Célebre curandero navarro, natural de Ilarregui, que ejerció su profesión en el siglo XVI, según refiere Idoate en Rincones..., [t. I, págs. 83 y 84]. Se autodenominaba «algebrista» y se dedicó durante más de treinta años a poner en su lugar los huesos de los descalabrados por algún accidente. Utilizaba en sus curas emplastos de clara de huevo batida en sal menuda, de sebo de carnero y de otros ingredientes un tanto curiosos. Muchos pasaron por sus manos, incluso gente importante, en general con fortuna. Tuvo también detractores, comenzando por los médicos y cirujanos. No tuvo suerte con dos mujeres que sufrieron una fractura de muñeca de resultas de accidente. Una de ellas, costurera y mujer de un soldado, se querelló contra el curandero, solicitando una indemnización, porque ya no podía dedicarse a su actividad de costurera. No se defendió mal el acusado, sin embargo fue condenado al pago de una multa de 3.000 reales, cantidad considerable en aquel tiempo. Y lo que es peor, se le prohibió ejercer la profesión, aunque se reconociese en la cuenca de Pamplona que «sería en mucho daño de la tierra, por no haber otros que supiesen curar».
