Lexique

ESTUDIANTE

Con frecuencia suele ser vizcaíno el apellido del aprobador del libro en obras del siglo de oro. Pero de quienes manejaban los libros de una u otra suerte, los que más fama alcanzaron fueron los estudiantes. Vieja era la persuasión de que los vizcaínos no eran menos aptos para las letras que para las armas. Y así, muchos de ellos, al tiempo que los hijos de Marte se partían para Flandes, Italia o Indias, encaminábanse al templo de Minerva, levantado en Alcalá o Salamanca, donde formaban el grupo aludido por Larramendi. (Coreografía o descripción general de la muy noble y muy leal provincia de Guipúzcoa, Barcelona, 1882, 198 pp.). Comencemos por Alcalá, beneficiando la rica mina de datos que nos ofrece Urriza. (La preclara Facultad de Artes y Filosofía de la Universidad de Alcalá de Henares en el Siglo de Oro, 1509-1621, Madrid, CSIC, 1941). En el índice de los catedráticos de artes ocurren varios apellidos cuya oriundez parece clara: Agorreta, Lasarte, Insausti, Lizarrazu, Otaduy y otros son inconfundibles. Sobre algunos de ellos ofrece el autor interesantes pormenores. (Op. cit., 143-144). Mención especial merece "Juan Sánchez de Ocáriz, natural de Salvatierra, diócesis de Calahorra, regente en 1565, que dejó su hacienda para obras pías a disposición de D. Pedro y D. Gaspar de Ochoa, sus albaceas, y éstos fundaron un Colegio de Vizcaínos, cuyo primer rector fue el Dr. Ochoa y cuyos colegiales se autorizaban con su manto pardo y beca negra, debiendo ser naturales de Cantabria, los cuales "al paso que en la guerra son valerosos y indómitos, en la paz son promptos y de agudo ingenio". Por otro lugar del libro sabemos que se llamaba Colegio de Vizcaya o de San Juan Bautista, y que la dotación del maestro Ocáriz fue para diecinueve colegiales. No recuerdo alusiones literarias ciertas a los vizcaínos de Alcalá, tal vez porque bulleron menos que sus hermanos de Salamanca. En Salamanca y en ambiente estudiantil se desarrolla la obra de D. Juan Vélez, Encontráronse dos arroyuelos (pp. 314-349 de la Parte veinte y tres de Comedias nuevas escritas por los mejores ingenios de España... Año 1666. En Madrid, por Joseph Fernández de Buendía. La cita inmediata, en la p. 317). Al principio "Salen los estudiantes, con mujeres con mascarillas y músicos y gritan todos: Victor la Escuela, revíctor Vizcaya". Por un trabajo de D. Juan J. de Mugártegui (Los Vascongados en el Colegio Mayor de San Bartolomé el Viejo de Salamanca, en BAP, 3, 1947, 163-195), conocemos a lo más granado de los vizcaínos trasplantados a Salamanca. De la gente menuda, más o menos apicarada, nos informan otros documentos. Cervantes da comienzo a La Señora Cornelia de esta manera (BAE, I, 211): "D. Antonio de Isunza y D. Juan de Gamboa, caballeros principales, de una edad, muy discretos y grandes amigos, siendo estudiantes en Salamanca determinaron de dejar sus estudios por irse a Flandes, llevados del hervor de la sangre moza y del deseo, como decirse suele, de ver mundo, y por parecerles que el ejercicio de las armas, aunque arma y dice bien a todos, principalmente asienta y dice mejor en los bien nacidos y de ilustre sangre". (Aunque J. de Apraiz, Los Isunzas de Vitoria, t. 10 de la BBFH, Bilbao, 1897, no mienta a ningún Antonio, inclínese el lector, si le place, por la ascendencia alavesa del personaje de Cervantes). Estos son los que luego continúan sus estudios en Bolonia. Fija tenía Cervantes la idea de nuestros estudiantes salmantinos, pues en El Vizcaíno fingido (En CCL, 125, 129-130) vuelve a recordarlos. Dice allí Solórzano... "la suerte ha querido que de Vizcaya me enviase un grande amigo mío a un hijo suyo, vizcaíno, muy galán, para que yo le lleve a Salamanca y le ponga de mi mano en compañía que le honre y enseñe". El autor del entremés quiso fingir un estudiante de mucho predicamento, a lo que parece. Mas es de creer que serían numerosos los vizcaínos avispados, faltos de recursos, que saciarían su afán de sabiduría simultaneando las funciones de criado y las de estudiante, es decir, de capigorristas, como nos decía Covarrubias al explicar el uso de la gorra. (Sobre ellos, léase una página de Reynier en J. de Entrambasaguas, Estudios sobre Lope de Vega, t. I, Madrid, 1946, pp. 218-219). Pensemos que en Salamanca los señores eran rumbosos y así a ninguno de nuestros vizcaínos le alcanzó la desventura de los hambrientos pupilos del dómine Cabra en Segovia, según nos cuenta Quevedo. (La vida del Buscón..., 1, I, cap. III, AP, 85. En CCL, 5, p. 37, hay variantes. Al vizcaíno se le apellida Surre. No he consultado las primeras ediciones ni quiero aventurar hipótesis): "Certifico a v. m. que vi al uno de ellos, que se llamaba Jurre, vizcaíno, tan olvidado ya de cómo y por dónde se comía, que una cortecilla que le cupo, la llevó dos veces a los ojos y entre tres no le acertaban a encaminar las manos a la boca". Con todo, aunque no se cebara en ellos el hambre tan rigurosamente, no excluimos la posibilidad de que algunos vizcaínos de la ciudad del Tormes arrastraran una vida airada, pareja de la pintada "con franco y brutal naturalismo" por Palau en su Farsa Salamantina. De la presencia de los hijos de Navarra y Vizcaya en aquella universidad nos certifica también Agustín de Rojas en una de sus loas (El Viage entretenido, NB, 21, 547). Y con más puntualidad La Tía fingida (BAE, I, 248), al discernir los caracteres de la abigarrada población estudiantil: "Porque los vizcaínos, aunque son pocos, es gente corta de razones; pero si se pican de una mujer, son largos de bolsa". Con ello se toca el punto de la tacañería o generosidad del vizcaíno, punto sobre el que hay testimonios contradictorios. Limitémonos aquí a los estudiantes. Otros textos se alegarán cuando salga a escena el vizcaíno picado de aquella flecha, nueva manifestación de su carácter. Esa sentencia de La Tía fingida parece tan concluyente y decisiva que no admite réplica. Sin embargo, su valor de aforismo queda muy mermado, si no desvanecido del todo, a poco que se hurgue en sus palabras. Francisco A. de Icaza (De cómo y por qué "La Tía fingida" no es de Cervantes, en BRAE, I, 1914, pp. 416-433. Los pasajes citados corresponden respectivamente a las pp. 416, 419 y 426) sometió a la discutida novela a una afortunada vivisección de la que dedujo que La Tía fingida "no es, en lo esencial, sino un arreglo o adaptación al castellano de varias páginas de los Razonamientos del Aretino". El pasaje relativo a los vizcaínos, refiérese en el original a los tudescos: "I Tedeschi... La lor natura é dura, acra... s'imbertonano ne gli amori... ti daranno de gran ducati". Observa atinadamente Icaza: "La adaptación resulta tanto más forzada cuanto que necesariamente entre los estudiantes castellanos y los andaluces, gallegos, vizcaínos o de cualquiera de las demás provincias españolas, no podía haber las diferencias esenciales que, según la Nanna, separaban y distinguían a los príncipes, embajadores, cardenales y ricos mercaderes de diversas naciones, en los hábitos y maneras de corresponder y remunerar los favores femeniles". Agrega con mucha verdad que a todos los estudiantes los igualaban juventud y pobreza. Pongamos, pues, en cuarentena la noticia de La Tía fingida o de su incógnito autor. Más valor y más visos de realidad tiene el testimonio del maestro Correas, catedrático entonces de la salmanticense. Dice así en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales (ed. de Madrid, 1924, p. 262. También Larra se acordará de la frase): "Largo y angosto, como alma de vizcaíno; o larga y angosta.-Dícese porque los que vienen nuevos a Salamanca, por una parte querrían mostrarse liberales y por otra se estrechan porque es poco el caudal, y dijeran mejor largo y angosto como bolsa de vizcaíno; también alude a razón vizcaínada". Esa falta suplían con una sobra de cólera que más de cuatro veces ensangrentó las calles de Salamanca. Tirso de Molina (Todo es dar en una cosa, jornada 1.ª, NB, 4, 522. En la Peña de Francia entran en escena los estudiantes de Salamanca) nos informa de uno de aquellos salvajes encuentros, por boca de Gonzalo Pizarro, soldado que fue estudiante y dejó de serlo por burlar ciertas pesquisas: prefirió las plumas del soldado a las del sabio, y las hojas toledanas a las de los libros. Ocasionaron las oposiciones de dos cátedras vacas competencias, que hay poco de cuestiones a cuestiones. Vizcaya (siempre amiga de pendencias), saliendo a rotular Extremadura, una noche propuso resistencias; mas yendo con nosotros la ventura, si no el valor, que no soy arrogante, dando la muerte a tres nos asegura. Murió entre éstos un célebre estudiante, hijo del secretario que más priva con nuestro Enrique Cuarto, y fue bastante su sentimiento a que el Consejo escriba despachos criminales que comete a un juez pesquisidor, un peste viva. Este a fuego y a sangre a saco mete culpados e inocentes, porque avaro tenía la ocasión de oro del copete. No valieron con él ruegos, no amparo: destierra, echa a galeras y ajusticia a diestro y a siniestro sin reparo. Huyeron el rigor de su avaricia muchos, y yo con ellos, al sagrado que halló la juventud en la milicia. Halléme en rebeldía condenado a cortar la cabeza; mas ¿qué importa si gozo privilegios de soldado? En fin, mientras cabezas el juez corta, los hábitos repudio, galas visto, y el parche sigo que al valor exhorta. Llego a Valladolid y en él me alisto en favor de mi rey, que, despojado de su silla, a rebeldes es mal quisto. Aunque ha sonado el nombre de Enrique IV y se mienta su desventura y luego la coronación de su hermano, no cabe duda que en ese parlamento nos informa Tirso de hechos de su propia época. La alusión a un hijo del secretario no es despreciable. Más aún: esta comedia, publicada en 1635, al paso que relata algún hecho histórico de esas fechas, nos brinda en ese pasaje una como profecía de otros sucesos que acontecieron tal como se vaticinan, un decenio más tarde, cuando arreciaron las pasiones y se encresparon las envidias y odios en la morada de Fray Luis de León, el cantor de la paz y del sosiego. Si se demostrara que la comedia del mercedario se compuso a fines de 1635, el hecho relatado podría ser el mismo que narra el jesuita Andrés Mendo en carta fechada en Salamanca el 17 de noviembre de 1635. (Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús sobre los sucesos de la Monarquía entre los años 1634 y 1648, t. I, MHE, t. 13, pp. 318-319): "En esta Universidad ha habido grandes novedades esta semana. Es el caso que un estudiante andaluz dijo no se qué de los vizcaínos delante de uno de ellos, el cual, agraviado, dio cuenta a los demás, y, de lance en lance, se fueron irritando de suerte que la nación andaluza y vizcaína salieron a reñir muy de mano armada. Fue la batalla sangrienta; quedaron algunos andaluces heridos y dos vizcaínos muertos. Recogiéronse los andaluces, y los vizcaínos, después de haber enterrado a los dos con la mayor pompa que en Salamanca se ha visto, trataron de vengarse. Pusiéronse de por medio todas las personas graves, recogiéronlos en sus casas y en los Colegios Mayores y, después de mucho trabajo, se quitaron. La justicia dio tras las casas de los andaluces, y se echó sobre los hatos, porque las personas todas se han ido, de suerte que no se ve un andaluz en la Universidad". En carta del 1.° de diciembre añade un dato nuevo el mismo informante (obra y tomo citado, p. 340), dato que tiene su paralelo en Tirso: "Busqué a Pedro Agustín; hase ausentado por causa de la guerrilla pasada, para la cual ha venido juez pesquisidor; todos se recogen, huyéndole la cara". Desgraciadamente el juez pesquisidor, "un peste viva", no logró acabar con los gérmenes de discordia. Un chispazo de gallegos contra vizcaínos en 1643 (véase Amalio Huarte Echenique, La Nación de Vizcaya en la Universidad de Salamanca durante el siglo XVII, Salamanca, 1920, p. 12 y sig.) fue triste presagio del voraz incendio en que quedó envuelta la Universidad durante el trienio siguiente. (Mi silencio sobre los años que median entre el 35 y el 43, no es indicio de que se gozó de paz octaviana a orillas del Tormes; me faltan datos tocante a ellos y a los posteriores al 1646). En 1644 era rector de la Universidad de Salamanca D. José de Andía y Larrazábal. (Véase Fr. Luis G. Alonso Getino, El Maestro Fr. Francisco de Vitoria..., Madrid, 1930, p. 491).