Concepto

Historia del País Vasco. Edad Moderna

Las provincias vascas y el Reino de Navarra en la Edad Moderna (Siglos XVI al XVIII)

Información complementaria


         · Historia del País Vasco
         · Prehistoria
         · Edad Antigua


         · Edad Media
         · Edad Moderna
         · Edad Contemporánea


Los países no son esencias sino construcciones históricas, devenires. Como en toda Europa, la historia política de vascos y navarros durante la Edad Moderna no se puede entender desde los conceptos contemporáneos de Nación o de Estado, sino más bien en términos de adscripción a las comunidades políticas que existían entonces, como las comunidades locales o los reinos y provincias, en la medida en que estas se fueron construyendo. Cuando llegan a la Edad Contemporánea, las provincias vascas o el reino de Navarra constituían comunidades políticas diferentes que se habían ido vertebrando como tales a lo largo de la Edad Media y de la Edad Moderna, en el marco de las monarquías europeas. Aquella construcción de las provincias supuso un largo proceso de integración de comunidades locales de muy diversa índole en el seno de unidades políticas superiores y constituyó el proceso político más significativo de la Edad Moderna.

Cada reino o provincia se fue configurando no como una unidad política homogénea, sino como un agregado de villas, valles, aldeas y corporaciones de todo tipo, cada una de las cuales mantenía su particular constitución, con una gran pluralidad de jurisdicciones, leyes particulares y poderes concurrentes.

Desde la Edad Media, a las primitivas comunidades de la "tierra llana" se habían ido superponiendo las villas, los señoríos y la Iglesia, con sus jurisdicciones e instituciones. Las villas, de fundación real o señorial, se regían por un derecho propio y estaban en la órbita de la jurisdicción real o señorial. En los señoríos de Álava y de Navarra, el señor tenía derecho a ejercer justicia e intervenía en la elección de alcaldes. La Iglesia ejercía su jurisdicción en las diócesis y vicarías. También las corporaciones (gremios, cofradías) regulaban espacios de poder con una influencia nada desdeñable, como el Consulado de comerciantes de Bilbao o la cofradía de Santa Catalina de San Sebastián.

Sobre este entramado se superpusieron las instituciones de la provincia, del señorío o del reino y, por encima, las de la Corona de Castilla, con sus representantes: virrey en Navarra, corregidores en Guipúzcoa y Vizcaya, y Diputado general en Álava. El vínculo de estas comunidades con el rey era una relación contractual que comprometía a ambas partes: ellas reconocían el poder arbitral del monarca y éste velaba por el respeto de los fueros de cada una de ellas. El "pase foral" y la "sobrecarta" eran los procedimientos utilizados por estas comunidades para controlar que las disposiciones reales no contrariaran los fueros.

A lo largo de la Edad Media, las comunidades locales se habían ido vertebrando en unidades políticas mayores a través de conquistas o pérdidas territoriales, vinculaciones de territorios a una entidad política mediante el mayorazgo, la reordenación del espacio en torno a las villas, núcleos dotados de fueros y jurisdicción, los pactos entre poderosos, las hermandades de comunidades, etc.

La construcción de los diferentes cuerpos políticos forales varió tanto en el ritmo como en los resultados. El reino de Navarra alcanzó en fechas muy tempranas una configuración política como reino, con una organización institucional compleja y elevada. Las provincias de Guipúzcoa y Álava se formaron en torno a la Hermandad de sus villas y concejos, agrupados para defenderse de los malhechores y banderizos, y fueron cuajando política y territorialmente desde el siglo XIV o el XV. En el Señorío de Vizcaya el proceso fue lento y complicado, retrasándose por el clima de violencia social y la división territorial.

La construcción política y territorial de las provincias se apoyó en dos elementos importantes, la formación de un derecho foral y las juntas territoriales.

La constitución progresiva de un armazón jurídico foral fue un elemento esencial de aquel proceso. Los fueros de cada provincia recopilaban un corpus jurídico muy variado, compuesto por elementos del derecho consuetudinario, por los fueros y privilegios concedidos por el monarca, los cuadernos u ordenanzas de Hermandad, los capitulados de concordia, los acuerdos de las Juntas o de las Cortes, las reales cédulas o provisiones referidas al ordenamiento foral, la jurisprudencia de las audiencias y chancillerías, etc. Todos estos textos fueron ampliando y precisando el campo del derecho foral privado y público, diferente según los territorios, y a ellos se añadían los usos y costumbres que regulaban muchos aspectos de la vida cotidiana y de la esfera institucional.

Un sistema de asambleas y juntas corporativas constituía el entramado institucional. El gobierno local de las villas y aldeas evolucionó de forma significativa a lo largo de estos siglos, pasando del concejo abierto de vecinos al concejo cerrado o gobierno mediante regimiento. Esto se produjo primero en las grandes villas, desde finales de la Edad Media, se extendió progresivamente a las villas medianas y pequeñas, y se impuso definitivamente en las aldeas en el último tercio del siglo XVIII. Las villas se regían por sus fueros y ordenanzas, gozaban de autonomía jurisdiccional, elegían a sus autoridades y su alcalde ejercía la justicia ordinaria local. En cambio, la mayor parte de las aldeas o anteiglesias de los valles cantábricos se gobernaban mediante el derecho consuetudinario y la asamblea de los amos de las casas vecinales.

En las villas, las diversas corporaciones de mercaderes, mareantes, pescadores, ferrones y artesanos dirigían sus actividades mediante juntas como las de los consulados de comerciantes, cofradías de mareantes y pescadores, hermandades de artesanos o dueños de ferrerías mayores.

A escala más amplia, existían desde antiguo determinadas formaciones territoriales con asambleas propias que se mantuvieron con amplia autonomía en el seno de las provincias a lo largo de este periodo. En el señorío de Vizcaya, además de las villas y las anteiglesias de la Vizcaya nuclear, se integraban el Duranguesado, con sus Juntas de Merindad hasta 1876, y las Encartaciones, con las Juntas de Avellaneda hasta principios del sislo XIX. En Álava, las hermandades se agrupaban en seis cuadrillas. En Navarra, los valles pirenaicos de Salazar, Aezcoa, Roncal y Baztan se gobernaban por sus respectivas Juntas Generales.

La construcción política de las provincias o del reino se apoyó especialmente en el desarrollo de las Juntas Generales de cada provincia y de las Cortes del reino de Navarra. En las Juntas de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava la representación se hacía por concejos o territorios, mientras que en las Cortes de Navarra por estamentos.

La constitución agregativa de estas provincias se concretó mediante el gobierno por juntas, esto es mediante reuniones de los representantes de las diversas comunidades locales. A lo largo de la Edad Moderna estas instituciones fueron cobrando mayor entidad. Al principio, en muchos casos los procuradores que asistían a ellas eran enviados por sus concejos con un mandato imperativo que limitaba sus decisiones, sin poderse apartar de ello a menos que se consultara al concejo de nuevo. Progresivamente se fue hacia una preeminencia cada vez mayor de las instituciones provinciales, mediante la negación del "mandato imperativo", el carácter vinculante de los acuerdos de las Juntas para todo el territorio, y el aumento de la tutela y vigilancia de las normas forales, aunque se mantuvo en buena medida la antigua organización autónoma de las comunidades locales.

A partir del siglo XVI, las provincias se consolidaron también por la acción de las diputaciones, órganos permanentes delegados por las Juntas periódicas para hacer efectivo el gobierno durante los intervalos entre las reuniones. A finales del siglo XVIII, y sobre todo en la primera mitad del XIX, la Diputación se impondría definitivamente como el verdadero gobierno de la Provincia, con un personal especializado y permanente, una fiscalidad reforzada y unas funciones centrales, acumulando una buena parte de las funciones que habían estado tradicionalmente en manos de las comunidades locales.

En la práctica, la articulación de tan diversos elementos territoriales, sociales y corporativos en el seno de cada provincia era compleja y requería un marco de relaciones flexible con las diferentes comunidades y corporaciones. Aunque éstas se articulaban, en principio, en las instituciones de la provincia, habitualmente era necesario buscar el entendimiento mediante negociaciones y acuerdos entre las diferentes instancias corporativas, o mediante "conferencias" entre las partes implicadas para superar discrepancias o para tratar temas de interés común.

Aquella pluralidad de jurisdicciones fue una fuente continua de litigios, de tal modo que la discrepancia y la concurrencia entre instituciones se resolvía frecuentemente por la vía judicial. Además de los tribunales señoriales y eclesiásticos, las provincias y los reinos poseían sus propios tribunales superiores. En el reino de Navarra, la Cámara de Comptos, la Corte Mayor y, en apelación, el Consejo Real de Navarra, tribunal de máximo rango. En Guipúzcoa y Vizcaya, las audiencias del corregidor o del corregidor y diputados. En Álava, el tribunal para los casos de Hermandad, formado por el Diputado general y los consultores. Para las apelaciones, las tres provincias se dirigían a la Chancillería de Valladolid (donde el Señorío de Vizcaya poseía su sala particular y Juez mayor, que juzgaba según el fuero de Vizcaya) y, en último recurso, al rey y sus consejos, especialmente el Consejo de Castilla. Las sentencias de estos tribunales fueron un elemento importante del ordenamiento foral.

Las provincias y las villas principales tenían agentes de negocios en la Chancillería de Valladolid y agentes comisionados en Corte para mover sus asuntos. Sin embargo, el éxito de las negociaciones dependió muchas veces de la mediación en la Corte de personajes influyentes originarios del país. A lo largo de estos siglos, y especialmente en el XVIII, hubo en la Corte poderosos lobbies de navarros, vizcaínos, encartados o guipuzcoanos, muy encumbrados en el gobierno de la monarquía, que actuaban como valedores de sus comunidades para conseguir o defender sus privilegios.

Desde el siglo XVIII y sobre todo en las primeras décadas del XIX, el espacio y las instituciones provinciales se consolidaron. Las instituciones fueron creciendo y acaparando funciones, se consolidaron una administración y una fiscalidad provinciales, se desarrolló la red de caminos, y se impuso una élite que pretendía articular el espacio provincial por encima de lealtades locales o corporativas. Así mismo, en el siglo XIX se acentuaron las relaciones interprovinciales mediante conferencias de procuradores de Vizcaya, Álava y Guipúzcoa para resolver los conflictos entre las provincias o para tratar asuntos comunes como la conservación de los fueros.

La provincias vascas, con unos 60.000 habitantes por provincia, tenían una densidad media de 30 hab/km², relativamente alta para la época. Navarra, con unos 145.000 habitantes en 1553, rondaba los 12 hab/km². Durante los dos primeros tercios del siglo XVI continuó la expansión demográfica del siglo anterior, en un contexto de auge económico de la agricultura, la industria, el comercio y la pesca.

La mayor parte de la población vivía de la agricultura, que tenía características muy diferentes en la vertiente cantábrica y en la vertiente mediterránea. La vertiente cantábrica se caracterizaba por una economía mixta, agrícola, ganadera y silvícola, y por un déficit crónico de subsistencias que hacía necesario importar trigo, sobre todo para alimentar a la población urbana. Esta agricultura se hallaba en fase de transición: el cultivo progresaba sobre el ganado y el bosque, se roturaban cada vez mas bosques, pastos y manzanales, se extendía el mijo y retrocedía la producción de manzana y de chacolí.

La vertiente mediterránea producía generalmente subsistencias suficientes. En Álava la agricultura era mas bien pobre, pero sobresalían la Llanada, cerealista, y la Rioja alavesa, con vid y cerales. En Navarra se producía trigo, cebada, avena, mijo, y, en el sur, vid y oliva. Las tierras del Ebro tenían una agricultura evolucionada, con canalizaciones, y eran excedentarias en trigo, vino o aceite. Navarra también exportaba lana por San Sebastián. En conjunto, en el siglo XVI la producción agraria de las provincias vascas creció un 30%.

Las ferrerías eran la principal industria de Vizcaya y Guipúzcoa. La exportación de hierro permitía importar subsistencias, paliando en parte el déficit agrícola de las provincias. Las ferrerías no llegaban a emplear una docena de personas pero movían numerosas actividades. Así, los campesinos completaban sus ingresos con las labores de tala de arbolado, elaboración de carbón vegetal, extracción de hierro, transporte, o como herreros y forjadores. Había minas de hierro muy diseminadas, pero las principales fueron las de Somorrostro. En el siglo XVI conocieron una gran expansión, al aumentar la demanda de aperos, de armas y de los astilleros. Se estima que 1550 había en Vizcaya y Guipúzcoa unas 300 ferrerías.

El País Vasco era zona de paso de varios circuitos comerciales. El más importante era el de las lanas de Castilla que salían por los puertos cantábricos hacia Flandes, Francia e Inglaterra. De vuelta traían pañería flamenca y otras manufacturas. Similar era el circuito de la lana navarra que salía por San Sebastián. Junto a la lana, los barcos vascos llavaban al norte de Europa el hierro de las ferrerías. Destacaron pronto los puertos de Bilbao y San Sebastián que canalizaron la mayor parte del tráfico. El comercio de la lana estaba controlado por los grandes mercaderes de Burgos y los vascos actuaban como intermediarios. Sin embargo, en 1511 se fundó el Consulado y Casa de Contratación de Bilbao para escapar a la jurisdicción del Consulado burgalés. El tráfico lanero generó la aparición de una burguesía de creciente peso social.

En la costa tenía importancia económica la pesca, con dos actividades: la de litoral, que abastecía de besugo, congrio y merluza, y la de la ballena y bacalao de Terranova, a partir de los años 1540, negocio con importantes inversiones y ganacias orientado hacia la exportación.

Desde las últimas décadas del siglo XVI se produjo una crisis económica que afectaría a buena parte del siglo XVII. En Álava y Navarra la depresión fue similar a la castellana, con una pérdida aproximada del 25% de la población y una disminución de la producción agraria del 35%. La epidemia más terrible fue la peste de 1596-1601.

Las provincias costeras siguieron una dinámica económica muy diferente. La crisis de las ferrerías y del comercio se compensó con una revitalización de la agricultura, gracias al maiz, que permitió mantener a la población. La generalización del maiz en el siglo XVII, primero en la costa y después en el interior, supuso un aumento de la productividad y del espacio cultivado, plantándose en los valles, hasta entonces tierra de pastos, y duplicando la producción. En la Rioja alavesa se cuatriplicó la producción de vino.

Desde los años 1570, el comercio atlántico se vio alterado por las guerras sucesivas de la Corona con las potencias marítimas y los ataques corsarios. Las exportaciones de hierro retrocedieron por la competencia de los centros siderúrgicos de Suecia y Lieja. Para 1580 disminuyó el número de ferrerías.

Los grandes mercaderes europeos desbancaron a los burgaleses y se hicieron con el control de los intercambios mercantiles, asentándose en Bilbao. El centro de contratación de lana pasó de Burgos a Bilbao que, a mediados del siglo XVII, canalizaba toda la lana castellana que salía por el Cantábrico. Los comerciantes bilbaínos seguían siendo intermadiarios, aunque intentaron controlar aquel comercio enfrentándose a las colonias extranjeras.

Por su parte, los hombres de negocios donostiarras y guipuzcoanos que mejor sortearon la crisis se reorientaron hacia el comercio colonial con América, el corso y la construcción naval para la flota de Indias y la Armada.

En este contexto de crisis económica, la presión fiscal de la Monarquía provocó en Vizcaya la "rebelión de la sal", entre 1631 y 1634, contra el establecimiento del estanco de la sal, que encarecía su precio.

El siglo XVIII fue de prosperidad económica y demográfica. Se calcula que entre 1720 y 1790 la población creció en torno al 50%, gracias al auge del comercio, al crecimiento agrario y a la recuperación de las ferrerías.

El sector mercantil fue el más dinámico. La expansión del comercio internacional benefició sobre todo a Bilbao, que tenía el monopolio del tráfico lanero. Los comerciantes de la villa desplazaron a los mercaderes extranjeros y pasaron a controlar aquel tráfico.

El comercio se diversificó y permitió notables ganancias gracias al contrabando. En Bilbao y San Sebastián entraban productos coloniales como azúcar, tabaco y cacao, que se enviaban a Castilla. Los aranceles de la Real Hacienda se pagaban en las aduanas del Ebro, lo que hacía de las provincias vascas una zona de baja presión fiscal y más bajos precios. Esto hacía tanto más interesante el contrabando, que a lo largo del siglo adquirió gran fuerza.

En 1718, la Corona trasladó las aduanas a la costa lo que, además de ser un contrafuero, amenazaba gravemente los negocios mercantiles, la posibilidad de contrabando e incluso perjudicaba a campesinos y artesanos al encarecerse los productos. Estalló un motín que fue duramente reprimido por las tropas reales, aunque en 1723 las aduanas volvieron al interior.

Por otra parte, en 1728 se fundó la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, creando un circuito que unía Guipúzcoa con las colonias americanas. Fue promovida por un grupo de empresarios donostiarras y guipuzcoanos, compuesto de comerciantes y nobles muy implicados en el comercio colonial y muy introducidos en la corte. Tenía dos concesiones: el comercio del cacao y la facultad de perseguir al corso, de tal modo que lo que confiscase sería para la Compañía. El capital para su formación se reunió mediante la suscripción de acciones. Entre 1728 y 1740 la compañía fue muy rentable y repartió beneficios equivalents al 160% del capital invertido. Hacia 1740 su situación empeoró. En 1751 su sede se trasladó a Madrid, pero ya no se recuperó y en 1778 desapareció, fusionándose con la compañía de Filipinas. Con todo, la Compañía fue un motor económico que benefició al puerto de Pasajes y a la industria ferrona y armera de la provincia.

La agricultura aprovechó la tendencia general alcista del siglo. En la Rioja alavesa, Vizcaya y Guipúzcoa esta expansión prolongó el anterior desarrollo. En las zonas cerealistas se dio una importante recuperación y la producción creció en torno al 40%. Se roturaron tierras yermas, se intensificaron los cultivos, se generalizó el maíz. En este crecimiento se desarrolló la economía monetaria, se generalizaron los intercambios y el mercado interior, se crearon abundantes ferias e incluso mercados semanales.

Este crecimiento agrario no significó mejores condiciones de vida para los campesinos, al contrario, en muchos casos se acentuó la dependencia respecto a la élite terrateniente. Desde mediados del siglo XVII aumentó considerablemente el arrendamiento, cuando las comunidades campesinas negaron el acceso a la vecindad a las nuevas familias que continuaban creándose en su seno por la presión demográfica y que sólo pudieron establecerse como arrendatarias. Entre la primera mitad del XVII y finales del XVIII la proporción de familias propietarias pasó del 75% al 35%. Con el liberalismo económico, la especulación y la carestía del trigo, el endeudamiento campesino aumentó y con ello la pérdida de la propiedad en beneficio del prestamista. También se vendieron bienes comunales, por el endeudamiento de los ayuntamientos, con lo que los labradores perdían un complemento importante de sus rentas. La matxinada de 1766 en Guipúzcoa contra las subidas del precio del trigo, la especulación y otros abusos revela la existencia de graves tensiones .

La sociedad del Antiguo Régimen se podría caracterizar desde diversos puntos de vista. Era una sociedad estamental, basada en la diferencia legal de estatutos, a los que correspondían derechos y debereres diferentes. Desde el punto de vista económico hay que considerar las diferencias entre ricos y pobres, o las diversas categorías socioprofesionales. Como entramado social, se trataba de una sociedad celular, corporativa y jerárquica. Los hombres y mujeres se hallaban organizados en comunidades y corporaciones (comunidades locales, gremios, cofradías religiosas, etc.) con un fuerte componente colectivo, y las personas estaban vinculadas entre sí por lazos personales de familia, parentesco, vecindad, amistad, señorío o clientelismo que eran bastante densos y articulaban sus redes económicas, afectivas y sociales.

  • Nobles y plebeyos. Alodios y señoríos

En los reinos europeos se distinguían tres estamentos: la nobleza y el clero, superiores y con privilegios legales, y el estado llano. Sin embargo, la distinción entre nobles y plebeyos no tuvo una equivalencia exacta en las provincias vascas y en Navarra, donde muchas comunidades gozaban de hidalguía colectiva. En particular, Vizcaya y Guipúzcoa disfrutaban de nobleza universal, que en el caso del Señorío quedó recogida en el Fuero Nuevo de 1526. En Álava, las tierras de Ayala eran hidalgas. En Navarra, una docena de villas y lugares y ocho valles gozaban de hidalguía colectiva, recononcida por los reyes desde el siglo XV. Estas noblezas colectivas, tan atípicas en el conjunto europeo, podrían corresponder, como muestra el ejemplo del Valle de Baztan, a alodios o comunidades de hombres y tierras libres, no sometidas a señorío feudal, que consiguieron ser reconocidas como tales por la Corona, en un momento específico de la construcción de los reinos bajomedievales.

En cualquier caso, la implantación del régimen señorial en estas tierras fue muy desigual: muy limitado en la cornisa cantábrica de Vizcaya, Guipúzcoa, Norte de Navarra y Lapurdi, pero importante en la Navarra media y meridional y en Álava, donde existían abundantes tierras de señorío y los hidalgos eran una pequeña minoría. Por otra parte, en las provincias dotadas de nobleza universal, ésta sólo se refería a los "vecinos", esto es a los miembros de pleno derecho de las comunidades, y no a los simples "habitantes" arrendatarios, de tal modo que en Vizcaya y en Guipúzcoa el porcentaje de nobles censado en 1787 no llegaba a la mitad de la población.

  • La nobleza: las familias dirigentes

Por supuesto, nada tenían de comparable los campesinos y artesanos que gozaban de nobleza universal con las familias de la aristocracia urbana y rural que correspondían al concepto de nobleza europea. Según los tratadistas, a la nobleza le correspondían las funciones militares y de gobierno. Gozaban de un conjunto de privilegios que evidenciaban su preeminencia social: exención de impuestos ordinarios, monopolio de ciertos cargos en la administración local y general del reino, jurisdicción privativa y derecho penal diferente. Tenían una importancia económica y social manifestada a través de los mayorazgos y de abundantes símbolos externos como los trajes, armas, sepulturas privilegiadas, títulos o tratamiento de "don", preeminencias en los actos públicos, etc.

La nobleza se heredaba, aunque existían vías de ingreso como la obtención de un "privilegio de hidalguía" que concedía el rey. El mayorazgo era una institución que contribuía a fundamentar la preeminencia económica y social de la nobleza. Consistía en la vinculación de bienes y derechos en un conjunto indivisible, transmitido normalmente siguiendo la primogenitura, que aseguraba la salvaguarda de los bienes, el apellido familiar y el lustre del linaje.

En Navarra, al frente de la sociedad del reino había un centenar de familias nobles. Unas tenían orígenes medievales y otras se fueron renovando durante la Edad Moderna. Estas familias monopolizaban buena parte de la riqueza, controlaban el gobierno local de las principales ciudades y villas, sobre todo meridionales, asistían a las Cortes como miembros del "brazo militar" y solían ser mayoría en la Diputación del reino.

La alta nobleza era el grupo más reducido y poderoso y estaba compuesta por los "titulados" que poseían los títulos de duque, marqués, conde, vizconde o barón. Además del título poseían grandes extensiones de tierra y el señorío jurisdiccional de villas y lugares. En Vizcaya y Guipúzcoa hubo pocos titulados, más en el siglo XVIII, y sus propiedades distaban mucho de las fortunas de los grandes nobles castellanos. En Álava y Navarra las importantes familias de la aristocracia bajomedieval tendieron a ausentarse tempranamente, enlazando con las grandes casas aragonesas y castellanas, y sus tierras pasaron a formar parte del vasto señorío de familias poco conocidas en las villas y aldeas y famosas en la Corte. Paralelamente, la cúspide de la nobleza se fue renovando a medida que los reyes concedían nuevos títulos para recompensar servicios a la Corona, especialmente en el siglo XVIII, en que los Borbones crearon casi cincuenta nuevos títulos en Navarra.

Por debajo de la nobleza titulada, en Navarra estaban los "palacianos" o "señores de palacio", equivalentes a los "parientes mayores" de Guipúzcoa y Vizcaya. En Vizcaya, los "jauntxos" o notables rurales poseían un importante patrimonio vinculado formado por caseríos arrendados, molinos, ferrerías, arbolado, además de la casa-torre familiar.

Como en otras latitudes, una parte de esta nobleza evolucionó pasando del solar rural originario a las villas y ciudades, y de ser cabeza de la comunidad campesina a servir en las empresas de la Monarquía. En los siglos XV y XVI esta nobleza estaba profundamente banderizada y arraigada en el país, actuando al frente de las comunidades campesinas como alcaldes y capitanes de guerra. Sin embargo, sus preeminencias fueron contestadas, sobre todo en el siglo XVII, por convecinos en ascenso social, en un contexto de renovación de las élites locales y de conflictos por la hegemonía en la comunidad.

Al mismo tiempo, la Monarquía les fortalecía en su papel y los incorporaba a su servicio, a la vez que los controlaba más estrechamente. En Navarra, a finales del siglo XV ya gozaban de la exención del servicio de cuarteles y alcabalas y de cualquier otra carga militar, y desde el siglo XVI recibían "acostamientos" o pensiones sobre el servicio de Cortes, complemento apetitoso para una nobleza de recursos mas bien moderados. Los miembros de estas familias ocupaban puestos de poder e influencia. Se sentaban en el brazo militar de las Cortes, eran alcaldes y regidores de ciudades y villas, o seguían carreras como funcionarios del rey, oficiales militares, canónigos de la catedral o profesos de monasterios y conventos. En Navarra, el número de "palacios de cabo de armería" exentos y con derecho de asiento en Cortes se duplicó entre comienzos del siglo XVI y finales del siglo XVIII.

A lo largo de estos siglos se produjo una importante renovación de estas élites, sobre todo por la elevación de nuevas familias en las estructuras de la Monarquía y del Imperio colonial. Las carreras de muchos vascos en la Corte, en la Administración real, en la jerarquía eclesiástica, en el Ejército y la Marina, o en el comercio colonial fueron para sus familias una fuente de riqueza y de poder, pero también un fermento de ideas nuevas, de cambios culturales y de modernización.

  • El clero y la Iglesia

Los territorios que aquí consideramos formaban parte de circunscripciones eclesiásticas diferentes: las diócesis de Pamplona, Bayona, Calahorra-La Calzada y Tudela. La implantación de la Iglesia era intensa y se adecuaba a la distribución de la población. La diócesis de Pamplona, por ejemplo, cuyo clero representaba en torno al 2% de la población de Navarra, tenía unas mil parroquias, que eran abundantes, pequeñas y pobres en la Montaña, región de pequeñas aldeas, y pocas, grandes y ricas en las populosas villas de la Ribera.

El clero incluía a todos los que habían recibido la tonsura eclesiástica o habían hecho votos religiosos. Sus integrantes provenían de los diferentes grupos sociales y solían situarse en el alto o bajo clero según su extracción social, reproduciendo así las jerarquías y desigualdades de aquella sociedad.

El clero secular de las parroquias se dividía en tres grandes grupos: Una cuarta parte estaban al frente de una parroquia como párrocos o vicarios, con responsabilidades pastorales. Otra cuarta parte eran simples "beneficiados", es decir, clérigos que disfrutaban de un beneficio o renta que sólo les comprometía a ciertos rezos en el coro, cosa que se prestaba a acumular beneficios abusivamente. Unos pocos vivían de la renta de una capellanía familiar. La mayoría, casi la mitad del clero, sólo había recibido órdenes menores, por lo que estudiaban o hacían de acólitos o sacristanes.

En cuanto al "sistema de provisión" que regía los nombramientos del clero parroquial, la mayor parte de las parroquias de la Montaña y Zona Media de Navarra eran de patronato vecinal (los elegían los vecinos de la comunidad), por lo que la mayor parte del clero procedía de las familias campesinas acomodadas de la comarca. Existían, en menor medida, parroquias de patronato abacial, episcopal y señorial. En Vizcaya y Guipúzcoa abundaban las iglesias de patronato laico en las que los "jauntxos", como patronos, percibían parte de los diezmos y colocaban a sus "segundones".

El clero regular estaba compuesto por los frailes y monjas que pertenecían a órdenes religiosas. Los monasterios estaban enclavados en el campo y los conventos de fundación bajomedieval y moderna se concentraban en las principales ciudades y villas. En Navarra, a finales del XVIII había nueve monasterios, 43 conventos de religiosos y 20 de religiosas. Con el impulso de la Reforma católica, tras el Concilio de Trento (1545-1563) se multiplicaron las fundaciones de órdenes. Unas eran nuevas, como los jesuitas, muy influyentes a través de sus colegios, y otras reformadas como los franciscanos capuchinos o las carmelitas descalzas de Santa Teresa.

En general, la Iglesia no fue una gran propietaria como en otras regiones. En Navarra, por ejemplo, en el momento de la desamortización eclesiástica, la Iglesia apenas acumulaba el 4% de las tierras cultivables.

  • El comercio y los grandes comerciantes: la burguesía mercantil y la nobleza comerciante

El comercio fue una actividad importante en las ciudades vascas, especialmente en los puertos principales, y tuvo un auge especial en el siglo XVIII. Los hombres de negocios que participaron en el gran comercio podían provenir tanto de familias de comerciantes que se habían ido enriqueciendo en estos tratos como de familas de la nobleza. La riqueza del gran comercio elevó a una élite mercantil poderosa en las principales ciudades. Aún tratándose de un sector social avanzado, no parece que se pueda hablar de una "burguesía revolucionaria" vasca a finales del XVIII, ya que amplios sectores del comercio seguían en una dinámica tradicional, preocupados por su familia y por sus intereses particulares y corporativos, buscando la seguridad de las rentas y la posibilidad de constituir mayorazgos y entroncal con la nobleza.

En Bilbao, los comerciantes tuvieron un peso particular desde el siglo XVI creando en 1511 el Consulado y Casa de Contratación que agrupó a los mercaderes de la villa hasta el siglo XIX. En el nivel más elevado del comercio estaban una treintena de grandes comerciantes, con una importante presencia de extranjeros, dedicados a las exportaciones de hierro vizcaíno a Europa y América y de lana castellana a Europa. A diferencia de otras ciudades vascas, los comerciantes bilbaínos destacaron por una política moderna de capitalismo comercial invirtiendo en los principales sectores manufactureros del Señorío: prestaron con interés a los ferrones y a productores de lana, controlando parte de la siderurgia, y su participación financiera se extendió al curtido de pieles y a las fábricas de harinas. Parece que en el siglo XVIII los comerciantes más encumbrados entroncaron con las principales familias nobles.

Los comerciantes de San Sebastián crearon su Consulado en 1682. En 1728 se fundó la Compañía Guipuzcoana de Caracas presidida por el Conde de Peñaflorida y promovida por un grupo de notables guipuzcoanos: los Ansorena, Zuaznábar, Garayoa, Vildósola, Ayerdi, etc. Los más destacados poseían cargos en las villas y en la Corte, siendo al mismo tiempo nobles hacendados y comerciantes emparentados por una cuidada endogamia matrimonial.

En Navarra, durante el XVIII se desarrolló un importante comercio de larga distancia con Burdeos y Bayona en torno a la exportación de lana y a la importación de tejidos y ultramarinos. Los protagonistas fueron una docena de familias de hombres de negocios afincados en Pamplona. También éstos se dejaron subyugar por el ideal nobiliario invirtiendo en bienes raíces, en títulos de nobleza y en la fundación de mayorazgos. No lograron crear un Consulado (como tampoco lo consiguieron los comerciantes vitorianos en 1780) por la fuerte oposición de Pamplona y las Cortes.

En Bayona, ciudad de comercio, la burguesía comerciante ocupó en el siglo XVIII el primer lugar, aunque el modelo nobiliario seguía en vigor.

Mientras que las familias de las élites estaban abiertas, por encima del círculo de la aldea o la ciudad, a los horizones más amplios de la Monarquía, de la Iglesia, de las finanzas o del gran comercio, la vida de la inmensa mayoría seguía inscribiéndose en el círculo de la casa, de la pequeña aldea, de la villa, del gremio, de la parroquia, de la cofradía y de las demás células en que se organizaba y vivía aquella sociedad.

  • Casa y familia

La familia era la primera célula social. En cuanto a su estructura, existían dos modelos: la familia troncal, en el mundo rural vasco cantábrico, y la familia nuclear, en las tierras de la depresión del Ebro. La troncalidad suponía que la herencia recaía en uno de los hijos, manteniéndose el patrimonio indiviso. La transmisión de la propiedad se hacía en el momento del matrimonio del heredero/a. En la mayor parte de estos territorios la elección era libre, aunque prevalecía la tendencia a elegir al mayor de los hijos varones. Formaban parte de la casa los amos jóvenes, los amos viejos, los solteros de cada generación, los criados e incluso los "muertos de la casa". Este sistema comportaba un mayor número de personas por hogar (6 de media), dificultaba las nuevas instalaciones, favorecía matrimonios más tardíos y mayores porcentajes de soltería definitiva. En las tierras de la depresión del Ebro, al contrario, las familias eran "nucleares", compuestas por padres e hijos menores, con una media de cuatro personas por familia, y el matrimonio era más temprano y universal, gracias al reparto de herencias, las facilidades para instalarse y obtener la vecindad, y el abundante trabajo asalariado.

  • Las comunidades campesinas

En el mundo rural vasco nueve de cada diez familias eran campesinas y se encuadraban en comunidades rurales, incluso muchas "villas" no pasaban de ser simples aldeas amuralladas. Vamos a referirnos en particular a las comunidades de la vertiente cantábrica del Norte de Navarra, Guipúzcoa y Vizcaya.

La comunidad campesina era una sociedad con un sistema de organización regido por una costumbre y legislación común. Constituía una unidad territorial delimitada por mojones, propietaria de abundante "tierra comunal" y con un gobierno propio, mediante concejo abierto de vecinos. La aldea se identificaba con la iglesia parroquial, en cuya nave las casas vecinales poseían sus sepulturas.

La comunidad se regía según el derecho consuetudinario y las ordenanzas municipales (que regulaban el gobierno, la vida económica, los usos de los comunales, etc. imponiendo pautas de comportamiento en que lo particular quedaba subordinado al modelo comunitario) y mediante las decisiones del concejo de vecinos. Sólo los "vecinos", los miembros de pleno derecho de la comunidad, gozaban de la "vecindad", fuente de los derechos (como participar en los concejos, ejercer cargos públicos o disfrutar de los comunal) y de los deberes (como los trabajos vecinales, derramas concejiles, formar en las revistas de armas y participar en la defensa y vigilancia del término municipal).

En los valles cantábricos la aldea se definía como un conjunto de casas vecinales. La vecindad se refería a la casa vecinal (sujeto social permanente que confería esa condición a los "etxekoak" de cada generación) y era representada por sus amos. En estas comunidades la adquisición de la vecindad no era fácil, en un mundo saturado y de recursos limitados, cuya economía dependía estrechamente del reparto de los bienes comunales entre los vecinos. Hubo valles que compraban las casas vecinales vacantes o que exigían probanzas de limpieza de sangre e hidalguía para evitar la introducción de forasteros. Al contrario, en las villas de la Ribera la vecindad estaba más ligada a la familia y bastaba con cierto establecimiento, por residencia, matrimonio, etc., para ser admitido como vecino sin mayores dificultades, en un mundo más abierto, todavía necesitado de pobladores.

En el siglo XVII, las comunidades de vecinos de la vertiente cantábrica, preocupadas por el incremento demográfico sostenido por la "revolución del maiz" y por la formación de nuevos hogares que ponían en peligro el reparto de los recursos comunales, negaron la vecindad a las nuevas familias. Estas se vieron reducidas desde entonces a la condición de simples "habitantes" o "moradores", privadas de vecindad, y sólo pudieron sobrevivir como arrendatarias de las casas principales. Desde principios del XVII a finales del XVIII, el porcentaje de labradores propietarios cayó del 75% al 30%. El aumento de estas familias supuso una de las principales transformaciones de la sociedad rural y fue un factor importante de tensión y conflicto en la comunidad. Con el tiempo acabaron formándose comunidades a dos velocidades, con una clase vecinal propietaria y una clase de arrendatarios, en situación de relativa marginación, bajo la dependencia de los vecinos. En estas comunidades, la exclusión llegó a sus extremos con la marginación de los agotes en valles como Baztan, Roncal o Salazar.

Economicamente, las familias campesinas podían ser propietarias, arrendatarias o jornaleras, incluso se daban situaciones mixtas. Del mismo modo, los artesanos de los pueblos, además de su oficio, ejercían la labranza. En Vicaya, Guipúzcoa y los valles del Norte y Zona Media de Navarra predominaba la pequeña propiedad y una relativa homogeneidad, mientras que en la Ribera de Navarra se daban grandes contrastes entre un número reducido de propietarios y grandes masas de jornaleros.

La desigualdad entre ricos y pobres era grande, aunque menor que en otras partes. Una minoría de campesinos acomodados vivían con holgura, comercializaba los excedentes, criaba animales, tenían criados de labranza, podían aspirar a la hidalguía y procuraban colocar a sus hijos en la carrera eclesiástica o de leyes. En el otro extremo, las condiciones de vida de los campesinos pobres eran duras y dependientes de la coyuntura. El cultivo de sus escasas tierras no les bastaba y se empleaban como peones de ferrerías, braceros, leñadores, etc. Los hijos e hijas salían jóvenes de casa para trabajar de mozos de labranza, pastores o criadas. La pertenencia a la comunidad le proporcionaba un apoyo básico para sobrevivir, mediante las ganaderías concejiles, las "arcas de misericordia", y los recursos de los comunales que les proporcionaban castañas, madera, leña, helechos y pasto para el ganado.

Los palacios o casas principales tenían una posición hegemónioca en la comunidad y dirigían su gobierno.Con el tiempo, la antigua preeminencia de los parientes mayores pasó muchas veces a manos de nuevas familias que se habían elevado medrando en las estructuras de la Monarquía. La posición de estas familias se apoyaba en sus propiedades, en sus alianzas matrimoniales, en la colocación de sus hijos en cargos en la Administración real, en la Iglesia o en América y en las relaciones clientelares que mantenían con el resto de la comunidad mediante una política de prestigio y de paternalismo.

  • Ciudades y corporaciones urbanas

La ciudad era un agregado de cuerpos sociales u organizaciones colectivas muy diversas: casas aristocráticas, casa de comercio, talleres, familias campesinas, vecindades, consulado de comerciantes, gremios artesanos, cofradías, parroquias, conventos... Cada organización tenía sus reglas, sus actividades, sus formas de control social y sus jerarquías. Los que quedaban al margen de aquellas células sociales eran desarraigados, marginados que sobrevivían malamente gracias a la mendicidad, el vagabundeo o la asistencia de los "hospitales" de la ciudad.

Las mayores ciudades eran aún como pueblos grandes, aunque a lo largo de esta época fueron concentrando mayores funciones económicas y administrativas. En 1787, Bilbao contaba con 9.611 habitantes, San Sebastián con 11.494, Vitoria con 6.302 y Pamplona, Estella y Tudela también se situaban entre los 5.000 y 10.000 habitantes. La composición socioprofesional de las diferentes ciudades y villas tenía sus elementos específicos En Bilbao, Bayona y San Sebastián destacaba el sector comerciante; en ciertas villas vizcaínas y guipuzcoanas (Eibar, Mondragón, Tolosa, Placencia, Hernani...) eran importantes los talleres metalúrgicos especializados; en las villas costeras, las actividades marítimas; en Vitoria, ciudad artesanal, tenían importancia las actividades comerciales relacionadas con su aduana; en Pamplona pesaban las funciones administrativas como capital del reino y sede de un obispado.

La composición de las ciudades era variable pero tenía características comunes. En la cúspide se hallaba una aristocracia urbana compuesta por un puñado de familias de la nobleza y el gran comercio. Las parroquias y conventos concentraban un clero abundante compuesto -al menos el más distinguido- por los hijos de estas familias. Por debajo de los grandes mercaderes se afanaba un número mucho mayor de pequeños comerciantes y tenderos. Entre más de un tercio y la mitad de la población eran artesanos, el sector social más numeroso. En las ciudades vivía una cantidad nada despreciable de campesinos, la mayor parte arrendatarios y jornaleros que trabajaban las huertas y heredades del entorno. También había un número elevado de criados y criadas y, cuando existía guarnición, como en San Sebastián o Pamplona, de soldados. Por último, las instituciones educativas y asistenciales atraían a las ciudades a estudiantes y marginados.

  1. Las oligarquías urbanas gobernaban las ciudes y estaban compuestas por familias de la aristocracia nobiliaria a las que se podían sumar los más encumbrados comerciantes. En Pamplona o Vitoria dominaban las familias de la nobleza linajuda, mientras que los grandes comerciantes controlaban los puertos como Bilbao, San Sebastián o Bayona. A través del control de los cargos municipales, de la dirección de amplios sectores de la economía, del reparto de recurso, o de su política de mecenazgo, estas familias mantenían relaciones de dependencia con amplios sectores de la población.
  2. Los artesanos se agrupaban en talleres familiares que se asociaban, en el caso de los oficios más numerosos, en cofradías. La casa del artesano era a la vez la casa del maestro, con la familia que trabajaba bajo su dirección, incluyendo los oficiales, aprendices y criados. Normalmente los aprendices eran los propios hijos, yernos o sobrinos del maestro, pero también mozos provenientes de la ciudad o de las aldeas de la comarca. La jerarquía laboral distinguía los grados de aprendices, oficiales y maestros, fijaba el tiempo y las condiciones para pasar de un grado a otro, y, siendo un mundo endogámico, los hijos de maestros solían suceder a su padre al frente del taller, mientras que los otros se quedaban como oficiales o retornaban a sus aldeas para ejercer el oficio que habían aprendido en la ciudad. Entre los artesanos existían diferencias sociales y económicas muy importantes. Había oficios ricos, como en Vitoria los cereros o confiteros, y otros más pobres como el de los zapateros remendones.
    En las ciudades vascas, las hermandades de artesanos no tuvieron la entidad de los gremios de las grandes ciudades castellanas y europeas. Eran cofradías centradas en las prácticas religiosas, festivas, solidarias y asistenciales. Estas cofradías se regían por ordenanzas, tenían un gobierno propio y prácticas específicas de solidaridad. Tenían una estructura jerárquica que reproducía la jerarquía del taller y sólo los maestros podían ejercer los cargos de gobierno.
  3. Los pescadores no representaban un gran porcentaje en el conjunto de la población (4% en Vizcaya en 1794), pero sí un elemento esencial en las villas del litoral. Se dedicaban generalmente a la pesca costera y muchas veces simultaneaban la pesca con tareas rurales. Estaban organizados en cofradías de mareantes que monopolizaban el oficio en cada villa. A las cofradías medievales (Plencia, Bermeo, Lequeitio, Deva, San Sebastian, Fuenterrabía) se añadieron muchas otras durante la Edad Moderna. Estas cofradías reglamentaban en cada puerto las actividades de extracción pesquera, comercialización, transporte y venta de pescado, mantenimiento y limpieza del puerto, etc. Estaban fuertemente jerarquizadas en tres niveles: maestres o dueños de lancha, que gobernaban la cofradía, marineros o pescadores comunes y grumetes.
  4. Los pobres: en general aquella sociedad era bastante pobre. La mayoría vivía con lo justo por lo que una mala cosecha, el cese laboral, la muerte o la enfermedad prolongada abocaba a la familia a la pobreza. Ante la miseria o la invalidez, la ayuda sólo podía venir de los círculos más inmediatos: la casa, la parentela, las cofradías gremiales, las vecindades, la asistencia de los conventos o parroquias y las instituciones de beneficencia. En el siglo XVIII se observa un proceso de racionalización de la asistencia municipal. Se distingue a los pobres falsos ("los vagos, malentretenidos y holgazanes") de los "verdaderos pobres vecinos", incapacitados para trabajar y que merecían el socorro. En los años 1780 se crearon hospicios, como el de Vitoria, que muestran el intento de las autoridades ilustradas por agrupar a los pobres y darles trabajo, financiando así su mantenimiento.
  5. Los marginados se pueden dividir en dos tipos: los que por su situación personal o familiar quedaban al margen de la sociedad, como es el caso de los mendigos y vagabundos, y los que formaban parte de un grupo rechazado por la sociedad, como los judíos, moriscos o agotes.

En las provincias vascas, la segregación de estos grupos tuvo un significado particular en el contexto de construcción de la ideología solariega y de defensa de la calidad y limpieza de sangre de los vascongados como hidalgos. Una forma de marginación particular en la Montaña de Navarra fue la de los "agotes" de los valles de Baztan, Roncal y Salazar. En Bozate, barrio de Arizcun, había una gran concentración de agotes, colonos del palacio de Ursúa, cuya marginación perduró hasta el siglo XIX.

A lo largo de la Edad Moderna, las comunidades rurales y urbanas reaccionaron ante la "novedad", contra todo aquello que atentaba contra la propia costumbre. Se tendía a defender la economía moral de la propia comunidad o corporación frente a los abusos de los poderosos, frente a los foráneos o frente a los competidores. Numerosos conflictos fueron enfrentamientos entre aldeas o valles vecinos, o luchas entre corporaciones o grupos urbanos por privilegios, monopolios o cotas de poder. Los campesinos tendían a querer restaurar el orden moral, legal y cultural cuando éstos se veían alterados por la intervención de agentes señoriales, urbanos o de la administración real.

Entre los principales problemas que se plantearon destacan el proceso reseñoralizador de los siglos XVI y XVII, el progresivo control de los cargos municipales y provinciales por parte de una minoría de notables, el aumento de la presión fiscal para hacer frente a las necesidades militares de la monarquía, o el intento de imponer novedades que atentaban al orden foral, como determinadas prestaciones militares, nuevos impuestos o el intento de trasladar las aduanas.

Los conflictos sociales en el País Vasco fueron semejantes a los que tuvieron lugar en Europa, aunque generalmente resultaron menos extensos y violentos que las guerras sociales europeas. Los principales fueron la guerra de las Comunidades en 1520-21, el complot de Navarra de 1648, los motines de Fitero de 1627 y 1675, el motín del estanco de la sal de 1631-34, el motín de Tudela de 1654, las revueltas de Bayona de 1590, 1641 y 1665, las revueltas en Lapurdi de 1655-59, la matxinada de 1718 en Vizcaya y Guipúzcoa, las alteraciones de Vitoria de 1738, y la matxinada de 1766.

Por otro lado, la implantación de prácticas capitalistas de mercado, con la especulación, la preponderacia del mundo urbano sobre el rural y otras novedades introducidas por el sector más innovador de las élites del país fueron fermento de conflictos, especialmente en el siglo XVIII.

Tradicionalmente, al tratar del siglo XVIII se ha opuesto una burguesía comerciante, dinámica y "revolucionaria", a una nobleza rentista, pasiva y conservadora, preocupada por mantener sus privilegios. Sin embargo, este modelo no corresponde a lo que se observa en el País Vasco, donde un sector de la nobleza fue ilustrado, emprendedor, comerciante y, con respecto a la mayoría social de su entorno, relativamente progresista, mientras que grandes burgueses comerciantes se mostraron muchas veces conservadores, con ideales de vida rentistas y nobiliarios.

Aquel sector más abierto de la nobleza destacó por su modernidad. Participó en negocios mercantiles, procuró el rendimiento de sus tierras, constituyó bibliotecas, estuvo abierto a las ideas del siglo, mediante lecturas, estudios en el extranjero, viajes y correspondencia epistolar, se reunió en tertulias cultas y fundó o participó, desde 1766, en la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, muchos de cuyos miembros eran de elevado rango estamental y propietarios de varios mayorazgos, como el propio conde de Peñaflorida, su fundador. A su modo, estos hombres reflexionaron sobre las reformas del país, apostando por un reformismo práctico que aportara mejoras concretas a la sociedad.

Su principal impulsor fué Xabier María de Munibe, conde de Peñaflorida. Sus estatutos, aprobados por Carlos III en 1765, eran un proyecto de regeneración social basado en la educación y en la ciencia. Pretendían fomentar la agricultura, la industria, el comercio, las artes y las ciencias. Tuvo socios en el País Vasco, en las principales ciudades españolas y en América y Filipinas. Su preocupación por la educación les llevó a crear escuelas de letras en Vitoria, Loyola, Vergara, San Sebastian y Bilbao, y fundaron el Real Seminario de Vergara, colegio de nobles particularmente avanzado para su época.

A lo largo del siglo XVIII se agudizaron notablemente las diferencias culturales en el seno de la población, especialmente entre las élites del país. Un factor importante de este cambio, que tendría grandes consecuencias culturales y políticas, fue la participación de una parte de las élites vascas en el gobierno del Estado y en el Imperio colonial. Como señalaría el conde de Guendulain en sus memorias, las diferentes adscripciones políticas que siguieron las familias dirigentes navarras en el momento de la primera guerra carlista estuvieron muy relacionadas con su trayectoria anterior: aquellas que se habían forjado en una dinámica estatal e imperial -colocando a sus hijos en carreras cortesanas, burocráticas y militares- dieron generalmente cuadros liberales, mientras que la nobleza que había permanecido arraigada en el país fue conservadora.

Parece que, a finales del siglo XVIII, frente a los sectores mayoritarios más arraigados en la costumbre, compuestos por la mayoría de las clases populares y por los sectores tradicionales de la nobleza, el clero y el comercio, contrastaba una élite ilustrada, minoritaria, de mentalidad liberal, burguesa y mas o menos reformista, compuesta por los sectores ideológicamente más avanzados de la nobleza, el clero y la burguesía.

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