Papa italiano (1503-1513). Le tocó vivir tiempos turbulentos y no dudó en reafirmar la línea absolutista en la política italiana. Se le cita aquí por su papel en el problema de la conquista del reino de Navarra por los castellanos en 1512. Trató mal a Luis XII de Francia y a los reyes don Juan y doña Catalina de Navarra. Campión resume lo ocurrido de este modo: El 17 de mayo de 1512 en la Bula Cum inchoatam hujus Sacri Lateranensis Concilio celebrationem excomulgó a los adherentes al conciliábulo de Pisa y a sus protectores, sin incluir a Luis XII; éste no retrocedió en el mal camino emprendido, y el 16 de junio de 1512 ordenó al clero francés que acatase los decretos del sínodo pisano y prohibió el uso de bulas pontificias. Julio II soportó el ultraje, y el 13 de agosto se limitó a poner en entredicho el reino de Francia. En cambio las meras noticias suministradas, seguramente por el Católico, de que los Reyes de Nabarra andaban anudando alianzas con el francés, bastó para que fulminase el severísimo monitorio Pastor ille coelestis, cuya fecha es de 21 de julio; es decir, tres o cuatro día después de firmado el Tratado de Blois, que físicamente no pudo conocer. Siete meses después, conquistado ya el reino de Nabarra, se prestó (si es que realmente es suya) a expedir la bula Exigit, que en la virulencia de su lenguaje, en el ensañamiento de sus censuras, en la gravedad de sus resoluciones pocas veces habrá sido igualada, ni aun en la excomunión de los más pravos herejes. Mal parados salieron los monarcas nabarros de las manos del Pontífice; pero malhirió a otra víctima, de la cual nadie se acuerda. Esa víctima es Nabarra, a quien privó la Exigit de su fuero tradicional de alzar rey. Con efecto, la excomunión y deposición de D. Juan y D.ª Catalina y de todos sus descendientes y herederos equivalía, de hecho, a la extinción de la dinastía; caso que está previsto en el Fuero general, libro II, título IV: «Et si muere el Rey sin creaturas o sin hermanos o hermanas de pareilla, deven levantar Rey los Richos hombres et los Infanzones, Cavailleros et el pueblo de la tierra.» Julio II, usando o abusando de su autoridad apostólica, entregó los bienes, títulos, dignidades, preeminencias y territorios de los reyes de Nabarra al primer ocupante, como adquiridos con toda justicia. El Pontífice manchado con tantas máculas humanas murió ejemplarísimamente. Estos milagros sólo puede hacerlos la religión verdadera. Poseemos un relato cuasi oficial de su muerte, debido a Bernáldez en su «Historia de los Reyes Católicos». Dice así: «...siendo en extrema necesidad de su fin, conociendo que había de morir, invocó a los cardenales y les dijo las exhortaciones que siguen: Primeramente dijo: que cierto había sido muy gran pecador en las voluntades humanas y en los pecados de la carne, y que ansi como él era verdaderamente mal contento y arrepentido, que pedía misericordia a Dios Nuestro Señor que por ello no condenase su ánimo ni su memoria. Segundo, dijo: que conocía que había sido causa de muy grandes guerras y muchos homicidios y grandes disensiones de príncipes, y que de esto se remitía a la infinita misericordia de Dios, porque él habia sido forzado en hacer tales cosas a causa que cuando él fue asumpto en el Pontificado, que habia hallado todo el Patrimonio de la Santa Iglesia ocupado y robado del duque Valentin, y de venecianos y de otros tiranos... y que él habia trabajado mucho con la persona y el entendimiento por poder pacificar, y recuperar, y cobrar e poner en justicia todo el estado de la Santa Iglesia, sin hacer matar ninguna persona, ni tomar lo suyo a nadie sin justicia, y que desto llamaba a Dios por testigo, y por el paso extremo en que estaba. Y esto dicho, pidió el Santo Sacramento de la Eucaristía; y el cardenal de San Jorge que allí estaba aparejado para comulgarle, se lo trujo, y le pidió si perdonaba y remitía las injurias y ofensas a todos sus enemigos, y al duque de Ferrara; y él dijo que sí, con condición que para adelante pagase enteramente el tributo a la Santa Iglesia; y ansi mismo le dijo si perdonaba a los Bentiboles y al Rey de Francia: dijo que sí, con tanto nunca más fuesen contra la Sede Apostólica; y ansi mismo le dijo si perdonaba a los cardenales cismáticos, y él estuvo un poco pensando, y después dijo: que como persona humana remitía las injurias que habían hecho a su persona y los perdonaba, mas que como Vicario de Dios y Sucesor de San Pedro, que los remitía a la justicia de Dios, porque ellos avian sido causa y principio de tantas revueltas, y males y guerras, quantas eran pasadas...; y pidiendo misericordia a Dios, comulgó muy devotamente, y luego mandó venir a todos los Penitenciarios de San Pedro, y su confesor, y presentes todos los cardenales, que allí estaban con candelas blancas en las manos, se hizo dar la Extrema-Unción, y él mismo respondió a todo, y después de un poquito, diciendo: in te Domine confido, non confundar in oeternum, sed propitius esto Domine, mihi peccatori, pasó de la presente vida y quedó como si quedara durmiendo. Esto fue a las diez horas de la noche, a 20 días del mes de enero (sic), año de 1513 años. Ansi el papa Julio ovo santo fin: y todo lo susodicho es verdad, y ansi fue escripto al rey D. Fernando y al Nuncio de las personas de autoridad que a ello presentes fueron... » Habrá observado el lector que entre los personajes para quienes el cardenal de San Jorge solicitó el perdón del Papa no se cuentan los reyes de Nabarra. Indicación preciosa. Es un fuerte golpe de picota, asestado al mendaz edificio de que D. Juan y doña Catalina hubieran sido cismáticos y enemigos de la Santa Sede. Ref. Campión, A. Nabarra en su vida histórica, Pamplona, 1929 (p. 502).
