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SERVICIO DOMÉSTICO

Empleados, criados y criadas al servicio de una familia. A lo largo de nuestra historia casi todo el País Vasco ha estado dedicado a la ganadería, la pesca y la agricultura, con familias más o menos pudientes y menesterosas. No se han hecho estudios sobre el tema, dándose el caso de alusiones y menciones a nuestros criados y criadas en las novelas y otras producciones literarias. Y si tan poco se ha escrito alusivo a nuestra época, menos, todavía a la próxima pasada.

Sobre el origen y distribución de este personal se ha estudiado estadísticamente la procedencia del mismo tomando como muestra a Vitoria. He aquí sus conclusiones: Entre junio de 1867 y octubre de 1870 se inscribieron en el Registro de Sirvientes de Vitoria nada menos que 1.317 personas, en una ciudad que en 1860 superaba en poco los 15.000 habitantes. Sobre ese total de empleados, sólo el 8,5 % eran nacidos en la ciudad. Utilizando únicamente la cifra de inmigrados a Vitoria, se observa cómo el 54 % de estos forasteros son nativos de la provincia de Álava, aunque con un reparto muy heterogéneo. Importante también señalar que casi el 20 % son guipuzcoanos, sobre todo del pasillo migratorio del Valle de Leintz, tradicional desde el s. XVIII y que se va a mantener después en el XX. A continuación vendría el aporte de los logroñeses (8%), vizcaínos (6,5 %) -procedentes del triángulo también tradicional de Otxandio, Elorrio y Durango-, navarros (5 %) y burgaleses (4 %). Del resto de los territorios de la monarquía (2 %) la procedencia estaría muy repartida, destacando en todo caso un origen en la Submeseta norte. Si utilizamos de modo meramente arbitrario los compartimentos correspondientes a las cuadrillas alavesas, podemos ver más en detalle la procedencia de ese más del 50 % de criados emigrados.

De nuestro siglo XX hay un breve trabajo de Pierre Lhande en su libro En torno al hogar vasco, Auñamendi, 1975 (edición trad. del francés) donde da cuenta de su propia vivencia en Zuberoa. Por su brevedad y escasez de testimonios resulta provechoso incluirlo aquí:

"No sabría hablar de la familia vasca sin nombrar a los criados. Ha sido al socaire de una sociedad donde -sin duda al abrigo de ideas democráticas- se ha considerado al doméstico como un ser inferior. Las costumbres vascas introdujeron verdaderamente al criado y a la doméstica en el hogar y en el círculo íntimo de la familia. El sirviente vasco continúa realizando en nuestro siglo XX el papel del doméstico de antaño pintado por Le Play: "... Era parte integrante de la familia; tomaba parte en el culto interno, estaba a su mesa; se identificaba con todos los sentimientos y todos los intereses de la comunidad con el mismo derecho que los parientes solterones. Como éstos últimos también se quedaba, durante toda su vida apegado a la casa... De ahí nacían naturalmente, y se ennoblecían por un mutuo afecto, la benevolencia en el dueño y la abnegación en el servidor".

El doméstico es especialmente consultado en el consejo vespertino, sobre todo cuando es de edad avanzada. No se le reserva ningún trabajo. Come en la mesa del dueño o en el largo escaño de madera, con los niños, y recibe su parte por mano de las mujeres: dueña, hijas o criada. A menudo tiene una parte de interés unido al interés de la familia; dos ovejas, un potro, útiles. Sin embargo, algunos detalles le impiden estar en el plano de absoluta igualdad con sus patronos. Habla de usted hasta a los niños más chicos y los niños le tutean. Si hay invitados, no aparecerá en la mesa. No se le ve jamás en el salón. La doméstica está en un escalón más inferior. Mientras el criado está investido de una suerte de autoridad que, en las costumbres del país, se atribuye al hombre, la sirviente está investida, ella también, de esta especie de humildad que confina dulcemente la mujer a las tareas interiores. Puede hacer ciertas manifestaciones de dependencia a las que los hombres no descenderán. Así, hace poco aún, en las viejas familias aristocráticas, las sirvientas, una vez terminados los trabajos, hilaban todas juntas un copo; después se iban juntas a la puerta del salón donde la familia estaba reunida, y cogiéndose la falda de los dos costados y doblándose sobre sus rodillas, decían: Zien zerbutchari, jauna eta anderia. Jinko hounak deiziela gai houn, "A vuestro servicio, Señor y Señora. Que Dios os conceda buena noche".

Notemos de paso que el servicio doméstico no implica, en las costumbres del país, ninguna marca de inferioridad. Hijas de ricos campesinos van a colocarse por cierto tiempo en casa de otros campesinos -quizá más pobres- o en casa de los castellanos del pueblo. El humilde vasco que escribe estas líneas no apostaría nada a que las criadas que lo vestían, hace algunos lustros, no son ahora dueñas de ricos dominios. Si de hecho estas bravas jóvenes son recibidas en el hogar vecino con este respeto y esta hospitalidad que he descrito más arriba, ¿qué nota de desprecio -de piedad- se les podría aplicar exactamente a ellos? ¿Se quiere aceptar al vivo estos matices de psicología doméstica? He aquí una página aparecida hace poco en un periodiquito vasco redactado exclusivamente por sacerdotes campesinos. Esta se podría intitular las "Memorias de un criado". Traducimos lo más ajustadamente posible:

"Había servido a Francia durante cuatro años. cuando recibí mi licencia, volvía a mi lugar natal, y me asenté al servicio de un patrón. En esta casa había ocho niños: el primero tenía once años y el último algunos meses. Un día estaba en el molino con el patrón; los niños vinieron allí. Los mayorcitos comenzaron, unos a divertirse, otros a hacer travesuras, los pequeños a llorar, esto último no hay ni que decirlo. En el paraje donde me encontraba, había también un molino de agua (al estilo antiguo) y, un poco más arriba, a media ladera, la casa. Le dije al dueño: ¿Quiere usted apostarse mi sueldo de este año, al desquite, que cargando aquí mismo los ocho niños sobre mi espalda, los llevo hasta la casa de un solo tirón? Había como unos trescientos metros. -Cállate, dijo el dueño; con ellos sobre la espalda no harás ni siquiera veinte pasos. -Si usted no cree que pueda llevarlos, tiene más asegurado el ganar la partida. En fin, hicimos la apuesta, no la del sueldo al desquite, sino de una cántara de vino... Colocamos los ocho niños sobre la espalda y me dirigí adelante, hacia la casa. Quien nos hubiera contemplado hubiera reído a gusto; los niños empezaron, unos a gemir, otros a reír, algunos a llorar. Cuando llegamos a la mitad de la subida, el patrón me dijo: -Ahora veo que he perdido mi apuesta, y puedes posarlos aquí, porque, habiendo ganado el juego, no vale la pena que te fatigues de este modo, pudiendo dispensarte de ello. Verdaderamente, yo pensaba que más que compasión por mí, él sentía temor de que les ocurriera algo a sus chicos. Yo quería seguir adelante; pero cuando confesó claramente su apuesta perdida, deposité allí mismo la ruidosa carga y volvimos a nuestro trabajo. Al cabo de unos meses de esto, me encontraba en la región de la República Argentina, en los peel sin límites de La Plata, galopando a caballo tras un rebaño de ovejas. Hacía varios años que estaba en estas comarcas, y a menudo la Euskal Erria (el País Vasco) me embargaba el alma: ¿Qué harán mis compañeros de juventud, mis parientes y mis amigos? Un día dejé mis ovejas, mi leal caballo y mi fiel y erizado perro. Me embarqué y tomé rumbo al norte. Llegado al lugar natal, ¡qué gozo de volver a ver conocidos y amigos! Pero, ¡oh!, ¡Cuántos había que, habiendo cumplido el tiempo marcado para permanecer en este mundo, habían partido para otras más grandes Américas! Un día estaban de bodas en esta casa en la que yo había vivido antes de ir a las Américas. Como amigo de la familia, yo también fui invitado. A los ocho hijos que antaño había llevado sobre mi espalda, los vi allí, todos jóvenes y fuertes, y al padre y a la madre también, en buena salud. Vi a las jóvenes dar (bailar) los saltos vascos tan bien como a los muchachos. Recordé la antigua apuesta. Y yo pensé para mí, que, lejos de poder llevar ocho, yo no podría ahora, ni siquiera mover a dos de ellos. El antiguo patrón me dijo: -¿Quieres que hagamos ahora la revancha de la apuesta que tú me ganaste antes? ¿Quieres apostar que ahora no puedes con tres de ellos de la casa al molino?".

Toda la situación social del doméstico vasco está en este artículo periodístico: el criado habla de usted a su patrón. Con eso, ya hay entre ellos bastante familiaridad como para que se haga una apuesta, para que se interrumpa el trabajo, para que el doméstico maneje libremente a los niños. Después de una larga ausencia, el antiguo doméstico es un amigo de la familia y participa en sus fiestas".

Quien haya vivido desde principios hasta casi finales del XX podrá atestiguar la veracidad de lo revelado por Pierre Lhande. Consúltese además la literatura de la época y, en especial, la novela Oro del Ezka de Mariano Estornés Lasa. En el hogar de quien esto recoge, había dos criadas tratadas como de la familia, Higinia Sanz, hija de un carabinero, y otras cambiantes a lo largo de la vida, por casamiento generalmente. Eran, por lo general, del pueblo o de su entorno incluido el aragonés. Una de ellas, Petronila, era alegre en extremo, hasta el punto de cantar: "-Petronila fue al baile -y tuvo muchos pretendientes-; por bailar con Petronila, hubo mil quinientas muertes". Los peones son como criados temporales durante la recogida de la cosecha, corte de maderas, etc.

Bernardo ESTORNÉS LASA