Erlijio ordenak

COMPAÑÍA DE JESÚS

HISTORIA.
La obra de San Ignacio de Loyola. La Compañía de Jesús nacía poco antes del concilio de Trento y de los inicios de la llamada Contrarreforma. Es muy poco posterior a la revolución religiosa encabezada por Lutero, pero -como observa Villoslada- "ni en su origen ni en su carácter primitivo se pueden descubrir señales de reacción antiprotestante". Brota con toda espontaneidad en el campo de la Iglesia como uno de los frutos más logrados de renovación espiritual que se habían manifestado a lo largo del siglo XV.

Su fundador Ignacio de Loyola, guipuzcoano (1491-1556), la concebía, aunque todavía de forma desdibujada e imprecisa, en Manresa (1522). Con los votos de Montmartre en París (1534) la dotaba de algunos rasgos peculiares, para darle forma definitiva de "Congregación de clérigos regulares", con especial voto de obediencia al Papa, en Roma (1539). Sin embargo la aprobación canónica de la Santa Sede la recibiría el 27-X-1540, con la bula ("Regimini militantis Ecclesiae" de Paulo III. De los nueve compañeros del fundador, nombrados en esta bula, merecen destacarse los cuatro siguientes: Diego Laínez, segundo general; Alfonso Salmerón, teólogo después en Trento; Nicolás Alfonso de Bobadilla, de asendereada vida por Italia y Alemania, y el tenaz navarro Francisco Javier.

El fin de la Compañía se expresaba con claridad allí de esta forma: "Es fundada principalmente para ayudar a las almas en la vida y doctrina cristiana, para la propagación de la fe por la predicación y ministerio de la palabra de Dios, por los ejercicios espirituales y otras obras de caridad, y especialmente por la instrucción de los niños e ignorantes y consolación de los fieles, con la administración de los sacramentos". Por encargo de sus compañeros, Ignacio de Loyola, entre 1547 y 1550, redactaba el texto primitivo de las Constituciones, declarado auténtico y sancionado con fuerza de ley por la Primera Congregación General de 1558.

Estas Constituciones, además de un preámbulo, constaban de diez partes: admisión y selección de los futuros jesuitas, causas y modos de despido de los no idóneos, las virtudes exigidas a los que se quedan, la "Ratio studiorum" o la formación cultural en 17 capítulos, las formas de incorporación a la Compañía, los votos religiosos como obligaciones primordiales, funciones y misiones de los miembros, la estructura provincial y general, el papel del general y, en fin, de nuevo las ideas matrices y diferenciadoras. Todo según conviniera "a la mayor gloria de Dios y bien universal de la Iglesia".

Durante la vida del fundador. El concilio de Trento iba a servir a los primeros jesuitas para darse a conocer. No sin razón, Salmerón afirmaba: "Esto es un sembrar para coger después". El propio Laínez, pese a su célebre choque con el dominico Melchor Cano, trababa excelentes amistades con obispos de toda Europa y otras dignidades, como la de Martín de Olabe, que allí representaba a Oton Truchess, "tenido por varón muy docto y muy elocuente y gran disputador" y que después, en la Compañía, organizaría los estudios y enseñaría teología.

Por lo que se refiere al País Vasco durante el rodaje de la Compañía, merece consideración especial Antonio de Araoz, sobrino de San Ignacio. El 19 de octubre de 1539 desembarcaba en Barcelona, para llegarse inmediatamente a Manresa y traer noticias frescas de Iñigo a sus antiguos amigos. Visitaba después a los monjes de Montserrat, pasaba a Almazán para hablar con la familia de Laínez, se llegaba hasta Burgos y Valladolid para entrevistarse con doña Leonor Mascareñas y con las hijas de Carlos V, tan favorecedoras todas de la Compañía, y, por fin, se retiraba a su Gipuzkoa natal. Aquí, mientras ajustaba unos asuntos domésticos, predicaba con gran concurso popular, ya en los templos, ya en los campos, sobre todo de Bergara, Oñati, Azpeitia y Azkoitia, como en los pueblos de la costa cantábrica. De este viaje ocasional Araoz volvía a Roma en el verano de 1541, llevándose consigo a Millán de Loyola, sobrino también de San Ignacio, y a Martín de Santa Cruz, que entrarían en la Compañía poco después.

En 1542, Araoz, ya sacerdote, volvía otra vez a Gipuzkoa, para despachar sus negocios. A poco, 1544, realizaba su tercer viaje a España, esta vez acompañando a seis jóvenes jesuitas, que debían continuar sus estudios en Coimbra. Después de predicar con fervor en Valencia, ponía en marcha la fundación del primer colegio jesuítico en España. En 1545, acompañado de Fabro, se trasladaba a Valladolid, distinguiéndose por sus predicaciones en la Corte, después en Madrid, Alcalá, Zaragoza, Monzón y Bergara, mientras gobernaba sin título definido a los jesuitas residentes en España. Asimismo Araoz, como Fabro, estando en Barcelona llegaban a dirigir la conciencia del virrey de Cataluña, Francisco de Borja, que, en 1548, hacía su profesión religiosa.

Después de una estancia en Roma de tres meses en 1551 fijaba su residencia en Oñati. Aquí renunciaba oficialmente y ante notario a sus estados, rentas y títulos, para el 23 de mayo de 1551 ser ordenado sacerdote. Pese a dirigir la comunidad de Oñati compuesta por cinco jesuitas- Miguel Ochoa o Navarro, de singular fe, Francisco de Borja eclipsaba a todos por su fama. Su misión fundamental hasta la cuaresma de 1552, en que San Ignacio le ordenaría "para recomendación de la Compañía" salir de Gipuzkoa y predicar en la Corte, trabajaría por la reforma social del País Vasco. Primero serían las misiones en Gipuzkoa: Bergara, Azpeitia, San Sebastián, Tolosa, Mondragón y Elgeta, para pasar después a Pamplona, Llamado por el virrey de Navarra, duque de Maqueda, y volver, en fin, a Salvatierra, Loyola y Oñati.
El primer siglo de existencia (1558-1645). Los cien años que siguen a la muerte del fundador constituirán el siglo de oro de la Compañía: época de contagiosa expansión en Europa y en misiones de Ultramar; época de desbordante actividad en todos los frentes apostólicos.

Desde 1557, con la fundación de la residencia en Toledo, gracias al favor de su recién nombrado arzobispo, Carranza de Miranda, hasta 1620 con la del seminario irlandés de Salamanca, se abrían aproximadamente 74 presencias, destacando las siguientes del País Vasco: Pamplona (1584), Bergara (1597), Azkoitia (1600), Bilbao (1604) y San Sebastián (1627).

Muerto el primer general, Laínez, la segunda Congregación General elegía a Francisco de Borja como sucesor, mientras el nombramiento de la Asistencia de España recaía en Antonio Araoz, ya citado, que, entretenido en la corte de Felipe II, o mejor retenido por el príncipe de Evoli, ni con esta ocasión, ni después, pondría los pies en Roma. La amistad de Araoz con este príncipe, Ruy Gómez de Silva, válido del rey, y con otros magnates le engolfaban de tal forma que llegaba a abandonar sus ministerios espirituales y el mismo gobierno de la provincia.

Pese a ello, el genuino espíritu ignaciano seguía informando a sus hombres. Así, los tratados ascéticos de Gaspar Loarte, "Meditaciones sobre la vida y pasión de Nuestro Señor Jesucristo" y "Ejercicios de la vida cristiana" alcanzaban tan grande aceptación que se traducían a varios idiomas. Asimismo Azpilcueta que, después de emular en celo a su pariente Francisco Javier, dejaba compuesto en Brasil el primer catecismo en lengua guaraní. Y el beato José de Anchieta, misionero emprendedor, que además de pacificar los conflictos entre portugueses e indios, lograba escribir con brillantez en castellano, portugués, latín y hasta en lengua tupí.

Pero no basta con contar simplemente el número de colegios para formarse concepto adecuado de la acción pedagógica de la Compañía. Nos referimos a su "Plan y Método de los Estudios" que, fruto de múltiples ensayos y colaboraciones, se promulgaría de forma definitiva en 1599. Su valor consiste en ser el sedimento de largas generaciones de pedagogos, la flor de muchas instituciones de enseñanza y hasta de la pedagogía católica en edades anteriores. Este código pedagógico se presentaba con auténtica originalidad por ser el primer sistema organizado de educación católica, realizando también el ideal erasmiano del Renacimiento de "eruditionem cum pietate copulare".

Su organización se basaba según la triple división corriente entonces de Letras, Filosofía y Teología y "no según patrón fijo para todos, sino como observa el protestante Körner- conforme al carácter y disposiciones de cada individuo". Nada rara, pues, la afluencia de alumnos a sus colegios. Así, el de Pamplona ya en 1586 enseñaba Humanidades a 400 jóvenes y primeras letras a 220 niños. Si el volumen de éste parece más bien de carácter medio, en comparación con los de Sevilla con 1 .000 alumnos en 1590, o el de Monterrey con 1 .200 en 1588, o el de Valladolid con 700 en 1581, etc., sin embargo el de Pamplona adquiría un reconocido prestigio en la región por sus lecciones de moral -"casos de conciencia"- a las que asistían numerosísimos sacerdotes.

Eco de la opinión que el pueblo tenía de los colegios de la Compañía era el magnífico encomio que de ellos hiciera Cervantes en el "Coloquio de los perros", cuando ponderaba "el amor, el término, la solicitud y la industria con que aquellos benditos padres y maestros enseñaban a aquellos niños, enderezando las tiernas varas de su juventud, porque no torciesen ni tomasen mal siniestro en el camino de la virtud, que juntamente con las letras les mostraban". Y en otro lugar: "Para guiadores y adalides del camino del cielo pocos les llegan. Son espejos donde se mira la honestidad, la católica doctrina, la singular prudencia y finalmente la humildad profunda".
El caminar del segundo siglo (1645-1758). La Congregación General VIII (1646) limitaba el número de candidatos que debían ser admitidos en los noviciados de la Compañía. Pero tal restricción que había parecido entonces prudente, a la vuelta de diez años se hacía ya innecesaria. Desde 1656, el ritmo de aumento iría en ascenso ininterrumpidamente. Así, año 1679: 17.655 jesuitas, con 578 colegios y 88 seminarios. Año 1710: 19.998 jesuitas, con 612 colegios y 157 seminarios, 340 residencias, 200 misiones, 59 noviciados, 24 casas profesas, 37 provincias y 1 viceprovincia. Año 1749: 22.589 jesuitas, 669 colegios y 176 seminarios, 335 residencias, 273 puestos de misión, 61 noviciados, 39 provincias. La Compañía, pues, antes de la gran expulsión estaba organizada en cinco Asistencias, a las que en 1775 se añadía otra más, la de Polonia, con 2.259 jesuitas. A estos años corresponderán los generalatos de Carafa (1646-1649), Piccolomini (1649-1651), Gottifredi (1651-1652) y Nickel (1652-1664).

Durante su mandato sus jesuitas descubrirán y lucharán contra la herencia de Jansenio, teólogo de Lovaina y obispo de Iprés, recogida en su obra póstuma (Augustinus) por el abad vasco de Saint Cyran. Sucedía al primer general alemán el genovés Pablo Oliva (1661-1681).

Precisamente el mismo año de su muerte, la Compañía podía alegrarse con la adquisición de la "Santa Casa" de Loyola, hasta entonces propiedad de los marqueses de Alcañizas. Sin embargo la insinuación de la reina Mariana de Austria a sus dueños, manifestándoles el consuelo que tendría en fundar un colegio e iglesia jesuíticos en la casa natal del fundador, lograban su fin con algunas condiciones. La madre de Carlos II entregaba, pues, la Santa Casa a los jesuitas, que pasaban a vivir allí en agosto de 1682.

El famoso arquitecto Carlos Fontana trazaba en Italia el plano del grandioso templo. Para la ejecución de la obra venía el hermano coadjutor Brogan, quien, con Martín de Zaldúa, maestro de obras, empezaba su construcción en 1689. Durante el siglo XVIII continuaba la obra el arquitecto azpeitiano Ignacio Ibero, que moriría poco antes de la expulsión de los jesuitas, dejando sin acabar el ala izquierda del edificio.

Al generalato de Carlos de Noyelle (1682-1686), sucedía el de Tirso González (1687- 1705), sumergido en las doctrinas morales del probabilismo y en los conflictos galicanos de Luis XIV. Durante su generalato, a través de Santa Margarita María de Alacoque, la Compañía abrazaba, fomentaba y propagaba la devoción al Corazón de Jesús, con las célebres promesas anejas a su culto (2-VII-1688). Sin embargo las doctrinas probabilistas se imponían en casi todas las escuelas católicas con San Alfonso María de Ligorio. Al período del general Tamburini (1706-1730) correspondía la declaración de santidad al que fuera ilustre misionero San Francisco de Jerónimo (1724). Con el XV general, Francisco Retz (1730-1750), la devoción al Corazón de Jesús se impuso en todas las comunidades del País Vasco y, en general, en todas las demás. Mientras tanto, el Papa contemporáneo, Benedicto XIV, simpatizaba menos que sus predecesores con la Compañía. A Retz sucedían Visconti (1751-1755), Centurione (1755- 1757) y Luis Ricci, que presenciaría la extinción total de la Orden con el talante que Clemente XIII le indicara en su primera entrevista: "silencio, paciencia, oración".
Personalidades y actividades del Barroco. Entre los ministerios espirituales preferidos de los jesuitas estaba la práctica de los Ejercicios de San Ignacio, que frecuentemente se daban no a grupos numerosos (aunque no eran raros a comunidades religiosas), sino individualmente. En las crónicas y cartas particulares se habla con mucha frecuencia de muchos predicadores populares, que dejaron fama de santidad y de celo.

Así, el ya nombrado Tirso González, que llegaría a surcar todos los caminos de la península ibérica. De sus inicios por tierras de Extremadura pasaba en 1665 a Navarra. ¿Cómo respondía el pueblo a sus afanes? Véase lo que él mismo nos cuenta: "Los llantos, lágrimas y pedir a voces misericordia, casi en todos los sermones, ha sido cosa singular. Y el fervor con que dos veces en cada misión se juntaban más de cuatrocientos hombres a tomar disciplina en las iglesias fue tal, que de oír desde afuera las mujeres lo que hacían los hombres, se volvían a llorar y sollozar tanto, que se oían de muy lejos. Algunos vi yo que tenían los ojos hinchados de llorar. Hombres había que se disciplinaban con tal fuerza, que al fin de la disciplina caían desmayados".

Por santo era aclamado en todas partes Pedro de Calatayud (+1773). Acostumbraba a entrar en los pueblos, crucifijo en mano, al anochecer. Sus misiones las calificaban los documentos de "portentosas". Durante medio siglo no hubo región ni ciudad que no escuchase su palabra de fuego y no se conmoviese en las "procesiones de penitencia" (hasta con flagelaciones sangrientas) y en el "asalto general", acto decisivo de la misión. En la de Tafalla, su pueblo natal, se reunían para oírle 53 pueblecitos de los contornos, y más de 100 en la de Pamplona, en cuyo "asalto general" desfilaban 20.000 hombres, excluidas las mujeres. En dar los Ejercicios espirituales al clero del XVIII nadie le ha superado. Véanse unos datos: el año 1739 daba ejercicios en Burgos a 450 sacerdotes y en 1755, allí mismo, a 700; en Logroño (1749) a 447; en Calahorra a 550; en Nájera a 679; en Santo Domingo de la Calzada a 750; en Bilbao a 557. Y así en Madrid, Sevilla, Toledo, Segovia, Braga, Chaves, etc.

Autor ascético, de nobilísima familia, sería Francisco Javier de Idiaquez (+ 1790) hijo mayor del duque de Granada de Ega. Renunciaba a sus dignidades para entrar en la Compañía. De su espiritualidad jugosa y sencilla salían las "Prácticas del Noviciado de Villagarcía", con las que se educará a los novicios jesuitas hasta entrado el siglo XX. De vida penitente y contemplativa sobresale la figura del guipuzcoano Agustín Cardaveraz (+1770). Recorrería el País Vasco dando misiones y trabajaría en Loyola en el ministerio de los Ejercicios espirituales.Colaboraría con el también jesuita Bernardo Francisco de Hoyos (+1735) en la extensión de la devoción al Corazón de Jesús.

Confidente de ambos en lo relacionado con esta devoción sería el jesuita Juan de Loyola (+1762). Su labor no se limitó a dar consejos a Hoyos y Cardaveraz, sino que tomando la pluma, escribía el conocido libro Tesoro escondido en el Corazón de Jesús, descubierto en España (Valladolid 1734).

La teología la cultivaron Diego de Avendaño (1688), Miguel de Elizalde (1678) y Martín de Esparza (1689).

En el campo de la Historia destacará Gabriel de Henao (1704), investigador de lo relacionado con Bizkaia y Gipuzkoa.

De agudísimo filósofo se califica al P. Luis Losada (1748), de quien el gran vascófilo Manuel de Larramendi (1766), su discípulo, haría grandes elogios.
El fracaso jesuítico en Bayona. Ducéré lo sintetiza admirablemente. «Desde 1586, el obispo de Bayona, Maury, había tenido la intención de poner al frente del seminario y del colegio municipal proyectados a «una media docena» de jesuitas. Las Aurae Litterae y los archivos de Bayona nos informan que en 1606 el P. Bayle, en 1609 y en 1613 el P. Boret, trataron de conseguir el colegio; una tentativa llevada a cabo por la reina de España no tuvo más éxito en 1615. En 1616 fracasaron también a causa del mariscal de Gramont. Y durante 40 años cesaron en sus gestiones. Sin embargo Bayona, patria de Saint-Cyran, era por esto mismo partidaria del Jansenismo; excelente razón para enfurecer a los hijos de San Ignacio. En el mes de enero de 1664, el P. Duhane pidió la dirección del colegio municipal, que se encontraba en un estado lamentable. La ciudad estaba dividida. El rey envió, en vano, una carta sellada en favor de los jesuitas; la oposición fue muy fuerte. Y después de cierta efervescencia popular, la deliberación municipal fue hostil a estos religiosos. En ella se recuerda al abate de Saint-Cyran cuya «santidad de vida unida a la eminencia de la ciencia, es saboreada por todas las personas virtuosas y hace de él uno de los más grandes adornos de Bayona». Los jesuitas a pesar del apoyo de algunos miembros del Concejo, fueron una vez más descartados. Pensaron entonces establecerse en las alturas de St-Etienne, cerca de la villa Caradoc, gracias al mariscal de Gramont y al obispo de Dax, Jacques Desclaux. Construyeron una casa y una capilla en Begoigne desde donde podían ver «la ciudad por la que tanto amor sienten». Entonces se les hizo mil vejaciones: particulares, Corporación municipal, religiosos, clero y todos los fieles jansenistas organizaron complots para hacerlos partir y el obispo de Dax les retiró la autorización de residencia. De pronto comienza a tocar la alarma, suenan los tambores y el pueblo se lanza a Begoigne, siendo protagonista de una escena inaudita y de un tremendo escándalo. El P. Gasteluzar, de Ciboure, llevaba el Santísimo Sacramento que le es arrancado, las hostias se esparcen por el suelo, y en seguida un sacerdote secular le arrebata el capón que lleva a la catedral en medio de una muchedumbre triunfante. Esto sucedía el 14 de mayo de 1657. La Compañía de Jesús era para siempre expulsada violentamente. En 1679 la reina de España María Luisa, hija del duque de Orleáns y de Henriette de Inglaterra, en 1683 Monseñor de Priellé, en 1699 Monseñor de Lalae, en 1747 Monseñor de Arche y el alcalde León Brethous hicieron vanos esfuerzos por llamar a los Jesuitas: el viejo germen jansenista continuaba fermentando y triunfó sobre todas las tentativas».
Conjuras jesuíticas europeas: las expulsiones. Se ha dicho no sin razón que la Compañía nació adulta y murió sin vejez. El hecho fue que la suma de varios factores arrancaron del débil Clemente XIV el Breve (Dominus ac Redemptor), que constituiría el golpe de gracia para el Instituto fundado por San Ignacio. Tal supresión había sido preparada por el cierre de casas y el consiguiente destierro de sus miembros en Portugal (1759), Francia (1767), España (1767), Nápoles y Parma (1768), como de todas las colonias y misiones dependientes de estas naciones.

Por un lado, además del antijesuitismo proverbial de los dominicos desde el siglo XVII, y de la antipatía de los agustinos, crecía una aversión cualificada en la misma Curia Romana. Así el cardenal Passionei (1764), admirador de Voltaire, el cardenal Archinto, secretario de Estado (1758), los cardenales del Santo Oficio Tamburini, Orsi, Spinelli, efe. Por otro, a tempestades y rivalidades personales, se unían campañas de descrédito por largos años mantenidas. Así, la controversia dogmática (de auxiliis); en moral, la doctrina probabilista, desfigurada por el brillante Pascal; una simple cuestión metodológica, la de los ritos chinos y malabares adaptados a otras culturas; en fin, la acometida del Despotismo Ilustrado de las cortes europeas, preocupadas por cercenar el influjo del Vaticano y de su cauce más eficaz: los jesuitas.

Escribía con énfasis Roda, embajador español ante la Santa Sede, a Azara: "No basta extinguir los jesuitas, es menester extinguir el jesuitismo". Así pues, la tormenta partía del reino de Portugal, de quien era árbitro Sebastián José de Carvalho, marqués de Pombal. Con fecha 3 de septiembre de 1759 salía el decreto de expulsión que atañía a unos 1.700 jesuitas. Borrados del calendario luso los nombres de Ignacio de Loyola, Francisco Javier y Francisco de Borja, se sepultaba en la cárcel a 250 jesuitas, de los más influyentes, por presunta complicidad en el atentado contra José I. La proverbial mano dura de Menéndez Pelayo no exageraría en este caso al afirmar que "la historia de la expulsión de los jesuitas de Portugal parece la historia de un festín de caníbales". Después, en Francia en noviembre de 1764, Luis XV, promulgaba su ley de supresión con el atenuante de permitirles vivir en su diócesis natal bajo la autoridad de su obispo. Eran más de 3.000. No obstante muchos de ellos pasarían a las naciones limítrofes para seguir viviendo conforme a sus Reglas. El provincial de Castilla, Idiáquez, acogería a 64. Y por último en España, apenas muerta la reina madre, Isabel Farnesio, devotísima de la Compañía, Carlos III, influido sin duda por su confesor Joaquín de Eleta, urgía la liquidación de los 5.500 jesuitas para España y colonias. La razón se encontró en el motín de Esquilache (1766), asonada callejera de gran envergadura en Madrid y otras provincias, en especial en la matxinada vasca surgida en Loyola que rápidamente prendió en gran parte del País Vasco. Se dijo que entre los amotinados se encontraba el jesuita Isidro López, procurador de Castilla, y que en el colegio de Vitoria se habían descubierto unos papeles impresos clandestinamente. La primera acusación ni se probó y la segunda se refería tan sólo a unos impresos sin relación alguna con el motín, pues eran tan sólo Breves del Papa y cartas de obispos franceses en honor de la Compañía.

La suerte estaba echada. El 1 de abril en Madrid y 3 de abril en las demás provincias, todas las casas de la Compañía se veían cercadas de tropas y extrañados sus miembros, conforme al decreto promulgado el 27 de marzo de 1767. De los puertos de la Corona -Tarragona, Santander, Bilbao- serían conducidos a los Estados Pontificios, mientras Carlos III leía el Breve de Clemente XIII "Inter acerbissima", como respuesta.
Regreso y revolución "gloriosa" (1814-1868). Por la bula "Sollicitudo omnium Ecclesiarum" Pío VII derogaba el 7 de agosto de 1814 el Breve abolitivo anterior de Clemente XIV. Descontando los generales que habían dirigido de alguna forma a los jesuitas tránsfugas en la Rusia blanca durante cuarenta y un años de supresión, se reanuda la cadena oficial para toda la restaurada Compañía en los nombres de Tadeo Brzozowski (+ 1820), Luis Fortis (+1829), Juan F. Roothaan (1829-1853) y Pedro Beckx (1853-84).

Al recobrar Fernando VII la corona en 1815 alentado por las apologías de no pocos obispos, de algunos religiosos -paradójicamente del dominico Alvarado, el Filósofo rancio- y del propio Pío VII, expedía, el 29-V-1815, su R. O. y derogaba la pragmática de Carlos III. El 3 de mayo de 1816 por R. C. se fijaban ya las normas del restablecimiento de la Compañía y al poco tiempo se iniciaba el regreso de los jesuitas residentes en Italia. A regir el colegio y noviciado de Loyola venía Faustino Arévalo, que prefirió la dirección de la presencia guipuzcoana al cargo de teólogo en el Vaticano.

A la nueva supresión de la Compañía en el trienio constitucional (1820-23) se sucedió una lenta recuperación en la llamada década ominosa (1823-33), para pasar a un período de violenta persecución durante la 1.ª guerra carlista (1834-39). La entrada de don Carlos María Isidro en Navarra y los triunfos de Zumalacárregui exasperaba a los liberales sobremanera. El azote del cólera, la prensa inquieta, los rumores de envenenamiento de fuentes en Madrid por los religiosos, desataron la cólera de las turbas el 17 de julio de 1834. Franciscanos, mercedarios, dominicos y jesuitas pagarían en tributo de sangre. De estos últimos 16 perderían la vida en el Colegio Imperial, sito en la calle Toledo madrileña, donde tan sólo en 1833 estudiaría el bardo poeta Iparraguirre, huido de su Urretxu natal. Entre los asesinados, además del P. Artigas, el mejor arabista con que España entera contaba, figuraban los vascos José Elola de Urretxu, Juan Urreta de Azpeitia, Manuel Ostolaza de la anteiglesia de Itziar en Deba y Vicente Gogorza de Leiza (Navarra).

Finalizada la 1.ª guerra y consolidadas las relaciones Iglesia-Estado por el Concordato de 1851 , el noviciado de Loyola se abría en 1852 bajo el nombre de Colegio de Misiones. En 1854 su actividad se trasladaba a Mallorca, hasta 1856, por orden de los progresistas. Sin embargo, en general, durante la época de Isabel II se multiplicaba la Compañía no sólo en Madrid, Barcelona, Sevilla o Valencia, sino también en todo el País Vasco, así en Bilbao, Tudela y Durango. A esta época corresponde la creación de la diócesis de Vitoria (1861), que comprendía tres provincias hermanas, y en cuyo rodaje, sobre todo misional, alcanzarían protagonismo los jesuitas residentes en Loyola. Una semana antes de la revolución septembrina contra el Antiguo Régimen, las Juntas Generales de Guipúzcoa congregadas en Zumaya abrían una suscripción para la terminación de las obras del Santuario de Loyola. La nueva situación política y la 2.ª guerra carlista paralizarán gran parte de estas actividades.
En el sexenio democrático (1868-1874). El 12 de octubre de 1868 el ministro Romero Ortiz decretaba la supresión de la Compañía con la consiguiente dispersión de sus miembros.

Por su parte los jesuitas vascos formaban la llamada sección cantábrica, la más pequeña en extensión, pero la más numerosa en personal, entre las cuatro en que se dividía la gran provincia de Castilla. Lo más característico de esta sección vasca sería una constante relación con Loyola, que se convertía en símbolo perfecto de los anhelos restauradores para los jesuitas. La casa de Loyola, situada en el corazón del País Vasco, cargada de gran significación religiosa y popular, quedaba inexorablemente politizada. Entre 1868 y su total restablecimiento, en 1880, los jesuitas vascos pasaron por distintos períodos: una primera estancia, que dura dos años, hasta septiembre de 1870, en que se prohibía a los capellanes, no a los sirvientes, el dormir en la casa. Después una primera expulsión (septiembre 1870-agosto 1873), a consecuencia de un fracasado movimiento carlista en Azpeitia dirigido por su párroco Agustín de Jáuregui. Por eso el colegio quedó convertido en cuartel para miqueletes o tropas liberales. Durante el recrudecimiento de la 2.ª guerra civil, los carlistas devolvían Loyola a los jesuitas, que ocupaban la casa con todos los honores durante casi tres años (agosto 1873-mayo 1876).

Carlos VII visitaba con frecuencia el santuario y parte del colegio se convertía en Hospital del ejército carlista, mientras el P. Garciarena se convertía en el alma de la presencia jesuítica por el valle del Urola y de todo el País Vasco. Así pues, a principios de 1869 encontramos a los jesuitas asentados, aunque dispersos, por una localidad de Álava (Vitoria), 12 de Gipuzkoa (Azpeitia, Azkoitia, Placencia, Zarautz, San Sebastián, Irun, Itsasondo, Astigarraga, Elgeta, Elgoibar, Zumarraga y Oñati), 6 de Bizkaia (Bilbao, Durango, Gernika, Arrasua, Mundaka y Areatza) y cuatro de Navarra (Pamplona, Mendigorría, Puente la Reina y Valtierra). En total 23 emplazamientos que a principios de 1870 quedaban reducidos a 15 por concentración de la vida comunitaria. Interesan asimismo, por los tiempos que corrían, las fundaciones de tres colegios en San Sebastián, Orduña y Villaba. En agosto del 69 el P. Manuel Demingo iniciaba el colegio donostiarra en la calle Narrica, n.° 10, que en el curso 1871 llegaría a tener 64 alumnos y prolongaría su vida hasta el 25 de julio de 1873. El de Villaba abría sus puertas para el curso 1870-1871, aunque siempre muy vigilado por las autoridades de la cercana Pamplona, pues sus alumnos eran carlistas hasta los huesos. Cerraría en diciembre de 1873. El de Orduña servía a los militares carlistas o liberales a su paso alterno por la ciudad como lugar de visitas a alumnos, hijos de amigos, a ocasión para confesar y comulgar. La marcha de la guerra repercutía de tal forma que Villaba cerraba y Orduña reducía sensiblemente su alumnado. Como compensación cerca de Bayona, en Guichón, se había abierto un pequeño colegio para emigrantes que por estas fechas se beneficiaba de la situación, alcanzando la cifra de 50 alumnos.
De la primera restauración a principios de siglo. Con la restauración de Alfonso XII, el presidente del gobierno Cánovas del Castillo decretaba a modo de represalia otra nueva expulsión de los jesuitas, que duraría diez meses (mayo 1876-marzo 1877). En este último mes el gobierno alfonsino entregaba Loyola al obispo de Vitoria que a su vez nombraba dos capellanes jesuitas para cuidarlo. Tan sólo después de varias instancias, lograban verse aumentados en cuatro y más tarde a doce (marzo 1877-junio 1880). En este año se conseguía la total restauración del colegio de Loyola, retornando el noviciado de Poyanne y cerrándose así el gran paréntesis abierto con la revolución de 1868.

Durante estos años favorables se suceden provinciales de indudable actividad: Juan de la Torre, ejercitante en el mes de septiembre en Loyola todos los años; o Ramón Vigordán, fogoso restaurador para la provincia de Aragón, el eficaz Francisco de Sales Muruzabal nacido en San Martín de Unx, director espiritual de Rafaela Ybarra de Vilallonga, fundadora de las religiosas de los Ángeles Custodios. Superadas, pues, las crisis de las carlistadas, las actividades jesuíticas alcanzaban una fase de prosperidad y madurez. Entre otras, la del colegio de Orduña, uno de los centros escolares más prestigiosos del País Vasco, durante cincuenta años. De 1877 a 1883 los hombres clave del centro serían el P. Landa y el P. Sorondo.

El auge creciente nos lo demuestran sus estadísticas: de 100 internos y 50 externos en 1877, se pasaba en 1883 a 254 internos y 63 externos, cifras que a partir de entonces se estabilizarían. Sus aspectos más salientes, tan influyentes en el primitivo nacionalismo vasco, serían el tradicionalismo fuerista, integrismo católico, antiliberalismo y cierto ruralismo, que tanta huella dejaran en Sabino y Luis Arana y Goiri, colegiales del mismo de 1876 a 1881.

Pero las acuciantes necesidades educativas creadas por la industrialización vasca no se limitaron a la enseñanza media, sino que requirieron enseñanzas superiores. Los Smith, Iturriza, Vilallonga, Moyúa, constituían una sociedad anónima en 1883 que financió un centro de estudios superiores, dirigido por la Compañía, que muy pronto se denominaría con el nombre de Universidad de Deusto. En 1913 esta iniciativa promovía otra paralela, consagrada específicamente a los estudios comerciales, encomendada también a los jesuitas. Nacía así la Universidad Comercial de Deusto también, bajo los auspicios de la Fundación Vizcaína Aguirre. Nombres como Fernando M.ª de Ibarra, Pedro Chalbaud, De la Sota, Chavarri y Arduiza en las cabeceras de la fundación revelan el interés de la burguesía bilbaína por la experiencia. La influencia de esta Universidad en el ámbito de la sociedad vasca ha sido muy intensa, pues además de ser el único centro universitario del País Vasco, unía la originalidad de sus estudios económicos y comerciales. De todas formas, pese a la originalidad laica del proceso fundacional de Deusto, se encuentran a la base de sus cimientos con carácter esencial los jesuitas Tomás Gómez, Muruzabal, Isasi, Abad, Arístegui. Por otro lado, durante la década de los noventa, las tensiones religioso-políticas se iban a extender y enconar por los cuatro puntos cardinales del país a causa del integrismo deustoarra. Profesores vascos de obligado recuerdo al respecto en Oña serían el filósofo Juan Manuel Urráburu y el teólogo José Mendibe.
Actividades y prosperidad hasta la Segunda República. Ya desde 1880 se había iniciado un período de paz. Tal situación con ligeros sobresaltos se prolongará hasta la 2.ª República en 1931 , bajo la batuta de otros generales, Luis Martín (1892-1906), Javier Wernz (1906-1914) y Wlodomiro Ledochowski (1915-1942).

Así pues la provincia de Castilla, a la que pertenecía como ya sabemos el País Vasco, además de sostener la citada doble Universidad de Deusto, robustecía su presencia en los colegios de Orduña y Tudela (1891), la escuela apostólica de Javier ( 1909) y los externados de Indauchu (1921) y San Sebastián (1929). Pero la actividad escolar y científica de estos centros se sobrepasa con muchos otros ministerios espirituales, que partían de residencias que la Compañía utilizaba para estos fines como las de San Sebastián (1898); Vitoria (1919), Pamplona (1927).

Reconocida fama adquirían sus templos por la participación de sus fieles en los sacramentos. Así, en 1915 su iglesia de San Sebastián sobrepasaba la cifra anual de 200.000 comuniones y la de Bilbao la de 250.000. Operarios relevantes, de sobresaliente santidad, serian Ignacio María Aramburu (+1935), Francisco Gárate (+1930 y canonizado en 1985) y Saturnino Ibarguren que, considerado en todo el País Vasco por santo, pasaba a evangelizar las regiones de Cuba. También cabe recordar a Julián Sautu (+1937) y Víctor Elizondo, primer secretario de la Unión Misional del Clero en España, alma del Congreso misional de Pamplona (1922).

Si desgraciadamente faltan estadísticas de conjunto de las tandas de ejercicios espirituales, por cuanto mira a Loyola abundan los datos. La lista de ejercitantes varones crecía siempre con el discurrir de los años: AñoEjercitantes 1914 715 1915 858 1919 938 19211.051 1926 1.104 Podemos establecer una comparación con los que recibían ejercicios en el siglo anterior: AñoEjercitantes 185786 1859 130 1860 133 1861 148 1862 155 .

Aunque sea de pasada conviene decir algo de las Congregaciones dirigidas por los jesuitas, dado su enorme influjo en la sociedad vasca en otros campos. A la mención más que honorífica para los Luises del P. Fiter en Barcelona, se sumará la de los Estanislaos del P. Basterra en Bilbao, que, adaptadas a caballeros, tendrán su eco en San Sebastián con el P. Nemesio Otaño, a su vez destacado músico, amigo de Falla. Sin olvidar los denominados "Centros del Apostolado de la Oración" con más de 110.000 socios en la diócesis de Vitoria, ni la Congregación de la Buena Muerte con 4.000 afiliados sólo en Bilbao 1.000 en Durango, sobresalen el P. José M. Salaverri, fundador del "Círculo Católico de Burgos", el P. Manuel Obeso, entre los mineros de la región bilbaína, y el manchego P. Angel M. Ayala, fundador de la "Asociación Católica Nacional de Propagandistas" (1909) de notable repercusión en nuestro país. Pasando, en fin, por alto la labor editorial global, nos fijaremos únicamente, por su relación directa con el País Vasco, en "El Mensajero del Corazón de Jesús", dirigido por la Compañía desde 1883 y que tiraba en 1914 unos 14.000 ejemplares, y en su Editorial, hojas de propaganda religiosa que en 1930 sumaban un total de 41 .753.477 ejemplares. En fin, obligado es recordar en este campo al P. Remigio Vilariño, fecundo escritor religioso, así como las obras de dos grandes historiadores: Antonio Astrain, navarro (1857-1928) y el guipuzcoano Pedro Leturia (1891-1955).
Los últimos años (1931-1985). El 14 de abril de 1931 amanecía con esperanza la 2.ª República. Pero, un mes más tarde, se incendiaban algunas iglesias y conventos, entre ellos la casa profesa de los jesuitas en Madrid, con las reliquias de San Francisco de Borja, el retrato de San Ignacio de Coello y su preciosa biblioteca de 100.000 volúmenes. También el ICAI (Instituto Católico de Artes e Industrias) con los 40.000 volúmenes de su biblioteca sufría agresiones parecidas, pereciendo entre todo ello el arsenal científico del historiador P. García-Villada. Al año siguiente se firmaba el decreto de disolución de aquellas Órdenes religiosas que "además de los tres votos canónicos", admitían "otro especial de obediencia a autoridad distinta de aquella legítima del Estado", conforme al artículo 26 de la Constitución republicana del 9-XII-1931. Además, específicamente, el Ministerio de Justicia disolvía la Compañía por decreto del 23-1-1932. Novicios y estudiantes jesuitas, pues, pasaban a Bélgica, Holanda e Italia; los demás, unos se trasladaban a Iberoamérica y otros quedaban dispersos por la península. De la revolución de octubre de 1934, sin ira alguna, merece recordarse la muerte del P. Emilio Martínez y del vasco H. Juan Arconada. Serían el preámbulo de los jesuitas caídos, 118, en los nefastos años de la última guerra civil (1936-39), bajo el dominio de las armas absolutas.

Por lo que se refiere a nuestro país, jesuitas vascos colaboraban con la nueva situación, nacida en aquel julio de 1936, incluida la misma dirección espiritual del general Franco por el rector de Loyola Ignacio Errandonea. Significativas fueron por demás, las divisiones de las provincias jesuíticas en España, que afectaron directamente a los jesuitas vascos en la época contemporánea. Ya en 1848 la provincia de Castilla (a la que siempre habían pertenecido las provincias vascas), se dividía en Castilla Occidental (en la que se incluía Bizkaia yÁAlava), y Castilla Oriental (con Gipuzkoa y Navarra). En cambio, en 1962, se formaba la Provincia de Loyola, compuesta por las tres provincias vascongadas y Navarra. Fruto sin duda de esta reunificación sería el notable esfuerzo por reconocer la identidad del pueblo vasco por parte de la Compañía. Así, el gran diccionario vasco del P. Múgica, la publicación de textos populares vascos por el P. Antonio Zavala, la primeriza y bien organizada ikastola de Loyola y la Radio Popular de Loyola, con sus emisiones en euskera, de amplio radio de acción por todo el País Vasco. Testigo excepcional del estallido de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki sería el misionero vasco Pedro M.ª Arrupe, más tarde prepósito general, confidente y mentor de Pablo VI.

Hasta esta década de los sesenta, las vocaciones vascas a la Compañía fueron abundantísimas, especialmente en hermanos coadjutores y en misioneros, tanto de la India como de Extremo Oriente (misión de Wuhu en China) y en Centroamérica. Asimismo durante el generalato de Arrupe tiene lugar el Vaticano II. La Compañía ponía en hora sus relojes de la adaptación evangélica a los tiempos.

Impensable, pero cierta, fue la celebración de la Semana Ecuménica de agosto de 1977 en Loyola. En una de sus homilías, la protestante Cordula Andersohl, observaba, bajo las bóvedas de la misma basílica: "¿Tiene realmente tanta importancia el que cada controversia teológica encuentre una solución definitiva, aparte de que la mayoría de los problemas teológicos nunca pueden resolverse de una manera definitiva, sino que continuamente han de ser cuestionados y contestados?". La unión de seglares vascos de San Ignacio de Loyola denunciaría con pasión estos hechos públicamente en "El Diario Vasco" del 23-VII-1977, considerándolos como una provocación.

Por otro lado, las respuestas a las preguntas angustiosas de la Iglesia en América Latina, constituían toda una teología vital, llamada de la liberación. Puebla lo diría muy bien en el n.° 1.147: que los pobres, a la vez que son evangelizados, evangelizan a toda la Iglesia. Y pioneros de la fe y de la evangelización, en esta línea, se situarían los jesuitas vascos Ellacuria y Jon Sobrino, bajo la mirada no menos aperturista de cardenal Casaroli y el también jesuita cardenal Martini.

Con la visita del papa Juan Pablo II en 1982 a la Santa Casa de Loyola y al castillo de Javier, toda la Iglesia reconocía la trayectoria y obra de los hijos de San Ignacio a lo largo de cuatrocientos cuarenta años.

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Francisco RODRÍGUEZ DE CORO