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Batalla de Luchana

Célebre batalla librada el día 24 de diciembre de 1836 entre liberales y carlistas con motivo del sitio de Bilbao. Los carlistas sitiaban la villa; las tropas del general Eguía realizaban el asedio mientras otro carlista, el general Villarreal, las protegería de los liberales situados en la orilla izquierda de la ría. Como medida de precaución habían destruido todos los puentes y establecido defensas en alturas de la orilla derecha como la de Cabras, San Pablo y Banderas, estando el puente de Luchana en las cercanías del mencionado en primer lugar. Las tropas liberales de la orilla izquierda, mandadas por Espartero, emprendieron su primera acción de acoso, pasando en diciembre la ría por un puente provisional llegando a ocupar sus tres columnas posiciones estratégicas en Arriaga, Erandio y Asúa, pero tuvo que retirarse pasando de nuevo la ría por un puente de barcas construido en el Desierto.

Después de varias peripecias, Espartero preparó un ataque por la orilla izquierda. Era el día 12 de diciembre cuando avanzaba hacia las posiciones carlistas de Burceña y el 15 cuando lograba hacer llegar todo el ejército a Barakaldo. Allí se detuvieron los liberales ante las fortificaciones carlistas construidas en las alturas de Castrejana, protegiendo el puente de paso sobre el río Cadagua. Esa dificultad y el gran temporal de aguas, obligó a Espartero a replegarse hacia Portugalete, pero avisando por telégrafo a los sitiados que no desistía de la empresa. El 17 de diciembre tendió un puente bajo las canteras de Aspe por donde pasó parte del ejército liberal tomando posiciones en la orilla derecha del río Asúa e instalando allí dos baterías que, unidas a las de el Desierto en la otra orilla, dirigen sus fuegos contra las posiciones carlistas de la otra margen del Asúa. El día 23, bajo la dirección del coronel inglés Wilde, tendióse un puente sobre el Galindo por el cual pasaron tres batallones que cubrieron las alturas de Baracaldo. El día 24, Oráa, jefe de estado mayor, rompió el fuego contra el puente de Luchana y fortín del mismo nombre.

La defensa carlista fue enérgica, impidiendo el embarque de las tropas. En medio de un huracán de agua y nieve, unas 28 ó 30 lanchas repletas de tropa desembarcaban en la otra parte del citado puente. La acción fue llevada a cabo bajo la protección del fuego de las lanchas cañoneras que protegían el convoy. Los carlistas abandonaron sus posiciones. Mientras tanto, los ingenieros, bajo la dirección del coronel Velasco, reconstruían el puente, siempre bajo el fuego enemigo. Habilitado éste, pasó de inmediato al otro lado la segunda división mandada por el barón de Meer, con el propósito de apoderarse del monte San Pablo, centro de importantes posiciones carlistas. Dice el general Oráa en sus Memorias que los carlistas, vueltos en sí, se arrojaron al combate con inaudita bravura, decididos a recuperar las posiciones perdidas. En efecto; desde el cerro Banderas bajaron intrépidamente atacando de lleno a la segunda división haciéndola retroceder con gran número de bajas, entre ellas el general Oráa, que resultó herido.

El general Espartero, enfermo, mandaba desde su lecho, impartiendo órdenes conducentes a la reunión de refuerzos diversos. Y llegó el día 25, día de Navidad. La batalla se hallaba empeñada en el monte San Pablo y en el de Cabras. Ante lo crítico de la situación, Espartero abandona el lecho, monta a caballo y se dirige al combate al frente de la brigada Minuisir. Su presencia en el monte San Pablo levanta la moral de los liberales. Pero ocurre lo imprevisto; un corneta, por error, da el toque de ataque, y las extenuadas tropas, reaccionan y atacan en un movimiento progresivo y rápido sembrando el desorden en las filas carlistas. Espartero, al tanto de lo que ocurre, se pone al instante a la cabeza de una columna para guiarla al combate, atacando el alto de Banderas mientras Oráa, por el lado opuesto, toma la posición, antes cuartel general carlista. Los carlistas se baten en retirada por los puentes de San Mamés y Olabeaga. Los liberales se apoderaban entretanto de las alturas culminantes, quedando la villa de Bilbao a su merced y sin asedio.