Según la concepción tradicional que aún perdura en el pueblo, el vasco se halla ligado a un etxe, "casa". Muchas veces el apellido mismo es el nombre de la casa de origen. El etxe es tierra y albergue, templo y cementerio, soporte material, símbolo y centro común de los miembros vivos y difuntos de una familia. Es también la comunidad formada por sus actuales moradores y por sus antepasados. Tales son los atributos de la casa tradicional vasca que ahora, con los nuevos modos de vida, van desfigurándose o desapareciendo. En estrecha relación con el etxe, se desarrollan durante siglos los principales modos de vida -que tienen su expresión en las viejas leyes y costumbres y todo el sistema mitológico y religioso que establece y asegura la comunión de vivos y difuntos. El mundo conceptual del vasco histórico gira, pues, alrededor del etxe en el que tiene un quehacer: atento a los antepasados, realizar el programa general de su vida basado en un ideal que es Dios y en un modelo concreto que, durante siglos, ha sido Cristo. Este plan o esquema que ha constituido y constituye todavía el centro de visión de los vascos que aún no apartaron sus ojos del pasado, ha llegado con carga de viejas adherencias y recuerdos, piezas de vigencias, antaño comúnmente aceptadas. El etxe es desde luego lugar sagrado, donde son venerados ahora Jaunzeruko, "Señor del cielo"; Aitagurutzeko, "padre de la cruz" y Andra Mari, "Señora Mari". Es lugar protegido por el fuego del hogar, símbolo de un genio llamado Mari, que tiene virtudes sobrenaturales; por el laurel de su huerta o por el que se conserva en casa; por diversas ramas de espino albar, de fresno y de flores solsticiales; por la flor del cardo silvestre, símbolo del Sol; por el hacha y la hoz dotadas de poderes místicos; por ser morada de espíritus de antepasados o lugar visitado por éstos; por la perennal ofrenda de luz -fuego del hogar- que allí se enciende a las almas conforme a una ritual prescripción o norma de "alumbrar a los muertos siquiera sea con una pajuela"; por la práctica de depositar sobre las repisas de las ventanas piadosas ofrendas de comestibles destinadas a los difuntos de la casa; por la costumbre antigua de orientar las casas de suerte que su entrada principal mire al sol naciente, y, finalmente, porque la casa es cementerio familiar. El carácter sagrado de la casa aparece confirmado por el jarleku o lugar sagrado que en la iglesia parroquial posee cada casa y que es considerado como prolongación de ésta y como parcela integrante e inseparable de la misma. El etxe es también sepultura. La tumba que posee en la iglesia o en el cementerio es considerada, al igual que el jarleku, como una prolongación de la casa. Antes de la introducción del Cristianismo, la casa misma debió servir de sepultura doméstica. En ella se depositaban las ofrendas para los muertos. De esto quedan vestigios todavía en las costumbres actuales. La estrecha relación de la casa con la iglesia y con el cementerio, en un mismo sentido místico, es confirmada por el carácter sagrado del camino que les une. Existen creencias y leyendas que también confirman el mismo hecho. En muchos lugares se cree que no se pueden dar tres vueltas alrededor de una iglesia, ni de un cementerio, ni de una casa. Una mujer del caserío Jaulei (Berastegi) se convirtió en bruja por haber dado tres vueltas alrededor de la iglesia de aquel pueblo. Es creencia en Oñate que si alguno da tres vueltas por el contorno de una iglesia, es luego arrebatado por el diablo. En Zarautz dicen que en tales casos aparecen los difuntos. En Elorrio se cree que es peligroso dar cinco vueltas alrededor de un templo: una mujer las dio llevando a un niño en sus brazos; al terminarlas, oyó estas palabras: "gracias al niño que llevas al brazo; si no, hubieras vivido poco". Según creencia de Garay, es peligroso dar tres vueltas alrededor de un cementerio. Lo mismo dicen en Ataun. En Galarreta existe la misma creencia, y añaden que a quien intente dar tales vueltas, le sale un muerto o una misteriosa luz verde. En Bérriz existe igualmente una creencia semejante. En Lekeitio decían que si alguien, después del toque de Ángelus, pasaba junto al cementerio, salíanle los difuntos. Acerca del circuito de las casas corren creencias parecidas. En Kortezubi dicen que no se deben dar tres vueltas alrededor de una casa después del toque de Ángelus: uno que intentó darlas, no logró ni tuvo cosa buena en adelante. Lo mismo dicen en Oñate. En Abadiño creen que ninguno puede darlas, a las doce del mediodía, si no hay laurel junto a la casa. En Ataun dicen también que no se pueden dar tales rodeos, en virtud de apuesta, si no se lleva en la mano una rama de laurel. A este propósito, mi informante Felipe de Aguirre, señor de la casa Mendiurkullu (Ataun), me refiere lo siguiente: En el caserío "Erremedio" se reunían todas las noches unas hilanderas. Alguien dijo: "ninguno puede dar de noche tres vueltas alrededor de una casa". Una de las hilanderas, llamada Catalina, dijo que ella las podría dar sin miedo. Y salió a darlas. Dio dos vueltas. A la tercera, desapareció. Sus compañeras, alarmadas, la llamaban del portal: "¡Catalina! ¡Catalina!". Ella no contestaba. Más tarde parecía llegar del puente situado cerca del caserío "Erzillegi" una voz que decía: Katalin, bai, Katalin! ¡Catalina, sí, Catalina! Katalin Gaueko'ok eaman din. A Catalina la ha llevado el Gaueko. No se supo más de Catalina. Desde entonces el puente de "Erzillegi" se llama "Katalinzubi", "puente de Catalinar". v. GAUEKO. Tiene, pues, la casa una significación marcadamente religiosa; es cementerio y templo, donde se tributa culto doméstico a Jaun-zeruko, "Señor del cielo" (Dios), a Aita-gurutzeko, "Padre de la Cruz" (Cristo) y a las almas de antepasados. Y en este culto es la etxekoandre, "señora de la casa" el ministro principal. Lo dicho nos da a entender que la casa tradicional vasca es una institución de carácter económico, social y religioso integrada por una familia que son los moradores actuales en comunión con las almas de antepasados, portadora de una tradición y encargada de funciones religiosas irrenunciables. Esto ha modelado el etxe de suerte que haya sido considerado como inviolable, que haya gozado de derecho de asilo, que haya sido inalienable y que deba ser transmitido íntegro o indiviso dentro de la familia. Así los señores de Ahetzia (Urdiñarbe) pudieron poner con razón sobre la puerta de su casa esta inscripción:Mendez mende jarraikia En siglos de tradición Zaharrek erakutsia Educada por los antiguos Izena dut Ahetzia Tengo por nombre Ahetzia Etche bat naiz idekia. Soy casa acogedora.
José Miguel de BARANDIARAN.
José Miguel de BARANDIARAN.
