Lexikoa

MEMORIA

El desarrollo de la memoria y la literatura oral vasca. Del desarrollo de la memoria, tanto en el sujeto activo (cantor), como en el pasivo (oyente) de la literatura oral euskérica, sólo expondremos aquí algunos ejemplos típicos que puedan arrojar alguna luz sobre el particular. Desde luego, antes de citar casos concretos, quizás sea oportuno advertir que el fenómeno es más frecuente en los sujetos pasivos que en el activo, si nos ceñimos al improvisador propiamente dicho; no así cuando se trata del simple cantor o repetidor de versos, sean éstos propios o ajenos. Son frecuentísimos en la literatura vasca los casos de improvisaciones cuyas estrofas han quedado perpetuadas en la memoria de las gentes aun de una generación en otra, sin que el improvisador las dijese más que una sola vez, cuando las improvisó. Tales son los casos de las improvisaciones propiamente dichas de Xenpelar contra Musarro, contra Juxto y Longinos, contra Iparraguirre, con Larraburu, etc., etc.; las de Pello Errota contra Udarregui; las de la familia de bertsolaris de Oyarzun; las de Fernando de Amezketa, etc., etc. Naturalmente el número de estrofas conservadas va disminuyendo. De estas improvisaciones que hemos citado ya no quedan en la memoria de las generaciones actuales más que cuatro o cinco estrofas. Este número, en la generación que las escuchó, fue mayor. Por lo demás no es raro el caso de gentes analfabetas, que en las ferias y días festivos se apuestan cerca de un cantador-vendedor de bertso-berriak, y procurando oír dos veces el contenido cantado de las hojas en venta, sin más, vueltos a sus casas, reproducen en días sucesivos la serie completa de las estrofas simplemente escuchadas en la feria. Es frecuente también entre la gente de caseríos, a propósito de versos, oír ponderar los nombres de algunos que dicen que se estarían días enteros cantando de memoria sin parar y sin volver a repetir uno solo, versos y más versos. Esta fama que parece exagerada, y lo es sin duda si se toma al pie de la letra, ordinariamente constituye una pista segura de un interesante sujeto pasivo de literatura oral. Tal es el caso de Benito el bordari de Aldutzin-borda en Goizueta, que hace algunos años carboneaba por los contornos de Okillegi en Oyarzun. También de él se dice la frase consagrada. Y en efecto los domingos por la tarde, los carboneros de su cuadrilla, en la imposibilidad habitual en ellos de acudir a la Iglesia a cumplir los deberes religiosos, se reunían todos en derredor del bordari a escuchar de sus labios las estrofas de Xenpelar acerca del Juicio final y de la Penitencia saludable, y la vida de San Miguel y la elegía del falsificador de moneda de Berdabio, y otras muchas con cuyo canto los entretenía hasta las altas horas de la noche. María Josefa de Barandiarán y Dorronsoro es una señora anciana del barrio de San Martín de Atáun. Tiene 72 años y habita en el caserío Iztator Berri. Es una de tantas personas de las que en la vecindad o en la propia casa dicen el consabido estribillo de que se pasaría días enteros cantando. María Josefa asegura que muchas de las estrofas que canta, no las ha oído más que una sola vez en la vida. Desde luego ella es completamente analfabeta. De joven fue muy aficionada a oír cantares. Le venía de familia. Su padre también cantaba mucho. Ella recuerda muy bien las canciones que le oyó. De una, sobre todo, conserva gratísimo recuerdo. Y eso que no se la oyó más que una sola vez. Era una canción de cuna. Un detalle importante: nuestra María Josefa apenas es capaz de recordar dos versos seguidos si no es cantando. Su memoria está completamente condicionada a la melodía. Como caso de capacidad memorística es sin comparación mucho más notable aún el de Josefa Ignacia Barandiarán y Etxebarria, del caserío Etxe Txiki, del barrio Arrondo de San Martín del mismo Atáun. Ella tiene 89 años. Padece de enajenación mental. Es por lo mismo difícil hacerle cantar cuando a ella no se le antoja. Pero aseguran sus familiares que si no fuera por su estado de salud, sería cosa de enfadarse con ella y forzarla a que no cante nunca. Es tan prolija cuando empieza. Hay veces que comienza a las tres de la madrugada y no cesa hasta las cinco. Y aun entonces no porque se le agote el saber, sino por pura consunción de fuerzas. Un joven ataundarra consiguió una vez ponerla a tono. Y puesta en cuclillas, empezó y no calló en una hora seguida; pero cantaba tan sin interrupción, que no hubo modo de tomarle por escrito casi nada de lo que iba cantando. Ella conoce sobre todo muchísimo de la literatura oral de la Barranca de Nabarra, a donde iba de joven a la siega del trigo. Es de ver cómo fluyen de su boca, envueltas bien en rítmica y saltarina melodía, bien en monótona cantinela, sin cesar y en interminable sucesión, coplas y más coplas de baile al son de la pandereta, o romances religiosos y viacrucis o bertso berriak de vidas de santos y de otros asuntos profanos. Ni qué decir tiene que ella es completamente analfabeta, y que su memoria también es de las que se hallan esencialmente ligadas a la melodía. Del memorismo en sujetos activos de literatura oral, hemos insinuado ya que es más frecuente en los autores de las hojas volantes de bertso berriak que en los improvisadores que actúan en público. La circunstancia de una voz poco potente o cualquiera otra de carácter más o menos personal, ha hecho que muchos de los bertsolaris no contraigan el hábito de exhibirse en público como otros de sus compañeros -llamados por esto plaza-gizon- mejor dotados que ellos de facultades de expresión y presentación. También ellos practican la poesía, pero en otra forma. Componen sus obras en el silencio de sus casas y en las horas de pastoreo u otras faenas agrícolas, y luego las almacenan en el arca de su felicísima memoria, donde las guardan hasta que algún amanuense se les presta a trasladarlas al papel. Un caso bien espléndido de tales bertsolaris lo tenemos en el hace algunos años fallecido Juan Cruz de Zapirain, de Rentería, autor de un poema sobre Genoveva de Brabante, integrado de 163 estrofas de ocho versos, con un total de 1.304 versos. El era completamente analfabeto. De la lectura que su mujer hacía de la vida de la heroína brabanzana en voz alta al amor de la lumbre durante las veladas de invierno, sacaba él el material para su poema. Lo compuso por el procedimiento que acabamos de indicar. Mientras conciliaba el sueño, meditaba sobre la lectura escuchada, y tejía luego in mente las estrofas que al día siguiente dictaría a su buena esposa, quien se encargaba en efecto de trasladarlas al papel. Y esto no precisamente por temor a olvido. A los treinta años de compuesto el poema, con 63 de edad él, se lo recitaba todo entero a cualquiera que se lo quisiera escuchar. Ni era precisamente esto sólo lo que nuestro poeta se sabía por este procedimiento memorístico. Compuestos durante sus ocios tenía además y recitaba o cantaba otras dos composiciones, una de ellas la sentida elegía que dedicó a la muerte de su esposa. Así mismo compuso más tarde un poema completo sobre la vida y muerte del Señor. Como hemos indicado, el improvisador que actúa en público no se distingue por tal tenacidad de memoria. Su gran facilidad de producción le hacen desidioso para la conservación. Debalde pesta perparatzen det gogua dedan orduan, dirá él al que se extrañe de ello, como dijo Xenpelar a otro propósito a los que ponderaban en su presencia las cualidades superiores de Iparragirre: «Dispongo yo una fiesta de balde, cuando me viene en gana». El no necesita conservar el fruto de su inspiración. Tiene plena seguridad de improvisar en todo momento con la misma gracia y oportunidad de siempre. Recuérdese a este propósito la respuesta práctica que dio Larralde a los euskeltzales gipuzkoanos según hemos dicho ya arriba. No repitió la copla que le pedían, sino improvisó otra de idéntico contenido.

Manuel LEKUONA ETXABEGUREN