Concepto

Serora

Así se les llamaba y se les llama a las mujeres que cuidan las iglesias, parroquias y ermitas y se encargan de diversos aspectos sociales y religiosos (figura similar a las sacristanas). En los documentos castellanos y franceses estas mujeres han recibido diferentes nombres, dependiendo del lugar y la época: serora, sorora, beata, freila o breira, benoîte o benedicta, hospitalera, emparedada, recluse, etc. Sin embargo, en la literatura vasca hasta el siglo XVIII predominaba el término serora, también para las que más tarde se denominarían como monjas (moja). En Iparralde se sigue empleando el término también hoy día, de manera que la distinción que se hace en Hego Euskal Herria entre moja y serora, en Iparralde se realiza mediante los términos serora y andere serora, respectivamente.

Las actividades de las seroras se enmarcaban dentro el ámbito tanto religioso como laico. Los conocimientos que hoy día poseemos sobre estas mujeres se deben en gran medida a los documentos de la Edad Moderna, si bien un seguimiento documental de su presencia nos llevaría por lo menos hasta la Edad Media. Por lo general, las seroras más jóvenes eran aquellas mujeres que no habían podido o querido casarse, aunque también eran comunes las viudas que querían mantener su independencia.

Su origen es incierto. Pierre De Lancre, en un intento de desprestigiarlas, lo situó en las diaconisas de la Iglesia de la Edad Antigua y Alta Edad Media. Después, Manuel Larramendi adoptó la misma opinión, aunque con la intención de alabar la antigüedad de la institución. Wenworth Webster confirmó dicha hipótesis mediante la comparación de las funciones sociales, y aquellos que en épocas posteriores han realizado investigaciones sobre el tema muchas veces han adoptado también esta primera opinión. Sin embargo, aún no se ha encontrado ninguna evidencia en documentos más allá de la Edad Media, y el tema se encuentra estrechamente ligado a las dudas subyacentes en torno a la primera cristianización de Euskal Herria. Por otra parte, existen otros movimientos religiosos de mujeres que se propagaron por Europa en la Edad Media y que podrían haber dado lugar a las seroras, o que podrían, por lo menos, ubicarse entre sus influencias. En los pueblos de menor tamaño del norte de Europa, Francia, y España y en las colonias americanas, se extendió la figura de una mujer que recibía el nombre de beguine y beata, y en el caso de las zonas rurales, emparedada y recluse. Realizaban labores semejantes a las seroras de las villas y ermitas de Euskal Herria, aunque con ciertas diferencias. Por si esto fuera poco, antes de establecerse la clausura en la orden canónica, las órdenes aceptaban a mujeres laicas en sus comunidades para los quehaceres de fuera de los conventos y monasterios, y de ellas también podría derivarse esta institución, ya que tomaban los nombres soror y freila. Algunos investigadores opinan que tiene más sentido situar el origen de las seroras en estas instituciones, y no en las diaconisas.

Las seroras y sus actividades se dividen en dos espacios principales: las villas y las ermitas. En las villas se reunían en comunidades, a veces empleadas al servicio de la parroquia, y, otras veces, en convivencia piadosa o al servicio de algún santuario. Fueron estas últimas sobre todo las que prefirieron la vida de clausura ya en la Edad Moderna, debido a la subordinación y ataduras impuestas por las órdenes religiosas. Las seroras que cuidaban las ermitas, en cambio, eran más comunes en las zonas rurales, aunque también podían encontrarse dentro del ámbito de la villa. Por último, también había seroras en albergues y hospitales, tanto en las villas como en las zonas rurales.

Además de las comunidades adheridas al obispado, las instituciones locales tenían el patronato y el derecho de elección en sus ámbitos correspondientes, que podían ser particulares, del concejo o municipio, de la iglesia o del sacerdote y los beneficiarios o de los vecinos de lugar. Tal y como ocurría con el sacerdote y los beneficiarios, también la elección de las seroras llevaba a enfrentamientos de poder entre los agentes sociales antes mencionados, creando incluso grandes disputas que debían resolverse en los juzgados. Además, a veces, el patronato y el derecho de elección correspondían a diferentes instituciones, lo cual creaba más de un problema. Solían ofrecer una dote a su ingreso, y en las parroquias con grandes beneficios (las seroras recibían un diezmo, al igual que los sacerdotes o los beneficiarios), se establecía un concurso de competencia entre las aspirantes, el cual ganaba la que proponía la mejor oferta.

Por un lado, las seroras de las villas y las ermitas realizaban trabajos de mantenimiento del templo. Estaban bajo su responsabilidad las tareas de limpieza e iluminación, el cuidado y guarda de las joyas y los elementos imprescindibles para el culto, y, en el caso de las ermitas, también la administración de los bienes del templo. Durante la Edad Moderna, la legislación eclesiástica (constitución sinodal) asignó dichos cargos a los sacristanes, a partir de lo cual aumentaron en número y se fueron apropiando del trabajo de las seroras.

En las parroquias, tomaban parte en las ceremonias mortuorias sobre todo: correspondía a las amas de casa custodiar la luces y ofrendas de pan de las tumbas de sus antepasados, realizar el ritual de ofrendas (doneskain), preparar los cuerpos, guiar al grupo de mujeres en los entierros, etc. También tomaban parte en las bodas, ayudando a la novia a preparase, y tal y como se puede ver por algunos casos recogidos en Iparralde, solían incluso hacer de madrina de los niños bautizados. En algunos sitios, como es el caso de Salvatierra (Álava), solían encargárseles plegarias por las almas. Muchas veces también se hacían cargo de las campanas y sus funciones y ritos (llamadas a asambleas, avemarías, toque de campanas de duelo, conjurar las tormentas, etc.). Esto ocurría sobre todo en zonas rurales, donde había menos sacristanes. Por el cumplimento de dichas tareas les correspondía un diezmo, que solían recibir en especies o en dinero. A veces, las seroras llevaban negocios paralelos en torno a los elementos necesarios para los ritos mortuorios (velas, pañuelos y telas), con lo que lograban grandes beneficios, pero también creaban alguna que otra disputa. Tanto en las villas como en las ermitas, estos trueques y negocios de telas y pañuelos tomaban especial importancia, y se realizaban principalmente entre mujeres. Asimismo, solían enseñar a coser a las muchachas de la zona.

Las seroras que vivían en las villas o en comunidades al servicio de un santuario, en cambio, dependían más de las limosnas que aquellas que realizaban su servicio en parroquias, debido a la falta de esa fuente de ingresos derivada de los ritos mortuorios. Las seroras de los albergues y hospitales, por otro lado, también realizaban labores de cuidado y curación de enfermos y niños, además de los correspondientes trabajos en la iglesia o ermita del lugar.

Respecto a las seroras de las ermitas y parroquias pequeñas, más que los ingresos y los bienes correspondientes al diezmo, eran las parcelas adheridas a la casa (seroretxea) y sus beneficios los que constituían su principal sustento, junto con las limosnas. Según los documentos en referencia a las ermitas y sus fiestas y devociones, en ocasiones las limosnas eran abundantes, y la propia serora se llevaba buena parte de los beneficios. Sin embargo, muchas seroras no llevaban una buena vida, y se mantenían a duras penas con los beneficios de sus huertas y las escasas ofrendas de trigo (serora gari) y limosnas de los campesinos colindantes. De cualquier manera, las seroras tenían el deber de salvaguardar los ritos y creencias religiosos populares que se realizaban en las ermitas y santuarios, si querían recibir las limosnas de los habitantes como pago por la guarda del templo y sus ceremonias. Han habido casos de seroras que, valiéndose del dinero ganado y siendo ya económicamente autosuficientes, dejaron el cargo para casarse.

Al igual que en las parroquias les correspondía la salvaguarda de las creencias relacionadas con el culto de los antepasados y las ceremonias fúnebres, en las ermitas, santuarios, albergues y hospitales, preservaban las creencias y ritos relacionados con las enfermedades y la curación (curación de niños y de dolores de oído, cabeza, muelas..., rituales de protección, etc.). A veces, además de en las ermitas, también se realizaban alrededor de fuentes, árboles, piedras o determinadas cuevas, junto con cultos sincréticos de los santos y la Virgen María. Del mismo modo, dentro del culto a los antepasados, también se incluían varios elementos de origen pagano. Ello se puede ver, entre otros, en las simbologías y creencias referentes al fuego y las ofrendas de pan que se hacían en las tumbas. Las seroras también tomaban parte de las creencias relacionadas a las campanas. Dentro de su función de campaneras, tenían que "conjurar" las tormentas para combatir a los diablos y genios maléficos que las creaban (Aidegaxto, Mari, Odei, etc.). Estos aspectos de la religiosidad popular, sobre todo en lo que respecta a las seroras de las villas, convivió durante un tiempo con las directrices de la religión oficial de la Edad Moderna. convertió en el modelo de religiosidad para las mujeres. Precisamente a consecuencia de esas influencias y vínculos, en ocasiones las seroras vestían hábitos de órdenes religiosas (franciscanos, dominicos y carmelitas, entre otros). También durante la Edad Media y la Edad Moderna, podemos encontrar indicios de heterodoxia o divergencia en la religión. Ejemplo de ello son las diferentes creencias sobre el don de curación de la beata Juana de Arriaran, fundadora del santuario de Arantzazu (hubo casos parecidos entre las beatas de Castilla, que fueron perseguidas por la Inquisición), y la figura de la Virgen María que custodiaban las seroras en la ermita de la Santa María (o San Blas) de Murinondo (Vergara, Gipuzkoa), la cual fue rechazada y destruida (Gerson, 1363-1425; Molanus, 1568) por los teólogos por mantener cierta iconografía de la trinidad prohibida por el Papa Benedicto XIV en 1745 (esta iconografía coloca al Dios Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en el vientre de la Virgen María, y, según los partidarios de la prohibición, ello podría conllevar a una interpretación errónea de que la Virgen es la creadora de la trinidad).

A medida que la Edad Moderna avanzaba, cada vez había más sacristanes en las parroquias y se fueron extendiendo los conventos de clausura, lo cual causó numerosos cambios. Además, las autoridades tanto eclesiásticas como civiles tomaron cartas en el asunto, mediante cambios legislativos y prohibiciones. A través de las nuevas leyes, y en lo que a la religión respecta, los subsiguientes papas y concilios implantaron decretos y bulas por los cuales ninguna mujer laica podía adherirse a una orden canónica y se obligaba a las guinas y beatas a la vida de clausura (decreto Periculoso de 1298, las resoluciones de la XXV sesión del Concilio de Trento en 1563, la bula Circa Pastoralis de 1566 y el decreto de clausura del Papa Alejandro VI en 1568).

Si bien las medidas tomadas por las instituciones eclesiásticas y civiles de cada territorio histórico nos llevan a años diferentes, podemos diferenciar dos épocas principales. La primera época va de la segunda mitad del siglo XVI a la primera mitad del siglo XVII. En este intervalo, las medidas y prohibiciones se llevaron a la práctica mediante la Constitución Sinodal, y la situación de la seroras se equiparó a los otros colectivos antes mencionados. A pesar de que las principales instituciones civiles de los territorios históricos eran partidarias de tomar medidas para regular el modo de vida de las seroras, también les dieron su protección. Conforme a nuestras investigaciones, ante la orden por parte de obispados e instituciones civiles de hacer desaparecer dicha figura, el Señorío de Bizkaia (1617-1623 aprox.), la Provincia de Gipuzkoa (1619-1632 aprox.) y los Estatutos Navarros (no tenemos información sobre la fecha), por lo menos, mantuvieron la figura de la serora, aunque para ello tuvieron que pasar por varios juicios ante varias instancias judiciales. Sin embargo, en el siglo XVII y sobre todo en el XVIII, las instituciones civiles fueron cambiando su visión en torno a esta figura, y con ello, también la protección hasta entonces ofrecida. A lo largo de estos dos siglos, las instituciones fueron fomentando el declive de las seroras, mediante la imposición de límites y prohibiciones, sobre todo en el ámbito económico (la prohibición de pedir limosna, más concretamente), favoreciendo así los modelos de vida y economía de los conventos. Finalmente, en 1769, se impuso la prohibición total en Hego Euskal Herria, por Real Decreto del Conde de Aranda. El decreto respondía a la petición que la provincia de Gipuzkoa realizó a las Cortes para que prohibieran la figura de la serora. En dicho decreto, además de su desaparición total, se ordenó el cierre de todas las ermitas de las zonas rurales. En años posteriores, y en contestación a las peticiones de ciudadanos y vecinos, se volverían a reabrir las ermitas, pero asegurándose de no habría en ellas ninguna serora. No se conoce con exactitud cuál fue el desarrollo del proceso en Iparralde. Sin embargo, según parece, allí también los antecedentes de la situación actual de las que hoy día se conocen como serora o andere serora tiene su origen en las medidas tomadas en aquella época, que limitaban sus actividades a las ermitas y a las funciones de ámbito laico que correspondía al servicio del templo.

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