Arquitectura

Escorial

Los documentos descubiertos en la postguerra española nos han revelado una participación increíblemente grande de los vascos en la construcción del Monasterio de El Escorial. La gran noticia que ha surgido de los archivos de Simancas es que el primero y principal arquitecto de El Escorial, Juan Bautista de Toledo, es vasco. Así la afirma terminantemente y sin ambages, José Camón Aznar, catedrático de la Historia del Arte de la Universidad Central de Madrid. La vida de J. Bautista de Toledo ha sido durante siglos un misterio y un enigma para la Historia del Arte español. La primera noticia que sabemos de él es que trabajaba en Roma, en la basílica de San Pedro, a las órdenes de Miguel Angel, a quien se criticaba por dejarse influenciar por el artífice español.

Después pasó a Nápoles, nombrado arquitecto e ingeniero de aquel virreinato, donde construyó la iglesia de Santiago de los españoles, la Vía Retta di Toledo (hoy Vía Roma) y los baluartes de Castelnuevo, Alcázar aragonés de Nápoles. Pero sobre todas las obras de Juan Bautista se alza, como timbre de su gloria, el Monasterio escurialense, el monumento más arquitectónico del mundo, según el arquitecto Moya, y que proclama a J. Bautista de Toledo como el más grande y genial de los arquitectos españoles. Juan Bautista casó en Nápoles con Ursula Javarría, hija de Jerónimo Javarría, alto empleado vasco de la Hacienda de aquella capital.

De Ursula tuvo dos hijas; y tanto la madre como las hijas perecieron en el naufragio del barco que las conducía a España. J. Bautista murió en Madrid el 19 de mayo de 1567. En el testamento ordena que el sacerdote que diga las misas por su alma, salga al final de ellas a rezar un responso sobre su sepultura en la iglesia de Santa Cruz; costumbre muy arraigada entre los vascos aun fuera de su país. Las pruebas de su origen vasco no caben en estas líneas. Y no sólo J. Bautista, sino también el primero y más famoso aparejador de cantería, D. Pedro Tolosa, el preferido de Felipe II, de la Comunidad Jerónima, era vasco. Vino de Guisando, donde trabajaba en el convento e iglesia de los Jerónimos. En las cartas de Simancas se hacen grandes elogios de este "gentil artífice". Ayudó a Juan Bautista en la colocación de la primera piedra. Trajo consigo a su hijo y a su hermana Catalina, que casó con el segundo aparejador, Lucas de Escalante. Cuatro de sus hijas fueron carmelitas de Santa Teresa, que hace los mejores elogios de la madre y de las hijas en el libro de sus "Fundaciones".

Tolosa trabajó sin interrupción en las obras de El Escorial desde el principio (1563) hasta el año 1576, en que fue ascendido a maestro mayor (arquitecto) de Uclés. Murió en 1583. El capataz de sus canteros se llamaba Sancho de Chavarría. Dos años más tarde, en 1565, entraron en la obra del monasterio otros dos maestros destajistas vascos, después aparejadores, Martín de Ibargüen, de Eibar, y Martín de Cortézubi, oriundo de este pueblo y domiciliado en Toledo, de donde le trajo el arquitecto Juan Bautista de Toledo. El primero trabajó a las órdenes de Tolosa y el segundo a las de Escalante. Construyeron buena parte de las fachadas Principal, del Mediodía, los claustros menores, el Claustro Principal, el Patio de Evangelistas y la escalera principal.

La villa del Escorial o Escorial de Abajo era, entonces, el centro administrativo, judicial y eclesiástico de la gran empresa. Los archivos parroquial y municipal de la villa y del monasterio nos muestran en sus contratas, nóminas, testamentos y partidas, un gran número de oficiales y canteros vascos que formaban una colonia, en las adyacencias de la calle de S. Sebastián, con su frontón de pelota, con sus competiciones de fuerza y destreza, como cortar troncos, lanzar la barra, levantar pesos, juego de bolos, con sus danzas típicas como el aurresku, euskodantza, el lavarplondantza de las noches de S. Juan, y otras diversiones propias de toda agrupación de vascos. De los aparejadores, destajistas, sobrestantes y oficiales de cantería vascos, citaremos los siguientes: Juan de Labarrieta, Hernando de Urquiza, Martín de Bérriz, Juan de Bocerraiz, Juan y Martín de Zumárraga, Bartolomé y Matías de Elorriaga, Juan y Martín Barrena, Baltasar Alquiza, Martín Sorasti, Martín de Asciaga, Pedro Lizagárate, Nuribay, Celaya, Olabarrieta, Barrutia... sin mencionar a los monjes vascos que fueron priores y después obispos de Urgel, Zamora y Zaragoza. No faltaron tampoco oficiales vascos con sus pujos de inventores. El juez y contador, Andrés de Almaguer, se queja al rey de la falta de ingenios para subir las piedras a lo alto de la obra.

Felipe II responde que se apremie para ello a Juan Bautista y a Herrera. Almaguer comunica al rey que hay un oficial vizcaíno que se da prisa para acabar un ingenio de su invención. Más tarde, en mayo de 1577, promediada ya la obra de cantería del Monasterio, surge un incidente que demuestra, una vez más, la participación vasca en la obra del Monasterio. Fue éste el famoso motín de los vizcaínos en El Escorial. (A los vascos se les llamaba comúnmente vizcaínos en los s. XVI y XVII). No fue una huelga de carácter laboral sino un auténtico y verdadero motín o rebelión contra la autoridad del alcalde de El Escorial, Licenciado Muñoz, por una cuestión de honor, porque se consideraron injuriados por el alcalde en su calidad de nobles e hidalgos vascos. He aquí un relato del P. Sigüenza: "Fue un motín de la mayor y mejor parte de los oficiales de esta obra, que eran los canteros. Sucedió que por cierto delito, no de mucha monta, el alcalde mayor, Licenciado Muñoz, prendió a unos vizcaínos canteros, y según él dijo, no con intención de afrentarlos, sino de atemorizarlos, hizo buscar y traer unos asnos en que sacarlos a azotar.

Extendióse entre ellos y corrió la voz de unos en otros, y llevados del amor del paisanaje, de los Fueros de su provincia y de la hidalguía de que se precian tanto, ellos y los montañeses amotináronse, de suerte que estuvieron muchos toda la noche con sus espadas haciendo vela y guardando la cárcel, pretendiendo matar al alcalde mayor y alguaciles si los sacaban. A la mañana se habían conjurado ya todos, y vinieron a la villa con tambor y una bandera, señalando su capitán; tocaron muy recio la campana y en un punto cesó la obra... Nuestro prior. Fr. Julián de Tricio, que sabía el escondite del alcalde, le envió un billete para que luego soltase los presos, porque con aquello se desharía el motín. La furia de aquellos hombres era tremenda. Alguna ocasión le dio el dicho alcalde por haber sacado de la iglesia a uno de los delincuentes. Soltó los presos y los vizcaínos fueron levantados en hombros de sus paisanos y conducidos en triunfo entre las aclamaciones y vivas de aquella multitud enfurecida. Como colofón de lo que antecede podemos explicar con alguna probabilidad la fundación del pueblo de Mingorría, a 16 km. de Avila, en el ferrocarril del Norte. Algunos de los más comprometidos en el motín de los vizcaínos huyeron, como nos dice el P. Sigüenza.

En otra ocasión muchos oficiales se marcharon por haberles cambiado a destajo el trabajo que realizaban a jornal. Es probable que estos huidos y descontentos comenzasen a explotar las canteras de Mingorría que aún hoy suministran un granito de superior calidad a las ciudades principales de España. El pueblo fue fundado, según comunicación de su párroco D. Francisco José Romero, por una colonia de canteros guipuzcoanos a cuyo frente se hallaba D. José Chinchurreta. El origen del nombre "Mingorría" sería el siguiente: estaba Felipe II impaciente por haberse retrasado la remesa acostumbrada de granito, y llamó al capataz de canteros Chinchurreta.

Este no sabía el castellano ni el rey el vascuence. Llegado a presencia de Felipe II y levantando la mano derecha en ademán de saludo, le dijo: "¡Mingorría, Jauna!" Tanto el rey como sus cortesanos quedaron desconcertados como si les hablasen en chino. El señor Chinchurreta pensando si el rey estaría algo teniente "o así", repitió más fuerte su lacónica frase: "¡¡¡Mingorría, Jauna!!!". Sosegaos, D. José, le replicó el monarca. Entre tanto mandaron buscar a un clérigo vasco que descifró el enigma: "Mingorria" viene de "min", enfermedad o dolor, y "gorria", rojo; significa enfermedad roja, o sea, "sarampión". "Jauna" es "Señor". Por tanto, "Mingorría, Jauna" quiere decir "Sarampión, Señor". Sarampión se llama también en vascuence "gorriña", de "gorri" y "miña, gorrimina"; y, por contracción, "gorriña". El clérigo vasco explicó a Felipe II: Majestad, el señor Chinchurreta dice que todos sus canteros han caído enfermos de sarampión, y por eso no enviaron su remesa de costumbre. A todos les hizo gracia la palabreja y comenzaron a llamarles "los de Mingorria" cuando se referían a dichos canteros. Y con "Mingorría" se quedaron. No es otro el origen de muchos apodos y hasta apellidos ilustres españoles y extranjeros.

Para no ser demasiado prolijos damos ahora una simple enumeración de los artífices y oficiales vascos que trabajaron en el Panteón de Reyes y en los órganos de El Escorial: el aparejador Pedro de Lizargárate, después arquitecto de las Casas Reales, realizó las obras del Panteón de los Reyes en los reinados de Felipe III y Felipe IV. Le ayudaron el maestro marmolista Martín Azpialaga y el maestro cantero Martín de Sorasti. En la sillería del coro y en la estantería de la biblioteca real trabajaron con José Flecha los ebanistas y ensambladores Martín y Juan de Gamboa. En las obras que se hacen actualmente en el gran órgano del crucero de la basílica escurialense se ha encontrado una tabla donde está escrito que rehizo aquel órgano D. Pedro de Echevarría, artífice del rey Carlos II. En la primera mitad del s. XIX arregló los órganos del coro el famoso organero Valentín Verdalonga. A principios del presente siglo reconstruyó estos dos órganos el rey Alfonso XIII, encargando la obra a la empresa Elizgaray de Azpeitia. Trabajó luego en los dos órganos del crucero D. Ramón González Amezua de "Organería Española": Calles Vitorianas .