Se trata de ciertas manifestaciones satíricas y pantomimas ridiculizando aquellos actos que los vecinos no encontraban correctos o que resultaban inusitados, como los casamientos de viudos o viudas con personas muy distanciadas de edad, o que habían tenido alguna historia pintoresca, las desavenencias conyugales, etc. Además de estos charivaris ordinarios existen entre los vascos otros de gran espectáculo, organizados y representados por las sociedades de jóvenes, como son las "cavalgades" chariváricas y las farsas de la misma índole.
Estos charivaris se denominan en vasco asto-lasterrak, tobera-mustra y zintzarrotsak, de zintzarri "cencerro", y en su forma más ruda consiste en cencerradas que se prodigan a los viudos de cierta edad que contraen matrimonio. Ya desde que se sabe de un proyecto de matrimonio de esta clase, los jóvenes se reúnen para decidir si habrá de celebrarse un charivari. Para saber si hay mayoría afirmativa, todos los que sean partidarios del charivari se hacen a un lado. Dos de entre ellos toman un palo, cada uno por un extremo, pasando todos los asociados por debajo, lo que significa que se comprometen a tomar parte, compromiso que se considera sagrado. Llegado el día se le despoja al ganado de sus cencerros y collares con cascabeles y cimbales. Los jóvenes se reúnen cada día delante de las casas de cada uno de los futuros esposos, provistos de todos los ingenios capaces de hacer ruido o dar sonidos estrepitosos. Un improvisador, un koplari, contratado para ese menester, acude a estos charivaris nocturnos e improvisa coplas euskéricas de la mayor ironía y ridiculización posible. Al corriente de la vida de los dos contrayentes, cada copla debe tocar los puntos más vulnerables y sutiles, para recibir un unánime aplauso. Sin embargo, en estas manifestaciones poéticas se guardaba cierto decoro y respeto que no iba más allá de ciertos límites no vulnerados porque al fin y al cabo en las pequeñas vecindades todos son familia o parientes.
En una de éstas que conocí en un pueblo euskaldun de Navarra, ridiculizando un casamiento de viudos ya entrados en edad que de solteros habían tenido alguna pequeña aventura, la ironía de las coplas no pasó más allá de imitar a la esposa quitándole las legañas al marido con el pañuelito que le han regalado, como regalo de boda. Y todo esto dicho en diminutivos:
"-¿Qué le regalaremos al tío Bernabé por la boda?- Un pañuelico para que la querida esposa le limpie las legañicas".
Otras veces, según los casos, el koplari se propasaba, pero ya no gustaba a la gente. Estas serenatas de cencerros se daban todas las noches hasta que se celebraba la boda. En ese día, un cortejo de honor, con música de ronda, y el koplari a la cabeza, acompaña a los nuevos esposos a la iglesia. Se percibe, a veces, el olor acre de pimientos rojos quemados en potes de tierra. Al final de la ceremonia, cuando vuelve el cortejo a la casa, se da por terminado el charivari.
Estos charivaris adquieren otra modalidad cuando se dan al marido que se deja pegar por la esposa. En un caso de éstos, dos jóvenes, hombres los dos, se visten de marido y mujer lo más parecido posible a los aludidos, y simulan la escena ridiculizándolos. Ceremonias parecidas a los viejos que se casan con jovencitas, a menos que paguen a la juventud un tributo en efectivo para librarse del charivari. Claro que los casos que motivan el charivari son variadísimos. Por ejemplo, un joven sin fortuna que se casa con una viuda rica o de mucha más edad que él, es motivo para un charivari teatral en regla. La farsa se representa delante de la casa de los esposos. Se nombran dos abogados, uno demandante, por parte de la juventud, el otro, defensor, de parte de la vejez. Suelen vestirse de gran levita de abogado, coronando la cabeza del jefe con un inmenso bonete de cartón. Se levanta una plataforma en la que toman parte los dos abogados, el juez y dos que representan a los interesados debidamente ataviados. Concurre público numeroso, prácticamente toda la vecindad. Los dos abogados inician el debate mediante salidas a cual más burlescas y divertidas ciñéndose al puro hecho moral. Cuando, por ejemplo, un matrimonio anda en continuas desavenencias se reúnen los jóvenes y deciden si se organiza o no un charivari. Comienzan a cotizar los jóvenes para cubrir los gastos nombrándose dos comisarios para efectuar los preparativos y vigilarlos. El rumor de la fiesta corre rápido por la vecindad y pueblos cercanos de los que afluye la gente para ver la pantomima. Un cortejo, llamado "volante" se pone en marcha siguiendo este orden: delante tres o cuatro guardias a caballo revestidos de una casaca blanca guarnecida de galones de oro, pantalón blanco, provisto de cascabeles, faja de seda roja y, como tocado, un bonete orlado de flores y de cintas. Sostiene con la mano derecha una lanza terminada por una bolsa larga destinada a la cuestación. Después, montados sobre asnos, el ujier y un hombre vestido grotescamente de mujer. A continuación viene la música, compuesta de un flautista, un cornetín a pistón, tamboriles, un tambor y una gruesa caja. Zapadores con sombrero gigantesco, con hacha de cartón, con estupendos delantales blancos de tela, precedidos de un tambor mayor y de caballeros vestidos fantásticamente de oficiales. Estos oficiales tienen unos un quepis de coronel de infantería, con charreteras de lugarteniente, o viceversa, y visten uniformes mitad húsares mitad artilleros. Desfilan sable en mano con gran empaque. Una muchedumbre de arlequines, polichinelas y de actores con figuras grotescas, les rodean por todas partes. Los herradores se precipitan sobre las muchachas simulando que les herran el pie. Si desean evitarse esta escena deben pagar uno o dos soses. Lo mismo ocurre con el barbero, el cual, armado de una enorme navaja de afeitar de cartón, les toma el mentón para afeitarles. Siguen finalmente una cuarentena de danzantes que avanzan en dos filas bailando la moresca. El juez y los abogados, vistiendo de etiqueta, van encuadrados por los danzantes. Llegados a la plataforma preparada para la representación, los ujieres ordenan se mantenga silencio, suena la música, los actores suben al tablero y el koplari anuncia que va a comenzar la representación. Dice que el abogado tomará primeramente la palabra, sostendrá la causa de las costumbres violadas y pedirá reparación del escándalo causado. El abogado comienza su requisitoria mediante razonamientos mordentes que lanza a su adversario. Este responde en tono no menos mordente; entonces se establece un diálogo en prosa rimada que se convierte en una sátira general de los defectos y ridiculeces de todo género. Los dos contrincantes rivalizan en ingenio ocasionando incidentes y ataques a ciertos usos y hechos en relación con la acción principal. El juez se pronuncia y, con voz solemne, repudia el escándalo y pide para los autores la pena de muerte. La espada de cartón se eleva sobre los que ocupan el estrado, pero en el momento de la ejecución, llega jadeante un hombre a caballo anunciando la gracia del rey. Los jueces se levantan entonces y con los abogados abandonan el estrado que es ocupado entonces por los músicos y danzantes. Termina la fiesta con contradanzas y mutil dantza como de costumbre.
Ref. Kauffman, Paul: "Le volant ou charivari." Journal de Voyages, 1907, n.° 539 (PP- 295-298); Hérelle, G.: "Les charivaris nocturnes", RIEV, 1924 (pp. 505-522); Azkue, R. M.ª: "Astoak", Euskalerriaren Yakintza, t. I (PP. 34-37).
