Lexikoa

SECRETARIO, RIA


Secretarios vascos en Castilla. Sería lógico tratar de los secretarios a continuación de los estudiantes, si no porque todos los primeros cursaron en universidades, sí, al menos, por el parentesco existente entre ambas profesiones y porque de hecho más de cuatro estudiantes antes o después de dar fin a sus estudios, empezaron la nueva carrera. v. UNIVERSIDAD. El núcleo de los elogios enderezados por Covarrubias en su Tesoro a los vizcaínos. constituye su aptitud para estas ocupaciones espirituales: "De los vizcaínos se cuenta ser gente feroz y que no viven contentos si no es teniendo guerra; y sería en aquel tiempo, cuando vivían sin política ni doctrina. Ahora esto se ha reducido a valentía hidalga y noble; y los vizcaínos son grandes soldados por tierra y por mar; y en las letras y en materia de gobierno y cuenta y razón, aventajados a todos los demás de España. Son muy fieles, sufridos y perseverantes en el trabajo. Gente limpísima, que no han admitido en su provincia hombres extranjeros ni mal nacidos". Bien conocía Covarrubias la obra de Garibay, pero en este punto prefirió acudir a sus recuerdos y experiencia personal. Garibay (Compendio, Lib. XL) había escrito de los de Guipúzcoa: "Sus naturales, así hombres como mujeres, son en general de buenos gestos y disposición y de buena habilidad no sólo para las cosas de pluma, como se ve de ordinario entre los ministros de la casa real y en la arte mercantiva y en los demás ejercicios de péndola, mas también para la arte de la navegación y profesión de la disciplina militar, y no menos en el ejercicio de las letras, aunque no sucede a muchos tomar esta vía". Por lo demás, no son de extrañar estas aptitudes de los vizcaínos, ya que, si nos atenemos al testimonio de Lope García de Salazar, todos los que llegaron a Mundaka con la famosa hija del rey de Escocia, eran gramáticos. Las dotes indispensables para el oficio de secretario se enumeran en aquel diálogo de Sancho Panza (Quijote, Il) a su llegada a la ínsula: "-¿Quién es aquí mi secretario? Y uno de los que presentes estaban, respondió: -Yo, señor, porque sé leer y escribir, y soy vizcaíno. -Con esa añadidura -dijo Sancho- bien podéis ser secretario del mismo Emperador. " Un examen de los procesos en que se vio envuelto el hidalgo de Alcalá, Miguel de Cervantes, tal vez nos dé apellidos de secretarios con quienes pudo tener trato poco agradable en distintos puntos de la península. No fue el único Ipeñarrieta. Reverso de nuestro secretario vizcaíno era aquel Humillos de La elección de los alcaldes de Daganzo, entremés del propio Cervantes: Bachiller:¿Sabéis leer, Humillos? Humillos:No, por cierto ni tal se probará que en mi linaje haya persona tan de poco asiento que se ponga a aprender esas quimeras que llevan a los hombres al brasero y a las mujeres a la casa llana.En cuanto a la muchedumbre de secretarios vizcaínos, me remito a los comentaristas de ese lugar del Quijote: Por las relaciones que ofrecen se puede calcular el ejército de pendolistas vizcaínos que ocupaba no sólo las secretarías peninsulares, sino incluso las de Italia, Flandes e Indias, pues los magnates encargados del gobierno, procuraban acompañarse de ellos, no tanto por seguir el ejemplo de la corte, cuanto por reconocimiento tácito de sus dotes raciales. Escoltaron así a personajes de conciencia más o menos intranquila, como a quienes pregustaban la paz beatífica. Santa Teresa topó con vizcaínas en sus monasterios, y no faltó vizcaíno, y de muchas letras, junto a San Juan de la Cruz. Tal fue la invasión de vizcaínos en ciertas épocas, que no podemos menos de perdonar esta suave ironía que pone Ruiz de Alcarcón en labios del gracioso Ochavo:Guzmán:Beltrán sale aquí.Alberto:Y él es, según he sido informado, el secretario privado de la hermosa doña Iñés.Ochavo:Y a fe que es del tiempo vario efecto bien peregrino que no siendo vizcaíno llegase a ser secretario.Secretarios privados y ocultos existieron a buen seguro en crecido número, por más que sea difícil, por su misma ocultez, dar con ellos y descubrir retazos de su vida. Con todo, atinaremos si nos la imaginamos en muchos momentos tan angustiosa y desasosegada como la descrita por Lope de Vega (El Príncipe perfecto), secretario y confidente del sujeto de pocos escrúpulos. Y aun prescindiendo del Fénix, lograremos idea bastante cabal de aquellas inquietudes con la lectura de la Carta de Diego de Amburcea a Esteban de Ibarra. El elogio mayor de los secretarios vizcaínos pienso que estriba en su mismo número, muestra de la persuasión general de su valía. Con ser obra de Cervantes, no se entusiasman los pulcros versos que dirigió al orduñés Gabriel Pérez del Barrio Angulo por su obra Dirección de Secretarios:

Lista de secretarios de Estado a mediados del siglo XVI, señalando su lugar de procedencia. Alonso de Idiáquez, secretario del emperador Carlos V en 1546, natural de Tolosa. Su hijo don Juan de Idiáquez. Don Pedro Zuazola, secretario del mismo Emperador, natural de Azkoitia, Pedro Olaso, de Deba. Juan de Galarza, secretario del mismo Emperador, natural de Antzuola. Don Esteban y don Juan de Ibarra, de Eibar. Don Francisco de Idiáquez, de Tolosa. Don Martín y don Domingo de Idiáquez, de Azkoitia. Don Gabriel de Hoa, de Orio, secretario del Consejo de Indias. Don Juan de Amezqueta, secretario del Rey, de Villafranca. Don Juan de Mancisidor, de Oikina. Don Cristóbal de Ipeñarrieta, de Urretxu. Don Martín de Arostegui, secretario del Rey en 1615, de Bergara. Don Antonio de Arostegui, hermano de Martín. Don Juan de Basarte, de Elgoibar. Don Lorenzo de Aguirre, secretario del Consejo de Italia, natural de Azpeitia. Don Miguel de Ipeñarrieta, secretario del Consejo de Hacienda, de Urretxu. Don Martín de Gaztelu, secretario de órdenes de Calatrava y Alcántara el año 1570, natural de Tolosa. Don Juan de Insausti, secretario de las consultas del Rey, natural de Azkoitia. Don Juan Pérez de Elizalde, secretario de la Gobernación del Estado de Milán, de Tolosa. Don Fermín López de Mendizorrotz, secretario del Estado de Milán, de Tolosa. Don Miguel de Ibarra, secretario y contador en Milán, de Tolosa. Don Mateo de Urquina, secretario del Rey y de los archiduques Alberto e Isabel, de Bergara. Don Diego de Irurraga, secretario de la Embajada de Francia, de Azkoitia. Don Juan de Unza, secretario del Rey, de Usurbil. Don Juan de Galdós, de Urretxu. En 1525 resultaba que de doce secretarios del Consejo de Estado que había habido hasta aquella fecha, cinco eran de Guipúzcoa: don Alonso, don Juan, don Francisco y don Martin de Idiáquez y don Antonio de Arostegui.

No me entusiasman, porque, dejado que el elogio no es muy cálido, falta en él la referencia a la patria del autor. Pero si escasean los elogios explícitos, abundan las burlas y pullas. Hay, sobre todo, dos autores, Quevedo y Castillo Solórzano, que debieron de recibir algún desaire de secretarios vizcaínos, y no pierden ocasión de zaherirlos: respiran por la herida o inspirados por el resentimiento. Quevedo bien pudo topar con ellos en Madrid y en Sicilia. De sus Grandes anales de quince días se saca que en Sicilia el Duque de Osuna entre sus secretarios o servidores tenía a Oñate, Aguirre, Uribe, Chaverría, Igún (?). En Madrid conoció a otros, como veremos. Posibles fueron los roces en días de calma y más aún en las horas de borrasca, frecuentes en la vida de Quevedo. Como, por otra parte, no era la mansedumbre su virtud dominante, colígese sin dificultad que en repetidos trances cedió a la tentación de afilar sus dardos. Afilado está el que dispara cuando escribe en el romance Cansado estoy de la Corte:Ver arremendar privanzasun hablador y un malsín,encajando el despachamosy un poco de Arostegui. Al hablar de la cortedad aparecerán dos juicios cáusticos, emitidos en los Grandes ariales sobre Idiáquez y Aróstegui: francamente no eran santos de la devoción de Quevedo. En cambio, parece trabó relaciones cordiales con otro ilustre guipuzcoano, don Juan de Isasi, su protector. De él le decía a don Sancho de Sandoval en 1507: "El señor don Juan de Isasi, maestro y ayo del Príncipe nuestro Señor, y ahora vizconde, de que me dio cuenta este ordinario pasado, por su bondad, que es grande como su nobleza y letras, ha dado en hacerme merced con pasión. En Madrid se avenía los más días a mi posada, y aquí todos los ordinarios aun se anticipa a escrebirme. Tiéneme apercebido para un despacho que me ha de inviar"... En cuanto a Castillo Solórzano, algo se adivinaba al contemplar en las Tardes entretenidas su pintura del paje de Oñati, a las puertas de Madrid, con "las escribanías en la pretina; que éstas son en los más su remedio, y por ellas vienen a ocupar grandes lugares". El cuadro recibe pinceladas luminosas y se descubren los resquemores del autor en sus Donayres del Parnaso donde escribe:La provincia de Cantabriaera la patria del uno,que, como el hierro en sus minas,produce los hijos rudos.De donde a nuestra Castilla-que hace derechos los zurdosenvía a sus pendolariosescribientes de por junto.En ellos -como en la piedra,adonde el agua hace cursoimprimen sus enseñanzashasta que pecan de agudos.Mas el que sale idiota(verbi gracia) en grado sumo,se le conoce esta falta,cuya enmienda siempre dudo. Y, para adobarlo todo, en El Marqués del Cigarral nos ofrece el parto de un nuevo secretario vizcaíno, que no por fingido y un tanto caricaturesco merece menos estima. Dos Cosme:Vos ¿cómo os llamáis, mancebo?Don Antonio:Yo me llamo don Domingo de Zurdacaci.Fuencarral:¿De qué?D. A.:De Zurdacaci.F.:Maldigo el apellido cien veces. ¿Debéis de ser vizcaíno? Sí, señor.F.:Yo lo juraraD. C.:Parece que han merecido sólo la pluma esta gente. Raer el don es preciso si os haga mi secretario.D. A.:Dalde, señor, por raído.D. C.:Y aun el vestido repudio.D. A.:Por causa de un beneficio que tengo, ando de esta suerte.D. C.:Traelde, mientras le pido al Papa un caballerato, para que podáis vestiros de seglar y gozar dél.D. A.:Yo, señor don Cosme, escribo francés, redonda, bastardo, gótico, asentado, grifo, procesado y en seis lenguas.F.:Sabéis más que el Calepino.D. A.:Escribiré en todas ellas a un conde, a un duque, a un obispo, a un príncipe, a un potentado, aunque sea el Palatino, a un rey, a un emperador y al que se pone el anillo y tiara de San Pedro.D. C.:Hombre, ¿de dónde has caído, tan nacido para mí? ¿Tuvo más dicha un judío?D. A.:Hago mis pocos de versos, y en culto también escribo.D. C.:¡En culto! ¿Qué más deseo? Por más fingido que sea el secretario, la pulla contra los vizcaínos es real. Cuando don Cosme, en la escena final, ve que la dama pretendida por él, va a ser para el presunto secretario, vuelve a hostigarle con una agudeza: ¿A un hombre de quien se sabeque funda el aumento suyoen los puntos de una plumapara subirse de punto? Juicios desfavorables hallaremos también en un pasaje de El Menandro de Matías de los Reyes. El P. Gracián (El Criticón, I) refiere que Critilo, en la corte de Artemia, veíala cada día obrar mayores prodigios: era uno de los grandes primores del arte "hacer de un vizcaíno un elocuente secretario".

Anselmo de LEGARDA