Poetas

Basterra y Zabala, Ramón de

En una de las entradas desde la Gran Vía de dicha ciudad al parque de Doña Casilda, un busto recuerda la figura del poeta bilbaíno, a quien el Nobel de Literatura Juan Ramón Jiménez reconoció siempre su perspicacia y sentido poético, al ser Basterra el primer escritor que advirtió los mejores valores de su famoso libro Diario del poeta recién casado:

"Creo -afirmará JRJ- que, sobre todo en la segunda parte, el libro tiene verdadera profundidad. Basterra fue el primero en sentirla y me lo comunicó en carta escrita desde Italia. Los críticos, cuando el libro se publicó, no la admitieron, y otros poetas necesitaron diez años para empezar a darse cuenta".

Tanto Basterra como José Ortega y Gasset calificaron el libro más conocido de la poesía del poeta andaluz como metafísico, sin duda, en el caso de Basterra, porque apuntaba a sus preocupaciones de índole existencial. Durante una parte de su vida, y cuando volvía de sus embajadas como diplomático, Basterra residió en su casa de Plencia (Camposena de Butrón).

Sus preocupaciones existenciales no le abandonaron de por vida, lo que le llevó a poner en cuestión todo, incluso el rumbo de sus estudios. Realizó los de Derecho en las Universidades de Valladolid y Salamanca, licenciándose en este último centro en 1909. No fueron los estudios que le hubiera gustado realizar, y así se lo comunicó por carta al rector Unamuno, con quien tuvo una relación cordial. En alguna de las cartas que le envió al filósofo vasco, le expresa su desazón, al sentir que debería estudiar Letras. No obstante, terminará la carrera de Derecho, aunque no ejercerá como abogado, y, tras las oposiciones correspondientes, ingresa en el Cuerpo Diplomático (1915).

Parte de inmediato para la embajada de España en el Estado Vaticano, en donde permanece hasta 1917. El nueve de octubre de este año fue recibido en audiencia por el Papa, quien le nombra Caballero de la Orden de San Gregorio el Magno. La estancia en Roma le procura un ambiente en el que Basterra refuerza sus convicciones religiosas, al tiempo que amplia su ideario de ribetes imperiales. En la estancia en la representación diplomática coincidió con otros dos vascos, Fermín Calbetón Blanchón (embajador) y Pablo Churruca. La carrera diplomática le permitiría conocer gentes y pensamientos distintos en toda Europa, a donde había viajado con estancias duraderas, nada más terminar la carrera, deseoso de completar el conocimiento de idiomas (Francia, Alemania, Inglaterra, Bélgica, entre otros países), así como conocer de cerca el desarrollo del pensamiento y la filosofía.

Basterra había participado en Bilbao en la tertulia del Lion d'Or, en donde prodigó conversación e intercambio de conocimientos con otros bilbaínos ilustres, como Pedro Mourlane Michelena -periodista irunés-, Manuel Ramírez Escudero, Joaquín Adán, Juan de la Encina -el crítico e historiador del arte-, José Félix de Lequerica -que sería luego embajador de Franco-, Esteban Calle Iturrino, Pedro Eguillor, o Joaquín de Zuazagoitia, que llegaría a ser alcalde de Bilbao durante el franquismo. En todos ellos había una vocación literaria, y un interés por el estudio de las ideas que venían de Europa, o de la Grecia y Roma clásicas. Basterra, que había leído con detenimiento y sentido crítico muchas obras de pensamiento desde su juventud, era uno de los intelectuales más brillantes del momento. Afirmaba su fervor por Goethe, Unamuno, Ramiro de Maeztu, Ortega y Gasset o Eguino d'Ors, pero también por Spinoza, y se sintió siempre deudor de las enseñanzas y descubrimiento de horizontes que el bilbaíno Pedro Eguillor le proporcionó en su juventud. Aunque es recurrente afirmar que Basterra formaba parte de la llamada Escuela Romana del Pirineo, cierto es que tal escuela no existió, sino como querencia de su intención y aspiración a compartir ciertos valores de aquella civilización grecolatina.

Tal Escuela no programó, a la manera de otras asociaciones, conferencias, cursos, debates -salvo el del café, que no era precisamente la mejor tribuna, aunque fuera la única que había en Bilbao-, ni siquiera intervino en los medios de comunicación como tal instancia, y no dejó de ser una invocación a la cultura clásica, pero sin que tuviera tan siquiera una declaración formal de propósitos a través de manifiesto alguno, fórmulas tan propias del tiempo. Pero, como señala el profesor José Carlos Mainer, lo que iba incubándose en aquella aspiración por el ideario romanizante era el embrión de lo que luego sería el ideario fascista de Falange Española.

Cualificados contertulios del Lion d'Or, como Pedro Mourlane Michelena -fundador con José Antonio Primo de Rivera, Juan Manuel Aizpurua y Rafael Sánchez Mazas, del diario "Arriba"-, o Lequerica, abrazarían la ideología falangista. Fernando de la Cuadra Salcedo, que era el intelectual más profundo de ese grupo selecto, o el periodista Jacinto Miquelarena, formaban parte también de esa deriva ideológica, que Pedro Eguillor, como ha certificado José María de Areilza, anunciaba a gritos en las tertulias su propósito paramilitar.

"Desde 1917, por lo menos -escribe Areilza- [Eguillor] ya venía tronando desde su escaño cafeteril, sobre la necesidad de que un grupo de coroneles se hiciera caro de la gobernación del Estado".

No es extraño que el primer franquismo invocara posteriormente a Basterra, como uno de los referentes ideológicos de su mitografía, junto con Ramiro de Maeztu. Precisamente, al regresar de Roma en 1917, el escritor bilbaíno comienza a escribir en la revista Hermes -promovida por Jesús de Sarría y la familia Sota-, en donde inicia una sección con el título de "Paseos romanos". Fue en dicha revista (1920) donde Basterra publicó una frase que define su carácter y su estado de ánimo ante el mundo: "Prófugo soy de la melancolía", consideración que le acerca más a Albert Durero, que a todos los intelectuales del primer franquismo, que tan sólo le invocaban para utilizar vagamente su memoria. Por lo demás, a Basterra, como al grupo de la referida Escuela, les interesa sobremanera el novecentismo, que predicó Eugenio d'Ors. La historiadora vasca Elene Ortega, autora de una tesis sobre el poeta bilbaíno, ha publicado recientemente un libro de especial interés para conocer y situar la personalidad de Basterra: El prófugo de la melancolía. La poesía de Ramón de Basterra (Bilbao, 2001). Ortega es a su vez autora de varios trabajos sobre Basterra, que retratan la idea que el poeta vasco tenía de las posibilidades, pujanza y apertura al mundo de Bilbao, ciudad a la que dedica poemas, añoranza y artículos de evidente entusiasmo. Además, Elene Ortega ha prologado y editado el libro de Basterra Bilbao, Hércules niño, publicado por Ediciones El Tilo (Bilbao, 1998), en donde se resume todo el fervor del escritor por la villa de don Diego López de Haro.

El escritor José María Salaverría (1930) aseguró, refiriéndose a la peripecia de Basterra, culpa a Bilbao de ser "un cementerio de hermosas inteligencias malogradas". Es cierto que un hombre que muere tan joven no deja de ser una inteligencia malograda, pero Basterra fue un intelectual que estuvo muy atento al discurrir de las ideas en el continente europeo de su tiempo. Es bien cierto que no tuvo su personalidad eco en la sociedad de su tiempo, pero sí tuvo Basterra influencia en el grupo de intelectuales que trató en Bilbao. Basterra viajaba a Alemania y explicaba de regreso, en largos paseos peripatéticos, a sus contertulios el discurrir del pensamiento. Su colega Zuazagoitia resalta aquellos momentos cuando el escritor volvía de Alemania, "con la tiesura de una aprendiz de Goethe, soñando en aclimatar un pequeño Weimar al socaire de Archanda".

Pero en Bilbao no se daban las condiciones para crear una república de élite intelectual, como el propio Basterra explicará, con añoranza evidente, en su ensayo Los Navíos de la Ilustración (1925). En este ensayo, uno de los libros más ambiciosos de Basterra, publicado en Caracas, hace una vindicación expresa de lo que supuso para el País Vasco la floración del librepensamiento de la Enciclopedia, a propuesta de Munibe. "Weimar -escribe Basterra- es uno de los lugares, medio campesino, medio ciudadano, en que más se vivió el ideal de la Ilustración del siglo XVIII", añadiendo: "El Pirineo español tuvo su Weimar en la villa de Azcoitia".

Además de esa querencia por la cultura romana, Basterra fue un intérprete y difusor de las ideas de Spinoza. Lo prueba, entre otros, un testimonio de Juan Ramón Jiménez (1935), que resalta cómo el escritor vasco tenía un conocimiento crítico de la filosofía:

"En 1913, cuando vivíamos los dos en la primera Residencia de Estudiantes [Madrid], Ramón de Basterra me dejó un ejemplar de la "Ética" de Spinoza, comentado todo por él con rayos, espadas, flechas, expansiones lineales. El libro, con su dinámico halo, parecía un sol del norte en la mañana. Ramón de Basterra tenía en sí un alto poder oriental, como el sol de la mañana. Era también excesivo y secreto. No se podía con él. Este es mi mejor y más cariñoso elogio a su memoria".

Este testimonio prueba la apertura a todo conocimiento que tenía Basterra, pues, aunque su poesía, formalmente, tendió siempre a imitar la hechura clásica de maestros como Quevedo, también estuvo atento al discurrir de las vanguardias, como lo prueba alguna de sus composiciones, como la titulada "Pyrenaica", un letrismo compuesto a pluma, de estética muy original, aunque el contenido, como en la mayoría de sus escritos, es una constante aspiración neorromántica a cierta elevación del espíritu hacia las cumbres de la ensoñación.

José María Salaverría (1935), en un artículo publicado en el diario "El Sol", de Madrid, hace un retrato muy ajustado de la personalidad que envolvió a Basterra:

"Nacido para la ternura y la poesía, acostumbrado al mimo como un niño grande que era, sintiendo religiosamente el paisaje, sobre todo el paisaje natal; hecho para la contemplación, para el canto y la alegría y la amistad, la fuerza de los misteriosos vientos lo empujó a navegar en parajes extraños y duros. Hasta la vida que parece más lograda no es, en el fondo, sino una equivocación; pero Ramón de Basterra tuvo además en su contra a la Patología. Indefenso Damocles bajo la amenaza injusta y cruelísima, el poeta logró, sin embargo, sobrepujar su propia infelicidad. Vivió noblemente, valerosamente, sin permitir que la inútil queja descompusiese demasiado su actitud risueña, afable y reflexiva, y dejó páginas que indudablemente con el tiempo serán estudiadas y apreciadas como reales obras de alta excepción".

Además de Juan Ramón Jiménez o Unamuno, la obra de Basterra fue tenida en cuenta en su tiempo por Ortega y Gasset -uno de los pocos intelectuales que asistió a su despedida final-, o Pedro Salinas, quien se declaraba amigo del poeta bilbaíno. Y posiblemente lo diga todo este testimonio del poeta Salinas, quien celebró en el poeta bilbaíno su "desesperado entusiasmo de acero":

"La muerte de Basterra me sonó y me suena al quebrarse de una hoja sutil, espejeante, que estuvo esgrimiendo con la vida y no llegó a clavarse en el corazón que buscaba".

Fue sin duda la quebrada salud del poeta -los médicos le habían diagnosticado en plena juventud una demencia precoz- la que cercenó de cuajo la posibilidad de un desarrollo del pensamiento, así como de la madurez de su poesía. En ésta, es su libro La sencillez de los seres (1923) donde encontramos su lírica más decantada, sin grandilocuencias, que adornan, más que construyen, buen parte de su poesía posterior, poemario en el que no es difícil advertir la lectura de los grandes poetas franceses de primeros de siglo XX. A poco de publicar dicho libro, y tras una crisis de salud superada, se le destina a la embajada de España en Venezuela, estancia que le permite volver sobre la formación y proyectos ilustrados del conde de Peñaflorida: La Real Compañía Guipuzcoana de Navegación en Caracas. Basterra escribe un ensayo de gran claridad, y donde una vez más vuelve a hacer una vindicación de las ideas ilustradas y lo que éstas supusieron para el País Vasco, lo que vendría a poner una nota crítica a quienes, una década después de su muerte, y con motivo de la guerra civil (1936) le presentan como referente del ideario obscurantista. Una prueba más también de cómo se malogró el intelectual, que, al ver cómo actuó la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País en el siglo de la Ilustración, concluyó, reconociendo el gran papel que tuvo esta sociedad: "La cultura no se improvisa".

Fue tal la manera en que se utilizó su memoria por quienes decían ser sus amigos y correligionarios, que en 1958, cuando la Diputación de Vizcaya publica, su libro Obra poética de Ramón de Basterra, la obra, cuya edición estuvo a cargo de Esteban Calle Iturrino, no sólo cuenta con graves errores, como denunció Ángel María Ortiz Alfau, sino mutilaciones y censuras deliberadas. Poemas como "El inquilino de Bilbao" o "Elegía a la muerte del poeta Tomás Meabe" -el fundador de las Juventudes Socialistas- fueron liquidados de aquel libro. Ambos poemas fueron recogidos en cambio posteriormente por Ortiz Alfau y Tomás Ellacuría (1967) en el libro que lleva el título de la primera de las composiciones. Ramón de Basterra se encontraba en su casa de Plentzia en la primavera de 1928, cuando le sobrevino una crisis de salud definitiva, que le llevará al Sanatorio de Santa Águeda en Madrid, donde fallece el 17 de junio. Sus restos fueron traslados a Bilbao.

  • Las ubres luminosas; Miguel de Maeztu editor, Bilbao, 1923. [Con un dibujo de Gustavo de Maeztu].
  • La sencillez de los seres; Renacimiento, Madrid, 1923.
  • Los labios del monte; Renacimiento, Madrid, 1924. [Portada y dibujo de Genero de Urrutia].
  • Vírulo, poema de las mocedades; Renacimiento, Madrid, 1924.
  • Vírulo, mediodía; Edición de "La Gaceta Literaria", Madrid, 1926.
  • Las alas de lino; Editora Nacional, Madrid, 1941. [Poema dramático].
  • Obra poética de Ramón de Basterra; Publicaciones de la Junta de Cultura de Vizcaya, Bilbao, 1958. [Prólogos de Joaquín de Zuazagoitia y Esteban Calle Iturrino].
  • Llama romance; Publicaciones de la Diputación de Vizcaya, Bilbao, 1971. [Edición y prólogo de Guillermo Díaz-Plaja].
  • La obra de Trajano; Calpe, Madrid, 1921.
  • Una empresa del siglo XVIII. Los Navíos de la Ilustración. Real Compañía Guipuzcoana de Caracas y su influencia en los destinos de América; Imprenta Bolívar, Caracas, 1925; segunda edición ilustrada: Ministerio de Asuntos Exteriores de España; 1987.
  • El inquilino de Bilbao; Edición particular de Ángel María Ortiz Alfau y Tomás Ellacuría, numerada, Gráficas Ellacuría, Bilbao, 1967. [Prólogo de Gregorio San Juan].
  • Papeles inéditos y dispersos de Ramón de Basterra; Publicaciones del Ministerio de Asuntos Exteriores, Madrid, 1970. [Edición y prólogo de Guillermo Díaz-Plaja]
  • Bilbao, Hércules niño; Ediciones El Tilo (Bilbao, 1998). [Edición de Elene Ortega Gallarzagoitia].

REMEROS

ASEN los largos palos de bogar con prestancia
noble, como lanzones, cuando entraron en Francia
o en el Milanesado los tercios de Castilla.
La dignidad humilde del oficio les brilla
en sus ojos azules de zafiros humanos.
Como cetros empuñan los remos en las manos,
igual que un almirante en las suyas nevadas,
sostendría el canuto de púas estrelladas
y el viejo embajador el haz de credenciales.
En orgulloso amor de oficio, son iguales.
Estos hombres de pena, que hacen orden con todo
su cuerpo y que se agitan en el mar y en el lodo,
tienen su afirmación triunfal de artesanía.
Como un rey que se yergue en los oros del día,
estos duros remeros del occidente vasco
se alzan, egregiamente, en tronos de peñasco.

(Del libro La sencillez de los seres).

  • AREÁN, Carlos Antonio: Ramón de Basterra, Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1953.
  • AREILZA, José María de: Así los he visto; Planeta, Barcelona, 1974.
  • CHAPA, Álvaro: La vida cultural en la Villa de Bilbao (1917-1936), Ayuntamiento de Bilbao, Bilbao, 1989.
  • DÍAZ-PLAJA, Guillermo: La poesía y el pensamiento de Ramón de Basterra; Editorial Juventud, Barcelona, 1941.
  • GULLÓN, Ricardo: Conversaciones con Juan Ramón Jiménez; Taurus, Madrid, 1958.
  • JIMÉNEZ, Juan Ramón: Españoles de tres mundos; Losa, Buenos Aires, 1942.
  • ORTEGA GALLARZAGOITIA, Elene: El prófugo de la melancolía. La poesía de Ramón de Basterra; Ayuntamiento de Bilbao, Monografías Bidebarrieta, núm. 7, Bilbao, 2001.
  • ORTIZ ALFAU, Ángel María: Ramón de Basterra; Colección Temas Vizcaínos, año XIV, núm. 167º, Caja de Ahorros Vizcaína, Bilbao, 1988.
  • SALAVERRÍA, José María: Nuevos retratos, Renacimiento, Madrid, 1930.
  • SAN JUAN, Gregorio Ramón de Basterra y nosotros; Asociación Cultural Ramón de Basterra, Bilbao, 1998.
  • TELLECHEA IDÍGORAS, José Ignacio: Cartas a Unamuno. Ramón de Basterra; Caja de Ahorros Vizcaína, Bilbao, 1989.