Hermits

SAN ROQUE

Ermita de Pamplona (Nav.) erigida al abogado universal contra la peste en cumplimiento de uno de los votos de la ciudad. A finales del s. XVI padeció Pamplona el terrible azote de la peste. En marzo de 1599 el mal estaba a las puertas, no tardando en salvarlas a pesar de cuantas medidas se arbitraron para conjurar el peligro. Agotado todo humano remedio, los consternados pamploneses imploraron el favor divino e hicieron voto, por boca del regidor Cabom ante las Sagradas Especies puestas de manifiesto al pueblo por el obispo Antonio Zapata, obligándose la ciudad toda a guardar abstinencia en las vísperas de los Santos Fermín y Sebastián y a construir una ermita a honor y gloria del Señor San Roque, a la que habrían de acudir anualmente en solemne procesión. Reconfortados un tanto los ánimos de tan desdichadas gentes, súpose por aquellos días que un humilde franciscano del convento de Calahorra había llegado a conocer por divina revelación que sanarían de la peste cuantas personas pusiesen sobre su pecho las sagradas insignias de la Corona de Espinas con las Cinco Llagas. Previas las consultas que la prudencia aconseja en tan delicados casos y sin omitir las penitencias y oraciones para no errar en el juicio, la Autoridad eclesiástica acogió con beneplácito las insinuaciones del franciscano. Inmediatamente, sanos y enfermos, recibieron el santo emblema con la mayor devoción y portáronlo durante quince días, terminados los cuales operóse el milagro. Nuestros concejales de hoy siguen ostentando en sus veneras las insignias juntamente con las armas de la ciudad-, «en memoria desta merced y para que adelante la haya y quede perpetua de un suceso tan milagroso», según acordaron los regidores de ayer en el año 1600, a los dos días del mes de septiembre. Parejo al voto de San Roque, el Ayuntamiento dispuso también, por la merced recibida, que el día de la Santa Cruz de mayo se celebrase una misa solemne en el monasterio de Carmelitas Calzados -sito en la calle del Carmen y derruido a finales del XIX-, colocando durante la ceremonia un escudo con las milagrosas insignias de la Corona de Espinas y Llagas y acudiendo los regidores en cuerpo de comunidad. Pasados los años celebrábase esta función en el convento de San Francisco y actualmente, trasladada al día de Jueves Santo, tiene lugar en la parroquia de San Agustín, aunque un tanto abreviada. Erigióse asimismo la ermita de San Roque en las inmediaciones de la actual Prisión Provincial y cumpliéronse las prometidas abstinencias, sin olvidar la solemne procesión. Pero en 1795 tuvo que ser derruida la pequeña basílica ante el temor de que los franceses, prestos a invadir nuestro territorio, pudieran servirse de ella como reducto frente a las defensas de la plaza. Igual suerte corrieron otras vetustas ermitas de extramuros, si bien no llegaron a realizarse los fundados temores. Lejos ya los franceses, volvieron las cosas a su normal estado. Pensóse en reedificar las ermitas -un poco a regañadientes quizá por parte de los maestros en poliorcética que deseaban conservar despoblada la zona circundante a la plaza-, y surgieron dudas acerca de la vigencia de los votos. Puestas a consulta tan delicadas cuestiones, un esclarecido grupo de teólogos dictaminó que ya no obligaban y mucho menos aún en cuanto a reedificación de las ermitas. No obstante, siguió celebrándose la procesión intramuros de la plaza hasta el año 1836 en que quedaron abolidos los antiguos votos. Del santo titular de la ermita derivóse el nombre del término, llamado también de las Horcas por ser el lugar de ejecución de las sentencias de muerte hasta que, hace cien años, quedó abolido el público cumplimiento de la pena. Por el Campo de San Roque, en los glacis actualmente rebajados de la Cuesta de la Reina, veíanse hasta 1935 unos cortos pedestales de mampostería, recubiertos con losas, destinados sin duda a sustentar el tinglado del patíbulo. Ref Elías Martínez de Lecea Ver PESTE