Son sobre todo las joyas las que parecen haber sido en todo tiempo objeto del capricho público. La poderosa corporación de los orfebres ocupa en la vida bayonesa un lugar muy importante, y esto durante toda la extensión de la edad media. Pero al lado de todas las riquezas que se han amontonado en los cofres de los príncipes y de los grandes señores, las pedrerías mencionadas como habiendo pertenecido a los burgueses bayoneses durante el siglo XVI, son bien pobres y bien escasas, y hay que achacarlo sin duda al rigor del tiempo por el que atravesaban; así, uno de los más ricos, Saubat de Haramboro, apenas posee más que un anillo con dos perlas, una cruz de plata con un crucifijo y algunos botones de plata dorada. Loys Estebenote tenía un anillo de oro y un zafiro cuyo peso estaba calculado muy exactamente; citaremos aún algunos anillos de oro con pequeños diamantes o brillantes. Un boticario posee un número de joyas bastante numeroso, entre otras un anillo de oro con una turquesa, otro anillo de oro adornado con un jacinto, otro con un granate, otro con un pequeño diamante roto y dos anillos de oro cincelados, dos alfileteros de plata, botones de oro cincelados, de plata o sobredorados. Entre los burgueses de nuestra ciudad el coral se emplea frecuentemente. En el siglo XVI, en efecto, apenas se encuentra una familia que no esté mencionada por poseerlo bajo diferentes formas: las más comunes son el rosario y el collar. Después viene el ámbar, con los «pater noster» de plata o de oro. Se encuentran también figuras de santos de plata o sobredoradas; una piedra cuyo empleo nos ha parecido curioso y que es llamada jaspe «estanque sang», incrustada en plata. Numerosas moras de plata o botones con cabo largo, una gran manzana de plata llena de ámbar gris, un rosario de coral con un pequeño crucifijo y 60 hebillas de plata. Se menciona aún una pequeña cruz de plata con tres piedras de poco valor. Otro burgués bayonés posee rosarios de coral y ámbar adornados con plata y otros cuatro en azabache. Una concha de plata, especie de pebetero; anillos de oro adornados con piedras de diversas clases, una mora de plata y cierto número de otros objetos sobre los que es difícil dar explicaciones precisas. Las joyas, que se encuentran en pequeño número en los hogares bayoneses del siglo XVI, crecen a medida que la fortuna de la ciudad va en aumento. Ya, en 1650, la viuda de un arcabucero que vivía en la calle des Faures, poseía seis anillos de oro, cuatro con piedras verdes y los otros lisos, así como una hermosa medalla de oro adornada con tres perlas. Jean de Jusan, droguero, tiene un anillo con un diamante. Jean Pehau, guardia del duque de Gramont, está aún mejor provisto, ya que posee seis anillos de oro engarzados, tres de ellos con una piedra verde y los otros tres con amatistas rodeadas con piedras blancas, otro anillo de oro sobre el que está pintado, en azur, una cruz con un pequeño diamante en el centro y una perla abajo, un par de botones de plata para las mangas, adornados con piedras falsas. En l662, Pierre de Lartigue, burgués y comerciante, posee dos anillos de diamantes, dos esmeraldas también engarzadas en sortijas, un anillo de oro con una piedra de cristal, un gancho de plata para el abrigo y un par de hebillas de plata para los zapatos. Se puede indicar aún, donde el mismo personaje, un collar de pequeñas perlas, un par de pulseras de coral, un rosario del mismo material, una cruz y un cordero de plata para un rosario, un Saint-Esprit con dos perlas, un collar de ámbar amarillo y una aguja de plata. En el siglo siguiente el lujo de las joyas es mayor todavía; es un a ver quién tiene las mejores joyas, y nuestras burguesas rivalizan entre ellas. Las joyas que se encuentran más a menudo son anillos de oro adornados con pedrerías, collares de perlas, cruces esmaltadas y hermosos Saint-Esprits adornados con pequeños diamantes. Así encontramos que la viuda de Larre, brigada de las fuerzas del rey, poseía una sortija de oro con seis esmeraldas,una sortija con una cabeza de camafeo, un par de pendientes de rubíes montados sobre oro, un collar de granates a dos vueltas, una mariposa de esmalte con tres piedras, un sello de plata con tres caras, una cruz de Saint Louis que sin duda perteneció a su marido. Mencionaremos aún dos tabaqueras de concha incrustadas de oro. Otro tiene dos tabaqueras de oro y un instrumento del mismo metal «para limpiar los dientes». Como oposición, Marie, viuda de Guillaume Bats, no posee más que un pequeño anillo adornado con tres piedras falsas. En 1750 una especie de galantería y de investigación se introduce en la elección de joyas y una interesante lista de objetos preciosos sacados a lotería en Bayona nos ofrece detalles curiosos. Encontramos en primera línea las tabaqueras, que desempeñaron una función tan importante durante esta época; las hay de todas clases, grabadas, torneadas o esmaltadas, cinceladas o bombeadas, de plata, redondas u ovales, damasquinadas o guarnecidas con burgado, especie de nácar del oriente, muy rebuscado a causa de su brillo y de sus tintes. Otras repujadas con marcasitas e incrustadas en oro a juego. Tabaqueras de concha de todos los colores o bien de cartón decorado o pintado, con retratos, de concha roja o representando temas tales como: El «Joueur de vielle», etc. Los relojes son más escasos, y apenas si vemos aparecer en algunos inventarios de fin del siglo XVII grandes relojes redondos de plata. En el siglo siguiente son más corrientes, y podemos destacar un reloj de oro adornado, con el borde repujado con doble caja, un reloj de oro de repetición, con su cadena, con las agujas de diamante, adornadas con dragones. Al final de este siglo de elegancia, apenas hay una burguesa bayonesa que no tenga brazaletes más o menos ricamente adornados, pendientes llamados «a soleil» y adornados con marcasita, material muy de moda, lazos de presunción o esclavas, cruces, collares, corazones, diademas que debían hacer juego con las cabezas empolvadas a la mariscala, cruces de mariposas con nueve piedras, y todos esos bártulos de adorno casi tan rebuscados por uno como por el otro sexo. En 1789 una parte de esas joyas se escondieron pero aparecieron más tarde, en cuanto los estados de ánimo y la situación del momento permitió hacerlo sin peligro. Ref. Edouard Duceré: Dictionnaire historique de Bayonne, 2 vols, Bayonne, 1911-1915.
Esta relación histórica de Ducéré referente a Bayona podría extenderse a Pamplona, medieval y moderna, corte del Reino, con una recogida de datos sobre las joyas de reinas y princesas, nobles, iglesias y santuarios, a menudo vendidas y empeñadas en apuros económicos del Reino. De todos modos habría que distinguir entre las joyas de uso personal y esas otras que constituyen el tesoro artístico eclesial en nuestro caso el de Roncesvalles, Aralar y Pamplona, tales como crucifijos, incensarios, cálices y custodias de toda época no exentas tampoco del riesgo de robos y falsificaciones. Estos tesoros de metales preciosos, pedrería y esmaltes se reseñan al tratar cada iglesia y santuario en concreto. Respecto a joyas propiamente dichas, Lacarra nos dice que en siglo XV el tesoro de Navarra estaba exhausto. Así, p. ej., en 1429 la guerra con Castilla afectaba de lleno al tesoro público y al privado de la reina doña Blanca. El rey de Navarra había dado poderes a su consejero Rodrigo de Villalpardo para vender los censales muertos, hasta alcanzar la suma de 15 mil florines, así como joyas, vasos de oro y plata y piedras preciosas, que se venderían en Barcelona o donde hubiere compradores. Sin duda estas joyas eran propiedad de la reina y el rey había dispuesto de ellas sin su conocimiento. Al día siguiente, ésta, sin duda coaccionada, dio orden a sus procuradores para que así se hiciera «ante las urgentes necesidades del rey». En Barcelona se vendieron una imagen de oro de San Pablo y otras de Santa Catalina y San Pedro con diadema de zafiros y perlas; un libro y una espada, también con perlas preciosas. Era según se decía «la más rica capilla de luces e imágenes de oro, con muy rica pedrería, cálices y ornamentos que príncipe del mundo tuviese» y la vajilla se decía también que era «la más rica de príncipe de cristianos». Los Tres Estados ordenaron recoger toda la plata de las iglesias para dárselo en préstamo a mercaderes de Pamplona y obtener dinero para resistir a los castellanos. En la exposición hispano- francesa de 1908 en Zaragoza la colegiata de Roncesvalles y la catedral de Pamplona expusieron joyas de gran valor como el llamado «ajedrez de Carlo-Magno», cruces y evangeliarios.
Bernardo ANAUT
Esta relación histórica de Ducéré referente a Bayona podría extenderse a Pamplona, medieval y moderna, corte del Reino, con una recogida de datos sobre las joyas de reinas y princesas, nobles, iglesias y santuarios, a menudo vendidas y empeñadas en apuros económicos del Reino. De todos modos habría que distinguir entre las joyas de uso personal y esas otras que constituyen el tesoro artístico eclesial en nuestro caso el de Roncesvalles, Aralar y Pamplona, tales como crucifijos, incensarios, cálices y custodias de toda época no exentas tampoco del riesgo de robos y falsificaciones. Estos tesoros de metales preciosos, pedrería y esmaltes se reseñan al tratar cada iglesia y santuario en concreto. Respecto a joyas propiamente dichas, Lacarra nos dice que en siglo XV el tesoro de Navarra estaba exhausto. Así, p. ej., en 1429 la guerra con Castilla afectaba de lleno al tesoro público y al privado de la reina doña Blanca. El rey de Navarra había dado poderes a su consejero Rodrigo de Villalpardo para vender los censales muertos, hasta alcanzar la suma de 15 mil florines, así como joyas, vasos de oro y plata y piedras preciosas, que se venderían en Barcelona o donde hubiere compradores. Sin duda estas joyas eran propiedad de la reina y el rey había dispuesto de ellas sin su conocimiento. Al día siguiente, ésta, sin duda coaccionada, dio orden a sus procuradores para que así se hiciera «ante las urgentes necesidades del rey». En Barcelona se vendieron una imagen de oro de San Pablo y otras de Santa Catalina y San Pedro con diadema de zafiros y perlas; un libro y una espada, también con perlas preciosas. Era según se decía «la más rica capilla de luces e imágenes de oro, con muy rica pedrería, cálices y ornamentos que príncipe del mundo tuviese» y la vajilla se decía también que era «la más rica de príncipe de cristianos». Los Tres Estados ordenaron recoger toda la plata de las iglesias para dárselo en préstamo a mercaderes de Pamplona y obtener dinero para resistir a los castellanos. En la exposición hispano- francesa de 1908 en Zaragoza la colegiata de Roncesvalles y la catedral de Pamplona expusieron joyas de gran valor como el llamado «ajedrez de Carlo-Magno», cruces y evangeliarios.
Bernardo ANAUT
