Santuario de Arantzazu. Oñati (version de 2005)

Santuario mariano de la Virgen del mismo nombre sito en el término municipal de Oñati, en los últimos repliegues montañosos que separan a la provincia de Guipúzcoa de la de Álava.

Custodios del mismo son los religiosos franciscanos, por lo que en el lugar hay un importante convento de dicha Orden. Arantzazu ha sido desde antiguo, y sigue siendo en la actualidad, un lugar de peregrinaciones, como también un punto frecuentado amantes del montañismo. Dista de Oñate 9,300 kms por carretera; de San Sebastián 84,200 kms. La Virgen de Aránzazu fue declarada Patrona de la provincia de Guipúzcoa por el Papa Benedicto XV en 1918.

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El Santuario está enclavado en un sitio de impresionante y salvaje belleza. Rodeado de macizos rocosos, flanqueado de profundos barrancos y desfiladeros, recubierto por la vegetación frondosa y tupida que reviste las mismas rocas.

Está a 700 m. de altitud sobre el nivel del mar. Por el sur corta el horizonte la ondulante línea de montes de la sierra de Elguea (llamada también de Aránzazu), en cuyas cumbres se dan la mano las dos provincias de Gipuzkoa y Álava. Por el norte y nordeste se extienden los macizos montañosos del Aloña y Aizkorri con la serie de cumbres intermedias. Entre estas dos sierras (la de Elguea-Aránzazu y la de Aizkorri-Aloña) imagínese el lector una profunda hondonada o barranco intermedio, el cual tampoco está vacío, pues por la parte sur se eleva una caprichosísima crestería caliza recortada en diversos lugares por efecto de la erosión geológica, dando origen a cumbres de pequeña altitud pero que dominan el Santuario: tales son la peña de Aitzabal -llamada también del Diablo-, la de Beillotsa o Uztao (ésta es la que está frente al Santuario, coronada por una cruz que se ilumina en algunas ocasiones solemnes), la de Erbisaskon, y la de Gazteluaitz o Peña del Castillo -porque su forma semeja efectivamente un castillo-. Por lo profundo de la barranca que separa a estas peñas de la falda del Aloña discurre el río Aránzazu que nace a pocos kilómetros en uno de los montes de la sierra de Elguea-Aránzazu, que se llama precisamente Uburu (= principio del agua, o sea, nacedero). Este río, que en trechos es subterráneo, desemboca en el río Deva antes de llegar a Bergara, en el punto denominado San Prudencio.

El Santuario está situado en la falda del Aloña, literalmente colocado al borde del barranco, en un lugar más bien bajo y angosto, dominado completamente por los roquerones antes citados. Una cinta de carretera que va arañando la falda del Aloña, une a Arantzazu con Oñati. La ruta es de un alto valor turístico y emotivo. A la derecha del viajero se ofrecen casi constantemente desfiladeros, barrancos e impresionantes quebradas, junto con la más exuberante vegetación. Arantzazu es también punto de partida de ascensiones montañeras. A unos 4 kms. del Santuario, monte arriba, en dirección este, se halla la idílica meseta de Urbia (1.090 m. de altitud), cuajada de rebaños en verano, estación prehistórica con dólmenes que en 1918 fueron explorados por Aranzadi, Barandiaran y Eguren. Desde Urbia es fácil el acceso al Atxuri, la cumbre más alta de Gipuzkoa (1.551 m.). Para los que no se sienten con arrestos para excursiones tan largas, Arantzazu ofrece el pintoresco valle de Iturrigorri, situado debajo de la Peña del Castillo. La falda del Aloña tiene también múltiples lugares de fácil acceso y de singular amenidad, tales como Lizarra, Belar, Unamendi, Duru y Mailla.

El manto vegetal está constituido principalmente por los bosques de hayas y por los prados, aunque el pino haya sustituido en grandes zonas al haya. Mención especial merece el espino, muy abundante en la región y célebre por haber sido hallada sobre él la imagen de la Virgen y por haber dado su nombre al lugar. Arantza es la designación genérica del espino en vasco. Sobre un espino blanco fue hallada la Virgen por Rodrigo de Balzategui.

A fines de abril conoce Arantzazu el simpático espectáculo del paso de los pastores trashumantes que con sus rebaños de ovejas se dirigen a las praderas de Urbia para pasar allí el verano. En la región sur y suroeste del Santuario existen unos pocos caseríos diseminados que constituyen el barrio de Aránzazu. Son relativamente recientes; muy posteriores al Santuario. El modo de vida de sus pobladores a comienzos del s. XXI, es diverso: la dedicación a la labranza, al pastoreo y a la ganadería es en gran medida compartida con el trabajo en empresas ubicadas en Oñati y pueblos vecinos Mondragón, Bergara, Legazpi.

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Al querer historiar el hecho que dio principio a la celebridad de Arantzazu se hace obligado ceder la palabra al gran historiador mondragonés Esteban de Garibay y Zamalloa, que en su monumental historia de todos los reinos que integraban la monarquía española consagró un capítulo entero al origen de este Santuario. El "Compendio Historial" de Garibay se imprimió en Amberes en 1571. Consta de 40 libros. El capítulo 25 del libro XVII es el dedicado a Arantzazu. Garibay, pues, al historiar el reinado de Enrique IV de Castilla, informa lo que sigue:

"En estos tiempos de tanta calamidad y miseria, la virgen María, madre de Dios y Señora nuestra, tuvo por bien de visitar a la región de Cantabria con una sancta y devota ymagen suya, que por divina providencia apareció en un profundo y inhabitable yermo del término de la villa de Oñate en las faldas de la grande montaña, llamada Aloya, que passó d'esta manera, según tengo relación cierta de un viejo de ciento y siete años, que al tiempo que la sancta ymagen se halló era moço de diez años, y de otros de noventa y más años. En este año de mil y cuatrocientos y sesenta y nueve, uno más o menos, un moço que guardava ganado, llamado Rodrigo de Balçategui, hijo de la casa de Baçategui, de la vezindad de Uribarri, jurisdicción de la dicha villa de Oñate, guardando las cabras de su casa en las faldas de dicha montaña de Aloya, un día Sábado, que es dedicado a la virgen María, descendió por sus vertientes abaxo, guyado por la mano de Dios, a lo que piadosamente se deve creer. Cuya imensa magestad siendo servido que dende en adelante, fuesse en aquel desierto perpetuamente loado y ensalçado su nombre y el de la Reyna de los Angeles, madre suya y protectora nuestra, siendo de los fieles Christianos de diversas partes aquel lugar visitado y reverenciado, permitió que a este moço pastor se le apareciesse en aquel profundo sobre una espina verde, una devota ymagen de la virgen María, de pequeña proporción con la figura de su hijo precioso en los braços, una campana, a manera de grande cencerro al lado. Esto sucedería en tiempo de verano, pues a tal lugar, ageno de pastos de invierno, llevaba su ganado. D'este caso tan impensado se admiró el pastor, y juzgándolo por cosa de Dios, rezó la Ave María y otras oraciones que sabía, y luego con grande reverencia, cubriendo la Sancta ymagen con ramas y otras cosas, que a mano pudo aver, ya que vino la noche, bolvió con el ganado a su casa. Donde referiendo el caso, y siendo despues avisada la villa y regimiento de Oñate, con la justicia concurrió mucha gente d'el clero y pueblo, guiándolos el pastor, y con harto trabajo, llegados al lugar, hallaron la sancta ymagen, puesta en el espino verde. Entonces con grande hervor y devoción, hincándose todos de rodillas, dieron muchos loores y gracias al omnipotente Dios, y a la virgen y madre suya, porque con tan preciosa joya, y en semejante lugar puesta, que no carecía de grande misterio, los avía querido visitar d'el cielo". Uno se siente tentado a pensar si no habrá una buena parte de leyenda en este relato. Se repite tantas veces la consabida historia de Vírgenes aparecidas a pastores en tantos lugares y siempre dentro de una época más o menos determinada, que la cosa tiene visos de ser un cliché convencional. Pero fuerza es confesar que en este caso nos hallamos ante un Rodrigo de Balzátegui que es personaje rigurosamente histórico, de casa y lugar conocido. Aun hoy existe el caserío de Balzátegui en el barrio de Uribarri, que se pasa al ir de Oñate a Arantzazu. Verdad es que según el mismo Garibay, existían también otras versiones de la aparición, según las cuales la imagen fue hallada por una pastora llamada María de Datuxtegui, de la misma vecindad de Uribarri, "y otros refieren otras cosas" -dice.

El caserío de Datuxtegui existe también hoy en el mismo barrio de Uribarri. Pero el concienzudo historiador, después de oportunas investigaciones, da como única versión auténtica y verídica la arriba transcrita. Se habrá notado que lo que se llama aparición se reduce al hallazgo de una imagen por un pastor en circunstancias ciertamente misteriosas. En puridad, la cosa debió de ser así: un día de sábado se fue Rodrigo en busca de las cabras de su padre -los documentos antiguos hablan de cabras, no de ovejas-, y en los breñales donde más tarde se edificaría el convento, sobre un espino, halló la imagen de la Virgen con una campana, a modo de cencerro grande, al lado.

Esta imagen hallada por Rodrigo es la misma que actualmente se venera y se ha venerado siempre en el Santuario, salvándola de todos los incendios, exclaustraciones y demás vicisitudes que la casa ha padecido en el transcurso de los siglos. ¿Quién colocó la imagen de la Virgen sobre el espino y qué es lo que pretendía con ello? Vana pregunta, para la que no se halla respuesta. Se ha pensado que la imagen pudiera pertenecer a algún penitente que se hubiera retirado con ella a estas soledades, pero ello no pasa de ser una mera conjetura. El año de la aparición o hallazgo de la imagen nos ha dicho Garibay -y lo repiten todos tras de él- que fue el de 1469, "uno más o menos". Y ¿qué decir del nombre de Arantzazu? ¿Es nombre toponímico, primitivo del lugar, o posterior, y derivado del hecho de la aparición de la Virgen? El hecho de que en Vizcaya exista un pueblo que lleva el mismo nombre favorece a la hipótesis primera. En este caso el lugar se habría llamado Arantzazu aun antes de la aparición y significaría simplemente lugar abundante en espinos. Pero no consta que este lugar se llamara así con anterioridad a la aparición, y Garibay parece suponer que el nombre de nuestra Señora de Aránzazu se originó del hecho de que la Virgen se había manifestado sobre un espino. Aun cuando el Arantzan zu? atribuido al pastor, y que figura en el escudo de Arantzazu, sea de origen evidentemente legendario, no por esto se puede descartar la hipótesis de que el nombre sea efectivamente posterior y relacionado con el hecho de la misteriosa aparición de la Andra Mari.

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La efigie o icono hallada por el pastor Rodrigo es una diminuta imagen gótica, que según los entendidos puede ser del s. XIII o algo posterior. Representa a la Virgen sentada con atuendo y atributos de Reina, teniendo sobre su rodilla izquierda al Niño, desnudo. La imagen no mide más que 3'6 centímetros de alto. La actitud un tanto hierática de la Madre está dulcificada por la perfección de sus formas humanas. El rostro del Niño, en cambio, no tiene nada de infantil; tal vez lo hiciera así el artista para expresar que se trata del Dios eterno. Generalmente las tallas antiguas de la Virgen, que se dan en la región, suelen ser de madera. La imagen de la virgen de Aránzazu, en cambio, es de piedra, y de una piedra que no se da por estos contornos.

Resumamos el pensamiento del P. Lizarralde sobre las Andra Maris (Virgen Maria), y sobre ésta de Aránzazu en particular. El fue quien con tanto mimo y nostalgia contempló estas viejas efigies y trató de penetrar en el alma de las generaciones que las labraron y veneraron. La Andra Mari -dice el P. Lizarralde- es un esquema dogmático de la divina Maternidad de María. Podemos imaginarnos la escena de la adoración de los Magos, suprimiendo a éstos; María es allí como el ostensorio de su hijo. En la de Aránzazu se advierte la evolución hacia el concepto más humano; parece de un período intermedio entre el XIII y XIV. El ropaje y las manos prestan grandes recursos a estos iconos anatómicamente imperfectos. El de Aránzazu parece retocado en el mismo s. XV poco antes de la aparición, según las influencias renacentistas, sin que se pueda descartar tampoco la hipótesis de que sea del mismo s. XV, esculpido al estilo arcaico de las tradicionales Andra Maris, pero con sugerencias del Renacimiento incipiente.

Durante varios siglos se ha venerado a la imagen recubierta de ampulosos mantos postizos que en realidad la ocultaban y desfiguraban su verdadera proporción y traza. Se ignora la fecha exacta en que se la vistió con tales mantos. Tal vez fue en el s. XVI. Ciertamente a partir de 1621, por lo menos, se la ha presentado al público con ellos; hasta que el año de 1963 volvió a ser presentada en su traza auténtica, despojada de los mantos superpuestos. La campana, que fue hallada juntamente con la imagen, y el espino sobre el que ésta reposaba, constituyen también elementos esenciales de la presentación de la Andra Mari de Aránzazu.

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No hay duda que el hallazgo de Rodrigo fue tomado como una señal del cielo. Rodrigo dio parte de él al pueblo de Oñati. Guiados por el pastor acudieron hasta el lugar muchos del clero y pueblo, determinando edificar allí mismo une ermita para la santa imagen. Pronto se esparció la nueva por los alrededores y empezaron a venir peregrinos. Una señora, que tenía gran fama de santidad, llamada Juana de Arriarán, la cual, después de haber enviudado, servía como serora en la ermita de Santa María, de Oñati, vino a Arantzazu a cuidar de la imagen recién aparecida. La personalidad histórica de esta primera dama que puso los fundamentos de Arantzazu está también bien atestiguada. Las fuentes dicen que fue muy estimada de los Reyes Católicos, que la llamaron alguna vez a su corte. Tenía Juana de Arriarán un hijo, llamado Pedro de Arriarán o de Oñate, que era religioso mercedario en Burceña (Bizkaia), y por medio de él gestionó la venida de religiosos de dicha Orden a Aránzazu. Vinieron, en efecto, hacia 1493 y fundaron en Arantzazu la primera comunidad de religiosos varones de Gipuzkoa. Fr. Pedro, el hijo de Juana, venía como superior de ellos. Pero esta primera fundación no tuvo éxito. Sea por lo inhóspito y frío del lugar, o por falta de edificios adecuados, o, como indican las Crónicas de la Merced -y parece lo cierto-, porque había ya en Arantzazu unas beatas que hacían prevalecer sus derechos sobre la imagen, lo cierto es que los Mercedarios se volvieron pronto a sus conventos de procedencia: Burceña y Colindres.

Pero al marcharse de Arantzazu los Mercedarios, sucede algo inesperado e insólito. Fr. Pedro de Arriarán, el hijo de Juana, se niega a abandonar el Santuario y se constituye a sí mismo fundador y superior de una casa de "tercerones" franciscanos. Así los llama Garibay. No está muy claro cómo se originó aquella comunidad ni cuál fue su condición jurídica o canónica. Poco más tarde, estos Tercerones franciscanos de Arantzazu se hacen dominicos, pero entonces la Orden Franciscana reclama su derecho a la casa. El pleito es resuelto por la Rota Romana a favor de los franciscanos. Cuatro Órdenes o Congregaciones se sucedieron, pues, en Arantzazu en poco tiempo: Mercedarios, Tercerones Franciscanos, Dominicos, Franciscanos, y aun hay algunos documentos -como una carta de Juana la Loca- que mencionan a los Jerónimos. Garibay no hace ninguna mención de éstos. También consta por un documento dado a conocer por el P. Azcona que Fernando el Católico trabajó por conseguir del Papa una indulgencia plenaria a favor de Arantzazu.

Hay que advertir también que para cuando vinieron los Mercedarios se había ya realizado una obra que contribuyó no poco a acrecentar la devoción a la Virgen de Aránzazu. Viendo la gran dificultad que había para ir hasta el sitio de la aparición por falta de camino, las dos villas más cercanas, que son Oñati y Mondragón, acordaron instituir cofradía y abrir camino hasta el lugar. Dice Garibay que los benaqueros de Mondragón, que "son diestros en romper peñas y cosas fragosas", "siendo ayudados de los tenaceros de la misma villa, que son los que labran el acero", con la cooperación de los de Oñate, llevaron a cabo esta hazaña. Esta primitiva calzada es aún perfectamente transitable. Desde Oñati hasta el lugar de Arrikruz coincidía con la llamada calzada de Calahorra. En Arrikruz se separa de ésta, subiendo y bajando en forma alocada según lo exigían las condiciones del terreno. Aunque esta calzada fue el camino real o principal de Aránzazu en los pasados siglos, el Santuario ha conocido también otros lugares de acceso para los peregrinos que venían a pie, sea remontando la sierra de Elguea, o bien por Burdinkruz, Urbia, Arri-Urdin, etc. Hay en la región de Arantzazu numerosos caminos de monte que reciben el significativo nombre de "erromes-bide" (= camino del peregrino).

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A los cuarenta años escasos de la entrada de los Franciscanos Observantes en Arantzazu, el 26 de diciembre de 1553, un violento incendio redujo a pavesas todo el convento. Solamente la iglesia se salvó del fuego. Gracias a una interesante correspondencia conservada por los Padres Jesuitas, tenemos datos originales, de primera mano, sobre este primer incendio, anteriores incluso a la obra de Garibay. Los Jesuitas poseían para esta fecha casa en Oñati y eran profesores en la Universidad de la villa. El santo fundador de la Compañía residía en Roma. Ante la magnitud de la catástrofe ocurrida en Arantzazu, el P. Provincial de los Franciscanos de Cantabria, después de haber conferido el caso con el Ayuntamiento de Oñate y con los Padres de la Compañía, pensó que para estimular los fieles a ayudar a la reconstrucción del siniestrado convento, lo más oportuno era solicitar de Roma un jubileo o indulgencia, y con este fin escribieron a San Ignacio rogándole se interesara cerca del Papa para el logro de dicha indulgencia. El P. R. Galdós publicó en el primer Congreso de Estudios Vascos las cartas que se cruzaron con este motivo. La primera es del Ayuntamiento de Oñati. En ella se pondera el "daño excesivo y grande" que esta quema significa "para todo el bascuence, que allí acudía con mucha devoción". Dada la aspereza del lugar -dice hay gran necesidad de ayuda para que se pueda reedificar. Y teniendo en cuenta que dicha restauración será de gran ayuda "para la salvación de las ánimas destas provincias" pide a S. Ignacio interceda cerca del Papa "para que este santo jubileo que se pretende se conceda a esta casa tan devota". De San Ignacio se conservan dos cartas. En la primera de ellas es donde el Santo confiesa saber por experiencia la devoción de aquel lugar y lo mucho que en él es Dios servido, y añade el dato preciosísimo de haber estado él mismo en Arantzazu y haber velado "en el cuerpo de aquella iglesia de noche" y "haber recibido algún provecho en mi ánima". No parece que se lograra el ansiado jubileo; pero aun sin él fue tal la generosidad y entusiasmo despertado, tan abundantes y copiosas las limosnas, que muy en breve se fabricó un edificio mejor y mayor que el anterior. Reputada, pequeña e insuficiente la primitiva capilla, hacia 1600 se emprendió la construcción de una capilla mayor. En 1621 se celebró solemnemente la traslación de la imagen a esta nueva capilla. Pero al año siguiente, el 14 de julio de 1622, se declaraba un nuevo incendio, tan devastador, que lo arrasó todo en pocas horas. La imagen de la Virgen fue llevada a la ermita del Humilladero y velada allí por dos días. Pero las desgracias de Arantzazu parece que no servían sino para acicate de la fe y generosidad del pueblo fiel. Aun no habían pasado ocho días de la quema, cuando los superiores se resolvieron a edificar la obra. Al cabo se llegó a reconstruirla con más perfección que antes. Por los años en que Gamarra escribía su Historia (1648), el Santuario constaba de dos capillas superpuestas. La imagen se guardaba en la inferior. Los altares tenían preciosas imágenes de Gregorio Hernández y había numerosas lámparas de plata. A doscientos y pico años del segundo incendio tuvo lugar el tercero, el de más terribles consecuencias. Fue el 18 de agosto de 1834, en plena guerra civil. Por orden de Rodil sube a Arantzazu un batallón con orden de quemar el Santuario. Los religiosos son autorizados para sacar la imagen y los objetos preciosos. Todo se ejecuta según lo ordenado. El incendio fue total. Solamente la torre quedó enhiesta sobre las ruinas calcinadas. La imagen de la Virgen fue bajada a Oñati y los religiosos dispersados. El gobierno de Mendizábal dispone la desamortización y exclaustración general de los religiosos. Con esto Arantzazu conoció un largo paréntesis de abandono, soledad y ruinas.

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En realidad, a pesar de la exclaustración general, Arantzazu no estuvo nunca enteramente abandonado de sus custodios seculares. A título de capellanes del Santuario, y en hábitos de curas, sin formar Comunidad, vivían aquí varios religiosos exclaustrados. En 1845 comenzó la reconstrucción del templo, pobre y humilde, pues las circunstancias no permitían otra cosa, pero para el año siguiente estaba terminado, gracias a las limosnas de los devotos. El 19 de noviembre de 1846 fue devuelta la santa imagen de Oñati al Santuario, después de haber permanecido por doce años en la villa. Entre los capellanes exclaustrados hubo tres que se mostraron particularmente activos y emprendedores: Elías Arregui, Domingo Albéniz y sobre todo el P. José Esteban Epelde. El segundo abrió, en medio de las ruinas de Aránzazu, una preceptoría que muy pronto adquirió fama. En ella se formaron sujetos insignes, tales como el P. Lerchundi, misionero de Marruecos, el P. Arana S. I. y D. Patricio de Orcáiztegui. El P. Esteban Epelde obtuvo en 1878 autorización del Gobierno para fundar una Comunidad en Arantzazu. Para su construcción construyó un nuevo edificio, el mismo que luego serviría para Colegio Seráfico. Otra gran obra que se debe al P. Epelde fue la construcción de la carretera, llevada a cabo por medio de una suscripción pública. Para inaugurar la nueva carretera, el P. Epelde púsose a idear la forma de organizar grandes peregrinaciones en toda la diócesis, las cuales se celebraron en 1881. Fue el mismo Obispo de Vitoria el que las promovió y alentó. Era todo un pasado, el que después de un largo letargo, volvía a revivir. El mismo P. Epelde encargó también al culto y piadoso profesor de la Universidad de Oñate, D. Julián Pastor y Rodríguez, que escribiera una Historia documentada y crítica de la Virgen de Aránzazu. Y, en fin, el P. Epelde fue promotor y alma de las solemnidades de la Coronación canónica de la imagen, celebradas en junio de 1886, y que alcanzaron gran resonancia por todo el país.

En cuanto al patronato de la Virgen de Aránzazu sobre Guipúzcoa, fue ésta una idea que flotaba en el ambiente desde que Vizcaya consiguió que la Virgen de Begoña fuera declarada patrona de aquella provincia (1903). La idea halló apoyo y calor, se recogieron firmas de los Ayuntamientos, el ilustre heraldista mondragonés Juan Carlos de Guerra redactó el escrito de preces en que se razonaba la petición, y fue ésta suscrita por la Diputación y cursada a Roma por el Sr. Obispo de Vitoria. De Roma llegó el rescrito en 1918. Desde esta fecha la festividad de la Virgen de Aránzazu se celebra el 9 de septiembre, y no el 8, como se hacía anteriormente. Hay que advertir que la antigua provincia franciscana de Cantabria -que abarcaba las tres provincias vascongadas y la Montaña, o sea, Santander y parte de la de Burgos-, reconocía como patrona suya a la Virgen de Aránzazu desde 1738, en que fue elegida en el capítulo provincial celebrado ese año en Vitoria.

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D. Pablo de Lete, provincial de los franciscanos, ante la insuficiencia de la iglesia construida después del incendio de 1834, decide la construcción de una basílica nueva. La primera piedra del nuevo edificio se coloca el 9 de septiembre de 1950, tras un concurso nacional de arquitectura ganado por los arquitectos Javier Sáiz Oiza y Luis Laorga. Parte de la anterior edificación se conservó en lo que es hoy la cripta del santuario. En el resto, de modernas y atrevidas líneas, destacan las tres torres erizadas de puntas de diamante que se alzan hacia el cielo en medio de un paisaje abrupto y salvaje. Para la decoración del edificio fueron seleccionados los escultores vascos Jorge de Oteiza (fachada) y Eduardo Chillida (puertas), Javier de Eulate (vidrieras) y la pintura fue adjudicada a Carlos Pascual de Lara y al bermeano Nestor Basterrechea, artista de acusada personalidad, autor de pintura mural, escultura, vidrieras, actividades artísticas industriales y director cinematográfico de calidad. Tres años después es inaugurada la nueva basílica (30 de agosto).

En 1954 comienza Oteiza la ejecución del monumental Friso de los Apóstoles y Basterrechea la de las pinturas murales de la cripta, Pecado, expiación, perdón y gloria (640 metros cuadrados). Aproximadamente al año de iniciadas las obras, éstas son interrumpidas por orden superior. Los apóstoles permanecen durante 15 años abandonados en la carretera. Peor suerte corren los frescos de Nestor Basterrechea -11 murales dibujados durante un año de trabajo, aproximadamente el 45 % del total- que son encalados durante una ausencia del artista que había sido convocado a Madrid. En 1962, tras un concurso de ámbito nacional, el pintor madrileño Lucio Muñoz, realiza las pinturas del ábside del templo que abarcan una superficie de 600 m. cuadrados. Interrogado el autor sobre el sentido de su obra, contestó: "mi obra es más para ser sentida que entendida: no hay en ella esteticismo ni jeroglíficos de ninguna clase; todo sucede de forma tan natural y sencilla como en la naturaleza. Nadie se preguntará qué quiere decir mi obra, como nadie se pregunta qué quiere decir el paisaje de Arantzazu o el color de sus montañas". Sin embargo hay que esperar hasta 1968 para que Oteiza sea autorizado a reemprender las obras por Mons. Bereciartúa, poco antes de morir éste. El friso es colocado por fin en agosto de 1969. Se trata de 14 magníficas figuras de apóstoles en piedra gris de Marquina -"seguramente son demasiados, ya se ha dicho, pero artísticamente, cuando uno se expresa, hay que hacerlo con alguna generosidad, con alguna esperanza" que abarcan 12 m. de ancho por 2,70 de alto y 0,90 de espesor. En lo alto, una Piedad tradicional de 2,70 m. de ancho del Cristo yacente por 2,86 m. de alto y 1 m. de saliente: "al pie del muro, está el friso en el que se simboliza los apóstoles porque son figura de turbación y de dolor y, sobre todo, porque permanecen en fidelidad y ahí están, al pie de los que sufren y de los que viven y esperan". El conjunto de la portada podría ser denominado, según Oteiza, "Muro funerario del pueblo vasco para un imaginable cementerio de pueblos". Su consecución ha valido a este escultor vasco de fama internacional innumerables desengaños y amarguras ya sea por la incomprensión de la que ha sido objeto, ya por la falta de medios, canteros adecuados, etc. El mismo nos dijo: "Tiene pues que saberse, no he podido concluir, pero tiene que saberse también que ya no me importaba. A nadie le ha importado nada de lo que estaba haciendo, y tampoco estoy en la situación de otros escultores que piensan en la eternidad de sus creaciones; yo no trato de ser más que un testimonio de esta pobre hora que vivimos, yo me expreso con los demás, con los demás me hago o me arruino". Basterrechea, menos afortunado aún, conserva solamente los bocetos de la obra realizada, en espera de una más justa revisión de su caso. Hay que hacer constar que la realización de la nueva basílica fue muy facilitada por las obras que para un nuevo ábside se realizaron, con estilo diferente, por los años 1920. Dichas obras fueron costeadas por el caballero alavés Pablo Ruiz de Gámiz. En 1963 el colegio de arquitectos vasco-navarro otorgó al edificio el premio "Juan Manuel Aizpurua".

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Desde 1950 Arantzazu conoció como un vértigo de obras que se sucedían unas tras otras sin interrupción. Después de la basílica -incompleta aún en algunos detalles de decoración- se construyó el edificio destinado a frontón, salón de actos y salones de juegos para los estudiantes: este edificio se hacía necesario porque el antiguo frontón tuvo que ser derribado por exigencias de ensanche de carretera. Siguióse el ensanche y mejoramiento de la carretera, obra llevada a cabo por la Excma. Diputación de Guipúzcoa. El Ministerio de Obras Públicas realizó también una gigantesca y atrevida obra sobre el barranco para dotar al Santuario de un amplio y capaz parque de estacionamiento de automóviles, que se hacía cada vez más necesario, dada la angostura del lugar y el creciente aumento del tráfico rodado. El P. Provincial de Cantabria, Fr. Benito Mendía, emprendió en 1960 la construcción de un nuevo Colegio Seminario para futuros franciscanos, capaz de albergar 400 alumnos. Una vez terminados los estudios, dichos religiosos eran destinados, ya a Misiones -especialmente a América-, ya a los diversos conventos de la Provincia de Cantabria, o a estudios y carreras especiales. La Provincia franciscana de Cantabria tenía asignados, como parcelas de trabajo, diversos territorios de Cuba, Paraguay, Argentina, Bolivia y Japón. Baste decir que el 44 % de los religiosos de la Provincia trabajaba fuera de España, principalmente en Hispanoamérica: este dato estadístico es el mejor exponente del esfuerzo misionero que realizaba la Provincia. Los alumnos del Colegio Seráfico sumaban un total de 140, sin contar los que estudian en el Colegio Seráfico de Forua (Bizkaia). Un padre de la comunidad regentaba además la escuela para los niños y niñas de los caseríos del barrio.

Funcionaba en Arantzazu una Casa de Ejercicios Espirituales con capacidad para 40 personas. En ella se predicaban tandas de Ejercicios cerrados para toda clase de personas. Existía en Arantzazu una bien montada imprenta, en la que trabajan los religiosos legos, y una Editorial. En ella se imprimían diversas revistas -"Aránzazu", órgano del Santuario, "Misiones Franciscanas" y "San Antonio de Padua"-, hojas periódicas, calendarios y libros. Desde el año 1946 la misa solemne de los domingos y días festivos era retransmitida por Radio San Sebastián en emisión especialmente dedicada a los enfermos. En Arantzazu radicaban, además de la Hospedería-Hotel del Santuario, otras cuatro casas de huéspedes. La Hospedería estaba atendida por una comunidad de religiosas, y la Casa de Ejercicios por las llamadas "Azamis", misioneras de la Virgen de Aránzazu.

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A partir del año 2002 se llevó a cabo un novedoso proyecto revitalizador del complejo Arantzazu; se rehabilitó el antiguo seminario y se restauró totalmente el santuario, todo ello con una inversión cercana a los 190 millones de euros. La parcial demolición del antiguo seminario permitió la apertura de la explanada de la basílica a la naturaleza y a la aparición de nuevos espacios de esparcimiento y encuentro. Un elemento importante de las actuaciones ejecutadas es el porche semicircular cubierto, de unos tres metros de altura, construido a la entrada de la zona de la basílica, cuya finalidad es separar el santuario con sus espacios y el aparcamiento de coches, sirviendo de vestíbulo al conjunto escultórico apostolado de Jorge de Oteiza. El complejo alberga una oficina de turismo, los servicios públicos y la puerta de acceso a las tres naves situadas debajo de la plaza, y en su parte superior sirve de mirador, zona de descanso y de camino hacia el centro cultural. En las inmediaciones de la nueva plaza peatonal se ha organizado una nueva zona verde y de descanso acondicionada junto a la Casa de ejercicios, con lo que se disfruta de nuevos árboles que suavizan la presencia de este edificio dotando a la plaza de cemento y piedra de un toque más de naturaleza.

El Centro Cultural Bittoriano Gandiaga Topagunea fue inaugurado en junio de 2005, resultando la actuación más espectacular de la reforma; es un edificio diseñado como una secuencia de volúmenes cúbicos que se elevan unos sobre otros, con grandes huecos de luz y pequeñas terrazas desde donde contemplar el bellísimo paisaje de montaña y el santuario. En su interior, se albergan locales con diferentes funciones: pequeños frontones, una zona de cobijo para días lluviosos, un albergue para jóvenes, un salón de congresos, pequeñas salas de reunión, y diversos espacios para exposiciones fijas y móviles. Las salas interiores llevan los nombres de las personalidades y artistas que han dado renombre a Arantzazu como Villasante, Sáenz de Oiza, Oteiza o Chillida. La presencia cada vez mayor de la naturaleza en la secuencia de espacios públicos hasta llegar a la antigua vereda que conecta con la sierra de Aitzgorri es la idea nuclear del conjunto del proyecto de rehabilitación, de forma que la densidad arquitectónica de los alrededores del santuario se diluyera progresivamente. Esta cadena de espacios públicos comienza en las plazas situadas junto a la basílica, continúa en la arboleda horizontal sobre la huella del antiguo seminario, sigue con el parque natural sobre las antiguas huertas del convento y concluye en la ermita del Santo Cristo o Humilladero, embellecida por un entorno de caminos, bancos, zonas de descanso y elementos vegetales.

En 2005 el santuario de Arantzazu celebró sus bodas de oro con la publicación de un libro, obra de Manolo Pagola, dotado de una selección de elementos gráficos y notas en euskera y castellano de Paulo Agirrebaltzategi, titulado La Nueva Basílica de Arantzazu. Su construcción y financiación más un DVD realizado por Iñaki Beristain, Arantzazu. Ermitatxo bat eidazu.

A propósito de la vieja calzada que abrieron de mancomún mondragoneses y oñatiarras, vimos que Garibay hacía mención de la Cofradía. Los orígenes y carácter de la primitiva cofradía de Ntra. Sra. de Aránzazu son un poco oscuros y borrosos. Garibay, que nos da sus primeras noticias, dice que al principio estuvo formada por vecinos de Oñate y de Mondragón. Y a dichos cofrades de los dos pueblos atribuye la proeza de abrir la primitiva calzada o camino hasta Arantzazu. Pero después esta cofradía de las dos villas se deshizo "considerando -dice- que con el tiempo podrían de la congregación de gentes de dos pueblos nacer cuestiones y diferencias", y así la cofradía vino a quedar reducida a solo Oñate. Estos cofrades de solo Oñate -prosigue informando Garibay- por los años de 1491 acordaron "traer de su Santidad muchos perdones y indulgencias para los que a esta sancta casa de Arantzazu visitasen y hiciesen limosnas". Garibay nos ha conservado incluso los nombres de algunos de estos primitivos cofrades que otorgaron su poder ante escribano público. La evolución ulterior de la cofradía, radicada ya sólo en Oñate, su genuino sentido e intención, no está del todo claro. El P. Lizarralde ha tratado de desentrañarlo, suponiendo que en ella se agrupaban las fuerzas y partidos de Oñate que, aunque hostiles entre sí, coincidían no obstante en oponerse al dominio y pretensiones de los señores Condes de Guevara sobre la villa. Por esto estaban excluidos de la citada Cofradía tanto el Conde como todos sus paniagudos y renteros. La Cofradía se tituló con el pomposo nombre de "Ilustre y nobilísima Cofradía de nobles de Ntra. Sra. de Aránzazu". El incendio de 1834 y la exclaustración subsiguiente de los religiosos marcan el final y extinción de esta antigua y gloriosa Cofradía. También en Ultramar los oriundos de las provincias vascongadas y Navarrra erigieron célebres cofradías de Ntra. Sra. de Aranzazú -con acentuación aguda-. Una de las más importantes fue la establecida en el s. XVII en la ciudad de México. Esta cofradía poseía su capilla de la Virgen de Aránzazu en el convento de San Francisco de dicha ciudad. Obra de esta hermandad fue la erección del colegio de "las vizcaínas" para educación y dotación de niñas pobres. Cofradías similares existieron en otros puntos, como Lima y Manila. En nuestros días ha sido restablecida nuevamente la Cofradía de la Virgen de Aránzazu, rigiéndose por los estatutos que fueron aprobados en 1917 por el obispado de Vitoria. Su fin es fomentar y propagar la devoción a Ntra. Sra. de Aránzazu. La Cofradía radica en el Santuario. Está erigida también canónicamente en el convento de San Francisco de San Sebastián. Existen grupos organizados, sin erección canónica, en Oñate, Tolosa, Azpeitia, Azcoitia, etc. Su director general es el P. Guardián del Santuario.

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No es difícil hallar la huella de Arantzazu en la literatura castellana, empezando por la obra de la poetisa mejicana Sor Juana Inés de la Cruz, de origen vasco, nacida en 1651, y siguiendo por Luzuriaga, autor del "Paraninfo Celeste" y por Arlegui, que publicaron también sus obras en Méjico. Entre los autores de los siglos XIX y XX que se han referido a nuestro Santuario es preciso mencionar a Mañé y Flaquer, Manteli, Polo y Peyrolón, Salaverría, Unamuno, Palacio Valdés, etc. En la literatura vasca la presencia de Arantzazu es aún mucho más perceptible. Por de pronto existe todo un rico romancero popular en torno a la Virgen de Aránzazu que no ha sido aún debidamente valorado y estudiado. Bersolaris y poetas de fama, como Pello Errota, Imaz de Alzo, Felipe Arrese y Beitia y otros, se han ocupado también repetidamente de Arantzazu. En el s. XVIII un anónimo labortano publicó en verso "Aranzazuco Misterioa", el misterio de Arantzazu. Conviene recordar que en el s. XVII los labortanos venían en peregrinación a Arantzazu; y, al no poder venir acá, por las guerras existentes entre España y Francia, erigieron en Ainhoa una capilla a nuestra Virgen, titulada Arantzeko Ama Birjina, Ntra. Sra. del Espino. En tiempos más recientes tenemos la ópera de Zapirain "Chanton Piperri", la novela de Azkue "Ardi Galdua" y la de Domingo Aguirre "Garoa". Sabido es que esta afamada novela tiene por escenario el barrio de Uribarri y la mismísima casa de donde era el pastor Rodrigo de Balzátegui. En 1949 el P. Salvador Michelena publicó su gran poema "Arantzazu. Euskal Sinismenaren Poema", Arantzazu o el Poema de la Fe Vasca, y dos años después, en prosa "Ama-Semeak Arantzazuko kondairan", La Madre y los hijos en la historia de Arantzazu. En 1961 el P. Victoriano Gandiaga, religioso del Santuario, publicó otro poema, "Elorri" (Espino), que cuenta con una traducción al castellano, hecha por el P. Pedro de Anasagasti, que a su vez es autor de diversos libros en castellano sobre Arantzazu.

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  • Esteban de Garibay, Compendio Historial, Amberes 1571. Libro XVII, cap. XXV.
  • Gaspar de Gamarra, Historia de Aránzazu. Escrita en 1648. Introducción y edición por Fr. Luis Villasante; Vitoria, 1966.
  • Juan de Luzuriaga, Paranynfo Celeste, México 1696.
  • Julián de Pastor y Rodríguez, Historia de la Imagen y Santuario de Ntra. Sra. de Aránzazu, Madrid 1880.
  • Adrián de Lizarralde, Historia de la Virgen y del Santuario de Aránzazu, Aránzazu 1950.
  • Salbatore Mitxelena, Ama-Semeak Arantzazuko kondairan, Zarauz, 1951.