La mayor contribución humana al calentamiento global proviene de la emisión de cuatro GEI de larga duración, a saber, CO2 (dióxido de carbono), CH4 (metano), N2O (óxido nitroso) y halocarbonos (gases como flúor, cloro o bromo). Desde la revolución industrial a mediados del siglo XVIII, las concentraciones atmosféricas de estos gases son muy superiores a las que existían anteriormente, como lo demuestran los análisis de núcleos de hielo.
De estas sustancias, el CO2 es el principal GEI emitido por la acción humana. Procede principalmente de la quema de hidrocarburos fósiles y en menor medida de la gestión y uso de las tierras, y representa un 77% del total. Sólo entre 1970 y 2004, las emisiones han aumentado en alrededor de 80%, de 21 a 38 gigatoneladas, aunque el ritmo se acelera. Entre 1995 y 2004 el aumento en las emisiones equivalentes pasó de una media de 0,43 gigatoneladas equivalentes al año (Gt-eq) a 0,92Gt-eq. Las consecuencias de estas mayores emisiones pueden comprobarse con las concentraciones de CO2 en la atmósfera que aumentaron de aproximadamente 280 partes por millón en la era preindustrial a 379 ppm en 2005. Entre 1960 y 1995 se registró un aumento medio de 1,4 ppm al año, y entre 1995 y 2005 la media se situaba en 1,9 ppm más cada año.
Por su parte, las principales fuentes de las emisiones de CH4 y N2O se encuentran en la agricultura y la ganadería. Estos gases también se encuentran actualmente en concentraciones mucho mayores que las que se calcula existían la era preindustrial. En el caso del metano, se ha pasado de 715 ppmm (partes por mil millones) a 1732 ppmm en 1990 y 1774 ppmm en 2005. Para el óxido nitroso las cifras son de unos 270 ppmm en 1750 a 319 ppmm en 2005. Los halocarbonos, casi inapreciables en la atmósfera antes de la revolución industrial, tienen una presencia constante en las mediciones contemporáneas.
Si bien no todas las emisiones son antropogénicas, el efecto de las altas concentraciones de GEI ha causado un forzamiento radiativo de +2,3 W/m2, un evento sin precedentes en los últimos 10.000 años. Sin embargo, otras contribuciones del hombre, tales como los aerosoles, el carbón orgánico, los nitratos y el polvo; producen un efecto de enfriamiento debido a que las partículas disueltas en el aire bloquean la radiación solar. Esto redunda en un forzamiento radiactivo directo de -0,5W/m2, y tomando en cuenta su efecto sobre el albedo de las nubes podría llegar a -0,7 W/m2.
Según el IPCC, las mayores temperaturas registradas tanto en el aire como en los océanos, además del derretimiento de los hielos, son pruebas de que es extremadamente improbable que el cambio climático de los últimos 50 años sea fruto de un forzamiento externo distinto a la acción humana. Los forzamientos volcánicos y solares observados deberían redundar en un enfriamiento planetario. Así, la troposfera ha ido calentándose durante la última mitad del siglo XX, mientras que la estratosfera se enfría, lo que se debe tanto a la concentración de GEI como al agotamiento de la capa de ozono.
En las conclusiones del cuarto informe de progreso del IPCC se considera que el forzamiento antropogénico sea el causante de una mayor volatilidad climática. Así, los días más cálidos y más fríos son cada vez más acuciados, y el riesgo de olas de calor se ve agravado. Los vientos también podrían haberse visto afectados por el calentamiento global, lo que ha alterado sus pautas y afecta los vectores de las tempestades extratropicales en todo el globo. Aún así, la circulación en el hemisferio septentrional muestra unas alteraciones en la circulación más dramáticas de lo que cabría esperar en respuesta al forzamiento humano. Según la mayoría de los modelos climáticos, la frecuencia e intensidad de eventos climatológicos extremos aumenta con el progresivo calentamiento global.
Otra consecuencia directa del aumento de las temperaturas es un mayor flujo de aguas dulces, provenientes del derretimiento de los hielos y un incremento en las precipitaciones debido a una mayor evaporación oceánica. Basado en observaciones de satélite publicadas en octubre 2010, entre 1994 y 2006, el flujo de agua dulce ha incrementado en un 18%, particularmente en áreas donde ya de por sí se producen fuertes precipitaciones.
Si bien las variables del clima a nivel global tienen un efecto en todo el planeta, las consecuencias más graves repercuten a nivel local. Las alteraciones en los sistemas climáticos locales no necesariamente se ciñen a las tendencias globales, y pueden transformar notablemente el entorno de forma más radical en unas localizaciones que en otras. Son tres las formas principales en las que el calentamiento global puede afectar a los ecosistemas y sociedades locales, a saber, formación y derretimiento de hielos, cambios en el ciclo hidrológico local (sequías e inundaciones) y alteraciones en las corrientes de agua y aire. En las costas la subida del nivel del mar es también una consecuencia a tener en cuenta.
El nivel del mar aumentó durante la segunda del siglo XX, y el consenso científico es que el forzamiento antropogénico es parcialmente responsable. Los océanos tienen un papel esencial en la captura de CO2 que de otra forma se quedaría en la atmósfera. Una mayor temperatura de las aguas mina su capacidad para absorber GEI, además de expandir su volumen, lo cual, unido al derretimiento de los hielos, aumenta más el nivel del mar. El IPCC asegura que desde 1961 el nivel del mar se ha elevado en 1,8 mm al año de media, aunque a partir de 1993 se observa un ritmo más acelerado, y sube de media 3,1 mm al año. Las alteraciones en la temperatura y salinidad del agua puede causar un colapso de las corrientes termohalinas, con consecuencias irreversibles para el sistema climático.
Por otra parte, una mayor concentración de CO2 en el agua redunda en la acidificación de los mares, agregando iones de hidrógeno y reduciendo su pH. Un estudio del instituto Carnegie publicado en 2003 estima que el ritmo y magnitud de acidificación del océano están en el contexto de los eventos históricos de cambio en los últimos 300 millones de años. Desde el inicio de la revolución industrial el pH de la superficie se ha reducido en un poco más de 0,1 unidades, es decir, que el incremento de iones de hidrógeno es un 30% mayor. Se calcula que a lo largo del siglo XXI el pH se reducirá entre 0,3 y 0,5 unidades más. Mayores concentraciones de CO2 implican un empobrecimiento de oxígeno en el agua, con consecuencias devastadoras para la vida marina.
A pesar de los efectos nocivos del calentamiento global para los ecosistemas naturales, las consecuencias más graves redundan en el ser humano y los sistemas sociales. Las alteraciones en los sistemas climáticos condicionan la capacidad de producir suficiente alimento para la humanidad. Una mayor concentración de GEI, cambios en los patrones climáticos locales, eventos climatológicos extremos y un elevada presión de pestes y enfermedades son algunas de las consecuencias previsibles para el suministro de alimentos.
Además de las consecuencias para la salud que podrían devenir de un minado suministro de alimentos, se prevén otros riesgos sanitarios como consecuencia del calentamiento global. Temperaturas más extremas aumentan el riesgo de muertes por olas de frío y calor. Por otra parte, la distribución y vectores de infección de enfermedades contagiosas varía y se multiplica en cuanto las condiciones se vuelven más favorables. Entre otras muchas amenazas a la salud, el ozono que cada vez se concentra más a nivel del suelo en áreas urbanas aumenta el riesgo de enfermedades cardio-pulmonares.
Varios estudios científicos concuerdan que la amenaza más acuciada para la sociedad estriba en los menguantes suministros de aguas potable. En el Cuarto Informe de Progreso del IPCC, se asevera, con un alto grado de confianza, que en todo el globo los impactos negativos sobre suministros de agua dulce se multiplican y la presión demográfica sobre los mismos convierte su futuro en un grave problema. Las zonas semi-áridas son especialmente sensibles a estos impactos, y muy probablemente sufrirán una menor presencia de agua utilizable a medida que se internan en el siglo XXI. Asimismo, la falta de recursos hídricos y alimentos fomenta las migraciones masivas y puede ser la base de los conflictos humanos futuros.
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