Biographies

BEGUIRISTAIN SEGUROLA, Ángel-Carmelo

Perfil biográfico

Hijo de Juan Beguiristain Segurola, herrero y herrador de Asteasu y de Ramona Segurola Cortajarena, del caserío Ibiaga de Asteasu, nació en aquella localidad guipuzcoana, el 15 de enero de 1925, en el seno de una saga de herradores y herreros que tenían su taller en un galpón de la casa Kabela, de donde saldrían, entre otras estructuras, la veleta y la cruz que se encuentra sobre la parroquia de Asteasu.

Casó con Mª Clara del Castillo Sola y el matrimonio tiene dos hijas, una de ellas, Arantza, veterinaria.

Falleció en Pamplona, el 16 de junio de 2021.

Formación

Ingresó en la Facultad de Veterinaria de Zaragoza en septiembre de 1943, finalizando en junio del año 1948. De estudiante tocaba el acordeón en la tuna.

Especialista en Cirugía y Castración, en Vitoria el 17 de agosto de 1954. Diplomado en Inseminación Artificial Ganadera, Pamplona, el 27 de septiembre de 1963. Diplomado en la Especialidad de Zootecnia, Sección de Nutrición Animal, con el número 1 de su Promoción en la Facultad de Veterinaria de Zaragoza, el 28 de abril de 1965. Diplomado en Inseminación Artificial Ganadera, con el número 1 de su Promoción en Madrid, el 3 de diciembre de 1965. Diplomado en Sanidad, con el número 4 de su Promoción en Pamplona, en 1970.

Actividad profesional

Sada de Sangüesa (Navarra). El mismo año en que acabó la carrera, 1948, aprobó las oposiciones de ingreso en el Cuerpo de Inspectores municipales Veterinarios con el número 4 de su promoción. En 1954 obtenía en propiedad la plaza de Veterinario Titular de Sada de Sangüesa (Navarra), vacante por el fallecimiento de D. Teodoro Navaz Sanz.

Además de sus funciones profesionales, se dedicó a la ganadería intensiva con cerdos, gallinas y pollos.

Anécdotas profesionales

Recordaba que en una ocasión le llamaron para atender un parto que se había complicado a Eslava (Navarra); acudió a casa del ganadero y efectivamente, una de sus cinco vacas yacía en el suelo con los síntomas clásicos de una fiebre vitularia (parálisis post-parto por un déficit de calcio) y un prolapso de matriz. En el reconocimiento previo, pudo comprobar que le habían colgado al cuello un escapulario, pero aparentó no darse cuenta. Realizó las maniobras propias para la reducción del prolapso y administró varios frascos de suero cálcico vía endovenosa, como correspondía al tratamiento de la paresia y, pasado un buen rato, la vaca se levantó con toda normalidad. Sólo entonces aparentó sorprenderse por el colgante y el propietario le comentó se trataba de una "bula para el más allá" que le había facilitado una vecina muy beata. Nuestro protagonista sigue preguntándose si el propietario atribuiría la curación al escapulario, al veterinario o a ambos.

Al poco de llegar a Sada de Sangüesa (Navarra), soltero, Beguiristain compartía la patrona con el médico, también joven y en la misma situación. Ambos hicieron gran amistad.

Una fría mañana de invierno con agua nieve, le llamaron de la comarca de Las Vizcayas, hoy deshabitada y convertida por el Gobierno de Navarra en un frondoso pinar; el traslado a aquel remoto paraje se hacía en caballería y llevaba fácilmente hora y media, en ocasiones sobre un peligroso precipicio. Se armó de valor y se trasladó a visitar un buey. La presencia de un forastero en aquella comarca era todo un acontecimiento y solía ser esperado por la mayoría del vecindario.

Así ocurrió también en este caso. Una vez diagnosticado el mal que tenía el rumiante y prescrito el tratamiento, le comentaron que iban a llamarle al médico esa misma tarde, para que visitara a la Bernarda. Beguiristain, con el ánimo de evitar a su amigo y compañero el viaje por la tarde a tan inhóspito lugar, se interesó por el mal que aquejaba a la Bernarda y como no estaba acostada, solicitó que le invitaran a personarse en el caserío en el que se encontraba. Al rato apareció una señora gorda y parlanchina, sobre todo parlanchina, aquejada de un enorme bulto en la nariz que le afeaba aún más el aspecto.

Ante aquel panorama, siguiendo el protocolo, le pidió a su sobrina le pusiera el termómetro, lo que hizo la chiquilla; al comprobar el resultado, daba 35,2ºC. Ante semejante parámetro, dedujo que lo había puesto mal y le requirió nuevamente a que se lo pusiera, pero con más cuidado; escarbó la sobrina entre gabán y refajos hasta alcanzar la axila de la Bernarda y dejarlo allí durante unos minutos; la lectura volvió a dar la misma temperatura.

Un poco molesto el veterinario, volvió a insistir en la toma y mientras la Bernarda se soltaba alguna de sus prendas y la chiquilla blandía el mercurio, en aquellas maniobras alguien propinó un codazo a la paciente que le reventó el divieso del que comenzó a manar pus en grandes cantidades. Ante la situación, ordenó la limpieza con agua oxigenada, la aplicación de un ungüento y alguna otra medida higiénica, despidiéndose de los vecinos. Cuando inició el camino de regreso, divisó en una loma a una pareja de guardias civiles; era época de maquis. Aquella visión hizo que nuestro protagonista comenzara a tener cargo de conciencia por las consecuencias que pudiera acarrear un empeoramiento del estado de salud de la Bernarda y estuvo a punto de regresar; ¿cómo interpretarían los guardias un cambio de rumbo?; finalmente optó por continuar hacia Sada y confiar en la buena suerte. Comentó la actuación con su amigo médico y el tema quedó olvidado. Pasadas cinco o seis semanas, con un vecino de aquella comarca recibió un aviso de la Bernarda, que deseaba igualarse con él y darse de baja de la iguala del médico.

También recordaba su época docente. Efectivamente, en Sangüesa disponía de un Instituto de Enseñanzas Medias, asociado al de Pamplona, pero financiado por el Ayuntamiento que evitaba que los jóvenes se desplazaran a la capital navarra. Los profesores no eran funcionarios de Educación y en junio y setiembre, el Instituto de Pamplona enviaba una representación de profesores a examinar a la mocina sangüesina. Beguiristain daba clases de matemáticas y de física y un joven fraile capuchino donostiarra, Pablo Muñoz, excarcelado de la Prisión Concordatoria de Zamora y confinado en Sangüesa por razones políticas, daba las lecciones de francés. Ambos recordaban que había una instrucción de aprobar al hijo del alcalde, «que para eso pagaba» y, como el zagal no ponía mucho de su parte, solían dejar la corrección de sus exámenes para el turno de la tarde, cuando ya habían invitado a comer y beber, sobre todo esto último, a los catedráticos desplazados desde Pamplona.

Fuentes

Conversación mantenida con el interesado en la terraza del Bar Erreka, en presencia del periodista Pablo Muñoz, el 13 de agosto de 2009.

Elaboración propia

Autor

José Manuel Etxaniz Makazaga. Doctor en Veterinaria. Real Sociedad Bascongada de Amigos del País (RSBAP). Real Academia de Ciencias Veterinarias de España (RACVE)