Historia, II. Los apellidos incitan a pensar en un guipuzcoano, acaso de la villa de Deva, pero no me ha sonreído la fortuna en la búsqueda de datos para identificarlo. (He andado tras ellos en el citado trabajo de Mugártegui, en Soraluce y Múgica). Comprobado ese extremo, restaría el de su posible influjo benéfico o maléfico. Pellicer, en sus Avisos históricos (Avisos históricos... desde el año 1619, por D. Josef Pellizer y Tobar..., en el "Semanario Erudito" de D. Antonio Valladares de Sotomayor, t. 33, Madrid 1790, pp. 257-258. Es de lamentar que terminen los Avisos en esta fecha); recoge ciertas nuevas llegadas de Salamanca: "Háblase ahora mucho en lo que ha sucedido en Salamanca, donde, habiéndose opuesto a una cátedra uno que era del lugar, se la llevó un vizcaíno; y, llevándole con los vítores acostumbrados, algunos mozos del lugar que estaban armados y prevenidos, empezaron a decir cola (Cola. Voz que se usa entre estudiantes como oprobio, en contraposición de la aclamación victor. (Dicc., 1783)); de que resultó venir a las manos. Murieron algunos de una parte y otra; y entre los de la ciudad murieron don Alonso Suárez, hijo del Adelantado de Yucatán, y otro caballero. El corregidor, que es D. García de Cortes, quedó herido de un balazo en el muslo. Prendió el teniente cinco estudiantes, y sin consulta del Consejo ni guardar los términos debidos, dio garrote a uno de ellos, que era caballero mallorquín, del apellido de Ferrer, y muy de la casa del Sr. D. Pascual de Aragón y de la de Cardona, que lo ha sentido con todo extremo. La Universidad le hizo un suntuoso entierro y, dando cuenta a su majestad y al Consejo, hizo claustro y resolvió pedir licencia para mudar las escuelas a la ciudad de Palencia, y envió la recolección al rey. Ha nombrado el Consejo por juez de este caso al alcalde don Pedro de Amézqueta, que se previene para la jornada". Si era o no un peste viva, como el de Tirso, este nuevo juez pesquisidor decidirá quien siga paso a paso los trompicones del buen Amézqueta. Su primer desacierto debió de originarse de la lentitud, según se desprende de la carta de otro jesuita, Francisco Isidro Monzón, fechada en Salamanca a los 8 de enero de 1645 (Cartas..., t. VI, MHE, t. 18, pp. 4, 5): "Bien veo que estará V. R. aguardando las novedades de Amézqueta; pero esto va tan despacio que hasta agora no ha hecho más que ir prendiendo caballeros y ciudadanos, llamando con pregones a muchos que se han ausentado, entre los cuales nombran a cuatro o seis estudiantes (el editor de las Cartas, P. de Gayangos, observa aquí equivocadamente que "alude sin duda al suceso del 1635". Equivocadamente, porque Pellicer nos ha señalado sangre más reciente que pedía justicia. Por los Avisos conocemos también los motivos que tenía el teniente para recelar tan doloroso ascenso). Del teniente ya no se habla, aunque cada mañana aguardan a verle colgado de las rejas de la cárcel. Ha venido orden del Consejo a los Colegios para que declaren los señores colegiales lo que vieron y saben de la insolencia pasada. Nuestro P. Rector, que es de verdad el omnis homo de esta escuela y ciudad, va tomando la mano para hacer las paces". El propio Monzón, desde la misma ciudad, amplía sus noticias el 14 del mismo mes (Cartas..., t. VI, MHE, t. 18, pp. 8-9). "¿Qué dijeran VV. RR., mis PP. andaluces, si se vieran ocho días ha como nos vemos nosotros, pisando nieve helada que tiene talle de durar un mes? Y, para adobarlo, toda la noche pasada y todo hoy no ha dejado de nevar. Este tiempo le pareció a propósito a don Pedro de Amézqueta para sacar esta mañana a media docena de ciudadanos, que tiene condenados a galeras, a pasear las calles, dándoles la primera pasada de azotes. En viendo los jumentos a la puerta de la cárcel, se comenzó a alborotar la ciudad, armándose muchos; y los que sobresalían más fueron los clérigos, tan resueltos a ejecutar cualquier desatino que, habiendo venido a llamar al P. Provincial, que es el refugio común, hubo S. R. de el juez para que suspendiese la ejecución del castigo, como lo hizo, que no hay más que decir de la resolución de Amézqueta. Pero él dejará memoria de sí en Salamanca, la cual, con la acción de hoy, se ha acabado de rematar. Despachó luego al Consejo, y se tiene por cierto que traerá algún tercio de soldados de Ciudad-Rodrigo, los cuales de muy buena gana se vendrán a alojar aquí, y con su resguardo ejecutará el juez cuanto quisiere". Increíble parece que en ambiente tan tormentoso hallaran tranquilidad los estudiantes para vacar a los estudios con regularidad. Y, sin embargo, la hallaban: lo afirma y demuestra ahí mismo el jesuita. Entretanto el espinoso asunto de las pesquisas y condenas no sólo no acababa, sino que de día en día tomaba peor cariz. Vuelve a historiarlo en otra garbosa carta el propio Francisco Isidro Monzón, el 28 del mismo mes (Cartas..., t. citado, pp. 17- 18): "Tenemos a D. Pedro de Amézqueta por corregidor de Salamanca, único medio para la quietud que aquí se desea y es menester. De maestre escuela se dice también ha de haber mudanza, y aun que lo será el justo juez Pedro de Soria. Lo cierto es que así estudiantes como ciudadanos tienen necesidad de gobernarse in virga ferrea. No más lejos que esta semana se acuchillaron aquí cerca del Colegio seis estudiantes, de los cuales están los cinco heridos; el uno con poca o ninguna esperanza de vida; otro tenemos en casa con una muy mala estocada en un muslo. Entre los condenados a muerte por el juez es uno el sobrino del P. Fabián López, por haber salido al vítor, ocasión de tantas desgracias y alborotos. Otros lo están bien injustamente, sin haber contra ellos más sospecha que haberse ausentado de Salamanca, cosa que han hecho muchísimos, temiendo el peligro de caer en manos de los ciudadanos que andaban furiosos a buscarlos. El P. rector es quien propuso al Consejo el medio de hacer a Amézqueta corregidor. No se puede creer de cuánta importancia es y ha sido la asistencia de S. R. a la composición de estas materias. Quédanse con el corregidor los cuatro alguaciles de corte que trajo para su pesquisa. Los estudiantes que han quedado es gente toda de obligaciones, y están contentísimos de la seguridad con que ya se hallan para acudir a sus lecciones, como lo hacen, y se frecuentan las escuelas con gran fervor". En mayo, por motivos que se dirán, estuvo a punto de estallar una nueva tormenta, cuyos amagos describe nuestro puntual cronista Francisco Isidro Monzón, en carta fecha en Salamanca el 13 de mayo de 1645 (Cartas..., t. VI, MHE, t. 18, pp. 75- 76): "Aquí se siente mucho la ausencia del P. rector, que es y ha sido el amparo de la Universidad. Fuese en esta semana Amézqueta, sin haber hecho más que estarse en la cama rendido o de sus achaques o del no atreverse a obrar. Ha venido otro alcalde de corte por regidor, D. Juan de Lazarraga, con que los vizcaínos están muy alentados, por ser de su nación (A Amézqueta, pese a su apellido, no le consideraban como vizcaíno, a lo que parece), y tanto que anoche hubieran salido a hacerle vítor, si, habiéndomelo avisado dos de los más cuerdos, no hubiera yo salido ayer tarde a estorbarlos. Todos los inquietos se han vuelto aquí, estando los más condenados a muerte, y dicen que no han de parar hasta vengarse de los hijos del reino. Estos y los caballeros se han vuelto a irritar, y con razón, porque habrá seis días salieron de noche los vizcaínos a vitorear a D. Gil de Castejón, colegial del Viejo, que llevó una cátedra, y anduvieron tan atrevidos que entraron cuatro veces en la plaza, haciendo corro en ella y vitoreando allí la escuela y su nación (Recuérdese el grito arriba oído, de la comedia de Juan Vélez de Guevara: Víctor la escuela, revictor Vizcaya), a pesar de los rebeldes y traidores, palabras que han escocido mucho a los de la ciudad, porque anoche hubieran vuelto a salir los vizcaínos, hubiera sucedido mucho mal. ¡Dios se lo perdone a nuestros andaluces! En especial a un Herrera y otros no sé cuántos, que ya se han ido, los cuales, por la despedida, convocaron una noche la nación y la salieron a victorear, y no pararon hasta ir a la puerta de Amézqueta y decirle malísimas palabras, diciéndoselas también a los de la ciudad, cuyo ejemplo han querido seguir los vizcaínos, diciendo que no han de ser ellos menos atrevidos que los demás". Se habrá reparado en que vizcaínos y andaluces, discordantes entre sí, estaban de acuerdo en un punto: la ojeriza contra los de la ciudad. De éstos se nos dice en otra carta (Cartas..., t. VI, MHE, t. 18, p. 135. La carta es del 12 de agosto de 1645): "No sabemos en qué ha de parar el odio mortal que tienen a los estudiantes los ciudadanos". En las Cartas se pierde la pista de nuestros vizcaínos desde esas fechas. Algunos pormenores podemos agregar a lo expuesto, gracias al opúsculo de D. Amalio Huarte (La Nación de Vizcaya...), basado en los procesos que se les siguieron a los levantiscos huéspedes. Por él sabemos que en los encuentros de andaluces y vizcaínos en 1646, los primeros iban diciendo vítor la Bética y cola la Sopica y la Bética lo decían por Andalucía y Sapica es refrán que se dice por los vizcaínos" (o. c., p. 13. No he dado todavía con la razón y significado de Sopica o Sópica). Ahí mismo se nos informa de que en cierta ocasión hasta tal extremo les cegaba la cólera a los vizcaínos que le recibieron al juez a arcabuzazos y le forzaron a retirarse. Hay un testigo que depone que "a la vez que los vizcaínos gritaban andrea, gritaban del otro lado Santiago, y él creyó que era el nombre y seña de los gallegos". Y muchos de los que declaran, aseguran que "sabían que eran los vizcaínos sólo porque hablaban vascuence o ya por el nombre y seña andrea a que respondían guisonea" (o. c., p. 16). En la p. 20, interesante relación de estudiantes vizcaínos, sacada de los registros de exámenes. El número total de los matriculados, año por año, durante varios siglos, puede verse en Fr. Luis G. Alonso Getino, El Maestro Fr. Francisco de Vitoria, p. 497. De ahí se saca que es totalmente exagerada y errónea la cifra de "diez o doce mil" que se daba en La Tía fingida, BAE, I, 248. El folleto de Angel Ledesma, Los frascos en la Universidad de Salamanca, Bilbao 1919, sólo conozco por la recensión de RIEV, II, 1920, 76-78. Parece que algunas de sus noticias pueden ilustrar estos mismos hechos). Antes de despedirlos, añadiré que no faltan cuentos de estudiantes en la literatura popular del País Vasco (V. R. M.ª de Azkue, Euskalerriaren Yakintza, t. II, Madrid, 1942, p. 191 y passim). Y de tal suerte se ha desvanecido el humo de los arcabuces y el recuerdo de la sangre vertida antaño, que actualmente, ya desde la cuna, en bellas canciones, se les señala a muchos niños el camino de la ciudad del Tormes. (Varias de esas canciones de cuna, en M. de Lecuona, Cantares populares, en "Anuario de Eusko- Folklore", 10, 1930, p. 53). Ref. Legarda: Lo "Vizcaíno" en la literatura castellana, San Sebastián, 1955.
