Kontzeptua

Muerte

La muerte -(h)eriotza, balbea- ha suscitado en los vivos a lo largo de la historia un conjunto de actitudes y creencias, evidenciadas en ritos y cultos, destinados a honrar al muerto, ayudarle a dar el paso postrero (un viaje) y lograr que su espíritu consiga renacer de alguna manera (transmigración, reencarnación, palingénesis, salvación del alma...). Con la correcta ejecución de los ritos funerarios quedaba asegurado el éxito de la empresa salvadora, lo contrario producía almas en pena, que podían resultar molestas e incluso dañinas. Los siglos de implantación en el País Vasco del cristianismo, cuyo sistema para afrontar la muerte desde una óptica regeneradora comparte algunas de las aspiraciones del paganismo arcaico, no ha podido evitar que el poso de estos fondos culturales materialistas y animistas afloren con cierta lozanía hasta épocas muy recientes.

Las actitudes ante la muerte y las creencias sobre su esencia se componen pues, en el País Vasco, de dos órbitas que se presentan con frecuencia entremezcladas: por una parte, el dogma católico y el Ritual Romano, implantados de forma ecuménica y homogénea por encima de las peculiaridades culturales de los pueblos; por otra, los despojos de los antiguos cultos pre-cristianos que han supervivido de forma fragmentaria; citaremos a continuación algunas de estas prácticas pertenecientes al acervo de la antigua cultura sobre la muerte.



Antiguamente el presagio más evidente y que con frecuencia conducía a una muerte cierta era el de una grave enfermedad; se le concedía un carácter religioso "regalada o mandada por Dios", como castigo a las propias faltas y se desconocía muchas veces su entidad y nombre; también se atribuía su origen al efecto maldiciones o mal de ojo (begizkoa) o a la intervención de genios (birauek, patuek, gaizkiñak) que pululaban por doquier sembrando enfermedades o prolongando agonías. Había una serie de animales que anunciaban próximos fallecimientos con su sola presencia o con sus actitudes: cuervos volando bajo, perros aullando, gallos cantando a medianoche o a deshoras, etc. Igualmente se avecinaba una muerte si el sonido de las campanas se tornaba profundo o con mucha resonancia. En el aspecto de los difuntos se buscaban indicios sobre otras muertes inminentes y así, si quedaban con los ojos abiertos había que cerrárselos rápidamente pues con su mirada podían arrastrar a otros; de igual forma, si quedaban con la boca abierta se decía que estaban llamando a otros a su lado.

(Aboliña, iltamue, agonia). Se tenía buen cuidado en este momento que era muy delicado para el moribundo. Ya se han citado los genios que podían prolongarla o hacerla dolorosa. Desde luego el propio diablo (deabru, etsaia ) acechaba el lecho mortuorio; la iconografía tradicional de los "artes moriendi" representaba casi siempre a los demonios acechando a la cabecera del agonizante. En los testamentos vascos (y de otras zonas de Europa) de los siglos XVII y XVIII se popularizó una fórmula que se incluía para precaverse de las asechanzas demoníacas de los últimos instantes; se enunciaban así:

"Y si por flaqueza, por la gravedad de mi enfermedad o persuasión del enemigo malo, alguna cosa dixere o profiriere contra la Santa Fe, desde luego lo detesto y declaro que no es ni será mi ánimo, sino el estar siempre en la Santa Fe...".

Para alejar a las fuerzas del mal se encendía una vela bendecida el día de la Candelaria (se llamaba argie lagun en Zenarruza) y se asperjaba la habitación con agua bendita. Nadie deseaba una muerte súbita, pues era indicio de condenación, al no haber contado con tiempo suficiente para un buen acto de contrición; pero tampoco era bueno que se prolongara la agonía por lo que para evitar sufrimientos se practicaban una serie de conjuros: en Bermeo, para lograr que los enfermos se aliviasen o muriesen, se les decía una misa pagada con limosnas de los vecinos o se encendía una lamparilla de aceite a la Virgen de los Remedios; se suponía que al acabarse el aceite se apagaban simultáneamente la luz y la vida del agonizante. En algunos lugares (Sara, Garazi, Zenarruza...) achacaban la prolongación de la agonía a que el alma no podía salir de una habitación cerrada, por eso levantaban una teja de la cubierta o simplemente abrían puertas y ventanas. Lógicamente atribuían cierta naturaleza material al alma. Se conocen casos de práctica actual de esta costumbre (Ezkurra, Ituren, Igeldo...), aunque en la mayor parte de los casos se ha perdido el sentido original del acto y se atribuye a motivos de higiene ("para ventilar").

La muerte de un animal doméstico cuando hay un enfermo grave en la casa es un motivo de alegría, pues se supone que la persona sanará al haber muerto en su lugar el animal (una vaca en Bermeo, una gallina en Gorozika).

Algo muy común a las diversas culturas es el lavado y amortajado del cadáver (beztitu ). En la sociedad tradicional vasca este era un trabajo de mujeres. Antiguamente los cadáveres se envolvían solamente con una sábana. En Zuberoa, se han mantenido enterramientos sin ningún género de caja, con un sudario de lino con bordados que se tenía prevenido tiempo atrás en casa. Aquí y en Baja Navarra se conocía la mortaja por hil-mihise. La costumbre de preparar con tiempo la propia mortaja (de la clase que fuese) y de conservarla durante años hasta el día del entierro, fue muy general en el País Vasco. La práctica de vestir al muerto con un hábito religioso ha sido general a lo largo de los siglos XVI al XX. Aunque también se utilizaron otros (dominico, del Carmen...) el hábito utilizado masivamente entre los vascos para amortajar fue el franciscano.

Este hecho hay que relacionarlo con la mayor facilidad de los pobres para entrar en el Reino de los Cielos, lo que empujaba a las gentes a pedir ser enterradas con hábito de pobreza, a dar limosnas a instituciones de caridad (encareciendo las oraciones de los asilados) e incluso a que varios menesterosos formasen parte del cortejo fúnebre provistos de sus correspondientes luces. Otra práctica de antiquísima tradición en Euskal Herria (desde la época dolménica hasta nuestros días) es la de atar las manos y sobre todo los pies de los fallecidos, bien con cuerdas o, como se hace ahora, con una cinta negra. Aunque en los pueblos donde se mantiene este rito (Ibarrangelua, Huarte-Arakil, Zumaia, Ituren y Amezketa) aducen razones de estética, el origen de esta costumbre no parece otro que el del miedo a los aparecidos, por lo que se intentaba, mediante las ligaduras, restar movilidad a los muertos para evitar que volvieran.

Desde la protohistoria hasta los tiempos medievales los cuerpos tomaban tierra acompañados de alguna suerte de ajuar. Posteriormente se han seguido incorporando una serie de objetos, la mayor parte de ellos religiosos, a los que además se confería una intencionalidad mágica. Así, además de poner entre las manos del muerto crucifijos, escapularios o rosarios, se cubrían con multitud de bulas de difuntos, y se introducían en sus bolsillos algunas monedas o piezas de algún valor. Desde las armas, amuletos y cerámicas con que se dotaba a los enterrados en los dólmenes y túmulos de hace tres milenios, a las bulas o el dinero con que se ayuda a los actuales, la idea central no ha cambiado: que los muertos tienen determinadas necesidades (alimentarse, defenderse, ciertos gastos...) y de que los objetos para cubrirlas surtían más efecto en contacto con el cuerpo, según la idea básica de la magia por simpatía.

Se supone que la casa en el País Vasco fue en tiempos pretéritos centro de culto y enterramiento; se tiene conocimiento de algunas inhumaciones de niños bajo el alero hace tan sólo unas décadas. El término baratz, además de "huerto" parece tener connotaciones funerarias. Hasta hace poco, cuando acontecía un fallecimiento en una casa y hasta, al menos, que no se sacaba el cuerpo de ella, se producían algunas transformaciones. Se habilitaba una pieza para la exposición del cuerpo, que se colocaba en unas angarillas, sobre su cama o sobre un catafalco especial; se cubrían algunas paredes o muebles con paños negros (hilmihisiak ); según José Miguel de Barandiarán, en Uhart-Mixe, Dohozti y otros lugares de Iparralde, se instalaba el cuerpo en el interior de una especie de cabina (hilohia ) formada por tres grandes lienzos negros para los laterales y el fondo y otro como un dosel para el techo. En muchos pueblos se siguen cubriendo los espejos (Lekeitio, Ibarrangelua...) y los escudos de armas con lienzos negros. Se dice que si se mira al espejo mientras está el muerto aún en casa pueden verse brujas.

De hecho antes se creía poder ver al propio muerto, o mejor dicho, a su doble. La relación mágica de los espejos y las sombras (versiones desdobladas del individuo real) con los espectros es una creencia arcaica universal. La muerte se vinculaba a la impureza y ésta era contagiosa, por lo que la casa o algunos objetos de ella tenían que ser purificados. En algunos sitios se quemaba el colchón del difunto (Orozko, Liginaga); en otros (Sara) se quemaba un manojo de paja en su lugar, mientras se rezaba un Padrenuestro y luego se asperjaba con agua bendita. En ocasiones se purificaba también el establo. En Kortezubi se quemaban alcohol o aguardiente con azúcar así como ciertas hierbas.

El fallecimiento se ponía inmediatamente en conocimiento del vecino más próximo, que era el encargado de dar los avisos posteriores. Además se avisaba a la comunidad en general por medio de toques de campana. Se distinguía el sexo del muerto con distinto número de tañidos (normalmente más para los varones); aunque había una cierta variedad de unos pueblos a otros, lo común eran tres campanadas para los hombres y dos para las mujeres. En algunos pueblos navarros se distinguían también toques especiales para los sacerdotes. Durante el presente siglo ha decaído el aviso por campaneo y se ha generalizado el uso de informar por medio de esquelas, bien insertas en la prensa diaria, bien a modo de pasquines pegados en los portales o en las calles, ubicados en sitios convencionales. El anuncio de la muerte a los animales de la casa es una costumbre conocida en otros lugares de Europa que tuvo una cierta implantación entre nosotros hasta el siglo pasado; se comunicaba la muerte del dueño de la casa a las abejas, cubriéndose a veces el panal con un paño negro o atándole una cinta del mismo color.

Se pensaba que así harían más cera que iba a ser necesaria para las ofrendas y que caso de no avisarles morirían las abejas. Aunque hoy día no se da el aviso, se tiene noticia en muchos pueblos de haberse hecho no hace tanto: Ituren, Leiza, Ezkioga, Idiazabal, Ea, Ibarrangelua... Frecuentemente se acompañaba la comunicación de la muerte con una exhortación a la producción de cera: "Argitzarie eitzatzue, berei argitzeko" (Ziga), "Emengo nagusia (edo etxekoandrea) il dala, ta aren arimarentzako lan egiteko" (Goierri guipuzcoano), etc... También se les comunicaban los fallecimientos a las vacas y si estaban echadas se les obligaba a levantarse. En Uhart-Mixe (según Barandiarán) se hacía lo propio con las gallinas forzándoles a correr mientras se hablaba.

Se conoce por lo común por gaubela (en Orozko beigiria ). Raro era el pueblo en el que no se ha mantenido hasta pocos años esta costumbre. Era una obligación vecinal y familiar que se cumplía escrupulosamente. Consistía en el rezo de uno o varios rosarios ante el cuerpo del finado, cuya dirección podía corresponder a algún pariente, a la serora o a devotas especialistas en estos menesteres (erresadoriek en algunos lugares de Bizkaia). Se ofrecía a los concurrentes una leve colación, consistente en queso y vino, o galletas y aguardiente, lo que contribuía a soltar en exceso las lenguas, por lo que había muchos que acudían a estos actos ante el reclamo de lo animados que resultaban.

El cuerpo se transportaba desde la casa mortuoria a la iglesia con el rostro descubierto, tapado por algún paño y sobre unas andas o angarillas. A partir del siglo XIX se empezó a generalizar el uso de la caja de madera. El cortejo (segizioa ) se podía componer de los siguientes elementos:

1. el monaguillo o religioso que portaba la cruz parroquial alzada (también podía hacerlo el lehenauzo o el alcalde del pueblo, así en Leiza y Berastegi;
2. el cura revestido de capa pluvial;
3. el chantre (txantria ) que entonaba los cánticos previstos en el Ritual Romano;
4. otros sacerdores o religiosos;
5. el cadáver porteado por los andariek o hilketariek a veces escoltado por pobres o niños que llevaban luces; se llevaba siempre orientado de forma que los pies fuesen por delante;
6, la ofrenda de cera y/o luz contenida en una cestita (llamada oberta-zai en Liginaga) cuya encargada era por lo común una vecina;
7. luego los hombres;
8. por último las mujeres.

Dentro de estos dos últimos grupos se solían distinguir en muchas localidades dos conjuntos, integrados cada uno en su respectivo sexo, los que formaban la honra, familiares muy cercanos, tanto hombres como mujeres, obligados a asistir y presidir el acto, y los de karidadea, el resto de los vecinos y conocidos que iban por solidaridad. A los de karidadea se les ofrecía tras el oficio un breve refrigerio. Los de honra iban obligatoriamente de luto, los hombres cubiertos y con capa, las mujeres con manto o mantilla; en muchos sitios las mujeres llevaban tapada la cara con un velo de gasa y se les llamaba belokuak (en Sara al velo se le llama blunda ). Había pueblos, como Lekeitio, en los que la comitiva de hombres se disponía en fila india, organizada en función a la proximidad en el grado de parentesco, por lo que los cortejos se alargaban enormemente. Fue corriente la participación de pobres en las comitivas fúnebres. Muchos lo pedían en sus testamentos hasta entrado el siglo XVIII. Resultaba bastante ambiguo el hecho, pues por una parte se reclamaba pobreza para el muerto en la compañía de los pobres, y por otra, contribuía a la ostentación y la pompa tan característica del ceremonial barroco.

El papel de las Cofradías en el ritual funerario. Las Cofradías eran asociaciones de laicos con fines piadosos, caritativos y de apoyo mutuo. Se fundaron centenares de ellas a lo largo y ancho del País Vasco durante los siglos XIII al XVII, luego se mantuvieron hasta finales del siglo XIX, momento en el que decayeron ostensiblemente. Inicialmente pesaba bastante el aspecto de apoyo gremial o vecinal que algunas de ellas tenían, pero hacia el siglo XVII, la función esencial que mantenían la mayor parte era la funeraria, además del culto que se aplicaba al santo patrono de la Cofradía, una de cuyas manifestaciones inexcusables era la del banquete anual de los hermanos. De esta forma las Cofradías se convirtieron durante los siglos XVI al XIX en elementos básicos del acto funerario, cobrando en muchos casos mayor protagonismo incluso que los propios oficiantes.

Se pueden citar a modo de ejemplo: la Cofradía de la Misericordia o de la Veracruz de San Sebastián, fundada en 1574 con el fin de funerar a los pobres vergonzantes y a los condenados a muerte; la Cofradía del Santo Cristo de la Bonanza, de Pasajes de San Juan, que aseguraba los entierros de los cofrades; las Cofradías del Rosario de Azkoitia; las de La Veracruz, del Apostolado, de San Miguel y de Nuestra Señora de Aránzazu de Oñati, etc... Los cofrades tenían la obligación de asistir al funeral del hermano muerto, se integrabran en el cortejo y los oficios con el pendón de la Cofradía desplegado y luces; muchas veces hacían lo propio con los pobres que no podían costearse los gastos del entierro y con los condenados a muerte. Cuando el muerto tenía posibilidades, con gran frecuencia disponía en su testamento la asistencia de la o las Cofradías a las que estaba hermanado, por supuesto, pero también a alguna más de su peculiar devoción, o incluso a todas las existentes en la localidad; a cambio se daba una pequeña limosna a la Cofradía (de 2 a 8 reales). Hay que precisar que en la época barroca rara vez bajaban de 6 u 8 las Cofradías que existían en los pueblos vascos de mediana entidad. Todo lo expuesto para el País Vasco era asimismo general en otras zonas de Europa, así las famosas "Confréries de Charité" normandas o de otras zonas de Francia.

La sacralización de una vía purificada que una la casa con el lugar de inhumación no es, desde luego, privativa de los vascos y se practicaba profusamente en la época clásica ("iter ad sepulchrum" romano). De igual forma ha sido intensa su utilización en otros ámbitos culturales europeos: Bretaña, Asturias, Alemania... En el País Vasco, estos caminos implicaban servidumbre de paso, no se debía construir en sus inmediaciones, ni se podía cerrar ni vallar. Por mucho que la propiedad legal estuviera clara, si alguno cerraba un camino funerario, los cortejos no tenían ningún embozo en seguir pasando a través del obstáculo. No siempre eran los itinerarios más cortos ni más cómodos y existía una gran inercia a portear el cadáver por ellos aunque estuvieran impracticables. Si por algún motivo extraordinario se variaba parte de la ruta, era esta nueva la utilizada de allí en adelante. La servidumbre de paso la determinaba en algunos casos el paso del cuerpo (portado en andas) y en otros el de la cruz parroquial.

A ello aluden los propios nombres con los que se conocen en los diversos pueblos, nombres en los que prevalece el cuerpo muerto: Gorputz-bide (Alkiza, Aduna...), Korputz-bide (Idiazabal, Gatika, Azkoitia...), Andabide (Aulestia, Fika, Ibarrangelua...), Camino de cadáver (Zalla), Hilbide (Donostiri, Asteasu...), Difuntuen bidea (Etxalar, Bera, Igantzi, Lesaka...), etc..., nombres en los que prevalece la cruz o la parroquia: Kurtzeko hide, Kurtze bide, Gurutz-hide, Kurutz-bidea (Meñaka, Eskoriaza, Zegama, Legorreta, Gainza...), Elizbide, Elizalde (Zeberio, Legazpia, Bergara...), etc... Se utilizaban además otros nombres con alusiones diversas: Erri-bidea, Aingeru bidea, Camino de Anteiglesia, etc... También en los núcleos urbanos se respetaban unos itinerarios fijos desde las casas a la iglesia para la conducción de cadáveres. Así, por ejemplo, en Bermeo, donde se llamaban Andabidiek.

La costumbre del banquete funerario, con peculiaridades locales, ha pervivido hasta hace pocos años en el País Vasco. En algunas localidades podían llegar a ser hasta tres los convites; así, en Aulesti (según W. Douglass) se hacían el día del entierro, el de la iniciación del luto (argia ) y el de la finalización del mismo (ogistia ). En Bizkaia estos banquetes se conocían como okasiñuak o con el mismo nombre dado a los funerales(h)iletak. Corrientemente se solían distinguir dos comidas, una en toda regla para los de honra, mientras que a los de karidadea se les ofrecía otra que no pasaba de pasas, vino y galletas.

La distinción en dos niveles de comida se establecía en otros lugares (Murelaga) en función de las misas, cantadas o rezadas, que hubieran encargado para el alma del difunto los diversos asistentes al entierro. En algunos pueblos alaveses se daba un refrigerio a los pobres concurrentes al oficio fúnebre, lo que se conocía como "dar la caridad". Aunque en la actualidad la práctica de dar banquetes de este tipo ha decaído, Bonifacio de Echegaray constata que para 1925 se seguían haciendo de forma generalizada. Las comidas solían ser pantagruélicas, en los menús figuraba la carne, el vino y los dulces en abundancia, y en general platos extraordinarios para las dietas populares del momento. Solían ser la ocasión para verse los familiares y amigos de pueblos distantes, que no lo habían hecho en mucho tiempo. Muchas veces acababan en auténticas francachelas y escándalos. Lo peor era el elevado costo que representaban para las casas de los finados, de hecho el capítulo más gravoso de los gastos funerarios, en un tema ya de por sí caro. Muchas familias se endeudaban o tenían que vender tierras o ganado para poder costear los banquetes.

Por las resonancias paganas que tenían y por los enormes dispendios a los que obligaban, contaron estas comidas con la enemiga de las autoridades civiles y eclesiásticas. Ya desde 1383, en Navarra, Carlos II el Malo limitaba bajo multa los "grandes comeres" que se hacían con motivo de los funerales; en Gipuzkoa, las Juntas Generales de 1652 y 1677 dieron provisiones para procurar limitar a los parientes más próximos el acceso a las comidas; las diversas Constituciones Synodales y las intervenciones de los Visitadores procuraron primero (a lo largo del siglo XVII) evitar que acudieran a ellas los eclesiásticos y luego (siglo XVIII) que las celebrasen los propios seglares. La justificación que se daba para mantener los banquetes era la de alojar y agasajar a los familiares o sacerdotes que habían venido desde lejos al entierro; de hecho muchas veces eran pocos o ninguno los que habían venido de fuera pero el convite se celebraba igual. La interpretación de esta costumbre es varia.

En primer lugar, está emparentada con otros rituales paganos conocidos en culturas antiguas; así, en Iparralde se practicaba el vertido de bebidas en honor del muerto de la misma forma que antes practicaron su "libatio" los romanos, cananeos o babilónicos. Se han relacionado también con cultos domésticos, oficiados por el cabeza de familia, y que se consideraban imprescindibles para proveer de alimento al finado en su otra existencia. De hecho, en Bizkaia y Araba, hasta el siglo pasado, el rezo que acompañaba al banquete y su presidencia correspondía a un familiar caracterizado por su edad o dignidad. Por último, se ha pretendido explicar esta práctica retrocediendo a una época arcaica en la que se supone se practicaba la antropofagia funeraria ritual; desaparecida ésta, el rito cristalizaría en una comida substitutoria. En la actualidad muchas culturas, bien distantes entre sí, conocen entre sus prácticas la de ciertas comidas no sólo funerarias, sino también institucionalizadas en el Día de Difuntos o fecha similar; así, son célebres las de México e Italia, en donde se consumen dulces con formas de cráneos y de esqueletos humanos por estos días.

A los dobles y a las ánimas de los muertos hay que agasajarles y proveerles de lo necesario para que se desenvuelvan en su nuevo estado, caso de no hacerlo corremos el riesgo de que se conviertan en almas en pena (arimaerratia ), por ello, desde la protohistoria se les ha ofrendado una serie de objetos de forma ritual. Tanto en las inhumaciones de las cuevas como, sobre todo, en las incineraciones asociadas a monumentos megalíticos, el antiguo habitante del País Vasco ofrendó armas, adornos, copascráneo, cerámica... Luego, con la cristianización, las ofrendas (olatak) han pervivido hasta nuestros días en forma de luces, panes y carne o animales vivos. Como es evidente, las ánimas, a la luz del cristianismo, pueden estar necesitadas de sufragios pero no de alimentación o defensa física; sin embargo, y a pesar del tufo pagano, las ofrendas se han mantenido hasta hoy toleradas por la Iglesia, si bien en algunos casos fueron perseguidas por la Inquisición ante su evidente carácter gentílico. Desde luego, en la mentalidad popular van más bien destinadas a los dobles-muertos que a las almas inmateriales e inmortales.

Se ha argumentado que si la Iglesia permitió estas manifestaciones se debió a que en aquellos siglos de escasez de moneda las ofrendas en especie eran la forma más cómoda que tenían los campesinos de pagar los derechos por funeral debidos a la parroquia. Se ofrendaron, desde, al menos, la Baja Edad Media hasta el siglo XIX una serie de animales vivos: gallinas, toros, y sobre todo bueyes y carneros. Estos "carneros de muerto" se conocían con el mismo nombre que la huesa: azurrobia. La costumbre fue general hasta el siglo XVIII. Isasti, Iztueta y Larramendi se hacen eco de ella, pero indican que para su tiempo lo normal era ya redimir el animal por dinero (unos 8 ducados) y aunque el buey o el carnero se conducían, adornados con colgaduras y panes, junto a la comitiva fúnebre hasta la iglesia, luego esperaba fuera atado mientras acababa el oficio y por último se rescataba con una limosna y era conducido de nuevo a casa. Sin embargo, se creía que tras esto el carnero quedaba como alelado, perdida su esencia vital. Se conocen algunos casos muy tardíos de supervivencia de esta práctica: Txomin Aguirre contempló una ofrenda de buey en Oikina en 1898; Lekuona narra algunos casos en Oiartzun en 1923; en Oderiz, Arraiz y Arano se ofrendaban carneros hasta 1880. El otro elemento sacrificado es el pan (o bien trigo o harina como en Azkoitia y Zestoa).

El número y peso, así como la forma y calidad de los panes, ha variado mucho con el paso del tiempo y de unas localidades a otras, pero la costumbre ha sido universal en el País Vasco. En varios pueblos de Gipuzkoa cita Barandiarán la creencia de que los panes ofrendados eran comidos por los difuntos, o, al menos, que perdían tras de la ofrenda toda su substancia. Hubo pueblos donde se ofertaron otros alimentos: frutas, pescado y/o un cordero degollado y ensangrentado (Bayona, siglo XVI), tocino y gallina (Zenarruza en 1726), huevos y bacalao (Oiartzun en 1923)... El fuego ha sido y es una ofrenda universal. Se debe a la suposición de que los muertos necesitan luz en su otra existencia. José Miguel de Barandiarán cuenta la leyenda, recogida en Kortezubi y Berastegi, relativa a un minero de Somorrostro que quedó atrapado en una galería y cuando, varios años después, fue rescatado explicó que siempre había tenido luz salvo un día, que casualmente su madre olvidó encender la cerilla en la iglesia. Antiguamente la fina vela que se ofrendaba sobre la sepultura se enrollaba en una tablilla antropomorfa (argizaiola) o sobre un bloque de madera o sobre sí misma; luego se utilizaron también profusamente candelabros, fuesas (nichos de madera para sostener las velas) y otra suerte de ingenios apropiados a este fin. Sobre la sepultura familiar se colocaba asimismo un paño, normalmente blanco con las iniciales de la casa, llamado en Bizkaia sepulturie.

Si en el País Vasco las relaciones vecinales siempre han tenido mucha importancia, en caso de una muerte la vecindad cobraba un gran protagonismo. El Fuero General de Navarra (Libro III, Tít. XXI, cap. I) establecía unas normas para dar sepultura, según las cuales buena parte de la responsabilidad correspondía a los vecinos: tanto cavar la fosa como tomar ciertas decisiones en ausencia de familiares. En Donostiri, los vecinos se ocupaban del sepelio sin la intervención de la familia. La ofrenda del oficio funeral correspondía normalmente a los vecinos y era llevada por una mujer de la casa a que correspondía en lugar destacado del cortejo, situándola luego sobre la sepultura durante el acto (Bolibar, Ernialde, Larraul, Berastegi, Gellano, Lazkao, Aduna...). Por lo general el mayor protagonismo correspondía al vecino más cercano (lehenate en Sara, lehenauzo en Uhart-Mixe, auzurrikoaurren a en Aulesti...); se encargaba de comunicar la muerte ocurrida al cura, los familiares, los animales domésticos, etc...; en algunos sitios era el encargado de amortajar el cadáver, de llevar la ofrenda funeral, de dirigir los rezos de la gaubela ; también compartía en algunos pueblos con la familia la responsabilidad de portear las andas (anderuak).

Poco o nada sabemos de los o las que estuvieron al cargo de la ritualidad mortuoria en tiempos protohistóricos, pero en épocas más recientes, hemos podido comprobar el papel destacado de la mujer en este campo. Habría que relacionarlo con el hecho de que las culturas primitivas vincularon casi siempre el principio de la vida al de la muerte, y los ritos funerarios estuvieron a veces mezclados con los de fecundación. El ideal de Muerte-renacimiento tenía connotaciones con la fertilidad y la maternidad. Igualmente, ciertos elementos astrales femeninos como la Luna (ilargia ) se ha supuesto que eran mansiones de los muertos. Ya se han citado algunas funciones reservadas a las mujeres: el amortajamiento, la dirección de los rezos de la vela en manos muchas veces de erresadoriek ; las propias componentes de la vela protagonizadas por mujeres (el Fuero General de Navarra preveía que quedasen velando el cadáver las mujeres cuando los hombres saliesen a su trabajo: "Al alva los varones pueden yr à sacar los ganados, et las echandras deven veyllar el cuerpo").

Desde luego, las ofrendas han estado siempre en manos de hembras. El papel de la serora (o "freyras" o "benitas" como también se les conocía) en lo relativo a los ritos funerarios fue muy importante. Eran herederas de las antiguas diaconisas de los primeros tiempos del cristianismo, que en otros lugares de Europa desaparecieron pronto y en el País Vasco se mantuvieron hasta el presente siglo. Doncellas o viudas de cierta edad (se les exigía tener 40 años y a veces 50), llevaban comúnmente hábito (de San Francisco, del Carmen o de Santo Domingo) y se les pedía una vida intachable desde el punto de vista moral. Aparte de la limpieza de ornamentos y del templo, ayudaban en ciertas ceremonias, singularmente en las fúnebres. Guiaban el duelo, rezaban algunas oraciones en casa del difunto, se encargaban del mantenimiento de argizaiolak, y ayudaban a las mujeres en los funerales, honras y cabo de año. Percibían parte de las ofrendas de pan y/o dinero que se entregaban en las diversas fases del ciclo funerario.

Otra de las actividades tradicionalmente reservada a las mujeres fue la de recitar endechas en honor del fallecido; esta costumbre desaparecida hace tiempo, en decadencia ya en la época de Garibay, tuvo, sin embargo, cierta importancia en la Edad Media; se conservan algunos textos del siglo XV (Milia de Lastur, Alosdorrea...) de estas "endechadoras". El nombre en Vizcaya de las plañideras era el de erostariak y en Gipuzkoa aldiegileak, en ambos casos relacionados con el hecho de cantar o recitar endechas. Parece que en un tiempo las poesías y los llantos fúnebres fueron de la mano. Puede que las plañideras medievales fueron en sentido estricto "profesionales del llanto" a las que se recurría cuando había un óbito, pero las referencias modernas que tenemos sobre "alborotos en los entierros" se refieren siempre a mujeres familiares del fallecido.

Durante el siglo XVI hubo una auténtica ofensiva por parte de las autoridades para erradicar los excesos a que se daban durante los oficios estas mujeres; mesarse los cabellos, rasgarse las vestiduras, llorar y chillar de forma escandalosa, arañarse la cara, ... y las viudas contar a gritos cosas íntimas o domésticas que les había sucedido con su marido. En 1519, a petición de la villa de Lekeitio, se expidió una Provisión Real para el Señorío de Vizcaya prohibiendo los llantos y las endechas "por ser costumbre gentílica". El Fuero de Vizcaya (Ley 6, tít. 35) impuso en 1526 una pena de 1.000 maravedís a quien incurriese en estos desórdenes. Durante el siglo XVII fueron frecuentes las admoniciones de los Obispados (Const. Synod. Calahorra 1600, 1620 y 1698) y de los Visitadores (por ej. visita a la iglesia de Balmaseda en 1614) intentando limitar los escándalos. El padre Larramendi en su "Corografía de Guipúzcoa" hace notar que para su tiempo ya no existía esta costumbre que comportaba "la demasía del gentilismo y una cierta superstición". Pero en Vizcaya, de todas formas, se siguieron detectando casos de forma tardía, como el que Trueba publicó referente a la denuncia del Obispo en su visita de 1793 a la iglesia de Santa María Idoibalzaga de Rigoitia.

Un fallecimiento ocurrido en una familia suponía (durante los siglos XV al XIX), aparte del dolor natural por el hecho, una gran desgracia económica. Los gastos derivados podían ser elevadísimos si tenían que afrontar, como normalmente sucedía, los siguientes capítulos: derechos del clero por los funerales, pago a la serora, al campanero, limosna a las cofradías, ofrendas de pan y cera de las exequias, banquete funerario y colaciones ofrecidas durante la vela, cumplimiento de las mandas pías del finado, etc... Estas últimas voluntades de tipo religioso se podían disponer mediante testamento, de palabra o simplemente estar ya acuñadas por la costumbre local o familiar por lo que se hacían automáticamente. Consistían sobre todo en misas que podían ser de muchos cientos en familias acomodadas (se pagaba de 2 a 4 reales por cada una) y de unas 100 a 200 entre campesinos no demasiado pudientes; también se ordenaba dar aceite para la luminaria del Santísimo en iglesia y ermitas de la jurisdicción, se establecían limosnas (en pan o dinero) para los pobres y hospitales, se regalaban ornamentos sagrados a las iglesias, etc..., además había unas mandas forzosas: la Redención de Cautivos y la Santa Casa de Jerusalem.

Todo esto, que se puede seguir en los libros de cuentas de las iglesias, en los testamentos y en los inventarios "post mortem", representaba tal dispendio, que algunos tenían que vender ganado o tierras o meterse en préstamos para afrontarlo. Larramendi da, para su tiempo, la cifra de 500 ducados de gasto por cada fallecimiento, pero sin duda esta enorme cantidad se refería a funerales de cierta importancia. Lo que sí parece general es que casi todo el mundo funeraba por encima de sus posibilidades, forzado por el entorno social. La coyuntura económica, la costumbre, la ostentación barroca y el grado de piedad religiosa, ponían los límites a los gastos donde fracasaban las autoridades que infructuosamente intentaban reducirlos por decreto a unos niveles tolerables.

Desde, al menos, el período cultural musteriense se conocen inhumaciones (o por mejor decir abandono o depósito de difuntos) en cuevas sepulcrales. En la zona holohúmeda del País se mantuvo este sistema funerario hasta tiempos de plena romanización. Esta práctica está ligada a la idea de devolver los cuerpos a su origen: la Madre-Tierra (a sus propias entrañas a través de la cueva), además de representar la forma más elemental de combatir el horror a la descomposición con el abandono y la ocultación: el alejamiento.

Se elegían cuevas que servían exclusivamente para este fin, salvo casos excepcionales en los que se simultaneaban vivienda y enterramiento (uno muy notable es el de Urtiaga). Solían ser cuevas de acceso difícil. Normalmente se dejaba el cadáver sin cubrir excepto las raras veces en que se practicaba previamente algún tipo de fosa rudimentaria. (Albiztey y Ereñuko Arizti I). En algunos casos se hacían cremaciones, si bien de forma parcial (Abauntz, Las Pajucas, Getaleuta, Txotxinkoba...). El estado en que se han encontrado los restos parece indicar que no se le daba importancia a la orientación en que quedaban depositados los cadáveres. Algunos de los elementos de cultura material que se hallan asociados a estos enterramientos (cerámica, piezas de sílex, armas de metal...) pudieran haber formado parte de los ajuares dispuestos a modo de ofrenda, pero en muchos casos no hay una evidencia de ello. Durante el Bronce final y el período del Hierro (primer milenio a.d.C.) se practicaron incineraciones sobre todo en la cuenca del Ebro y en general en las zonas más afectadas por la influencia céltica.

Conocidos desde el Neolítico los procesos de germinación de las plantas y su relación con el Sol, muchas culturas conectaron la muerte con algún tipo de regeneración. Los dólmenes y túmulos del neolítico y Bronce estaban orientados hacia el sol naciente, símbolo de renacimiento a otra vida. Por lo demás, estas construcciones megalíticas (primero túmulos, luego túmulo-cromlechs y por último cromlechs) parecen tener una funcionalidad casi exclusivamente funeraria. Estos pueblos pastores habían desarrollado una concepción más espiritualizada de la muerte, pues aplicaban a sus difuntos el procedimiento más radical de ocultación de la descomposición, la incineración y consiguiente desaparición de los cuerpos, lo que, además de la purificación que implicaba, posibilitaba la más rápida liberalización del espíritu.

Son varias las necrópolis que se han conservado de esta época, asociadas a poblaciones cristianizadas, y contiguas a eremitorios y/o pequeñas iglesias situadas en altitudes medias, rara vez en el fondo de valle; son las de San Juan de Momoitio, Argiñeta, Gazeta, San Pedro de Berrio, Santo Tomás de Mendraka, Miota y Memaia en el Duranguesado, las de Santa Eulalia y San Martín de Motilluri en las inmediaciones de Labastida, o las de San Juan de Marquinez, San Miguel de Faido, Goba de Laño, Pinedo (Valdegobia), etc... En ocasiones se colocaban los cuerpos en la tierra pero se forraban y cubrían las sepulturas con losas de piedra, otras veces se excavaban las fosas directamente en la roca. La orientación, tanto de las tumbas como de los lugares de culto, era invariablemente la E-W, de la misma forma en que se practicaba desde la época de los dólmenes.

Desde el siglo XIII hasta el XV se produjo en Euskal Herria un fenómeno urbanizador de gran importancia, ligado, en parte, a la puesta en valor de la costa cantábrica y de ciertas rutas terrestres, sobre todo del Camino de Santiago. Se fundaron decenas de Villas en los fondos de los valles y en ellas sus correspondientes iglesias. En estos núcleos urbanos (al igual que en el resto de Europa) se pasó a inhumar al interior de los templos; en zonas más rurales, sobre todo en el País Vasco Continental, se mantuvo el pequeño cementerio adosado a la iglesia.

Este proceso, que repugnó a los antiguos (el enterramiento intramuros estuvo severamente perseguido en todo el ámbito clásico), se dio primero entre las clases privilegiadas y las grandes dignidades; a partir del siglo XV la iniciativa dejaría de ser privativa de los nobles y eclesiásticos popularizándose y extendiéndose a amplios sectores sociales. Lope García de Salazar cuenta en sus "Bienandanzas" cómo, cuando fueron pobladas las tierras vascas, se fundaron los "monesterios" de patronato laico (noble), en derredor de los cuales se enterraba en un principio, pero que para su tiempo era ya muy normal hacerlo en el interior del templo. En algunos lugares se inhumó simultáneamente dentro de la iglesia y en el camposanto adyacente a lo largo de los siglos XV al XVIII; en estos casos, casi sin excepción, los pobres ocuparon las fosas del cementerio y los que tenían la menor posibilidad económica pedían ser enterrados "ad sanctos"; igualmente eran sepultados fuera de la iglesia los ajusticiados y los que habían sufrido una muerte súbita.

Se buscaba no sólo estar enterrado en el lugar más santo, la iglesia, sino también dentro de ésta lo más cercano al altar mayor y zonas privilegiadas de culto. La competencia por lograr sepulturas bien ubicadas dio lugar a no pocos problemas y pleitos. En medios rurales la sepultura estuvo vinculada a la casa y se transmitía con ella; fue objeto de venta, donación y herencia como cualquier otro bien, aunque de hecho lo que se transmitía no era la propiedad sino el usufructo. Se podían perder los derechos si se descuidaba el culto; éste recaía siempre en una mujer de la familia que hubiera tenido el fallecimiento: la mujer, la hermana, incluso una criada y si no había nadie disponible se encargaba la serora a la que se compensaba con una limosna.

El rito sobre la sepultura se daba, como mínimo, durante las exequias (días de "honra", novenario...), los festivos del año de luto y la celebración de "cabo de año" o aniversario, pero podía extenderse a dos años y a otras fechas; comportaba la entrega de ofrendas de pan y el mantenimiento de las luces durante los oficios: El culto sobre las sepulturas de las iglesias sobrevivió aún después de que ya no se celebrasen inhumaciones en ellas, sino en los nuevos cementerios (principios y mediados del siglo XIX), y en algunos pueblos se han seguido manteniendo luces y paños funerarios hasta nuestros días sobre los antiguos emplazamientos, a pesar de que remodelaciones de los suelos de las iglesias hubiesen hecho desaparecer las tumbas.

En el siglo XVIII se libró una gran ofensiva de tipo higienista y racionalista contra los entierros en el interior de los templos que, a causa del aumento de población, empezaban a causar graves problemas de salubridad. En 1781 se produjo en la villa de Pasajes una epidemia de la que resultaron 83 muertos y que se atribuyó al "hedor insoportable" que emanaba de las tumbas de la parroquia; ésto motivó la intervención del Consejo de lo que se siguió una normativa de Carlos III sobre traslados de enterramientos a los cementerios que no llegó a cumplirse debidamente. Durante la invasión napoleónica y tras ella, empezó a generalizarse la construcción de camposantos en los extrarradios de las poblaciones, los cuales, en la mayor parte de los casos, han quedado reiteradamente insuficientes a causa del extraordinario crecimiento demográfico de los últimos cien años.

En ciertas culturas la no sepulturización de los muertos ha sido norma: los siberianos cuelgan a sus difuntos de los árboles, en ciertas zonas de la India los dejan en "torres de silencio" donde los buitres los devoran rápidamente, los cocodrilos del Ganges se encargan de los que son abandonados a su corriente, otros pueblos africanos hacen lo propio en su ríos... Sin embargo, en culturas como la del País Vasco, de larga tradición inhumadora, la falta de entierro se ha venido considerando como un grave perjuicio, como una afrenta. A los reos condenados a muerte en Pamplona se les sometía, además, a otras penas infamantes (como la exposición pública) y entre ellas estaba la de que su cuerpo en lugar de ser enterrado se introducía en un tonel y se arrojaba al río. Por este motivo se fundó la Cofradía de la Vera Cruz, que logró el privilegio de poder rescatar los cadáveres y sepultarlos sin problemas.

De igual forma, existían en otros puntos del País Vasco cofradías especializadas en enterrar a los ajusticiados o a los que aparecían ahogados en las costas, por ejemplo la de la Misericordia de San Sebastián. El Fuero General de Navarra preveía un drástico procedimiento para remedio de fiadores: la retención del cadáver; así, dice el Libro III, título XVII, capitulado VII: "Fianza que ha de peytar por omne muerto, deve empararlo del muerto por la dobla si peytó, et si non lo ha, puede prender el cuerpo fuera de casa ó de iglesia, é tener el cuerpo peyndrado, que no entre de ius tierra". Es decir, si moría un deudor su fiador debía cubrir la deuda ante el prestamista, pero si los herederos no le pagaban a su vez, tenía derecho a retener al muerto sin enterrar. Esto, se supone, sería presión suficiente para que herederos o terceras personas le resarcieran rápidamente. En general, la insepultación se asimilaba a un tremendo contratiempo, que podía causar irreparables consecuencias al finado de cara a la resurrección del Último Día.

La funeración entrañaba una serie de oficios y ritos que se organizaba sobre la trama de unas fechas concretas, dotadas de alguna fuerza simbólica o mágica. Así, los actos solían tener lugar el tercer, séptimo, noveno y trigésimo días después de la muerte y también el aniversario y el segundo año. Se detectan dos preocupaciones básicas que se proyectarán sobre estos días concretos que poseen una "mayor eficacia": en primer lugar, se suponía que los primeros momentos tras de suceder el óbito eran muy delicados pues en ellos se daba el juicio particular del alma; para ayudar a un resultado positivo se acumulaban misas, responsos, ofrendas y demás sacrificios en estos primeros días; se hacía el oficio funeral (hileta ), se celebraban las honras (onrak) consistentes en misa, responso y ofrenda (podían ser de una a tres), y con mucha frecuencia se encargaba una novena (bederatziurrunea); muchos testadores pedían a los miembros del cabildo parroquial e incluso a todos los sacerdotes de la localidad, que durante los días de la novena rezasen por su alma todas las misas de que fuesen capaces; si se encargaban misas, los moribundos encarecían a sus albaceas que procurasen que se dijeran lo antes posible. En segundo lugar, se daba mucha importancia al ciclo del luto, se iniciaba con una ceremonia parecida al funeral a la que también se llevaban ofrendas, en Bizkaia se conocía por argia o ogi-aste ; solía tener lugar el primer domingo después del fallecimiento. El luto duraba como mínimo un año (podían ser dos), es decir, el tiempo de descomposición natural del cadáver, el tiempo de impureza; durante el mismo se atendía el culto sobre la sepultura los días festivos. Se cerraba el ciclo con la ceremonia de "cabo de año" (ogistie en Bizkaia, argiuste en Gipuzkoa), con lo que se cerraba el lapso de impureza, el cadáver estaba correctamente funerado.

La concepción más arcaica que el hombre tuvo para soportar el hecho de la muerte, el horror a la pérdida de la individualidad, es la del "doble"; conocido con diversos nombres en las culturas clásicas ("genius" romano, "eidolon" griego, "fravashi" persa, "ka" egipcio...), ha pervivido en las creencias de los medios campesinos europeos hasta recibir los embates de la civilización industrial; se les suponía una naturaleza corpórea y se les atribuían unas necesidades materiales: armas, alimentos, luces, dinero e incluso... sus viudas y sus criados. La muerte, pues, no acababa con el individuo, sino que éste podía permanecer algún tiempo cerca de los vivos bajo formas que van desde la de su propio cuerpo hasta ruidos (Donostiri), pasando por sombras (en el guerniquesado a los aparecidos se les llama gerixetiek, "sombras") o luces (Zugarramurdi, Sara, Zegama...) o portadores de una tea (Zenarruza, Ataun, Orozko...); también pueden aparecerse en los espejos. Las visiones se dan frecuentemente en andabideak y más concretamente en sus encrucijadas; por lo general no suelen ser demasiado turbadoras si las comparamos con los espectros inconsolables o los vampiros de otras culturas, que a causa de una mala o nula funeración vagan en demanda de ayuda o cumpliendo su venganza.

Los aparecidos del País Vasco solían buscar la colaboración de los vivos para abreviar sus penas en el Purgatorio, mediante la realización de sufragios o buenas obras que no pudieron hacer ellos en vida. La fórmula para tratar a los aparecidos en Bizkaia era: Parte onekoa bazara, zer gura dozun esaizu; parte txarrekoa bazara, zoaz nigandik zazpi estatuan. Los vivos también solían pedir ciertos favores a las ánimas y concretamente el de que despertaran por las mañanas. Además de estas concepciones materialistas de la supervivencia tras de la muerte, el hombre primitivo pronto accedió a otras más espiritualizadas de tipo animista. Estaban relacionadas con la idea de muerte-renacimiento y en concreto influidas por los principios de fecundidad agraria. Las manifestaciones residuales, en forma de creencias y ritos, que han permanecido vigentes hasta nuestros días (por lo común deformados) en medios populares, generalmente entremezclan indiferenciadamente ideas de tipo animista con las de los dobles materiales.

El cristianismo, que tuvo un largo período de convivencia con el paganismo animista, acabó, en fecha relativamente tardía, por reformular buena parte de las creencias sobre la muerte de estas poblaciones gentiles, bajo una nueva óptica de salvación (regeneración) que podía, poco a poco, ser aceptada sin excesivos traumas. Los temas que más preocuparon durante la Edad Media eran los relativos a la resurrección de la carne y al Juicio final. Los temas de la "psicostasis" o pesaje de las almas, con San Miguel calibrando en una balanza las acciones buenas y malas o las del Apocalipsis, con los resucitados que salen de sus tumbas para, una vez juzgados, volar con los justos o ser engullidos por una terrible bestia (similar a un gran pez) que representaba al Infierno, se prodigaban por doquier: pinturas góticas de Gazeo, portada de la iglesia de San Miguel de Estella, portada del Juicio de la Catedral de Tudela, etc...

Aun dentro de un mismo sistema de creencias, el cristianismo en este caso, la actitud colectiva ante la muerte ha variado en función de su intensidad o grado de violencia. Así, mientras hay siglos "optimistas", como el XVIII, en los que el aumento de la población, el propio descenso de la mortalidad, la menor incidencia de las guerras, el auge de la agricultura, etc..., se relacionan con un cierto laicismo y una menor dependencia para con la religión o la superstición a la hora de encararse con la muerte, hay otros momentos, como el período 1325-1450, que han supuesto un auténtico "triunfo de la muerte". Concurrieron por estas fechas unas circunstancias que hicieron de la muerte algo cotidiano, la muerte ciega, que podía llegar de improviso, en plena juventud: el reflejo de las guerras internacionales (la "Guerra de los 100 Años"), la guerra de los bandos, las epidemias de peste (1348, 1362, 1382, 1401, 1411 y 1422).

La esperanza de vida no superaba los 25 a 30 años; una persona de 45 años se reputaba por anciana. A resultas de las mortandades causadas por las hambrunas y las pestilencias muchas poblaciones llegaron a perder más de la mitad de sus habitantes, otras, quedaron tan mermadas que fueron abandonadas por los supervivientes. La muerte violenta era muy frecuente; en Europa, para ese momento, se ha calculado que eran violentas alrededor de un 19 % de las muertes; en el País Vasco este porcentaje sería algo, pero no mucho, menor. La descripción de las guerras banderizas que Lope García de Salazar hace en sus "Bienandanzas e Fortunas", con sus asesinatos, empozamientos, "omeçillas", batallas (Elorrio en 1468), e incendios (quema de Mondragón en 1448, quema de Otxandio por Juan de Avendaño en 1415), no deja lugar a dudas del nivel de destrucción que trajo consigo este conflicto para el País Vasco. Otra buena imagen de estos crispados tiempos la dan las pinturas murales de la alavesa iglesia de Alaiza. Posiblemente relacionadas con un acantonamiento de tropas inglesas que, al mando del Príncipe Negro, acudían a la batalla de Nájera (1367).

Los asuntos tratados son los que llenarían la vida de los soldados y por extensión de los civiles afectados por los combates: duelos, peleas, la violación de una mujer por la soldadesca, el asalto a una fortaleza, un entierro, etc... En este contexto se inscribían ciertas actitudes penitenciales (flagelantes) o milenaristas, como el movimiento encabezado por fray Alonso de Mella en 1442-45 en Durango. También se produjo un gusto por lo macabro (de la misma forma que luego se puso de nuevo de moda en otro momento crítico, el siglo XVII), con incorporación de temas iconográficos fúnebres a los frescos, las vidrieras o las miniaturas de los códices; el más difundido es el de la "danza macabra", que se inició en los siglos XI y XII, pero que se difundió por toda Europa, desde Alemania a Castilla, sobre todo en los siglos XIV y XV. El mensaje de la "danza de la muerte" es el de la omnipresencia e inevitabilidad de la misma, así como el de su carácter igualitario e indiscriminado (desde este momento se le representa como un esqueleto armado de una guadaña que todo lo siega, ciegamente, sin preocuparse de si son tiaras o coronas lo que corta). En el País Vasco se conserva una "danza macabra" en el castillo de Javier y parece que existió otra en los vitrales de la catedral de Bayona.

De la muerte masiva y anónima del período medieval a las actitudes modernas ante este último paso, median ciertos cambios. Del proceso de valoración de la individualización que se da a partir del siglo XV, la difusión del testamento es, probablemente, uno de los elementos más significativos. La disposición testamentaria es un acto legal que en aquellos tiempos estaba revestido de un ropaje religioso que resultaba la parte dominante del documento. Estuvo reservado durante la Edad Media a reducidos sectores dominantes de la sociedad. La Iglesia, a partir del siglo XVI, acabó por encarecer su práctica y así en muchas de las Constituciones Synodales de los Obispados de Calahorra, Bayona y Pamplona podemos encontrar exhortaciones relativas a su cumplimiento. Por una parte, el testamento era la garantía de que los herederos se avendrían a cumplir las mandas de orden religioso: misas, velas, aniversarios, etc...; por otra, representaba la seguridad de estar desembarazado de cuidados temporales en el momento de la agonía.

El testamento constaba de tres partes: la primera era una más o menos larga fórmula invocatoria religiosa impetrando el acierto en las decisiones y la protección a la hora de la muerte; a partir del Concilio de Trento se impuso una afirmación de fe relativa a algunos menesteres básicos del catolicismo: Trinidad, Concepción de María. .. ; la segunda se componía de mandas de tipo piadoso y la tercera de las disposiciones laicas: pago o cobro de deudas, reparto de bienes, elección de herederos y albaceas... Con algunas variaciones se mantuvo en el País Vasco esta estructura testamentaria a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII. Durante este tiempo, el hombre común, confortado por la esperanza religiosa, aseguradas sus disposiciones y voluntad por medio del testamento y no despegado del todo de las creencias paganas que le mantenían seguro en aspectos substanciales de su cultura, afrontó con cierta naturalidad y sin excesivo temor la muerte, como ante un hecho inevitable del que se conocen las respuestas.

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