Léxico

MONEDA

Pieza de metal, acuñada con los emblemas de la soberanía de un Estado, y que sirve de medida común para el precio de las cosas y para facilitar los cambios, diru (c..), txanpon (B, G), patrako (S, del bearn. "patracou"); (voz. puert.) txintxin (B, G, AN), kauko (B), panpoiñ (G); m. de cobre, arditkai (Hirb.); m. de plata, diruxuri (Lh.); m. de oro, pepion (Hb.); pequeña moneda que envía una persona a otra en señal de recuerdo y de amistad; habiendo desaparecido esta moneda, se envía hoy una avellana o una nuez de tres ventallas, penelai (S. P.); la última tarja o moneda que le queda a uno para jugar , kurrumurri, kutximurri (B); m. falsa, diru faltsu (T-L); acuñar o fabricar moneda, diru egin (c), dirura kambiatu (T-L); amonedar o reducir a monedas un metal, xehekatu (BN, S), xehatu (H.), xehea egin (T-L); cambiar una moneda, xehekatu (S); cambiar dinero en monedas de plata, zidartu (B); cambiar la calderilla por moneda de plata u oro, dirutu (B); hogei eta hamar diru peza (Leiz.), treinta monedas de plata; eta hekiek agindu ziozkaten hogoi eta hamar zilharrezko (Duv.), y ellos le asignaron treinta monedas de plata; diru bat edo erhaztun bat galtzen duzenean (Ax.), cuando pierdes una moneda o una sortija; bost ogerlekoko papera zidartuteko ta eztaukela (B), (pedirles) que me diesen en plata un billete de cinco duros y (han dicho) que no tienen; diru beheratzea (L), la baja de la moneda.

Algunas monedas antiguas: m. de vellón de dos cuartos, equivalente a unos seis céntimos de peseta, mandada acuñar por Felipe II, txanpon (B, G), xanpon (BN); m. de cinco sueldos, bost-soseko bortz-soseko (c, Hb.); m. de media peseta, amaseiko (B), urker (AN?); m. de cuatro pesetas, otxin (G, AN, BN): lau otxinekoa (Araq.), doblón de cuatro; eskaini zioen bi otxineko laguntzen balin bazioen (Lh.), le ofreció un doblón de dos si le acompañaba; m. de cinco pesetas, el duro, ogerleko (B); m. de oro de 8 duros, amarreko (B, L, BN); m. de 80 francos, ootxineko (L, BN), hogotxineko (Az., contr. de hogoi-otxineko); onza (de oro), moneda de este metal, que valía 80 pesetas, ogeiko (B), hogei otxineko (AN), amaseiko (B); m. triangular de oro que valía 20 duros, tostoi, trosko (B); m. que vale un real; en AN-b, dos reales, erreal (B, G, AN), erlurri (B); m. de dos reales, según algunos (B, Añ.), es la peseta, elbiko erlegin, elurri (B),errealbiko; pequeña m. de oro que valía 19 reales, emeretziko (B); una m. antigua, sin duda la peseta columnaria, que valía cinco reales de vellón, pila (G, L, BN, S), pilla (G); m. de 8 maravedises, que ostentaba la inscripción "Ferdin", abreviatura de "Ferdinandus", perdin (B); m. en níquel de 25 c., zuriko (L); m. de vellón que valía medio maravedí, tolosan (S. P.); m. de dos ochavos, biarteko (Hb., contrac. de biarditeko).

Amonedada, o contante y sonante, o metálica. Dinero en especie, para distinguirlo del papel representativo de valor, diru, urre, zilar.

Corriente. La legal y usual, legezko diru.

Fiduciaria. La que representa un valor que intrínsecamente no tiene, fidantzako diru.

Menuda o suelta. Conjunto de varias "monedas" de poco valor, xehe (L, BN, S), xe (AN, BN, R), diru xehe (Az.), ausi (B), moneda (L), patraka (S, del bearn. "patracou"); xeherik baduzu? (Lh.), ¿tiene usted moneda suelta?; pesta baten xeak ematen bazineztazu (BN, si me diera usted cambios de una peseta; ogerleko baten ausiak (Az.), cambios de un duro.

Pagar en la misma moneda. fig. Ejercer represalias, moneda berean pagatu (Ax.); ordaina eman (T-L), ordaindu (H.), ordainzkatu (L, BN), ordaínkatu (L), ordaiñaren bihurtu (Ax.), botaren errefera eman (Lh.); ordaindu beharko diot txarkeria hori (Lh.), deberé pagarle en la misma moneda por esa maldad; eta hala, bidegabe bat egiten deratzutenean, ethortzen baitzaitzu alde batetik, mendekatzeko eta ordaiñaren bihurtzeko mugida bat (Ax.), y así, cuando os hacen una ofensa, os sobreviene por un lado un movimiento de vengaros y de pagarle en la misma moneda; nola bera hari baita gaixtakeria pensatzen eta egiten, beldur da berari ere hainbertze dagioten, moneda berean paga dezaten (Ax.), como ella (la mala conciencia) anda maquinando y obrando maldad, teme que también a ella le hagan otro tanto, le paguen en la misma moneda.

Pagar moneda por moneda, tanka-tanka (G, AN, L, BN, R), drasta-drasta (B), danba-danba (G), seguidos de dirua eman.

Moneda fraccionaria, diru txiki.

Diccionario Auñamendi.
Acuñaciones autóctonas de la Edad Antigua. La moneda, tal como la conocemos hoy en día, es un invento relativamente reciente y se remonta al siglo VII antes de nuestra Era. Los trueques e intercambios comerciales han existido desde que el hombre apareció en la tierra y posterior al intercambio directo de materias primas surgió la que podríamos llamar «protomoneda», como los anillos de cobre usados en el Egipto faraónico durante el III milenio antes de J.C. Las acuñaciones realizadas en territorio vascón se remontan al siglo segundo antes de nuestra Era. Para comprender mejor su razón de ser es preciso comentar previamente unos antecedentes históricos que comienzan en Asia Menor. Las excavaciones del templo de la diosa Artemisa en Efeso permiten datar las primeras monedas acuñadas hacia el 640 a.J.C. por el rey Creso de Lidia, datos coincidentes con las informaciones que nos proporciona Herodoto. La moneda se extiende rápidamente por Asia Menor y pasa a Grecia, donde ya a finales del siglo V todas las ciudades (a excepción de Esparta), compiten por la belleza y calidad de sus acuñaciones, cuya temática más común es la representación de diversos animales marinos y terrestres que reflejan el símbolo totémico de la ciudad o de su divinidad protectora. A este respecto y en relación con las figuras que encontraremos en las acuñaciones autóctonas, el delfín aparece en las colonias de Sicilia, primero a comienzos del s. VI en Zancle y sobre todo en Siracusa, donde figuras de delfines rodean la cabeza de la diosa Artemisa. En la Península los primeros vestigios se dan en Ampurias; se trata de pequeñas monedas (trihemióbolos y litras) unas veces anepígrafas y otras con las letras E y M, de imitación focense. A finales del siglo IV y principios del III comienzan las conocidas acuñaciones griegas en Rode y Ampurias. Estas últimas representan en las primeras emisiones un caballo parado, con una clara tipología cartaginesa que viene a indicar que esta moneda fue acuñada principalmente para el comercio con Cartago. En el 241 a.J.C. y al finalizar la primera guerra púnica cambia la tipología y el anverso que representaba a la diosa Perséfone, se transforma en Artemisa (divinidad representada por tres delfines a su alrededor) mientras que la primera lleva como elemento característico una espiga de trigo en su tocado. No menos drásticos son los cambios que sufre el reverso, donde el caballo parado (típicamente cartaginés) es sustituido por un pegaso, que luego se transformará en una figura inconfundible, donde la cabeza del animal se convierte en una persona sentada, interpretada por algunos autores como Crisaor. Estos dracmas son imitados posteriormente en las monedas indígenas que llevan caracteres ibéricos. En esta época, los generales romanos conseguían sustanciosos botines en plata a los que Tito Livio se refiere como «Argentum oscense», lo cual ha creado una confusión en numerosos historiadores al ser interpretado como los denarios ibéricos de Bolscan (contemporáneos de las acuñaciones autóctonas) tan frecuentes. Esta referencia errónea del historiador romano puede ser debida a un anacronismo o por el parecido entre los alfabetos ibérico y osco. A finales del siglo III a.J.C., en la península circulaban dracmas amporitanos y de imitación ibéricos así como la moneda hispano-cartaginesa y de los emporios fenicios de Cádiz e Ibiza. Es en este momento cuando en algunas zonas de influencia cartaginesa aparecen las primeras emisiones en bronce y a partir del 218 en que los romanos desembarcan en Ampurias, comienzan las acuñaciones autóctonas en la Península y si bien se conservan los tipos donde la figura más frecuente es el denominado jinete ibérico (que tiene su modelo en las monedas de Hieron II de Siracusa) y Ampurias comienza sus emisiones ibéricas en bronce manteniendo la figura del pegaso, lo que queda claro es que estas emisiones están motivadas por la penetración militar y económica de los romanos desde el Ebro hacia la meseta. La política romana desde el siglo II hasta la caída de Numancia es la de permitir, y probablemente fomentar, los sistemas monetarios autóctonos, desarrollados en principio por sus enemigos, los cartagineses, en la península ibérica. A partir de la Susetania y como principal centro emisor Bolscan (Huesca), las cecas van surgiendo en la zona vascona, con mayor abundancia en el sur, en la zona del Ebro. Es en el último cuarto del siglo I a.J.C. cuando se alcanza el auge de las acuñaciones autóctonas con numerosas cecas, muchas de ellas aún sin localizar. En territorio vascón podemos citar, con las debidas reservas, las siguientes: Alaun, Arsacoson, Arsaos, Bascunes, Belaiscom, Bentian, Caiskata, Cueliocos, Louitiscos, Ocalaom, Oilaunes, Olcairun, Ontices, Teitiacos, Turiaso, Uaracos y Unambaate. No existen en esta época fronteras definidas y menos aún información precisa y así podemos pensar en zonas de influencia mutua de los vascones con sus vecinos suesetanos del este, celtíberos del sudoeste y con el grupo del valle del Jalón. Podemos señalar también cómo, en Ptolomeo y Estrabón, Bolscan, Calacoricos e Iaca aparecen entre los vascones. La primera ciudad adquiere importancia al ser la capital del Imperio de Sertorio, mientras que Calacoricos acuña moneda entre el 82 y 72 a.J.C., también en época de influencia sertoriana. Por último, laca, según Heiss derivaría de la palabra vasca «Ica» que significa «en pico», lo cual haría referencia a la situación de la ciudad al pie de las montañas más altas del Pirineo. Resulta difícil en principio establecer el momento en que estas monedas son acuñadas y los escasos hallazgos de «tesoros» tienen una gran importancia a la hora de establecer una cronología de las emisiones. En efecto, el ocultamiento de monedas se produce en épocas de inseguridad que habitualmente coinciden con los momentos conflictivos de la historia. Las cuatro épocas críticas serían: 1.° Las guerras celtibéricas entre el 153 y 133 a.C. 2.° El levantamiento indígena del 98-94 a.C. 3.° Las guerras sertorianas entre el 80 y el 72 a.C. 4.° La guerra entre Pompeyo y César. Además de los hallazgos, el estudio de los pesos y de la tipología suministran información; en general, las emisiones más antiguas son las de mayor calidad y, progresivamente, el arte va degenerando, sobre todo en las cecas que mantienen emisiones durante bastante tiempo. Con respecto a las acuñaciones autóctonas, las primeras emisiones son los denarios y ases acuñados en Arsaos entre el 178 y 150 a.C. Posteriormente y en la segunda mitad del siglo II se producen los denarios y ases de Ba(r)scunes y Bolscan que alcanzan su máximo apogeo y distribución en los albores del siglo I a.C.; también en esta época comienzan las acuñaciones de ases de Caiscata. Ya entre el 100 y el 60 a.C. se sitúan las monedas de plata de Turiaso y Bentian, mientras siguen con fuerza las emisiones de Ba(r)scunes y Bolscan y comienzan a fabricarse ases en Alaun, Damaniu, Calacoricos y Turiasu. En esta época y dentro de las guerras sertorianas se da la circunstancia de que mientras Bolscan, en zona Ilergete, es el centro de la actividad de Sertorio, Pompeyo instala en Vasconia su campamento principal en la primitiva Pompaelo (Pamplona), lugar donde estaba asentada la ceca de Ba(r)scunes. Por último entre el 60 y el 45 a.C. se encuentran las acuñaciones de denarios de estilo degenerado en Arsacoson, así como los ases de arte tosco de las cecas anteriores y otras como Bentian, Iaca y Arsacoson.
Iconografía de las acuñaciones prerromanas.
El armamento en las acuñaciones prerromanas. El denominado «jinete ibérico» tiene su modelo y antecesor en las monedas de Hieron II de Siracusa (275-215 a.C.) y se extiende como motivo principal de los reversos de ases y denarios acuñados en la Hispania Citerior. En el bronce de Ascoli tenemos referencia de varios jinetes de habla vascona, como el representado en la estela de Iruña (Alava), a los que se concede la ciudadanía romana y una serie de recompensas en el 89 a.C. por méritos de guerra. En cuanto al armamento o utensilios portados por dicho jinete, en las acuñaciones realizadas en territorio vascón y/o zonas limítrofes podemos señalar la lanza o pilum como elemento más frecuente y que es exclusivo en ases y denarios de Arsacoson (2-4), Belaiscom (18-20), Bolscan (26-27), Calacoricos (36), Damaniu (38-39), Iaca (44-45), Ocalacom (47) y Omtices (55-56), mientras que es compartida con otras armas como la espada en Bentian (24-25), Teitiacos (59-60) y Uaracos (61-62) y con el falx en Oilaunes (51) y Turiasu (65-69, 73-76 y 78). La espada corta es el elemento único en Ba(r)scunes (1117) y Olcairun (50), también aparece en las emisiones de las cecas antes mencionadas (22-23, 58 y 63-64) con la particularidad de que en los denarios de Bentian (22) presenta una forma curva y debido al pequeño tamaño de la figura representada no puede determinarse si se trata de una espada curva tipo falcata o bien una adaptación a la curvatura del flan de la moneda. En las acuñaciones de Arsaos (5-8) aparece en forma exclusiva el bipennis o doble hacha, antiguamente confundida con un martillo o arpón. Este instrumento es típico de esta ceca y constituye un arma característica de los pueblos bárbaros y también el atributo de algunas divinidades. La hoz de guerra o falx es característica de las cecas de Louitiscos (46), Oilaunicos (52) y Umanbaate (57) apareciendo también en las acuñaciones de Turiasu (77). Los ases de Cueliocos (40-41) llevan jinete que porta venablo, confundido con una palma corta, y que es asida por éste como un arma y no como la palma que apoyada en el hombro vemos en las monedas de Alaun (1) y que tiene su máxima distribución en las cecas de Cese en Tarragona e Iltirta en Lérida. Podemos contrastar en primer lugar los motivos bélicos presentes en las monedas de la Hispania Citerior con las representaciones agrícolas y de otros tipos en la Ulterior, y dentro de las primeras la zona de los vascones es la que presenta una mayor diversidad de armamento, en especial en lo referente a armas cortas (espada, doble hacha, hoz de guerra y venablo) algunas de las cuales no aparece en otros lugares. Este hecho nos podría llevar a pensar que en las zonas donde se acuñan este tipo de monedas puede tener mayor importancia la infantería dado que el uso de armas cortas a caballo resulta menos eficaz que el empleo de la lanza, pilum o soliferreum, armas largas utilizadas y representadas mayoritariamente en la celtiberia. Se ha pretendido idealizar la abundancia de armas ofensivas como el reflejo del espíritu combativo frente al invasor (en este caso los romanos), pero es preciso señalar que es precisamente la influencia romana, a través de los conflictos internos que tuvieron como punto de encuentro la Península, la que impulsó estas acuñaciones. Sertorio en el 77 era dueño prácticamente de toda la Hispania Citerior contando con la devoción de gran parte de los pueblos indígenas mientras que su oponente Pompeyo hace alianza con los vascones acuartelándose en el invierno del 76-75 entre ellos y fundando la ciudad de Pamplona donde se hallaba la ceca de Ba(r)scunes.
Representaciones en los anversos. La figura que predomina en los anversos es una cabeza varonil dolicocéfala con pelo ensortijado y frecuentemente barbada; mira hacia la derecha excepto en dos emisiones, una de Barscunes (17) y otra de Uaracos (64) y según numerosos autores representa a un dios, probablemente Hércules tirio, y si bien como antes indicamos el impulso de estas acuñaciones se debe a los romanos, están fuertemente influenciadas por el arte griego como se aprecia en la representación de la barba a base de puntitos convencionales de origen griego que aparecen también en las cerámicas de Liria. Como única excepción algunos quinarios y semis de Turiasu (72 y 80) llevan una cabeza femenina galeada de clara influencia romana.
Reversos en los divisores. En los semis y cuadrantes (9-10, 21, 29, 31-32, 37, 42, 49, 53-54 y 79) figura un caballo a galope al igual que en un quinario de Turiasu (71 ). El pegaso aparece en un semis de Boiscan (28) y un protomo del mismo animal en un cuadrante de Cueliocos (43). El pegaso es también un motivo de origen griego que ya aparece en las estáteras de Corinto en el siglo VI a.C. y que como vimos es el motivo principal de las acuñaciones amporitanas por lo que no es rara su aparición. Constituyen excepción los quinarios de Turiasu (70 y 72) donde aparece un jinete con palma que lleva un segundo caballo y que podría representar a los Dioscuros, motivo frecuente en los denarios republicanos así como en los quinarios de Cese y denarios de Icaloscen.
Delfines y arados. Un elemento común en los anversos de estas acuñaciones es la presencia de signos y delfines, a veces muy estilizados, y que en ocasiones se convierten en arados, elemento más familiar a las poblaciones autóctonas. Los denarios de Arsaos (5-6) son interesantes al llevar delante de la cabeza barbada del anverso un delfín y detrás un arado, ambos elementos perfectamente identificables.
Metrología. El sistema monetario de las acuñaciones autóctonas se corresponde al sistema romano, siendo la unidad el denario, moneda surgida en Roma en el 211-210 a.C. con un peso inicial de 4,52 g. equivalente a 10 ases (Denario viene de Deni=10 y aes, aeirs-bronce) cada uno de los cuales pesaba en principio 54,5 g. Los divisores son el quinario = 5 ases y el sextercio = 2,5. En el 155 a.C. se implanta el sistema uncial, esto es el as pesa una onza (27,25 g.) rebajándose el denario a 3,95 g. y en el 123-122 el denario vale 16 ases en vez de diez. En el 90 se implanta el sistema semiuncial con ases de 13,62 g., sistema que siguen las acuñaciones autóctonas si bien aunque la plata refleja bien la metrología del denario romano, el bronce presenta mayores variaciones lo cual nos lleva a pensar que esta moneda se reservaba para el comercio local.
Distribución de las monedas autóctonas. Una primera diferencia al considerar las áreas de distribución de los hallazgos de monedas es su calidad. Así como ases y sus divisores de bronce presentan una distribución restringida, acorde con su carácter de uso en el comercio local, no ocurre así con la plata y de hecho de los cerca de 14.000 denarios ibéricos hallados en diferentes tesorillos en toda la Península, casi la mitad pertenecen a la ceca de Bolscan y un 4,4 % a la de Bascunes. Las monedas acuñadas en territorio vascón sufren pues una gran dispersión como lo atestiguan hallazgos de piezas de Arsaos y Bascunes desde el Languedoc francés a Portugal, Córdoba, Jaén, Cataluña y Santander, destacando el hallazgo de un tesorillo con 359 denarios de Bascunes y 106 de Arsaos, ocultado en el 72 a.C. en Palencia. También aparecen estas monedas en el territorio vascón como los cuatro denarios de Bascunes, dos de Turiasu y dos de Secobirices hallados en 1970 en Ataun y los tesorillos de Tricio (Logroño), Larrabezua (Vizcaya), Barcus (Bajos Pirineos) y el abundante monetario de la catedral de Pamplona. Es posible que la gran movilidad de elementos indígenas contratados como mercenarios o incorporados como tropas auxiliares (recordemos la «Turma Sallutiana») así como la actividad continua de los romanos en el transcurso de los frecuentes conflictos, en especial las guerras sertorianas, hayan favorecido esta dispersión, más que las actividades comerciales características de tiempos de paz. La relativa homogeneidad y uniformidad en los tipos, aunque con las variantes anteriormente expuestas en cuanto al armamento, hacen pensar que posiblemente los mismos artistas o acuñadores (presumiblemente en una actividad familiar y hereditaria) sean autores de las emisiones producidas en diferentes lugares. Se ha propuesto que en una misma ceca o «fábrica de moneda» se acuñaría para varias poblaciones, tal vez esté más cerca de la realidad suponer que los fabricantes de moneda, al igual que en la prehistoria los metalúrgicos del bronce o del hierro, realizaran periplos, como los actuales vendedores ambulantes o los fabricantes de aguardiente en Portugal y Galicia, ofreciendo a los distintos pueblos la fabricación de moneda, en especial la de bronce de mayor difusión local. Remontando en la historia podríamos suponer que esta tradición, que se traduce en una riqueza y diversidad numismática autóctona sin parangón, se inició en la región de Ampurias, extendiéndose hacia el interior del valle del Ebro y hacia la Celtiberia, siendo los primeros maestros acuñadores griegos cuyo estilo y arte se fue transmitiendo de generación en generación, extendiéndose al fin por toda la geografía peninsular.
Fin de las acuñaciones indígenas, acuñaciones romanas. Uno de los acontecimientos históricos que pone fin a las acuñaciones indígenas es la batalla de Munda (17 de marzo del 45 a.C.) donde César vence a los ejércitos de Cneo Pompeyo; posteriormente y antes de su regreso a Roma, César reorganiza la administración en Hispania cesando las emisiones indígenas. Las más de 100 cecas autóctonas de la Península que emiten hasta ese momento quedan reducidas a comienzos del Imperio a 23 en tiempo de Octavio y 24 bajo Tiberio. Con el emperador Calígula el número de cecas se reduce a ocho y ya en el reinado de Claudio sólo Ebusus acuña con motivos autóctonos. De las poblaciones citadas como emisoras autóctonas, Osca (antigua Bolscan) emite bajo Octavio, Tiberio y Calígula mientras que Turiasu lo hace durante el reinado de los dos primeros emperadores y Cascantum bajo Tiberio (33-35). Con posterioridad. Tarraco acuña bajo Galba (68-69 d.c.) (éste fue proclamado emperador por las tropas cuando se encontraba como gobernador de la Tarraconense a la muerte de Nerón) y Vitelio (69 d.c.) y salvo una silicuna acuñada en Barcelona (Barcino) por Máximo (409-411) no vuelve a emitirse en la península moneda con caracteres propios. Durante el alto imperio se produce una circulación de moneda romana como lo atestiguan hallazgos ocasionales de monedas en diferentes lugares (bronces de Claudio, Vitelio, Faustina la joven y Antonio Pío en Irún, etc...). Ya en el siglo III con la invasión franco-alemana del 275 que penetra en Navarra por el Pirineo occidental, se produce un fenómeno de tesaurización que da como resultado los tesorillos de Sangüesa con 2.000 piezas de Gordiano Pío y Póstumo o el de Liédena con 105 denarios de los cuales casi la mitad son de Galieno.
La moneda medieval. El reino de Navarra. Al finalizar el Imperio Romano y bajo influencia visigoda, no se conocen acuñaciones en el territorio de Euskal Herria y ya en el siglo VIII la influencia carolingia por el norte y, musulmana por el sur, hacen que circulen ambos numerarios. En el 756 el príncipe Omeya Abderrahaman I se declara independiente de los Califas de oriente acuñando plata y cobre en Al Andalus. De la circulación de esta moneda nos da fe el tesorillo de Dirhems de San Andrés de Ordoiz (Estella) que contiene 205 monedas de plata acuñadas en Al Andalus entre el 782 y el 884. Los «Baskunes» como eran denominados en los textos árabes, palabra que ya vimos aparecía en las leyendas de las monedas prerromanas, se encontraban entre dos culturas, la Europa carolingia que se extendió por Cataluña, y la musulmana que abarcaba el sur de Euskalherria y así por ejemplo Pamplona sufre vaivenes entre estas dos tendencias opuestas y fruto de este conflicto será el surgimiento del reino de Pamplona en directa conexión, al menos al principio, con los Banu Quasi de Tudela. Durante varios siglos no se dan acuñaciones de monedas y es en el siglo XI cuando comienzan a emitirse bajo los reyes de Navarra. Conviene señalar antes de abordar el tema, la gran confusión, desconocimiento y a veces controversia que existe sobre estas monedas en muchos casos de atribución incierta. Los motivos en el reverso son en principio el árbol crucífero, representado como un arbusto de dos ramas simétricas de cuyo tronco surge la cruz y que se ve en las monedas episcopales gerundenses de influencia carolingia del siglo X. El estilo de estas primeras acuñaciones sigue pues la influencia de las acuñaciones carolingias iniciadas por Carlomagno en Cataluña. La primera moneda medieval navarra (81) pertenece a Sancho III el Mayor (1000-1035) y presenta en el anverso el busto del monarca con la leyenda Imperator y en el reverso el árbol crucífero y Naiara. Sólo se conoce un ejemplar de este dinero de vellón con un peso relativamente alto (1,5 g.) para este tipo de monedas. Probablemente fue acuñada en Nájera, entonces «sedis regia» como la califican documentos de Sancho el Mayor. Fue Heiss quien atribuyó esta moneda a Sancho III aunque posteriormente Gil Farres la considera de Alfonso VII, lo cual generó una cierta polémica que pervive en la actualidad. Es importante destacar lo poco que ha progresado la numismática navarra medieval desde que Heiss hace más de un siglo sistematizó la moneda medieval. Si bien hay que reconocer el indudable valor de esta obra, la catalogación de la moneda se encuentra «compartimentizada» en reinos y es en el momento actual, en la década de los 80 y al establecer relaciones con la moneda aragonesa, cuando se está avanzando en el conocimiento de la moneda navarra. Otro factor importante es la falta de numerario, en muchos casos como en el que acabamos de mencionar se conoce un único ejemplar y en la mayor parte de las ocasiones tan sólo se conservan unos pocos ejemplares, debido por una parte a las adversas condiciones climatológicas para la conservación de los metales (finas láminas de aleación de cobre y plata) y por otra a la escasa cantidad de moneda emitida hasta el siglo XIV y podemos pensar que como ocurrió en otros reinos circulase la moneda árabe, de buena calidad, siendo también frecuente el pago en grano. De García III (1035-1045) se conocen muy pocos ejemplares (82) que presentan tipos similares a los de Sancho el Mayor. A Sancho IV (1054-1076) se habían atribuido las monedas con leyenda en arco (89-90) si bien recientemente se le asigna la de leyenda horizontal (83). Mientras que Sancho Ramírez (1076-1094) acuñó numerosa moneda en Aragón, son raras las piezas navarras que presentan dos tipos diferentes en el reverso, con árbol crucífero y leyenda Navar siguiendo la tradición de monarcas anteriores (84) o con cruz (85) y leyenda Aragonensi. A Alfonso el Batallador (1104-1134) se ha atribuido recientemente (en 1986) para Navarra la moneda que como en el caso anterior presenta la cruz y la leyenda Aragonensis (86). De García IV el Restaurador (1134-1150) también aparecen dos tipos de cruz (87) supuestamente acuñados en Tudela y de árbol crucífero (88) en Pamplona. Las monedas de dinero de vellón y óbolo (89-90) de Sancho VI el Sabio (1156-1194) fueron atribuidas por Heiss a Sancho IV y así se han mantenido en la mayor parte de los catálogos numismáticos recientes si bien Poey d'Avant, también en el siglo pasado, los asigna a Sancho VI. Estas monedas presentan una variada tipología en anversos y reversos. Las monedas acuñadas por los diferentes reyes Sanchos se mencionan en documentos de 1117 como «sueldos sanchetes», el nombre de «sanchete» se aplicó por extensión a los dineros circulantes hasta el siglo XIII. En esta época el sistema monetario está basado en el dinero de plata que frecuentemente degenera por adición de cobre, a vellón. La equivalencia de estas monedas es 1 libra = 20 sueldos y un sueldo = 12 dineros. Con Sancho VI desaparece en la moneda navarra el «arbor ad modum floris» del reverso, conservándose aún el perfil esquematizado del monarca en el anverso. Antes de proseguir con las monedas de los reyes de Navarra, comentaremos una interesante moneda musulmana acuñada en Tudela hacia 1047 por Alhachib Mondir, tercer hijo de Suleiman y contemporáneo del rey García Sánchez II de Navarra. De confirmarse la teoría de que Sancho VI fue el primer monarca navarro que acuñó moneda, la primera emisión medieval de Euskal Herria sería un Dirhem musulmán. Ya comentamos la controversia existente en torno a las probables emisiones de Sancho el Sabio y en el cambio de siglo Sancho VII el Fuerte (1197-1234) acuña dineros y óbolos en cuyo reverso figura la luna creciente y estrella, correspondientes a las armas del burgo de San Saturnino en Pamplona (91-92). Es en esta época cuando se produce la incorporación de Vizcaya, Alava y Guipúzcoa a la corona de Castilla y desde entonces será el numerario castellano, a partir de Alfonso VIII es que circulará en estas provincias que carecieron de cecas propias. Es interesante señalar que la costumbre establecía el que cada monarca pudiera emitir tan sólo una moneda en su reinado, moneda que se retiraba al fallecer, debiendo estar ya preparadas las del siguiente rey para el mismo día de la coronación. Solamente bajo circunstancias excepcionales podía el rey proceder a nuevas emisiones. Esta costumbre que se mantiene hasta mediados del s. XIV hace que sean muy raras las monedas existentes en la actualidad, aparte que al utilizar en su confección aleaciones con cobre (vellón) y su pequeño grosor unido a las desfavorables condiciones climáticas, no propician su conservación. Algo más frecuentes son las monedas de la casa de los Condes de Champagne con acuñaciones de Teobaldo I (1234-1253) (93), Teobaldo II (1253-1270) (94-94') y Juana I (1274-1284) (95-95'). Lo más destacable en estas acuñaciones es la desaparición de la figura del monarca, que es sustituida en el anverso por una cruz, mientras que en el reverso figura un castillo de tres torres y luna creciente, que en Teobaldo I, tanto en dineros como en óbolos, conserva la estrella como en la moneda de Sancho VII.
Nueva política monetaria: Carlos II de Navarra «el malo». La numismática navarra tiene en Carlos II «el malo» su máximo exponente y uno de los hechos más relevantes es la acuñación de oro como patrón monetario, hecho que se había iniciado en Génova y Florencia un siglo antes (en 1252) como consecuencia, por una parte, de la apertura del Mar Negro a los italianos y también debido a las importaciones de este metal de Oriente a cambio de mercancías. Se ha aducido también como causa de la nueva difusión de este metal precioso el creciente poder de la burguesía frente a la nobleza y por supuesto la mayor relación comercial entre diferentes estados. En la Península, después de los visigodos que acuñaron sobre todo sueldos y trientes áureos, los musulmanes emitieron magníficos dinares y doblas que eran moneda común en los reinos cristianos; también la plata tuvo imitadores y en el siglo XIII fue muy frecuente por parte de los cristianos la acuñación de semidirhem almohades de forma cuadrada. Esta moneda denominada millarés respondía tanto al prestigio de la moneda musulmana en la época como a las exigencias comerciales. Volviendo a la utilización del oro en los primeros reinos cristianos, tanto Berenguer Ramón I (1018) como Ramón Berenguer I (1035-1076) condes de Barcelona, acuñaron Mancusos de oro a imitación de las monedas califales y con leyendas árabes; Sancho V Ramírez de Navarra acuñó en Aragón moneda de oro de tipología similar a la de sus dineros y por último destacar la primera moneda de oro acuñada en Castilla y que tendría bastante difusión: las doblas de Alfonso VIII con leyendas árabes de frases de contenido cristiano. También Fernando II de León (1157-1188) acuña morabentinos (maravedís) ya con escritura normal. Durante algún tiempo coexisten dos sistemas monetarios diferentes que son el maravedí de 3,899 g. de peso y la dobla con 4,6 g. , y es Alfonso X de Castilla y León (1252-1284) quien implanta el maravedí de plata. Bajo el turbulento reinado de Carlos II de Navarra se emiten numerosas monedas, en oro escudos, reales y florines, en plata gruesos, medios gruesos y sueldos y en vellón dobles blancas, blancas, dobles dineros, dineros y óbolos. El escudo de oro (96) con la figura del rey sentado es del tipo de los «Florenus ad cathedram» de Felipe IV de Francia (1285-1314), la figura del monarca sentado ya aparece en las monedas de oro de Felipe III de Francia (12701285) así como en las de los reyes de Mallorca Jaime II (1276-1311), Sancho (1311-1324) y Pedro I (1343-1387). En cuanto al real (97) donde aparece la figura real de pie, se basa en los tipos acuñados en Francia por Carlos IV (13221328). La tercera moneda de oro acuñada por el monarca navarro (al menos de las que hoy en día conocemos) es el florín. Esta moneda europea apareció en 1252 en Florencia y presenta en el anverso el busto de San Juan y en el reverso la flor de lis y en un principio equivalía a 240 dineros. Debido a la bondad de su ley y al mantenimiento de su peso el florín se convirtió rápidamente en la moneda internacional por excelencia y fue acuñada por Pedro IV de Aragón en Perpiñan, Zaragoza, Valencia, Barcelona y Tortosa. Hacia 1356 Carlos II acuña florines y en 1377 manda acuñar coronas de oro de 23 kilates que a los dos años son rebajadas a 22. El único ejemplar conocido, y que perteneció a la colección del conde de Ezpeleta, se encuentra en la actualidad en el Instituto Valencia de Don Juan de Madrid. Uno de los hallazgos más importantes de florines, compuesto por 117 monedas de oro y que fue adquirido en 1941 por el Museo Arqueológico Nacional, se halló en Pamplona, en un edificio mudéjar del s. XIV de la calle de la Merced. La mayor parte de las piezas, 93, son florines de Pedro III de Aragón (1335-1387). Mayor es la proliferación de monedas de plata llamadas gruesos (equivalentes al real) (99-102) de diferentes tipos, en un caso con la figura del monarca de frente, en el anverso, y otros con corona o cruz con leyenda. Aparecen por vez primera las cadenas del escudo de Navarra (101) y también el castillo tornés (102) con una clarísima influencia francesa inspirada en el famoso «gros tornés» acuñado por San Luis de Francia (1226-1270) llevando en muchos casos las flores de lis en el entorno (99, 106 y 107). Van produciéndose bajo el reinado de Carlos II numerosas acuñaciones de calidad cada vez más baja hasta llegar a los denominados dineros carlines de ínfima ley y que llegaron a quedar sin curso. Tal era la diversidad de monedas y la especulación, que las Cortes tuvieron que intervenir en varias ocasiones, acordando, por ejemplo, en 1350 que 12 dineros carlines blancos equivalían a 22 dineros negros. De vez en cuando era necesario volver a emitir moneda de calidad y así en 1384 se acuñan carlines prietos de buena ley. Estos continuos cambios producían pingües beneficios a la corona al mantenerse artificialmente dentro de Navarra la sobrevaloración de la moneda con respecto a otros reinos, pero en contrapartida deterioraron totalmente el prestigio de la moneda navarra. Durante el tiempo que Carlos II estuvo prisionero en París (1356-7) su hermano Felipe III de Longueville acuñó monedas de vellón (113) (blancas), similares a los gruesos emitidos después de 1349 por Felipe VI de Francia. Tal era la anarquía monetaria al finalizar el reinado de Carlos II que las Cortes de Navarra hicieron donativo a su hijo y sucesor Carlos III el Noble de la cantidad de 30.000 florines a cambio de que no emitiera nueva moneda, como así ocurrió.
Ocaso del reino de Navarra. La boda de Blanca de Navarra con Juan II de Aragón inicia el proceso de descomposición del Reino y bajo su mandato se acuñan gruesos de plata (116-117) y dineros de vellón (116-117). A la muerte de D.ª Blanca acaecida en 1441 el heredero legítimo de la corona era D. Carlos, Príncipe de Viana, pero por una parte la carencia de dotes de mando del heredero unido a la ambición de Juan II conducen a que en 1441 D. Carlos sea nombrado «Lugarteniente general del Reino», cargo que es aceptado por el Príncipe de Viana, aun reconociendo que el mismo es «en perjuicio del derecho de propiedad que tenía del reino». A partir de 1444 comienzan las ingerencias de D. Juan, que va progresivamente desplazando al Príncipe de Viana y a sus colaboradores provocando enfrentamientos donde intervienen otros reinos de uno u otro bando. Juan II (II de Aragón) acuña moneda de oro: escudos y medios escudos (118-119), de plata: gruesos y medios gruesos (120-124) y de vellón: blancas, dineros y óbolos (125-128), mientras que el Príncipe de Viana a su vez acuña durante el levantamiento de 1455 unas interesantes monedas: gruesos, medios gruesos, cornados y medios cornados con la leyenda de: «Kartus d propietarius Navr». Estas monedas hasta hace poco eran atribuidas a Carlos II «el Malo». Como anécdota, Juan II bate los records en numismática con la dobla de 50 doblas acuñada en Sevilla con un peso de ¡230 gr. de oro! De Leonor I y Gastón de Foix (1462-1479) no se conoce moneda y del breve reinado del joven Francisco I Febo se conocen medio escudo de oro (132) y blancas (133). Desde 1483 a 1512 en que se produce la incorporación a la corona de Castilla y León, Catalina I y Juan de Albret acuñaron escudos (134-136), medio escudo (137-138), gruesos (139), blancas y medias blancas de vellón (140-143). En 1498 las Cortes de Navarra piden al Rey la supresión de los ducados de oro al estar a un precio muy elevado y no ser aceptados por otros reinos y en 1504 se pide el cierre de la casa de Moneda por la baja calidad de las acuñaciones (hecho que como vimos tiene antecedentes en Carlos II «el Malo»): «quedamos escandalizados de las cosas que se dicen en los reinos circunvecinos de la moneda que V. A. baten...».
Incorporación de Navarra a la corona de Castilla. Con Fernando el Católico se introducen en la moneda iniciales o marcas con el fin de conocer la ceca para «si alguna moneda de oro o plata está falta de peso o de ley, se sepa quien es el ensayador que la labró». A partir de este momento los sucesivos reyes de Castilla y Aragón lo serán también de Navarra manteniendo el numeral de la casa de Navarra, así Carlos I de Castilla es IV de Navarra, Felipe II es IV de Navarra, etc... En unos casos se mantendrá esta norma y en otros figurará sólo el numeral castellano en las acuñaciones navarras. Bajo el reinado de Fernando el Católico se acuñan en oro cuádruples reales de 16 g. (144), doblones de 7 g. (145) y reales de oro de 3,5 g. (146) así como reales de plata, relativamente frecuentes, de varios tipos (147), medios reales (148), cornados (149) y medios cornados. Bajo Carlos I (IV de Navarra) siguen acuñándose los mismos doblones de oro y reales de plata donde figura el nombre de Fernando pero apareciendo en anverso y reverso y en anverso respectivamente las letras K.K. coronadas (150-151). También son atribuidos a este monarca cornados o dineros (152). Con Felipe III (V de Navarra) (1598-1621) desaparece el vellón (aleación de plata y cobre) acuñándose monedas de cobre: ochavos o 4 cornados (153-154) y cornados (155-156). Hasta este momento además de la moneda navarra y castellana, circulaban gran cantidad de blancas y cornados franceses llamados «banquetas» y las Cortes proponen y consiguen la eliminación de esta moneda lo que se compensa con abundante amonedación en tiempo de Felipe III (V de Navarra). Bajo este monarca son abundantes las acuñaciones, quizás algunas de ellas producidas en cecas fuera del Reino, y lo más significativo en esta época son los frecuentes contrafueros producidos al figurar en las monedas la leyenda de «Castelle et Navarrae» lo cual es motivo de protestas en el Reino. Parece ser que precisamente debido a estas reclamaciones se acuñan las mejores piezas de la numismática navarra como es el caso del «cicuentín» (164) con valor de 50 reales y 175 g. de peso de los que en la actualidad se conocen cuatro ejemplares. Estas piezas son fundidas en vez de acuñadas (aun existiendo los troqueles para su acuñación). Bajo Felipe IV se acuñan monedas de oro de ocho escudos (162) y cuatro escudos (163) y en plata además del cicuentín antes reseñado, la polémica moneda de ocho reales (165), de cuatro reales (166), de dos reales (167-168), real (169) y medio real (170), estas últimas con la leyenda que alude a Castilla origen de fuertes protestas. En cuanto a las acuñaciones en cobre, se emiten ochavos de cuatro cornados (171-173) y de dos (174), cuartos (172) y cornados (175-176). Las fuertes oscilaciones económicas acaecidas bajo el reinado de Felipe IV y que se traducen en frecuentes cambios de valor, conseguido mediante resellos y nuevas acuñaciones, quedan reflejadas en la diversa amonedación producida en Navarra en esta época. Contrasta la variedad, riqueza y a veces belleza de las monedas de Felipe IV con las de su sucesor Carlos II (V de Navarra) de quien conocemos alguna muy rara pieza de cornado (177). Bajo Felipe V (VII de Navarra) se acuñan maravedís de un característico contorno octogonal (178-179) y Fernando VI (II de Navarra) sigue emitiendo maravedís octogonales (180-181) y cornados cuadrados (182). En esta época, Navarra padece de una falta de numerario argenteo debido a la exportación de moneda de plata que se produce hacia Francia. Carlos III (II de Navarra) sigue la acuñación de maravedís (183) y tomados ( 184) mientras que tan sólo conocemos maravedís ( 185) de Carlos IV (VII de Navarra). La numismática navarra se revitaliza con las abundantes acuñaciones de Fernando VII (III de Navarra) quien emite piezas de seis maravedís o seisenas (186-187), de tres o tresenas (188-190), de un maravedí (191-193) y cornados redondos (194) y cuadrados (195). Bajo el reinado de Isabel II (I de Navarra) y en medio de las visicitudes de las guerras carlistas se emite en Pamplona la última moneda fundida de ocho maravedíes (197-198) que ya no lleva ni leyenda ni escudo alusivo al reino de Navarra y es en 1835 cuando finaliza la historia numismática del viejo Reino, iniciada en el siglo XI y que desaparece en aras del centralismo económico que llega hasta nuestros días.
Monedas de Baja Navarra. Menos conocidas pero muy interesantes son las monedas acuñadas en el transcurso del siglo XVI en el reino de Navarra (Baja Navarra). En 1512 Fernando de Aragón invade y se apodera de toda Navarra y en 1521 Enrique II de Albret, hijo de Catalina I y Juan de Albret, reyes de Navarra, con una armada franco bearnesa invade y recupera todo el territorio del reino, pero en julio de ese mismo año tiene que renunciar a su reconquista. En 1530 recupera la Baja Navarra acuñando escudos de oro (198-199), docenas y ochavos (200-204). Su hija y sucesora, Juana de Albret, acuña junto con su marido, Antonio de Borbón, entre 1555 y 1562, diversas monedas de plata (205) y de vellón (206-213) y sola, a la muerte de su esposo entre los grandes avatares de las guerras religiosas de la época, acuña entre 1562 y 1572 escudos fuertes (217), escudos (215, 216, 218) y medios escudos de oro (214) así como festones de plata (219-222) y fracciones de escudo (223). Enrique III de Navarra, II de Bearn y que llegaría a ser IV de Francia, primero de la dinastía de los Borbones, hijo de Juana de Albret y Antonio de Borbón, reinó a la muerte de su madre en 1572 acuñando numerosas monedas en Navarra (224-246) hasta su proclamación como rey de Francia en 1594. Un hecho a destacar es la utilización en las monedas salvo excepciones (241, 242, 245) del numeral bearnés, es decir, Enrique II en vez de III que es el que le corresponde en Navarra, posiblemente hace omisión de Enrique I (1270-1274) hermano y sucesor de Teobaldo II, considerándose segundo de la casa de Albret (su abuelo Enrique II no utilizó numeral en las monedas). Esta gran producción monetaria en un reino tan pequeño es fruto de las visicitudes debidas a las guerras civiles del siglo XVI y tras la subida al trono de Francia de Enrique II de Navarra, puede decirse que finaliza la historia numismática de Baja Navarra, si bien en las monedas francesas permanece la denominación de Francia y Navarra hasta el siglo XVIII y sigue fabricando moneda la ceca de Bayona, mientras que el escudo de las cadenas figura en numerosas monedas de plata y sobre todo de oro de los monarcas franceses a igual tamaño que la flor de lis, símbolo de la monarquía francesa. Desde Enrique IV hasta Luis XV de Francia y IV de Navarra se siguen acuñando escudos de Navarra y fracciones (1/2, 1/4, 1/6, 1/8, 1/10 y 1/12) aunque a diferencia de los monarcas españoles utilizan siempre el numeral francés. En la actualidad asistimos al proceso de pérdida del recuerdo histórico de la moneda autóctona, desaparecen palabras tan arraigadas como «real» y «ochena», denominaciones mantenidas durante siglos, pero como contrapartida podemos señalar cómo, por ejemplo en los testamentos que hoy en día se redactan en Navarra, aún se conserva la denominación de «dinero feble o carlín» alusión a las monedas que bajas de ley circulaban en tiempos de Carlos el Malo, de aquí su denominación de «carlines». Quedan muchas lagunas en nuestra numismática, tanto antigua como media y moderna y de muchas monedas tan sólo se conocen un escaso número de ejemplares; a veces son piezas únicas y en ocasiones por documentación histórica conservada se sabe que existió un determinado tipo de moneda que aún no ha sido encontrada. Los dineros y óbolos medievales de Navarra presentan un tamaño y espesor tan reducido que su supervivencia, en una climatología desfavorable a la conservación de metales como es la nuestra, resulta prácticamente milagrosa. Por tanto, en este campo aún queda mucho camino por recorrer si bien en los últimos tiempos asistimos a un nacimiento de trabajos científicos y bien documentados que poco a poco van despejando algunas de las muchas dudas que existen hoy en día. Por esta razón las atribuciones de las monedas que figuran en el presente trabajo, por ejemplo el caso de los «sanchetes» medievales, se verá modificada en los próximos años según se vayan consolidando nuevas hipótesis debidamente documentadas con estudios estadísticos de los tipos y variantes de las monedas conocidas.
Monedas extranjeras. La gran heterogeneidad en las amonedaciones medievales generaba serios problemas en el cambio de moneda en ciudades y puertos que -como Bayona- servían de paso en rutas comerciales entre diferentes países. Esta complejidad monetaria se pone de manifiesto en la siguiente cita de Duceré y así se justifica la adopción del florín como moneda europea: El comercio extendido que hacía Bayona, traía una gran cantidad de monedas extranjeras; he aquí las principales. Con el fin de no extendernos demasiado, tomaremos solamente el año 1393: Libro de Bayona, escudo de Tolosa, dobles marroquines, florines del papa, florines de Aragón, dobles de Don Alfonso de Castilla, fuerte de Guyena, noble del ducado de Guyena, real viejo de Francia, noble inglés en nave, escudo del duque Alberto, florín del Papa, doble de Castilla del rey don Pedro, franco viejo, corderuelo de oro viejo de Francia, ducados, león de Castilla del rey Alfonso, escudo viejo de Francia, franco a caballo del rey Jean de Francia, cordero de Francia, escudo del conde de Flandes, escudo con águila marroquín con tres rayas, franco a pie, becerra florida de la reina de Sicilia, escudo del duque de Borgoña, florín de Portugal, escudo de Brabante, florín de Tolosa, florín de Bearne, florín nuevo del papa Clemente, florín de Alemania, pieza de oro del emperador florín de Siena, florín del papa Gregorio XI con una cruz, florín a pie de Portugal, leopardos de Guyena, noble a caballo del rey Enrique, pequeños florines de Grecia, florines de Saboya, dobles en nave del duque de Borgoña, ángel de oro del rey Felipe de Francia, franco de la reina Juana de Suecia, franco del rey Luis de Sicilia, escudo viejo del rey Eduardo de Inglaterra. Paramos aquí esta nomenclatura que sería fácil de aumentar, siendo tan variadas y diversas las monedas que entraban en los cofres de los cambiadores de Bayona. Ref. Edouard Duceré: Dictionnaire historique de Bayonne, 2 vols, Bayonne, 1911-1915.
Acuñaciones modernas. En Euskal Herria y posteriores a las monedas fundidas de Isabel II de la ceca de Pamplona, se acuñó en 1875 el famoso «duro de Oñate», moneda de Carlos VII (pretendiente a la corona) en plata y cobre que circuló con valor de cinco pesetas; curiosamente las demás monedas de Carlos VII de 5, 10, 50 céntimos y cinco pesetas acuñadas en el transcurso de la tercera guerra carlista lo fueron en París y Bruselas. Las últimas monedas autóctonas son las acuñadas por el Gobierno de Euzkadi en 1937 en Bélgica, donde se fabricaron siete millones de monedas de peseta y seis millones de dos pesetas. Aunque con otros destinos, en 1937 se acuñaron en Guernica 50.000 piezas de una peseta para el Consejo de Asturias y León y en el mismo año en Bilbao 80.000 piezas de cincuenta céntimos y 100.000 de peseta para el Consejo de Santander, Palencia y Burgos.
Papel moneda - Billetes. La palabra billete deriva del latín «billa» que equivale a cédula; el billete de banco es pagadero en moneda metálica y de aquí la expresión «pagará al portador» que hasta hace poco figuraba en los billetes. El papel moneda o billete apareció en el siglo VII de nuestra Era en China aunque hasta el siglo XVII no fue utilizado en Europa. El 2 de junio de 1782 se crea el Banco Nacional de San Carlos que emite por vez primera «cédulas» firmadas y numeradas a mano en marzo de 1783. Las series de mejor acogida en Madrid fueron las de 200, 500 y 1.000 reales. En Euskal Herria el Banco de Bilbao es el primero en emitir en 1857 cédulas por valor de tres millones de reales y en 1863 le sigue el banco de San Sebastián que emite por valor de seis millones de reales. En 1864 los bancos de Pamplona y Vitoria emiten respectivamente un millón trescientos mil y cuatro millones cien mil reales. Estos tres últimos bancos se fusionan con el Banco de España en 1874 mientras que el de Bilbao continúa su actividad comercial aunque recoge sus billetes. Durante la segunda guerra carlista se emiten en Bayona Bonos del Tesoro de la Real Hacienda con la fórmula de: «reintegrables como deuda preferente por el Tesoro público en los cinco primeros años de la. pacificación del reino». Durante la última guerra civil y al quedar el norte de España aislado de la zona republicana, la junta de defensa de Vizcaya dispone la emisión de talones, emisión refrendada por el Gobierno de Euzkadi en decreto del 21 de octubre de 1936. En enero de 1937 se procede a la emisión de billetes de 5, 10, 25, 50, 100, 500 y 1.000 pesetas que presentan el mismo anverso y diferentes motivos en el reverso. Algunos ejemplares llevan en violeta el sello del Gobierno de Euzkadi y también existen resellos en rojo de la delegación de hacienda del Gobierno de Euzkadi en Cataluña.
  • Álvarez Burgos, F., 1979, Catálogo general de la moneda hispánica desde sus orígenes hasta el siglo V. Ed. J. Vico 248 pp.
  • Álvarez Burgos F., V. Ramón Benedito & V. Ramón Pérez 1980, Catálogo general de la moneda medieval Hispano Cristiana. Ed. J. Vico 248 pp.
  • Beltran, D., 1987, Nota sobre las acuñaciones Ibéricas en Navarra , Príncipe de Viana Anejo 7: 339-348.
  • Cayon J. R. & C. Castan 1983; Las monedas españolas desde los reyes visigodos (año 406) a Juan Carlos I Ed. Castan-Cayon 930 pp.
  • Ciani L., 1926; Les monnaies royales françaises de Hugues Capet a Louis XVI. 502 pp.
  • Crusafont M., 1980; Las monedes del Princep de Viana. II Simposi Numismátic. Barcelona: 117-128.
  • Crusafont M. 1982, Numismática de la corona catalano-aragonesa medieval (785-1516). Ed. Vico 444 pp.
  • Crusafont, M. y J. M. Balaguer, 1986: La numismática Navarro-aragonesa alto medieval, "Gaceta Numismática", 81, 35-66.
  • Dasi T., 1953, Algunas clasificaciones de los reales de Fernando el Católico acuñados en Navarra. Numisma 7: 57-66.
  • Domingo L., 1978, Emisiones de D. Carlos de Aragón, príncipe de Viana. Numisma (1978): 150155.
  • Domínguez A., 1979, Las cecas ibéricas del Valle del Ebro. Inst. Fernando el Católico, 398 pp.
  • Gil Farres O., 1955, Estudio crítico de las primitivas acuñaciones navarras y aragonesas. Numisma 14.
  • Gil Farres O., 1966, La moneda hispánica en la edad antigua. Ed. Gil Farres 584 pp.
  • Gil Farres O. , 1974, Historia universal de la moneda. Ed. Prensa Española 288 pp.
  • Guadan A. M. de, 1979, Las armas en la moneda ibérica. Ed. Cuadernos de numismática 102 pp.
  • Guadan A. M. de., 1980, La moneda ibérica. Ed. Cuadernos de numismática 358 pp.
  • Heiss, A., 1867-1869; Descripción de las monedas hispano cristianas desde la invasión de los árabes. 3 vols.
  • Ibáñez M., 1989, La moneda en el área vascona durante el período de romanización. Bilduma 3: 171-183.
  • Ibáñez M., J. Bergua y J. Lizarraga, 1988. Notas de numismática navarra: Tipología de las monedas de Sancho VI y Teobaldo I, reyes de Navarra. Bol. R. Soc. Basc. Amigos del País 64 (3/4): 511-523.
  • Labe L. F., 1987, Las cecas ibéricas en Navarra. Príncipe de Viana. Anejo 7; 447-451.
  • Lizarraga, J., 1988, En qué fecha mandó batir moneda el Príncipe de Viana. Gaceta Numismática 90: 41-47.
  • Lizarraga J., 1978, La moneda navarra contra las reclamaciones históricas. Punto y Hora 30-34: 25-28.
  • Magerit, 1981, Catálogo de subasta 6-X-81pp. 33-35.
  • Marín de la Salud J., 1975, La moneda navarra y su documentación 1513-1838. Ed. Flores 474 pp.
  • Mateu y Llopis F., 1950, El hallazgo de "pennies" ingleses en Roncesvalles. Príncipe de Viana 40141: 201-210.
  • Mateu y Llopis F., 1969, El "arbor ad modum floris" en dineros de Cataluña, Navarra, Aragón y Valencia, s. X-XIII. Príncipe de Viana 116/1117: 245-254.
  • Navascués J. de., 1957, Revisión del tesorillo de dirhams de San Andrés de Ordoiz, Estella (Navarra), Príncipe de Viana 66: 9-37 .
  • Numinter, 1981, Catálogo de subasta extraordinaria de primavera pp. 18-19.
  • Poey d'Avant F., 1860, Monnaies Féodales de France 2.º vol. 416 pp.
  • Ruiz F. & J. Alentorn, 1974, Catálogo del papel moneda español, 367 pp.
  • Villaronga L., 1979, Numismática antigua de Hispania Ed. CYMYS, 350 pp.
Miguel IBÁÑEZ ARTICA