Desde tiempo inmemorial y hasta nuestros días, la villa de Valcarlos (Navarra) acostumbró a satirizar determinados sucesos de la vida local, sacándolos a pública vergüenza en una farsa o pantomima llamada "karrosa", que tenía lugar en la plaza, sobre un tablado y a la vista de todo el pueblo. Estas curiosas farsas realizaban el axioma teatral "Castigat ridendo mores" en toda su pureza primigenia. La embriaguez, la sevicia conyugal, el atropello contra una moza, las ofensas contra la autoridad marital o paterna encontraban castigo y escarmiento en estas pantomimas aldeanas, donde se ridiculizaba el vicio y el abuso de la fuerza por el camino de la burla y la risa. Las "karrosas" de Valcarlos, más que función teatral, venían a ser un juicio al aire libre. Y en torno al juicio, una fiesta, con sus danzas típicas, sus bailes populares y su alegría comunal.
Cuando se difundía por el pueblo la noticia de algún pequeño escándalo, de algún suceso digno de vituperio: v. gr., que una mujer había dado una paliza a su marido; que marido y mujer se habían golpeado; que un vecino había tratado de atropellar a una moza, etc., se organizaba la función y se anunciaba su celebración, con tiempo suficiente, tanto en el pueblo de Valcarlos como en los vecinos pueblos franceses de Garazi (valle de San Juan de Pie de Puerto). El anuncio de una karrosa era acogido por las gentes de aquella zona con el mayor entusiasmo. En la fecha señalada para la celebración del espectáculo, se procedía a la formación del tribunal y a la elección de los que habían de encarnar los personajes de la farsa, procurando que el elegido para cada cargo fuese, en lo físico, el tipo más opuesto al personaje cuyo papel había de representar.
Al igual que en la "Comedia italiana del Arte", los personajes de las karrosas eran siempre los mismos. He aquí su lista:
YUYIA: Juez y acusador.
GREFIERRA: Secretario.
KRIDIA: Letrado defensor.
APEZA: Cura párroco.
BERETERRAK: Monaguillo.
KURRIERA: Correo a caballo.
PERSULARI: Bertsolari.
Cada uno de ellos iba disfrazado con los trajes y adminículos propios de su papel. El juez, con sombrero de copa o birrete, barbas enormes, lentes y un gran libro. El secretario, con lentes y una pluma de ganso descomunal. El letrado defensor, con toga, barbas y un rollo de papel en la mano. El cura, con traje talar, que le prestaba el propio párroco para esta fiesta. A la vez que a estos personajes, se designaba a los que, por incomparecencia de los procesados, habían de representar a éstos. Se buscaba para ello tipos risibles, y se les caracterizaba y disfrazaba de manera que pudiera advertirse en ellos la caricatura de los reos.
Así, por ejemplo, en la última de las karrosas de Valcarlos, organizada con ocasión de que una moza, asediada por un galán, pidió auxilio a su hermana, y ésta, que se hallaba planchando, acudió con la plancha en la mano y atizó al atrevido un planchazo que le produjo quemaduras, el que hizo de galán en la farsa llevaba pintada sobre el pantalón la señal del planchazo; y el que hacía de planchadora era un tipo ridículo, cuya sola presencia provocaba la risa del público. Disfrazados convenientemente los personajes del tribunal y los acusados se trasladaban en comitiva al tablado que levantaban al efecto en medio de la plaza. Con la comparsa judicial desfilaba la vistosa comparsa de los "dantzaris" de la villa, los cuales, antes de comenzar el juicio, ejecutaban en tomo al tablado algunos de sus típicos bailes. Terminada la danza, comenzaba la vista, en cuya celebración se seguía un orden tradicional.
El Yuyia (juez) hacía pública la acusación contra el procesado o procesados, dando lectura a un escrito donde se relataba el hecho de autos en forma humorística, exagerando los cargos y acentuando, con apóstrofes y gesticulaciones, los detalles del mismo. A continuación, el juez invitaba a los reos a que reprodujeran el suceso. Para que la reproducción de éste se realizase con el mayor realismo posible, se llegó, en ocasiones, a reconstruir en el tablado el escenario. Y así, en una karrosa celebrada hacia 1885 con ocasión de que el dueño y la dueña de casa Pedrotoa habían reñido violentamente cuando trabajaban juntos en la pieza de maíz, los organizadores de la farsa aparejaron un maizal en un extremo del escenario. En otra karrosa anterior, organizada para vituperar la paliza dada por la mujer a su marido en la cocina de su casa, armaron en las tablas un hogar con todos sus detalles. Los acusados procuraban reproducir el suceso de manera exagerada y cómica.
Dándose el caso de que en la ya citada karrosa de Pedrotoa, uno de los protagonistas, la mujer, presenció el espectáculo, y desde la ventana de casa de Txotxoa, les hacía a los del tablado gestos de desaprobación, indicándoles que la cosa no había sucedido de la manera como ellos la remedaban. En la karrosa "de la plancha", el galán víctima del planchazo se encontraba asimismo entre los concurrentes a su propio juicio. (Los montañeses son así de tranquilos). Realizada con toda propiedad la reproducción del hecho, se procedía al interrogatorio de los testigos, los cuales desfilaban ante el tribunal, sacando a relucir en sus declaraciones todos los trapos sucios del acusado, incluso los de carácter íntimo. El bertsolari amenizaba los intermedios de la vista, improvisando pullas y entonando canciones alusivas. A continuación se levantaba a hablar el Kridia (defensor). Quien tenía a su cargo este papel procuraba fingir una defensa, porque, en realidad, enderezaba su discurso a complicar más todavía la situación de su patrocinado, con argumentos y distingos que implicaban nuevos cargos e imputaciones, lo que divertía extraordinariamente a los espectadores.
Finalmente intervenía el Apeza (cura) para poner las cosas en claro, desvirtuar las acusaciones o buscar motivos de excusa en favor de los reos. El Apeza encontraba siempre una fórmula de arreglo. El tribunal la aceptaba, los acusados prometían enmienda, y el cura terminaba su intervención bendiciendo a los procesados. El juez daba lectura al fallo, y con esto terminaba la farsa a gusto de todos. Durante la celebración de la karrosa intervenían los dantzaris. El Yuyia, a pretexto de requerir nuevas pruebas o de evacuar determinadas diligencias, daba orden al Kurriera (al alguacil) para que partiese a caballo en busca de lo que deseaba, e interrumpía el juicio para que el público pudiera disfrutar con el baile de los danzantes. Terminado éste, regresaba el Kurriera fingiendo traer papeles o documentos, y se reanudaba la vista.
Ref. Iribarren, J. M. Historias y costumbres. Pamplona, 1949.
