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Carnaval de Lantz

Lantz es un pequeño pueblo situado en el valle navarro de Ultzama, donde el olor a leña quemada, en invierno, y el ganado que pasta por sus alrededores a lo largo del año, nos ayuda a concebir un lugar sin polución y un respirar sano.

La vida de esta pequeña población cambia radicalmente durante los tres días de Carnaval. Lugar al que se acercan curiosos, turistas, investigadores, periodistas y del mundo de la enseñanza para conocer de primera mano uno de los Carnavales más afamados por su sentido mediático.

Uno de los primeros testimonios escritos sobre este Carnaval es el texto de V. Alford, en 1931. Se centra única y exclusivamente en el Zaldiko del que dice le pegan un tiro matándole.

Antes de la Guerra Civil y de las posteriores prohibiciones gubernamentales, el domingo anterior al Domingo de Carnaval salían los niños disfrazados. Prohibiciones que se fueron sucediendo desde el inicio del siglo XX hasta 1945, de forma continuada y persistente, pero que, sin embargo, no pudieron acallar la voz de sus habitantes.

Las primeras noticias, importantes que poseemos, son testimonios escritos como el de Iribarren en 1944. El cual nos ofrece un detalle de gran valor histórico. En dicho trabajo aparecen unas fotografías que amplían el contenido textual.

Veinte años después, en 1964, Pío Caro Baroja y su hermano Julio, con el ánimo de preparar un documental sobre la fiesta, dentro del proyecto "El año del pueblo. Documentales folklóricos de España", se acercaron al pueblo para intentar recrear el Carnaval, ya dejado de hacer, al menos tantos años como la anterior vez en la que estuvo presente Iribarren.

Ambos hermanos, en aquel momento, reunieron a los ancianos y a los adultos que habían participado por última vez. A su lado, los jóvenes del pueblo que, al parecer, nunca habían visto la celebración y que, según nos cuenta Pío, ofrecieron, en un principio, algo de resistencia a la hora de realizar los actos.

Después de insistir, y convencer, a los jóvenes para participar, las diferentes escenas se fueron superponiendo y la película fue filmada, quedando plásticamente como recuerdo de dicha representación. Además, este evento tuvo tanta repercusión en la localidad, que a partir de entonces, se volvió a realizar el Carnaval a pesar de las prohibiciones y hoy ha llegado hasta nosotros para convertirse en Bien Inmaterial de Interés Cultural de Nafarroa.

Desde los años sesenta, concretamente 1964, con pequeñas variaciones y alguna que otra interrupción, se celebra el Carnaval, después de un largo período de prohibición. Son tres días en los que los participantes de este curioso cortejo realizan un paseo callejero para finalizar en la plaza danzando a los sones del txistu y atabal.

La fiesta comienza el domingo. En este día son los niños y niñas que, disfrazados recorren el centro del pueblo haciendo su particular exhibición, manteniendo recorrido, disfraces y personajes, al igual que lo hacen los mayores en los dos siguientes días.

Uno de los actos que no se tienen en cuenta es la cuestación, prácticamente perdida, que se realiza el Domingo de Carnaval, Igande Iyotia, por la tarde. En la misma se recogían huevos, longanizas y otros productos.

El Lunes de Carnaval, Astelehen Iyotia, desde primeras horas se ve animación por las calles. Los vehículos de todo tipo que han transportado a ikastolak, colegios, colectivos varios e individuales, cámara en ristre, se preparan delante de la taberna para ver la salida del cortejo.

De mientras, un joven ayudado por varios hombres, se va preparando para vestirse de Ziripot. Dentro de la vestimenta de sacos se le va rellenando con paja. En frente y recostado sobre una de las gruesas paredes de la posada u ostatu, se encuentra el gigante Miel Otxin, construido recientemente y tocando uno de los aleros, debido a su altura, como si esperara con impaciencia su salida.

Por si acaso, los txatxos van incitando a la gente para que salga del edificio, mientras intentan sacar fotografías del momento en que visten a Ziripot. Esta preparación y proceso de vestirse se ha convertido con el tiempo en un ritual.

Al mediodía sale el cortejo, con los txatxos hostigando a derecha e izquierda con sus escobas. Miel Otxin es balanceado por su portador de uno a otro lado, lentamente, al ritmo que marca la música, pasacalles, interpretada por el txistulari o txistularis y atabalari. Durante muchos años fue Maurizio Elizalde, músico bien conocido en la zona y procedente del Valle de Baztan, y su compañero Félix Iriarte el "tamborrero".



En el cortejo, entre otros personajes, encontramos a Zaldiko, protagonizado por un joven, el cual se encarga de embestir constantemente al torpe Ziripot, que cae una y otra vez violentamente al suelo, y al que levantan los disfrazados con paciencia, para, casi sin respiro, volver a tocar el suelo.

Sin un orden claro en la formación se aprecia a los perratzaileak, nombre con el que son conocidos los herradores, con sus calderos humeantes y sus grandes tenazas aprisionando más de una barriga de los viandantes, público expectante, que se agolpa a ambos lados de las calles; por delante, por detrás y por todos los lados, los txatxos, en una marabunta y simbiosis extraña.

El itinerario, fijo desde hace un tiempo, recorre las principales y céntricas calles, y finaliza en la plaza, colocando a Miel Otxin en el centro, mientras los disfrazados ejecutan el conocido Zortziko. Después de la danza todos vuelven a la posada.

El Martes de Carnaval, Astearte Iyotia, vuelve a realizarse la misma operación por la mañana, siendo por la tarde cuando, de nuevo y por última vez, salen por el núcleo urbano. No obstante, en esta ocasión, Ziripot y Zaldiko ya no están presentes.

Una vez finalizado el paseo, Miel Otxin es sentenciado y ejecutado a tiros por uno de los txatxos que porta una escopeta. A continuación se prepara una hoguera en la que prenden al muñeco, o al menos parte de él, y, a su alrededor, se danza de nuevo el Zortziko. De esta forma se da por finalizada la celebración del Carnaval otro año más.

La equivalencia lingüística local de disfrazado, tal y como se ha apuntado, es el txatxo: es el más habitual entre los mozos, y desde finales del siglo XX también de las mozas. Generalmente se visten con telas arlequinadas de llamativos colores, campanillas, gorro de cartón, principalmente cónico, cuyo exterior es adornado con papeles de colores de seda. Las mantillas, pieles de animales, o telas de saco complementan el atuendo. Portan principalmente una escoba, o tridente.

Entre los personajes con disfraz observamos en la comparsa el Ziripot. Embutido en sacos, completa su vestuario con un largo palo, a modo de bastón, que le sirve para apoyar su constante balanceo, un desgastado y viejo sombrero de paja y un trapo como máscara. Antropomorfo, torpe y sin estabilidad, es embestido continuamente por Zaldiko, que también va enmascarado, con una tela de saco sobre el torso y que, a la altura de la cintura, y colgado mediante tirantes, sujeta un armazón de madera que nos recuerda, sin lugar a dudas, a otro de los caballos de nuestras tradiciones, presente en las Maskaradak: Zamaltzain.

Les acompañan los herradores, según algunas publicaciones los denominados arotzak, cuya dedicación, además de incordiar al público, se centra en herrar al nervioso Zaldiko, lo cual hacen en dos momentos determinados. Van cubiertos con telas de sacos, tocados con cestos y sombreros de paja o aros de latón, llevan calderos, tridentes, tenazas, martillos y otros instrumentos menores. Según J. M.ª Iribarren también existían las "damas" y un enjuiciamiento, previa sentencia, de un personaje que portaba un libro en sus manos.

Por último, el personaje central de la comitiva, Miel Otxin. Es un muñeco construido unos días antes y el núcleo principal sobre el que se sustenta es una horquilla de madera, la cual sirve de guía para rellenarlo con paja, vistiendo una camisa de vivos colores, un pantalón de mahón, una faja de color rojo y un gran gorro cónico, del que sobresalen papeles de colores, similar al de los txatxos. Remata el conjunto una cabeza con grandes facciones. En algunos momentos ha llevado una inscripción en la parte central del tronco que decía: "Vivan (o viva) los mozos de Lanz". Existen ciertas leyendas alrededor de su existencia que encaminan su origen a un malhechor que fue apresado. En todo momento va acompañado de los txistularis, que son los únicos componentes no enmascarados ni disfrazados, por norma, del cortejo.

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