: el miedo y la esperanza. Todos sus consejeros, todos los enemigos de Godoy le presionaban para que hiciese una gestión brillante para conciliar con una usurpación de cuyo soberano podía depender el destino de España. Uno solo, Urquijo, se esforzó por hacerle recordar el sentimiento de su dignidad. No fue escuchado. Carlos IV, rey destronado, padre ultrajado, ha sido conducido a Baiona por el sentimiento de su propia seguridad, por la necesidad de protección de su poderoso aliado, por el deseo, concebido durante las últimas tempestades de su vida real, de encontrar un asilo en donde terminar pacíficamente sus días. Llevaba también el deseo de venganza y la profunda convicción de que Fernando era incapaz, indigno de reinar. ¿Ha sido desmentida esta opinión por los hechos, después de 1815? Un rey, un padre usando de los derechos que no había podido perder, abandonó el trono y creyó hacer bien, poniendo su reino en manos de un extranjero. El culpable y débil Fernando se abandonó él mismo y la mayoría de sus amigos se pasaron al lado en donde estaba la fortuna. De esta coincidencia inaudita de circunstancias salió la fatalidad que movió a Napoleón. ¿Qué podía hacer él? ¿Forzar a Carlos IV a ganar? Cualquiera que hubiese visto al rey Carlos en Baiona sabía que esto sería imposible. ¿Volver a mandar a Fernando a Madrid y entregar España a Inglaterra y a los enemigos de Francia? Hay que remitirse a los tiempos; no juzgue según los hechos, y diga de buena fe si Vd. lo habría aconsejado".

Ref. Edouard Duceré: Dictionnaire historique de Bayonne, 2 vols, Bayonne, 1911-1915.