Reunión asidua de hilanderas de un pueblo durante tres o más horas de la noche en el corral de una casa, en donde, al mismo tiempo que se hilaban sendas tareas de lino, cáñamo o lana, se referían con sencillez y gracia historias, leyendas y cuentos. Estas reuniones se regían por la costumbre del pueblo en la que se especificaba que solamente se celebrarían durante el otoño y el invierno, desde las siete de la tarde a no más de las doce, en número menor de veinte personas del sexo femenino, sin otra tarea que hilar y por excepción hacer calcetines o elásticos de lana, mantener el aceite del candil a cargo de cada asistenta, que daba dos cuatrenas cada quince días, cuidado del candil a cargo de la más anciana, que gozaba del lugar de preferencia junto a la luz, respeto a las ancianas flacas del pueblo, cuando se contaran cuentos de brujas. Las conversaciones debían de ser honestas y los cantos solamente al comienzo de la velada. Al apagarse el candil se permitía una batalla de paja, tirándosela un bando contra otro. Se cerraban las candiladas al empezar la primavera, con una chocolatada pagada a escote. Ref. Martínez Alegría, Agapito: La batalla de Roncesvalles y el Brujo de Bargota, 1929, PP. 188-193.
Bernardo ANAUT.
Bernardo ANAUT.
