Lexique

MULTA

La Amende honorable en Bayona. La multa honorable ha desempeñado un gran papel entre las condenas que se imponían en otros tiempos a los culpables. El condenado era conducido por el verdugo a la plaza, con la cabeza y los pies desnudos, un doble cartel era colocado sobre su pecho y sobre su espalda, donde el crimen que había cometido estaba mencionado. Alguna vez una corporación completa era condenada a una multa honorable. Es lo que sucedió a principios del año 1280. Un clérigo de la ciudad de Dax dio lugar a los primeros altercados entre el Obispado y la Corporación de la ciudad. Este clérigo, llamado Ménart, fue acusado de un acto de violencia cuya naturaleza no se especifica, pero el alcalde de Bayona le hizo arrestar. Desde el momento que no era en absoluto laico, el alcalde no tenía derecho alguno sobre él, y a pesar de las enérgicas reclamaciones del obispo, Ménart fue enseguida condenado a cortársele la mano derecha. La ejecución tuvo lugar. El desgraciado fue mutilado y después expulsado de la ciudad. Se puede concebir el furor del obispo Dominico de Mans al ver sus derechos y privilegios tan extrañamente violados. Además pertenecía al partido aristocrático, así como el alcalde, Pierre-Arnaud de Viele, era en ese momento el jefe del partido popular. El obispo recurrió primero a las armas espirituales, y excomulgó a la vez al alcalde y a los Cien Pares. Pero esto era poco, y embarcó enseguida para pasar a Inglaterra y llevar el debate ante el rey. Al mismo tiempo la Corporación de la ciudad enviaba embajadores a Londres encargados de presentar allí su defensa. Se puede concebir cuál fue el embarazo del rey Eduardo ante esta doble diligencia. Al rey no le agradaba castigar pero, al insistir el obispo en su reclamación, hubo que recurrir a un compromiso de arbitraje, y el rey de Inglaterra, juntamente con el obispo de Bath, fue elegido como árbitro. El 3 de junio de 1282, Eduardo y el obispo de Bath dictaron su sentencia; sin motivarla, el rey admitió, en principio, las circunstancias atenuantes, y condenó a la Corporación de Bayona a una reparación y una multa bastante considerable para la época. La reparación no era sino la multa honorable por injurias hechas a Dios, a la Iglesia y al obispo. Y fue un espectáculo que atrajo la población de la ciudad a la plaza pública, el día de la Natividad de la Virgen. Se vio pronto aparecer al alcalde Pierre Arnaud de Viele, seguido de la larga procesión de los Cien Pares, en camisa y pies desnudos, cada uno de ellos sosteniendo en la mano una antorcha encendida de por lo menos una libra. Y si no nos equivocamos, este espectáculo, triste para unos, alegre para otros, no fue en absoluto pretexto de burla, ya que estos severos hombres austeros debían ir acompañados, así como en todos los actos solemnes, de sus principales oficiales, entre los que se hacía destacar sobre todo el verdugo. Ya que se sabía que este funcionario tenía la mano pesada y que la gruesa torre del castillo contenía malsanos calabozos. La procesión entró lentamente en la iglesia catedral y cada uno de los miembros de la Corporación de la ciudad fue a su turno, el alcalde a la cabeza, a depositar como ofrenda sobre el altar mayor, el cirio que tenía en la mano. A continuación el obispo subió al púlpito y pronunció un discurso de circunstancia. La sentencia de destierro contra Ménart fue revocada, pudo volver a Bayona y gozar, durante su vida, de una pensión anual de 200 libras bordelesas. Por último, una suma de 500 libras esterlinas debía, además, ser pagada por la ciudad al obispo antes de San Martín del invierno. El rey de Inglaterra hubiera hecho mejor quizá destituyendo un alcalde tan invasor, pero le necesitaba y lo sabía, él y su partido, devotos a la causa real, y poco tiempo después fue a darle pruebas de ello. La multa honorable fue humillante para el partido popular entonces en el poder, no consiguió de todas formas apaciguar los partidos, ya que pasaron pocos meses antes que las calles de Bayona no fueran ensangrentadas por la guerra intestina, y el ruido de las armas retumbó con violencia en la vieja ciudad. Nuestros antiguos documentos señalan todavía una multa honorable condenando a René Charretier, acusado de herejía, a aparecer en camisa, cabeza descubierta, cuerda al cuello, un haz de leña a la espalda, una antorcha encendida en la mano y luego a asistir a un sermón que se hará el día de domingo en la catedral de Bayona; allí debía decir y declarar públicamente que estaba resuelto a vivir y a morir en la fe cristiana y de la iglesia católica, y con el fin de ser recompensado por su obediencia, debía ser castigado por el ejecutor de la alta justicia de todos los cantones y encrucijadas de costumbre de Bayona a tener la lengua perforada por un hierro caliente y a ser desterrado para siempre. La sentencia fue ejecutada junto a la picota. Según el crimen a expiar, la multa honorable tenía algunas veces variantes curiosas. Así se nos permitirá señalar la famosa sentencia dictada contra Juan de Malgue por crimen de bigamia, que llevó multa honorable en el estado del ayuntamiento y ante la puerta de la catedral, cabeza y pies desnudos, una antorcha encendida en la mano y un cartel al cuello, tres cargas fueron colgadas de su cintura, y todo ello fue terminado con azotes y galeras perpetuas. A menudo el condenado iba al altar del `Corpus' (San Pedro), y pedía perdón a Dios, luego se arrodillaba ante Nuestra Señora, al pie del altar mayor, donde ofrecía los dos cirios a la Virgen María. Hecho esto se le apaleaba y desterraba o se le colocaba en la picota para colgarle y estrangularle en la plaza pública. Ref. Edouard Duceré: Dictionnaire historique de Bayonne, 2 vols, Bayonne, 1911-1915.