Religiosos

AZLOR ECHEVERZ, María Ignacia

Personalidad mexicana de origen navarro y guipuzcoano. Rica criolla, recibió una educación esmerada, en la que tuvo parte principal su madre, que le inculcó admiración por el instituto de la Compañía de María que conoció en Navarra. Heredó una biblioteca colonial de unos trescientos libros en la que abundaban los de historia, cosmografía y geografía, tratados militares y políticos, diccionarios castellanos, latinos y franceses, obras de didáctica, de oratoria, de física y química, de arquitectura y música -dos tomos de ópera italiana-, obras literarias de Calderón, Moreto, Solís, de Feijoo y un buen lote de libros espirituales.

Dotada de gran sensibilidad e inteligencia, Azlor concibió la idea de no casarse y consagrar su persona y fortuna a tareas educativas y de promoción de la mujer por lo que, pese a acceder a los deseos del arzobispo de México, Bizarrón y Eguiarreta, nieto de un caballero de Ituren, y permanecer un año en el convento mexicano de la Concepción, decide marchar a la Metrópoli. Antes de ello, a sus 21 años, redacta un largo testamento de 72 cláusulas en el que desvela sus proyectos. El 8 de mayo de 1737 embarcaba en Veracruz y desembarcaba el 28 de agosto en Puerto de Santa María, siendo acogida por su tía Micaela de Ipiñarrieta, que acababa de quedar viuda de Tomás de Idiáquez, capitán general del reino y costas de Andalucía.

Azlor permaneció algún tiempo en Madrid, iniciando los trámites para la proyectada fundación en beneficio del “país que le había dado uno y otro ser, el de la naturaleza y el de la fortuna”. Luego pasó a Zaragoza, donde vivió dos años en casa de su tía Rosa Azlor. Tuvo que hacer frente a sus parientes, que se empeñaban en proponerle ventajosos matrimonios o la posibilidad de ingresar en una orden nueva. “Alegre, urbana y agradable, animosa y emprendedora, inteligente y tenaz, tuvo que echar mano de toda la reciedumbre y voluntariosidad que le prestaban su sangre guipuzcoana, navarra y aragonesa” dice Tellechea Idígoras.

Llevada por dicha voluntariosidad e independencia, unas semanas antes de profesar en 1747, dirigió un Memorial al Rey en el que le expuso su condición de novicia de la Compañía de María -la primera en dedicarse expresamente a la educación femenina-, le explicaba las verdaderas intenciones de su viaje, los fines de la orden, trazaba un cuadro del estado de instrucción de la mujer en Nueva España (México), abogaba en favor de la fundación de una Casa en la ciudad de México y ofrecía sus propios bienes de fortuna para ello.

Era su única oportunidad -y la de las mujeres de su alcurnia- de poder dedicarse a la cultura y a la promoción de la misma. Tras la renuncia de sus bienes, Maria Ignacia profesó en Tudela el 2 de febrero de 1747. Su solicitud al Rey fue aceptada y se iniciaron las formalidades pertinentes para darle curso, recabando una serie inacabable de informes y dictámenes del real acuerdo, de los superiores de órdenes, del arzobispo y cabildo de México, que consumieron varios años. Uno de estos informes, por cierto negativo, fue el de la llamada Mesa de Aranzazu, poderosa entidad mexicana que años antes había proyectado la fundación de un colegio “por la nación vascongada” con intención de recoger niñas pobres, virtuosas y viudas honestas, “con preferencia de las descendientes de la misma nación”. Llevaban invertidos en la obra cuatrocientos mil pesos y no se dispusieron a agregar la nueva orden al Convento de las vizcaínas, como se llamó la fundación.

Contra viento y marea, María Ignacia obtuvo la aprobación real y ganó para su proyecto a diez religiosas de Tudela, dispuestas a embarcar para México. Casi todas eran navarras, la mayoría de Pamplona y otras de Lesaca, Allo, Alfaro, Roncal; una era madrileña y otra de Agreda. Una última, Ana Teresa Bonstet, proveniente de Tudela, era de Bruselas y desempeñará un papel importante en América. El día del Pilar salieron de Tudela; les acompañaban el canónigo Jáuregui, los sacerdotes Baines y Ollo, y Juan José de Irigoyen, que iba a México como mayordomo. Tras un viaje azaroso por Alcalá y Sierra Morena, llegaron a Cádiz. El 12 de junio de 1753 zarpaban dichas fundadoras en “El Dragón”.

La presencia de la Compañía de María suscitó en México un extremo recelo en las instituciones en parte análogas. La innovación que venía a introducir la Compañía de María se basaba en la finalidad educativa de la orden, la gratuidad absoluta, la universalidad del alumnado –“nobles y plebeyas, ricas y pobres”-, en la competencia de sus maestras, en el tipo de instrucción impartida, en los edificios escolares característicos, etc. Por cierto, el primer convento-colegio fundado en México, tras innumerables dificultades, fue diseñado por el arquitecto Ignacio Castera, socio de mérito de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País. Junto a él merece alguna mención un vasco procedente de Gordexola, Antonio Basoco, que fue síndico de la obra.

La fundación de Maria Ignacia Azlor se expandió por México a Irapuato (1804), a Aguascalientes (1807) y a Guadalupe (1811). En el gran edificio del viejo colegio del Pilar, cuya historia se interrumpe súbitamente con la exclaustración, se alojan en el siglo XX las oficinas de la Secretaria de Educación Pública, el Archivo General de Notarías, un colegio nacional y departamentos del Colegio nacional de técnicas educativas. Pero los documentos nos devuelven la verdadera historia de aquella aventura, calificada de “revolución pedagógica” por la autora de la magnífica tesis doctoral sobre la misma, Pilar Foz y Foz.