Syndicats

Unión General de Trabajadores (version de 1990)

Cuando, en 1888, se funda en Barcelona esta central sindical para coordinar a las sociedades obreras de inspiración socialista, en Euskal Herria apenas existían organizaciones obreras con fines estrictamente laborales, ni siquiera entre los mineros de Somorrostro que ya constituían un colectivo numéricamente considerable. Aunque Facundo Perezagua había llegado a Bilbao en la primavera de 1885, la concienciación clasista y la agitación social en las minas de Vizcaya no se manifiestan hasta la huelga de 1890. El significado de este conflicto resulta decisivo para entender los orígenes del movimiento obrero vasco, no sólo porque representa la primera movilización de los mineros dirigida por los socialistas en protesta por sus penosas condiciones de vida; sino, sobre todo, porque el aparente éxito reivindicativo de la estrategia de confrontación violenta va a retrasar una serie de años el convencimiento colectivo de la necesidad de crear, con carácter más continuo y permanente, organizaciones de resistencia. De hecho, hasta comienzos del presente siglo, los socialistas no lograrán organizar una auténtica estructura sindical. En 1893 los afiliados a las sociedades de oficio de la U. G. T. en Vizcaya eran solamente 491, en Guipúzcoa no llegaban a la docena, y en Alava y en Navarra ni siquiera existían. Además, en las fechas del cambio de siglo, estas pequeñas sociedades de oficio empiezan a evidenciar su incapacidad organizativa y funcional para plantear las reivindicaciones laborales en las grandes factorías que protagonizan el despegue industrial de la economía de Euskal Herria localizado en la ría del Nervión.
El Sindicato Obrero Metalúrgico de Vizcaya. La fundación de este sindicato en 1914 constituye un acontecimiento decisivo y sin precedentes en los primeros momentos de la historia de la U. G. T. de Euskal Herria, ya que su sistema organizativo y sus planteamientos sindicales van a estimular la creación de otros sindicatos de industria de ámbito provincial. Este es el caso del Sindicato Minero creado en 1917, aunque desde 1912 existía, con una proyección supraprovincial, el importante Sindicato Obrero Papelero Vasconavarro, con sede en Tolosa. En todo caso, el protagonismo que ejerce el Sindicato Obrero Metalúrgico de Vizcaya va a influir en un cambio notable de la estrategia sindical que ahora sustituye el radicalismo y la protesta violenta, practicada por los mineros en el período anterior, por la defensa del pacto y de la negociación y por el control disciplinado de la acción reivindicativa. Estos nuevos comportamientos imprimen un carácter más moderno a las relaciones laborales en Vizcaya que trasciende también al resto de las provincias vascas a medida que penetra en ellas el proceso de industrialización. En 1916, este sindicato, aprovechando el malestar obrero por el encarecimiento progresivo de los precios, emprenderá una amplia campaña en favor del aumento salarial para sus afiliados en la que, además de los dirigentes sindicales, participan los principales líderes socialistas de Vizcaya. El éxito fue rotundo y se consiguieron elevaciones salariales que en algunos casos llegaron al treinta por ciento, y consiguieron el apoyo a sus reivindicaciones de las organizaciones de Solidaridad de Obreros Vascos recién creadas. En estos años las subidas continuas de los precios aumentaron el malestar general en todo el país y la agitación laboral fue intensa. Incluso en Guipúzcoa, que hasta entonces no había experimentado conflictos laborales de importancia, se produjeron huelgas de larga duración en la Unión Cerrajera de Mondragón y en las fábricas de Tolosa. Además, en esta etapa, a las cuestiones estrictamente laborales se añaden las expectativas políticas abiertas por la crisis de 1917. A partir del 13 de agosto, la U. G. T. y el P. S. O. E. fueron a una huelga revolucionaria contra la Monarquía en todo el Estado. En Euskal Herria se produjo una huelga general que afectó sobre todo a Bilbao, a la zona minera y a los municipios fabriles de la margen izquierda de la ría; en Guipúzcoa, a Eibar y, en menor medida, a Irún, Pasajes, Rentería y Beasain. El movimiento duró una semana y aunque no tuvo carácter insurreccional, produjo numerosas víctimas y muchos detenidos, debido a la dureza de la intervención del ejército. En estas fechas, a pesar de la competencia que ejercían las organizaciones dependientes de Solidaridad de Obreros Vascos desde 1911, y a pesar del auge de los movimientos sindicalistas, la U. G. T. alcanzó un importante desarrollo, llegando a alcanzar en Vizcaya la cifra de dieciocho mil afiliados en 1920, lo que confirma, sin lugar a dudas, el éxito de la práctica sindical adoptada, basada en la negociación, en la moderación y en el pacto con las grandes empresas. Pero, con la crisis económica de la postguerra, empiezan a debilitarse de forma muy acusada las organizaciones obreras, al mismo tiempo que la escisión comunista contribuye al debilitamiento de los sindicatos. Este proceso es especialmente grave en Vizcaya, de tal forma que, entre 1921 y 1923, la U. G. T. verá reducidos sus efectivos a las cifras de comienzos del siglo. Precisamente, la necesidad de frenar la penetración comunista es la causa que mueve a la U. G. T. a crear un nuevo órgano de coordinación provincial que fuera capaz de integrar y controlar a todas las sociedades de obediencia socialista. Es así como nace, en agosto de 1923, la Federación Provincial de la U. G. T. de Vizcaya por iniciativa del Sindicato Obrero Metalúrgico. Este nuevo organismo, aunque, en un principio, sólo funciona como un mecanismo de defensa frente a la influencia comunista; enseguida ampliará sus funciones y servirá para coordinar la propaganda sindical y las acciones reivindicativas de todas las asociaciones obreras de implantación provincial pertenecientes a la U. G. T. de Vizcaya. En este proceso hacia una mayor madurez sindical, Vizcaya se comporta como una provincia pionera tanto en la organización de sindicatos de industria como en la implantación de sistemas de coordinación territorial. Más adelante, en el período republicano, se constituirán también la Federación Provincial de Guipúzcoa y la de Navarra, esta última dependiente de la Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra. En cambio, la Federación Nacional de Euzkadi, sin la inclusión de Navarra, sólo se organiza muy recientemente, en la pasada década de los años ochenta. Durante la Dictadura de Primo de Rivera, la U. G. T. se va reponiendo paulatinamente de la crisis. Este proceso de recuperación creciente se acentúa a finales de la década de los años veinte, gracias a la constitución de los Comités Paritarios y al esfuerzo por organizar a trabajadores de determinados sectores productivos hasta entonces poco influidos por la central socialista, como son los obreros textiles, los de la industria química, los de las diversas actividades relacionadas con el transporte y los empleados de comercio. En los últimos momentos de la Dictadura de Primo de Rivera, las organizaciones de la U. G. T. se encuentran muy consolidadas y con un alto nivel de afiliación que, en Vizcaya, alcanza los veinticuatro mil quinientos veintisiete socios, coincidiendo con una etapa de progreso económico determinado, en parte, por el trato de privilegio que el régimen dictatorial da a la burguesía vizcaina. Sin embargo, en estos años, los sindicatos socialistas tendrán que empezar también a tener muy en cuenta la competencia de las organizaciones obreras nacionalistas que han conseguido reorganizarse y se han implantado con decisión entre los empleados y en algunos sectores de la metalurgia.
La crisis económica de los años treinta. La Central sindical socialista alcanzará su mayor expansión y su madurez organizativa en los años treinta. En esta etapa, con más intensidad incluso que en los años anteriores, la organización y la lucha sindicales están profundamente condicionadas por la coyuntura económica y política del momento. Euskal Herria presenta ya una clara diferenciación sociopolítica entre el mundo rural agrario y pesquero y el mundo industrial localizado en torno a la ría de Bilbao y a algunos valles guipuzcoanos. Se trata de una sociedad dual con un colectivo urbano en expansión frente a la pérdida de importancia, en las provincias litorales, de las actividades rurales como consecuencia del proceso de industrialización y urbanización que han experimentado las dos provincias costeras desde comienzos del siglo. Por el contrario, tanto Alava como Navarra constituyen un mundo todavía rural claramente diferenciado en el que con escasas excepciones son las capitales provinciales las que agrupan a los productores del sector secundario y terciario. Durante los años treinta, en la naciente y próspera economía vasca irrumpe con gran fuerza la crisis económica general. La coincidencia de la llegada de la crisis con un momento productivo de esplendor determina una toma de conciencia de la difícil situación que afectará no sólo a la siderometalurgia, a la minería y a la construcción, sino que se propagará enseguida al resto de los sectores derivados y dependientes de ellos, coincidiendo con el proceso inicial de diversificación de las producciones y de las empresas que habían empezado a protagonizar el avance hacia la madurez económica de Euskal Herria. El colapso de la demanda y el correlativo descenso de la producción se traducen inmediatamente, en términos sociales, en una crisis de trabajo que eleva con rapidez los niveles de paro en todos los sectores productivos empezando por los más dinámicos. La lacra del desempleo afecta a la economía vizcaina con especial rigor por la caracterización industrial que ha alcanzado. Junto con la pérdida absoluta del empleo hay que contabilizar también el grave perjuicio que supone, para la clase trabajadora, la constante reducción de la jornada laboral que reduce sustancialmente los salarios y merma, por tanto, su capacidad adquisitiva. Aunque en este periodo las estadísticas disponibles indican que el costo general de la alimentación se mantuvo estacionario y que la cuantía de los salarios se elevó ligeramente en su conjunto, sin embargo, el número de obreros que se pudieron beneficiar de estas aparentes ventajas fue muy reducido puesto que la mayoría de ellos, especialmente los metalúrgicos, estaban permanentemente expuestos a la pérdida del empleo o a una sustancial disminución de la jornada laboral. Las manifestaciones de las crisis económica condicionaron de forma decisiva el comportamiento y la actividad de los sindicatos de la U. G. T. Desde 1930, muchos de estos comportamientos organizativos y reivindicativos sólo se explican en relación con la evolución de la crisis y sobre todo en relación con la conciencia de la misma que los obreros van adquiriendo a medida que sus negativos efectos van haciéndose presentes en el deterioro de su calidad de vida. De hecho, son las propias organizaciones sindicales las que más activamente colaboran en la toma de conciencia colectiva de las dificultades reales que la crisis de la producción entraña. También son los sindicatos los que tratan de racionalizar el problema, analizando sus causas, de tal manera que puedan conseguir determinados logros, muy pragmáticos y realistas, sin enfrentarse directamente a la patronal y propiciando, al mismo tiempo, un arbitraje equilibrado y una protección social suficiente de las distintas instituciones públicas. Es evidente que, en estos momentos de crisis aguda, la competencia entre las distintas organizaciones sindicales, su nivel de implantación, los altibajos en sus listados de afiliación, están dependiendo directamente de la diferente prestación de los socorros frente al paro, de sus sistemas de solidaridad entre los que siguen trabajando y los que han perdido el empleo y, en definitiva, de su capacidad de negociación y de la fuerza reivindicativa en una situación extremadamente delicada. Pero, además, la U. G. T., tan directamente vinculada desde siempre con el Partido Socialista, estuvo muy condicionada por la situación política general y por la específica de Euskal Herria, en particular. En este sentido, hay que señalar con carácter general que la difícil dinámica política del País, lejos de aliviar la tensión derivada de la crisis, contribuyó todavía más a acentuar los enfrentamientos sociales. En Euskal Herria la existencia de una serie de problemas políticos propios planteados desde antiguo, y no resueltos aún, va a producir un alto grado de conflictividad social, que se acumula confusamente a la determinada por la caída de la producción industrial y por el aumento del paro, complicando mucho los planteamientos sindicales y añadiendo una pesada carga ideológica a la actividad reivindicativa. Cuestiones de índole política como materias de permanente conflicto, tales como la consecución de la autonomía y la defensa a ultranza de la religión católica frente a determinadas normas de la legislación republicana, contribuyeron a crear un ambiente de alta tensión social que convirtió al País en un foco de conflictividad que no respondía, sin embargo, a la actitud mucho más moderada que mantenían las principales fuerzas sindicales, sobre todo la U. G. T. En Navarra, con una economía totalmente rural en estos años, las expectativas que la legislación republicana, especialmente la Reforma Agraria, crearon en los campesinos de la Ribera, y la lentitud de su aplicación y puesta en vigor, van a condicionar un periodo de graves enfrentamientos sociales y de conflictos agrarios, y van a reforzar, en esta zona, la extensión y el protagonismo de los sindicatos ugetistas adheridos a la Federación de Trabajadores de la Tierra. En abril de 1931 existían en Navarra cincuenta sociedades obreras con tres mil ochocientos ochenta y cuatro afiliados de la U. G. T.; pero, entre abril y diciembre, se constituyeron otras treinta sociedades, sobre todo en la zona de las corralizas ya que la Reforma Agraria propugnada por los socialistas incluía la recuperación de los bienes despojados de los ayuntamientos. En estos primeros momentos del régimen republicano, la campaña de propaganda de los sindicatos socialistas en Navarra se extendió no sólo a la Ribera sino también a otros núcleos como Aoiz, Pamplona, Bera, Estella, Tafalla, etc., y, junto al tema de las corralizas, la propaganda estuvo dirigida a rechazar el Estatuto de Estella con el que los socialistas no estaban de acuerdo.
La estructura sindical en la Segunda República. En los años treinta, la U. G. T. vasca se caracteriza por una gran heterogeneidad en su estructura sindical. Las formas organizativas son muy variadas y van desde las sociedades de oficios varios, que recuerdan a las agrupaciones laborales de tiempos pasados, donde conviven un escaso número de obreros de diferentes oficios y profesiones, hasta los sindicatos de industria que dominan la estructura de la U. G. T. vizcaina, pasando por formas intermedias que tienden en esta época a transformarse en sindicatos de ámbito provincial. Se trata, como es común a todo el Estado, de un proceso evolutivo desde una organización de tipo gremialista, defensora más bien de unos intereses de carácter corporativo, hasta un sindicalismo más poderoso cuyas reivindicaciones se ordenan siempre y se integran en un proyecto general. En Vizcaya, los sindicatos de industria agrupaban al setenta por cien de los trabajadores de la Unión y eran, en realidad, los que marcaban las pautas y determinaban la acción sindical. En las otras provincias, la evolución organizativa había avanzado mucho menos y dominaban aún los sindicatos de oficio o las federaciones profesionales. Además, será en estos años cuando la Federación Provincial adquiera una mayor importancia, llenando de contenido sus funciones organizativas y ejerciendo un auténtica dirección del movimiento obrero socialista. Las Federaciones Provinciales no sólo tenían a su cargo la coordinación de la propaganda sino una importante labor asesora y representativa y eran de hecho los únicos organismos sindicales con facultades para declarar un movimiento general a escala provincial y también de frenarlo, si había sido convocado por otras organizaciones. En la época republicana se intentó también la unificación de las Federaciones Provinciales de Vizcaya y Guipúzcoa, pero no llegó a realizarse debido a la oposición de los organismos nacionales de la central sindical. A pesar de ello, «La Lucha de Clases», el semanario portavoz del P. S. O. E. y de la U. G. T., servía de vínculo y de propaganda de las diferentes organizaciones, y los ugetistas navarros poseían, además, un importante periódico --«Trabajadores»-- que era el vocero de la estrategia socialista y recogía en estos años, con gran amplitud, los conflictos laborales, con especial referencia a los problemas agrarios de Navarra. Los años republicanos no sólo suponen una mayor madurez en la estructura sindical de la U. G. T. en gran parte del territorio vasco, sino también, como en el resto del Estado, un importantísimo impulso a las organizaciones sindicales. El grado de afiliación y los efectivos de la U. G. T. experimentan un rápido crecimiento, tanto cuantitativo como cualitativo en esta etapa. Este crecimiento, similar al del resto del Estado, tiene varias manifestaciones: por una parte, aumenta el número de afiliados a los sindicatos de mayor tradición y, por otra, se crean nuevas organizaciones que agrupan a profesiones y oficios hasta entonces muy alejados de la vida sindical, como eran los médicos, sanitarios, agentes comerciales o empleados de banca y, sobre todo, se va a producir, especialmente en Navarra, la incorporación masiva de los trabajadores del campo a las organizaciones sindicales socialistas. Así, la U. G. T. evoluciona hacia la complejidad profesional incorporando importantes colectivos del sector terciario pero también se extiende por una amplia zona del mundo rural hasta entonces dominado por ideologías conservadoras. La mayor implantación sigue correspondiendo a Bilbao y a la zona fabril de la ría, pero aumentan también los núcleos tradicionales de Eibar, Tolosa e Irún y, sobre todo, se empieza a notar una lenta penetración en el interior rural de las provincias de Vizcaya y Guipúzcoa, en núcleos que comienzan su industrialización donde conviven todavía actividades rurales tradicionales con las nuevas formas de la producción industrial. Es en estos espacios en los que el socialismo entrará en competencia sindical directa con las organizaciones nacionalistas más arraigadas y extendidas en estas localidades. Los afiliados a la U. G. T. son además obreros de muy diversa cualificación profesional y laboral, desde los especialistas más cualificados hasta el peonaje. Esta representación tan variada permite a los dirigentes tener una visión muy completa de los problemas y de las situaciones a la hora de programar las vías de solución más operativas en cada momento y en cada circunstancia. Los dirigentes sindicales en estos años, especialmente los vizcainos, llaman la atención por su juventud. La mayoría no alcanzaba los cuarenta años, aunque solían compartir el liderazgo con algunas personas de edad más madura caracterizadas por su arraigado compromiso político socialista. Algunos son de origen foráneo pero su inmigración a Euskal Herria se ha producido muchos años antes y están muy integrados social y laboralmente en la colectividad industrial. Este es el caso de los hermanos Aznar, de los Gorostiza, de Miguel Galván, de Víctor Gómez y de otros. Otros líderes sindicales de esta época son el ya maduro Juan de los Toyos en Guipúzcoa, que había sido secretario del Sindicato Obrero Metalúrgico de Vizcaya, o el que sería más tarde secretario de la Federación de Trabajadores de la Tierra, el navarro Ricardo Zabalza. A lo largo de los años republicanos se advierte una prolongada continuidad de los dirigentes en el ejercicio de sus cargos sindicales. La explicación de este hecho hay que buscarla en la escasa participación de los afiliados en las asambleas de los sindicatos y en su falta de interés a la hora de tomar decisiones colectivas. La pasividad de la mayoría favorece un cierto dirigismo de los líderes sindicales, que de esta forma tienden a perpetuarse en sus puestos y a profesionalizarse en su función representativa.
La dimensión política del sindicato. La vinculación del sindicalismo ugetista con el Partido Socialista se manifiesta claramente a través de los dirigentes sindicales, todos ellos miembros del Partido. La relación entre el Partido y el Sindicato se establecía de forma muy estrecha a través de los grupos sindicales socialistas que tuvieron un importante desarrollo y eran organismos encargados de velar por la fidelidad del ideario socialista en todos los sindicatos. También es claro que el partido era el que decidía, en muchos casos, cuál era la actividad que debían mantener los grupos de afiliados a los sindicatos en función de los propios intereses generales de la política partidista. Además, las Federaciones Provinciales de la U. G. T. de Euskal Herria no disponían en la práctica de autonomía de gestión para elaborar sus propios programas ni para decidir la estrategia de su acción reivindicativa. La práctica estaba determinada por los organismos centrales a los que tenían que consultar y de quienes dependían las líneas programáticas fundamentales. Como compensación parcial de esta subordinación, los dirigentes vascos colaboraron a veces activamente en la confección de dichos programas, especialmente en aquellos sectores en los que tenían un peso específico. En el contexto económico y social de Euskal Herria, en los años republicanos, la U. G. T. desempeñó un papel moderador de los enfrentamientos de clase, especialmente entre 1931 y 1933, apoyando incluso iniciativas de la patronal con el fin de colaborar en la solución de los graves efectos de la crisis económica, frenando incluso prácticas más radicales de comunistas y sindicalistas de la Confederación Nacional del Trabajo (C. N. T.). Esta moderación reivindicativa, unida a su indefinición, e incluso hostilidad, ante el problema de la autonomía vasca y a la mejor organización mutualista de la central sindical nacionalista, le hipotecaron de hecho el apoyo de muchos trabajadores vizcainos y guipuzcoanos, que son los que engrosaron las filas de Solidaridad de Trabajadores Vascos (S. T. V. ). La conflictividad laboral no fue, por tanto, en Euskal Herria tan grave como en otras provincias españolas. En 1931 se mantuvieron unos niveles de conflictividad todavía elevados, debido en parte a la persistencia de algunas huelgas declaradas el año anterior, pero también porque las expectativas de los trabajadores de conseguir rápidamente elevaciones de sus salarios y mejores condiciones de trabajo con el nuevo régimen les hace presionar de manera más firme ante los patronos, empleando más frecuentemente la huelga. Sin embargo, a medida que empieza a funcionar todo el sistema de Jurados Mixtos y comienza a percibirse la legislación emanada del Ministerio de Trabajo, presidido por Largo Caballero, la conflictividad desciende en las zonas dominadas sindicalmente por la U. G. T., coincidiendo también con los momentos en que la depresión económica se hace más profunda, sobre todo en Vizcaya. Desde la salida de los socialistas del gobierno, cambiará totalmente la estrategia sindical y las posturas de los sindicatos serán cada vez más radicales. El aumento de las huelgas en 1934 responde a una mayor presión de los sindicatos de la U. G. T. y a una participación cada vez mayor de sus bases sindicales en conflictos planteados por otras organizaciones, lo que obligará muchas veces a los dirigentes a reconsiderar sus planeamientos más moderados. Esta radicalización llegará hasta el movimiento de octubre de 1934 que, a pesar del fracaso y de la durísima represión de ugetistas, favoreció la acción unitaria de los trabajadores, especialmente entre comunistas y socialistas, primero, en las organizaciones de ayuda a los presos y represaliados, y después en la lucha por la amnistía, que va a conducir a la constitución, en la zona de la ría del Nervión, de muchas Alianzas Obreras. En los meses que preceden a la guerra civil, la conflictividad aumenta y además se extiende a muchos sectores: obreros del campo, mineros, obreros de la construcción, marinos, etc. Las huelgas se explican por dos tipos de razones: la readmisión de despedidos por los sucesos de la Revolución de Octubre, que supone en realidad un ajuste de cuentas a la patronal, al mismo tiempo que significa la fuerza y la unidad de la clase obrera en demanda de sus derechos; y, por otra parte, se produce un verdadero aluvión de reivindicaciones de carácter económico que, además, reclaman la presencia de los sindicatos en la organización del trabajo. Del enfrentamiento entre las organizaciones obreras se pasa a la integración de los comunistas en las organizaciones sindicales de la U. G. T. y a la acción conjunta con las otras centrales sindicales, de la que es un buen ejemplo la huelga general de la construcción planteada en Vizcaya en el mes de junio de 1936 conjuntamente por la U. G. T., C. N. T. y S. T. V. con un gran éxito. Desde julio de 1936, los ugetistas de las diferentes provincias vascas pasarán a engrosar los batallones del ejército republicano o tendrán que exilarse o disolverse como organización en las provincias en que triunfa la sublevación. Aun después de la pérdida de Bilbao, los batallones de la U. G. T. lucharon en Santander y en Asturias. La guerra dejará un importante saldo de muertos y heridos ugetistas y un enorme contingente de exiliados y encarcelados.
El exilio o la clandestinidad. Al final de la guerra, muchos ugetistas vascos fueron encarcelados, otros lograron huir y se escondieron en otras regiones como Aragón, mientras que la mayoría de los dirigentes y cuadros medios que pudieron evitar la cárcel tuvieron que exiliarse en el extranjero. La U. G. T. de Euzkadi fue constituida en el exilio mediante la fusión en un solo organismo de las Federaciones Provinciales de Vizcaya, Guipúzcoa y Alava, que designaría su comité central en una reunión plenaria celebrada en Burdeos en 1947. Dependía de la Ejecutiva de la U. G. T. de España, con residencia en Toulouse, y se preocupaba sobre todo de la atención a los refugiados y de mantener la coordinación de los militantes desperdigados en el exilio francés, aunque también, con enormes dificultades, mantenían algunos contactos con los compañeros del interior y organizaban la solidaridad con estos compañeros. En el exilio, la U. G. T. y el P. S. O. E. funcionaron como una sola organización a pesar de la existencia de aparatos orgánicos diferenciados. Compartían, de hecho, los mismos afiliados, las ejecutivas estaban integradas por los mismos hombres y los congresos se celebraban paralelamente adoptando las mismas resoluciones. En realidad, en las condiciones del exilio, no existían unas funciones específicamente sindicales, sino de organización y coordinación de los socorros y de mantener sobre todo la militancia política. Los contactos que la U. G. T. de España en el exilio mantuvo con el interior se realizaron en parte a través de la dirección provincial de Vizcaya porque, a pesar de la represión y de las constantes detenciones, ésta fue la única provincia de Euskal Herria donde la organización ugetista no fue nunca totalmente desarticulada. En Bilbao, se había formado, desde 1944, un Comité Central Socialista de Euzkadi, impulsado por Mariano Redondo y Ramón Rubial y formado por representantes de las provincias vascas, y la U.G. T. se organizó de forma independiente, aunque las dos organizaciones se reunían de forma conjunta. La dirección ugetista, en estos primeros momentos de la clandestinidad, la componían Aarón Ruiz, Rufino Hernández, Guillermo Alvarez, Nemesio San Juan, Alejandro Val, Eustaquio Echevarría y Nemesio García, que, de alguna forma, representaban a muchas de las federaciones que habían existido antes de la guerra. La organización se estructuraba por grupos de cinco militantes en cada sección de fábrica con un secretario que enlazaba con el nivel siguiente formando una estructura piramidal en cada fábrica o sector de trabajo. Con este sistema se pretendía que los militantes no se conocieran entre sí para de esta forma evitar la caída de toda la organización si se producía la detención de alguno de sus miembros. Esta forma de organización desde los primeros años de la postguerra, permitió a los socialistas y a los ugetistas vascos tener una mayor relación con la sociedad y el mundo del trabajo y sostener así un nivel de afiliados mayor que otras zonas del país. Desde mediados de 1948 se imprimía un boletín--«Lucha de Clases»-- que fue el único que se distribuía en el interior. En la clandestinidad de la primera postguerra, la U. G. T. de Euzkadi mantiene siempre un núcleo activo que posibilita la comunicación con las organizaciones del exilio y garantiza la coordinación con otras regiones, como Santander y, sobre todo, Aragón, donde se habían refugiado muchos militantes del período republicano. En Euskal Herria pervivía, aun en los momentos más duros de la postguerra, una cultura obrera militante de la que eran principales agentes las organizaciones de la U. G. T.
La época franquista. Desde 1936 existía una alianza política entre nacionalistas y socialistas que se traducía en el campo sindical en la convocatoria conjunta y en la unidad de acción circunstancial en huelgas generales como las de 1947, 1951, 1958 y otras. Veáse HUELGA, MAYO (1 de). Entre 1958 y 1959, ambas fuerzas negocian la creación de una Alianza Sindical de Euzkadi paralela al pacto nacional de unidad de acción entre la U. G. T. y la C. N. T. Los tres sindicatos se colocaban así frente a la estrategia del Partido Comunista (P. C.E.), y de hecho ugetistas y solidarios conservaron hasta los años sesenta la hegemonía entre los trabajadores, aunque después su influencia disminuyó tanto por efectos de la represión como por la competencia de los comunistas y de organizaciones obreras confesionales como la Hermandad Obrera de Acción Católica (H. O. A. C.), o la JuventudObrera Católica (J. O. C.). La estrategia de la U. G. T. en estos años de la dictadura se caracterizaba por su rechazo a cualquier tipo de colaboración con el Sindicato Vertical, boicoteando sistemáticamente la participación en las elecciones sindicales y en los jurados de empresa propiciada por el régimen franquista. Por el contrario, mantuvo como una de sus exigencias reivindicativas más importantes la demanda de libertad sindical para todas las organizaciones sindicales clandestinas. Su táctica a corto plazo, como clara alternativa a la acción del PCE, consistió en impulsar la creación y la participación en los Comités de Empresa. Así, en 1963, ante la convocatoria de elecciones sindicales para el 12 de junio, los ugetistas van a reafirmar su posición abstencionista, y esto va a provocar una primera crisis en la Alianza Sindical de Euzkadi, al no estar de acuerdo con esta postura ni la C.N. T. ni S. T. V. Sin embargo, el triunfo de la abstenciónfacilitó que, entre 1963 y 1966, se formaran numerosas comisiones y comités obreros de empresa, semi-representativos y en estos comités participaban también militantes de la U. G. T. La última protesta obrera convocada de forma uni-taria por los sindicatos que formaban parte de la Alianza Sindical de Euzkadi fue la del 1 de mayo de 1964. Después, aunque el sector oficial de E. L. A.-S. T. V. , dirigido desde el exilio, mantendrá la colaboración con la U. G. T. hasta1972, la aparición de un sector disidente en E. L. A.-S. T.V. , con gran fuerza en el interior, dificultará enormemente la acción conjunta. Entre 1967 y 1969 se produce un endurecimiento represivo del régimen franquista, cuando el Gobierno trata de eliminar la implantación de organizaciones sindicales que supongan una alternativa a su Sindicato Vertical. La represión coincide con el final de la famosa huelga de la fábrica de laminación de «Bandas», perdida por los trabajadores después de meses de paro y con cuarenta trabajadores despedidos. Esta huelga, a pesar de la valoración un tanto negativa que realiza la U. G. T. por su larga duración y por su coste, será, sin embargo, un punto de referencia permanente del movimiento obrero de Euskal Herria e incluso de todos los trabajadores de España, por su nivel organizativo, por su voluntad unitaria y por su repercusión en la opinión pública. Sin embargo, la táctica de la U. G. T. se va a plasmar con toda claridad en la Naval de Sestao, impulsada por líderes como Nicolás Redondo. En julio de 1968, los cuatro mil obreros de la fábrica eligieron a ciento diez delegados de los distintos talleres designando éstos un comité obrero de quince miembros en el que la U. G. T. tenía la mayoría absoluta, y en el que también participaban miembros de E. L. A.-S. T. V. , del Frente Obrero de E. T. A. e independientes. El comité de fábrica, ilegal,pero elegido de forma representativa, intentó sustituir a los enlaces sindicales y al jurado de empresa, obligando a la patronal a negociar. Esta experiencia de la Naval se va a generalizar, durante el segundo semestre de 1968, en las grandes empresas de la margen izquierda del Nervión. El comité de empresa impulsado por U. G. T. tenía como objetivo la sustitución del jurado de empresa y el debilitamiento así del Sindicato Vertical, pero más tarde, a partir de 1970, la U. G. T. entiende que debe de existir una doble organización: por un lado, un equipo clandestino que agita y moviliza y es, por tanto, un grupo orgánico y permanente cuya representatividad se deriva de su combatividad y no de la elección y, por otro lado, representantes elegidos públicamente, que surgen para solucionar problemas concretos como una huelga o un convenio. La U. G. T., a través delos comités de fábrica, se solidarizó con la jornada proamnistía, convocada por Comisiones Obreras (CC. OO.) para el 3 de noviembre de 1970 y también participó en los paros generales y en las protestas en la calle con ocasión del proceso de Burgos, en el mes de diciembre. Combinaba así las reivindicaciones de carácter puramente laboral con la oposición política al Régimen y con una mayor sensibilidad hacia los planteamientos nacionalistas que en esos momentos representaban los militantes de E. T. A. juzgados en Burgos.
El final de la Dictadura. Desde 1971, los distintos colectivos de izquierda empiezan a coincidir todos con los planteamientos que había defendido siempre la U. G. T.sobre la necesidad de mantener el boicot a las elecciones sindicales y la oposición frontal a la nueva Ley Sindical que, en lo esencial, reproducía la estructura antidemocrática de los sindicatos verticales. Esta coincidencia de criterios lepermite a la U. G. T. mejorar sus relaciones con otras organizaciones, especialmente con CC. OO., con la que había mantenido claras diferencias con anterioridad. El acercamiento entre ambas centrales va a facilitar el acuerdo con otros colectivos antifranquistas, sin ningún tipo de exclusión, para potenciar el movimiento obrero. Este acuerdo, que se concreta en la constitución de una Plataforma Reivindicativa Unitaria con CC. OO., va a provocar, en cambio, la salida de E. L. A.-S. T. V. de la anterior Alianza Sindical. Las razones que aduce el sindicato nacionalista para este abandono se concretan en su desacuerdo con el criterio mantenido por U. G. T. sobre la participación en los comités de fábrica de todas aquellas personas que estuvieran dispuestas a luchar por la clase trabajadora sin distinción de las ideologías que profesaran ni de las organizaciones a las que pertenecieran. En realidad, lo que esta discrepancia pone en evidencia es el debilitamiento previo de la Alianza Sindical que apenas funcionaba desde 1970. A partir de los primeros años setenta, entran en los órganos dirigentes de la U. G. T.nuevas generaciones y los dirigentes vizcainos van a tener una importante presencia en las instancias superiores del sindicato. En esta época, la U. G. T. en general experimentaun importante crecimiento que es más ostensible en la provincia de Vizcaya, donde un buen número de importantes militantes están situados en las fábricas clave del movimiento obrero como en Altos Hornos de Vizcaya o en la Naval de Sestao. Desde 1974 se produce no sólo un avance importante en el número de afiliados en las organizaciones que ya estaban constituidas, sino también la constitución orgánica de la U. G. T., en donde todavía no se había reorganizado, como es el caso de Navarra, que en mayo de ese año constituye en Tudela la Federación Provincial, después de un período álgido de conflictividad laboral que va desde la huelga de Motor Ibérica en junio de 1973 hasta la de Audhi y la de Venancio Villanueva en 1974. Los planteamientos de la U. G. T. en estos últimos momentos del franquismo no han variado. Apoyan la unidad de acción con otras fuerzas obreras, pero no la unidad orgánica y reclaman la libertad sindical y la restitución del patrimonio de las organizaciones obreras suprimidas desde 1939. Además, junto a las reivindicaciones laborales como las cuarenta horas de jornada, la jubilación a los sesenta años, y la readmisión de despedidos por conflictos laborales, insisten en otras reivindicaciones de tipo político entre las que destacan la autodeterminación de Euskal Herria, la abolición de las jurisdicciones especiales y la disolución de las instituciones represivas. Los días 15, 16 y 17 de abril de 1976 se celebra en Madrid el XXX Congreso de la U. G. T., el primero en España después de largos años de exilio. El protagonismo de los ugetistas vascos como Nicolás Redondo o Eduardo López Albizu, y el propio impulso dado por la celebración del congreso, producirán un importante aumento de la afiliación y una reafirmación de las propias posiciones estratégicas y tácticas del sindicato. En esos momentos los afiliados de Euskal Herria suponen algo más del veintidós por cien del conjunto del Estado.
Democracia y legalización. En 1977, con el restablecimiento de la legalidad democrática, se produce la legalización de los sindicatos. Todos ellos se atribuyen la representación mayoritaria de los trabajadores, pero sus fuerzas reales todavía se desconocen hasta la celebración de las primeras elecciones sindicales democráticas. Se produce al mismo tiempo un auténtico boom de afiliación y una renovación en su estructura organizativa. La U. G. T. vasca, que antes de la guerra civil no había conseguido más que una estructura de carácter provincial, se configura ahora como una organización de carácter nacional en función de la Constitución de 1978 y la puesta en marcha del Estado de las Autonomías y también, en función de la propia estructura de la U. G. T. de España, que adoptará la forma confederal. El primer Congreso de la U. G. T. de Euzkadi se celebra en 1978 y en él se establece la estructura organizativa y los planteamientos estratégicos y políticos. Ante la ausencia de Navarra de las instancias preautonómicas y autonómicas, la U. G. T. considera que «es el propio pueblo navarro, cuyas relaciones históricas con el resto del pueblo vasco son evidentes, el que debe decidir mediante referéndum, con plenas garantías democráticas, las formas de vinculación al conjunto de Euzkadi». También expresa «el derecho a la autodeterminación, entendiéndolo como la capacidad de Euzkadi para decidir su propio destino, incluida la posibilidad de crear un Estado propio, como la mejor base para la unidad de la clase obrera del Estado español». La evolución política posterior ha convertido, por ahora, las anteriores resoluciones en declaraciones de principios, ya que Navarra constituye una Comunidad Autónoma propia y la base territorial de la U. G. T. de Euskal Herria se limita a las provincias de Alava, Vizcaya y Guipúzcoa. La U. G. T. de Euskal Herria establece una doble estructura de base territorial y profesional. El núcleo básico es la sección sindical que se estableció en empresas grandes, de más de doscientos cincuenta trabajadores. En las más pequeñas existen delegados de empresas. Hasta 1980 la estructura territorial estaba configurada por uniones locales, pero, desde 1986, la estructura se configura a base de uniones comarcales que son organismos más fuertes y más operativos en orden a evitar la atomización de los centros de dirección del sindicato. La estructura profesional se organiza en Federaciones Provinciales de industria. Además, siguiendo las directrices confederales, también la U. G. T. de Euskal Herria tendrá departamentos específicos que atienden a la Mujer, la Juventud o los Servicios Sociales. Los graves problemas políticos que se plantean en los primeros momentos de transición a la democracia y sobre todo la incidencia de la crisis económica van a determinar, una vez más, la estrategia del sindicato en Euskal Herria. Desde que, en 1977, se firman los Pactos de la Moncloa, marcando un hito en las relaciones entre el Gobierno, los trabajadores y los empresarios, la U. G. T. va a seguir una estrategia de pacto y concertación que facilita y alivia las tensiones sociales y políticas en unos momentos extremadamente delicados. Va a colaborar en la elaboración del Proyecto de Ley del Estatuto de los Trabajadores, lo que le producirá enfrentamientos con las otras fuerzas sindicales de Euskal Herria, pero su colaboración estaba dirigida a romper la legislación franquista y a permitir cambios más profundos en las relaciones laborales. También desde el punto de vista estratégico y coincidiendo con la formación del primer gobierno autónomo se inician las conversaciones entre la U. G. T. y la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (C. E. O. E.), que van a desembocar, en 1980, en el Acuerdo Marco Interconfederal, firmado en solitario por la U. G. T. y la C. E. O. E. Se iniciaba así una serie de grandes acuerdos marcos laborales cuyo objetivo era el ordenamiento de la negociación colectiva, en múltiples temas que afectaban a los trabajadores. Más tarde se plantearían el Acuerdo Marco Interconfederal II y el Acuerdo Nacional de Empleo. Toda esta estrategia sindical de concertación se explica en el contexto de una democracia aún débil que va asentándose poco a poco y necesita evitar el conflicto y la confrontación. Además, los primeros años de la democracia están enmarcados en una crisis económica que afecta a toda España pero, de forma muy acusada, a Euskal Herria. El paro constituye un problema central para la sociedad vasca. La crisis se nota sobre todo en las industrias básicas: en la siderurgia integral y no integral, en los astilleros, en las fábricas de grandes equipos mecánicos y eléctricos, todas ellas pendientes de reconversión, pero también en las fábricas de máquinas herramientas y en las empresas auxiliares, con lo que todo el país se ve afectado en mayor o menor medida. La U. G. T. pretende atender no sólo a los que conservan el trabajo sino a los que lo ven reducido o pierden el empleo, con soluciones que van desde la reducción de la edad de la jubilación, los subsidios a los parados, la reducción de la jornada de trabajo y otras medidas, colaborando con el gobierno socialista establecido en 1982. Sin embargo, el sindicato adoptará una actitud crítica frente al gobierno autónomo al que acusa de ineficaz por carecer a su juicio de una política industrial de carácter global. En los últimos años, en cambio, la U. G. T. ha colaborado con otros sindicatos en la contestación a la política económica del Partido Socialista, lo que ha producido un aumento de la conflictividad ante la perspectivade un desmantelamiento de una gran parte de la siderurgia y la necesidad de reconversión de otros sectores. En 1989, el número de afiliados de la U. G. T. de Euskal Herria se estimaba en 61.336 (C. A. V. ), a los que habría que añadir 13.434 en Navarra, y destaca el hecho de una implantación cada vez mayor en los sectores terciarios, de la administración y de la banca. Llama poderosamente la atención el despegue cuantitativo de la U. G. T. navarra que, en 1983 sólo contabilizaba 3.111 afiliados, convirtiéndose en esta provincia en la primera central sindical. En los últimos años el protagonismo de los líderes vascos en la dirección confederal del sindicato ha sido evidente. A la figura de Nicolás Redondo, secretario general desde los tiempos de la clandestinidad, hay que sumar los nombres de Antón Saracíbar o de Alberto Pérez, que ejercen responsabilidades en el máximo órgano ejecutivo de la U. G. T. después de haber sido dirigentes con anterioridad en el sindicato socialista de Euskal Herria.
Bibliografía y Fuentes. IBARRA GÜELL, P.: El Movimiento Obrero en Vizcaya: 1967-1977. Ideología, Organización y Conflictividad, Bilbao, 1987; MAJUELO, E.: Luchas de Clases en Navarra (1931-1936), Pamplona, 1989; MATEOS LÓPEZ, A.: La reconstrucción de la oposición socialista en la crisis final de la Dictadura Franquista: U. G. T. 1970-1976. Memoria de Licenciatura inédita. Madrid, Universidad Autónoma, 1984; MATEOS LÓPEZ, A.: Continuidad y renovación del socialismo español. 1953-1972. Tesis Doctoral. Madrid, 1992. UNED (de próxima publicación); OLABARRI GORTAZAR, I. Relaciones Laborales en Vizcaya (1890-1936). Durango, 1978; SANFELICIANO LÓPEZ, M. L.; U. G. T. de Vizcaya (1931-1936), Bilbao, 1990; TCACH, C. y REYES, C.: Clandestinidad y Exilio. Reorganización del Sindicato socialista 1939-1953. Madrid, 1986;
La FUNDACIÓN LARGO CABALLERO dispone de una abundantísima documentación tanto de las actividades de la U. G. T. de Euskal Herria en el exilio, como en la clandestinidad. Llama la atención especialmente la que se refiere a la ALIANZA SINDICAL DE EUZKADI. Para la época anterior a la guerra civil, el mejor archivo sigue siendo el ARCHIVO HISTÓRICO NACIONAL (Sección Guerra Civil).--M. L. S. L.