Especie vegetal característica por su color blanquecino y por su olor desagradable. Es frecuente encontrarla en lugares urbanos y contaminados y laderas y caminos transitados por animales. En Navarra pueden hallarse varios tipos de esta planta a la que tradicionalmente se ha relacionado con remedios curativos.
Sardineras de Santurtzi. Respecto a las sardineras de Santurtzi (Bizkaia) son de interés las notas que publicó Sabino Goicoechea y Echevarría en El Nervión y que en 1883 fueron incluidas en su libro Pasavolantes: "No hace dos años aun que la sardinera de Santurce, con un cesto repleto de sardinas sobre la cabeza, la saya recogida en la cintura, el refajo hasta la rodilla y descalza de pie y pierna, hacía la travesía que media entre el lugar del producto y el punto de consumo, o sean diez y seis kilómetros, en menos de dos horas. La lucha de carreras comenzaba a la salida de Santurce, y no cesaba hasta las puertas de Bilbao. La sardinera corría. trotaba más bien, jadeante, con la lengua fuera de la boca, mojada por el sudor y el agua de la sal y las sardinas, que en abundancia corría por su rostro tostado por el sol, sin detenerse durante todo el camino. temerosa de que se le adelantaran las compañeras, anhelosa por llegar la primera a las calles de la invicta, para poder expender su mercancía sin rival que la hiciera la competencia. Porque las sardinas que primero llegaban, vendíanse naturalmente las primeras, y valían casi siempre dos o cuatro cuartos más en docena de las que llegaban poco después, cuando ya el grito de ¡sardina frescaaaá! resonaba por todo el ámbito de la población. Hoy solo "trota" la sardinera en el corto trayecto de dos kilómetros que hay entre Santurce y Portugalete. Aquel recorrido resiste casi lo mismo la más débil como la más fuerte, y de ahí que más o menos jadeantes y coloradas. lleguen todas a un mismo tiempo, al embarcadero de Portugalete, y pasen todas juntas la barca, y se coloquen reunidas como grano en racimo de uva garnacha, en la plataforma del tranvía, destinada para ellas, y a un mismo tiempo también, invadan las calles y plazas de Bilbao, y en el mismo momento se deje oir en uno y otro extremo de la villa, el grito más o menos agudo y penetrante de "¡Sardina frescaaá!". Y ya no viene la sardinera descalza como en tiempos atrás, no señor, todas o casi todas andan calzadas, y ¡oh escarnio zapateril! ¡yo he visto, con mis cien ojos, una sardinera con botitas de tacón de cucuru hu! Y las sayas han crecido hasta el extremo de que apenas descubren media pierna y han cortado el paso, ellas, las sardineras, al recorrer las calles de Bilbao, paso antes de cazadores de Luchana, que no daba tiempo a la criada para bajar la escalera de la casa y tratar del ajuste de la sardina, por lo que preveo que antes de mucho dejará de oirse el conocidísimo diálogo que se entabla entre la sardinera en la calle, y una maritornes asomada al balcón de un quinto piso. - ¡Sardinaaaá frescaaaaaas! ¿Quién la quiere gordaaaá...? - ¡Sardinera...! ¿A cómo? - A ocho. - A cuatro. - Sí; más tarde. No puede ser menos de seis. - A cinco, ¿quiere? - Vaya, baje, roja. ¡Sardina fresscaas! ¡Quién las quiere grandes! Y la roja, que es las más de las veces morena y más de una vez un si es no es negra, baja, y se discute entre vendedora y compradora sobre la calidad de la sardina, que no puede ser ni más fresca ni más gorda, según aquella, y que según la última es pequeña y de "ayer". Expendida la mercancía toda que trajeron, se reunen las sardineras como las golondrinas al emprender su marcha, y juntas, riñendo a gritos, o hablando como si riñeran, y soltando dicharachos y palabras menos castas que castizas, vuelven por donde venido han, contando al paso sus ganancias, colocadas sobre a falda del refajo, y sujetando entre dientes y labios la peseta que como garbanzo de a libra aparezca por casualidad revuelta entre un ciento de perros chicos y grandes".
