Lexikoa

HAGIOGRAFÍA

Biografías individuales. Si de los Santorales aparecidos en el País Vasco pasamos a las biografías individuales, escritas ya en euskera, ya en castellano u otros idiomas, nos hallaremos con un catálogo copiosísimo. Las más antiguas son las Actas de la vida de San Fermín, halladas manuscritas en Amiens y Amberes, que a juicio de los Bollandos, parecen ser del siglo V ó VI; la Vida de San Amando (muerto en 684), por su discípulo Baudemont, en el siglo VII; las que de la ínclita Santa Rictrudis, cuyo tránsito ocurrió en 688, redactaron el monje Hucbaldo en 907, el también monje Juan que por el año 1000 puso en verso heroico la obra de Hucbaldo, Gualberto Marchionense, entre 1125 y 1131, y un anónimo en 1168 con el título De vita et miraculis Sanctae Rictrudis; las dos biografías manuscritas de San León, patrono de Bayona, muerto hacia el año 900, existentes en la iglesia de la misma ciudad vasca y que en opinión de los Bollandos son posteriores a 1230; los antiguos manuscritos que consultó el hagiógrafo cisterciense español Francisco Bivar (m. en 1635) sobre la vida de San Prudencio de Armentia fallecido antes de 846, y finalmente los datos biográficos sobre el santo abad de Iratxe, Veremundo, reunidos por el presbítero extremeño Juan Tamayo de Salazar (m. hacia 1662) en su Martyrologium Hispanum, Lyon, 1651-1659, 6 tomos en folio. La mayor riqueza biográfica corresponde a los dos santos vascos más egregios: Ignacio de Loyola y Francisco de Jabier. A los dos años de fallecido S. Ignacio (1556) y sesenta y cuatro antes de su canonización comienza a difundirse por el mundo su biografía. El P. Pedro de Rivadeneira publicó en Madrid la primera Vida de S. Ignacio, en latín, Vita Patris Ignatii de Loyola, corriendo el año 1558, y doce años después salió la misma en romance castellano. De ambas se han hecho numerosísimas ediciones y traducciones en los siglos siguientes hasta nuestros días. No podía faltar entre ellas la versión, si bien abreviada, al euskera, de la que se encargó D. José de Goenaga y vio la luz en Tolosa, 1886, 120 páginas en 8 °, imprenta Muguerza. He aquí su título: Aita San Ignazio Loyola-coaren bicitza, Jesusen Compañiaco A. Pedro Rivadeneira-c izcribatu zuendic A. José Goenaga-c atera eta laburtu, o sea, "Vida de San Ignacio de Loyola, traducida y abreviada de la que escribió el P. Pedro de Rivadeneira, de la C. de Jesús". Vinieron luego otras Vidas de San Ignacio redactadas por autores de distintas nacionalidades, tales como la de Pedro Maffeio, en latín, Roma, 1584; por Andrea Lucas de Arcones, Granada, 1633, Lazcano, en castellano; por el P. Juan Eusebio Nieremberg, Madrid, 1645, 1651 y 1883; por el P. Daniel Bertoli, en latín, Roma, 1650, de la cual, como de la de Maffeio, se hicieron muchísimas ediciones, máxime en italiano, francés y alemán; por el P. Francisco García, en castellano, Madrid, 1685, Infanzón y Madrid, 1872; Histoire de l'admirable Don Inigo de Guipúzcoa, por Rasiel de Selva, seudónimo, La Haya, 1736, Londres, 1745, La Haya, 1758 y 1764; El Caballero de la Virgen, San Ignacio de Loyola, por el P. Antonio Solís, Sevilla, 1741; las preciosas 444 páginas en folio, rebosantes de erudición, de los PP.Bollandos en su obra magna; y la Historia de San Ignacio de Loyola, por García (el P. Ramón), Tolosa, 1868, Gorosábel. No era bastante la prosa para enaltecer a nuestro compatriota: llegó la poesía y le rindió sus honores en San Ignacio, poema heroico, por el P. Antonio de Escobar y Mendoza, jesuita vallisoletano, Valladolid, 1613, Córdoba; El Ignacio de la Cantabria, por Oña, D. Pedro de, Sevilla, 1639, Lyra; De Raptu Manresano Sti. Ignatii de Loyola, libri quatuor, auctore Carolo Uverpeo, Antuerpiae, 1647, Verdussium, y Francfort, 1654, poema éépico Hubiera sido bochornoso para los euskaldunes que sólo existiera traducción compendiosa de la obra de Ribadeneira, y así, en el breve transcurso de seis años, desde 1866 a 1872, publicáronse en tres importantes poblaciones vascas, Tolosa, Bayona y Bilbao, sendas biografías ignacianas originales en la lengua vernácula, que fue la del Santo: la de Tolosa, de 1866, llevaba por título, nada castizo, como todos los demás, por la calamidad de los tiempos: Aita San Ignacio gloriosoaren bicitza, Azpetti-Azcoitietaco person ascoren erreguz D. Gregorio de Arruec Zarauzco escola maisuac euscaraz ipiñia, Tolosan, 1866; Gorosábel, y Tolosa, 1881, López; la de Bayona, 1867: Bi Saindu hescualdunen bizia: San Ignacto Loiolacoaren eta San Francisco Xabierecoarena. Bayona, 1867, Lamaignere: la de Bilbao, 1872: San Ignacio Loyolacoaren bicitza laburtua euscaraz eta gaztelaniaz, Bilbao, 1872, Larumbe, en 4 °, dos columnas. La hagiografía concerniente a Francisco de Jabier comienza casi medio siglo después de su tránsito a mejor vida (1552) y veintidós años antes de su canonización, siendo sus iniciadores el P. Horacio Turselino, De Vita Sti. Francisci Xaverii, Romae, 1596, y el P. J. de Lucena, Historia do P. Franc. Xavier, Lisboa, 1600, que fue vertida al italiano y español en 1619: siguen algunas otras en este último romance, de las que sería imperdonable -tratándose de un vasco de cuerpo entero- no mencionar la publicada en la capital nabarra por Matías de Peralta en 1665, así como la documentadísima que en 1925 publicó en Friburgo de Brisgovia el muy competente jesuita Georg Schurhammer, con el título de Der heilige Franz Xaver, o San Francisco Jabier, y que en 1936 trasladó directamente al castellano el P. Félix de Areitio en Bilbao, Elexpuru hermanos. En el Boletín Amer. de Estudios Vascos N.° 9, p. 99, se citan otras 28 Vidas del gran misionero. De Santo Domingo de la Calzada, muerto en 1109, y que según los Pequeños Bolandos, tomo V, p. 503, fue "né chez les Basques d'Espagne", escribió ya en 1606, Luis de la Vega, la Historia de la vida y milagros de Sto. Domingo de la Calzada, y en 1702, José González Tejada, publicó en Madrid, una Historia de Sto. Domingo de la Calzada, Abraham de la Rioja... En 1591 murió el Beato Alonso de Orozko, vizcaíno de origen, por confesión propia; pues bien: su hermano de hábito, el agustino Fr. Juan Márquez, escribió una Vida suya, antes de 1621, que por haber quedado inédita, fue publicada en 1648, y otras dos fueron escritas por los agustinos Fray Antonio de Gante y Fr. Manuel de Quevedo, la de éste en Madrid, en 1730, como nota el P. Cámara en una de las adiciones de la que él mismo compuso y a la que nos referiremos más adelante. No menos que de ocho Vidas del apóstol del Brasil, el Venerable jesuita José de Anchieta, muerto en 1597, da cuenta el libro III Centenario do Venerabel Joseph de Anchieta, Ailland, París-Lisboa, 1900, redactadas en latín, español, portugués, italiano e inglés. Antes que la de Jabier, había comenzado en tierra vasca la historiografía de los santos que ella produjo en los albores de su conversión al cristianismo. El autor de la España Sagrada, tomo XXXII, p. 239, Madrid, 1779, cita a Hucbaldo como autor de una Vida de la santa virgen vascona Rictrudis, de la Novenpopulania, a la que pertenecía el País vasco pirenaico. Fue el Presbítero Ignacio de Andueza quien, juntando en un mismo volumen al vasco y al francés, dio a la estampa en Pamplona en el año 1607, imprenta Labayen, una Vida y martirio de los santos patronos de la ciudad de Pamplona, San Saturnino y San Fermín, reimpresa allí mismo en 1656. Porque en el cielo de la Iglesia, San Fermín es santo dotado de luz propia, no tardó en aparecer su biografía separada por obra de D. Juan Berdum, que en 1693 publicó en Puente la Reina una Vida de San Fermín. Como era de esperar, S. Fermín tuvo también su biógrafo atildado y galano en la persona de un distinguido médico pamplonés, el doctor Nicasio Landa (1831-1891), director del Hospital militar de su ciudad natal, delegado ante los congresos médico-militares internacionales de París (1878) y Londres (1881), y autor de diversas obras de medicina, el cual en 1882 dio a la publicidad en Pamplona el libro Los primeros cristianos de Pompeyópolis. Leyenda de San Fermín, en el que acertó a exornar con rasgos de legítima belleza literaria la historia del glorioso patrono. Al año siguiente, Camelia Caciña de Llanso, presentó al Certamen literario de Pamplona La tradición de San Fermín, que obtuvo un accéssit. Zaragoza se adelantó a Vitoria en algo que a ésta incumbía llevar a efecto desde largos siglos, y salió de la imprenta de Vargas, de aquella ciudad, en 1646, una Vida y encomios de San Prudencio, obispo de Tarazona..., es decir, del glorioso alavés que optó por emigrar de su patria a dar ejemplos de virtud por tierras aragonesas y castellanas. Era su autor un carmelita tarazonés, de probable ascendencia euzkadiana a juzgar por su apellido: Fray Anselmo Alegre de Casanate, sobrino de un secretario de Felipe III. Transcurrido poco más de un siglo, en 1754, fue impresa en Vitoria, imprenta Robles, la Historia de San Prudencio, obispo de Tarazona, patrono principal e hijo de la M. N. y M. L. provincia de Alava, precedida de un comentario crítico en que se procura ilustrar el tiempo en que floreció, distinguiéndole de los otros Prudencios con que hasta aquí estaba confundido. Habíala redactado el presbítero vitoriano Bernardo Ibáñez de Echabarria, y su publicación originó que el erudito santanderino Floranes, en carta al agustino P. Risco, fechada en Valladolid a 31 de diciembre de 1780 (es decir, 26 años después de estampado el libro), acusase a Echabarria y a otros alaveses de haber forjado un Testamento y Actas concernientes al Santo, con propósito de enaltecer a la villa de Armentia y a la región alavesa. Ignoramos las circunstancias del caso y vemos que mientras unos, como el Dr. Eugenio Urroz en su estudio Historia religiosa, presentado al Congreso de Estudios Vascos de Oñate, p. 537, citan la autoridad de Echabarria, otros, como Juan de Allende Salazar en su ensayo Bibliografía, presentado a ese mismo Congreso, p. 662, califican su obra como "plagada de embustes": pero si Floranes pretendió negar la nacionalidad vasca de San Prudencio, erraba lamentablemente, ya que ella consta no sólo por la tradición secular alavesa sino por la autoridad máxima de los Bolandos, v. g. en su edición de Venecia, año 1738 (p. 592 del tomo III, correspondiente al mes de abril), es decir, muchos años antes de que pudieran haber ocurrido las falsificaciones aludidas. El ya mencionado presbítero Landazuri y Romarate incluyó en su Historia eclesiástica de la M. N. y M. L. provincia de Alava..., Pamplona, 1797, una Vida de S. Prudencio, y tal vez para salir al paso a críticos suspicaces, agregaba en el título de la obra, que ésta era "únicamente deducida de documentos auténticos". Aunque lentamente, el buen ejemplo de los hagiógrafos vascos cundía, y una década después de publicado el libro tan acerbamente censurado por Floranes, o sea, en 1764, púsose a la venta en Pamplona la Vida de San Veremundo, monje y abad de Hirache, por Fr. M. Soto Sandoval. El inicuo despojo de su personalidad política que soportó el País Vasco peninsular a raíz de la terminación de la primera guerra carlista tenía que conmover todas sus fibras y despertar en su espíritu, dormidos anhelos renacentistas. Comenzó a estudiarse, quererse y valorarse con solicitud más digna de su grandeza, en todos los órdenes de la actividad humana. En consecuencia, ya no le sufrió el corazón dejar olvidadas a lo largo del camino sus glorias más excelsas. Se apresuró a tomar de ellas buena cuenta y exponerlas decorosamente a la curiosidad de los investigadores. El Beato Valentín de Berriotxoa y Arizti fue decapitado en Tonkín el 1 de noviembre de 1861: cuatro años después comenzaron a publicarse biografías suyas, dándose el caso edificante de haber sido sus dos primeros hagiógrafos dos seglares de prominente figuración político-literaria en Vizcaya: D. José Miguel de Arrieta-Mascarua, Padre de Provincia, a quien se debe la Vida del Venerable mártir, el Ilmo. Sr. D. Valentín de Berrio-Ochoa, Obispo de Centuria y Vicario Apostólico del Tonquin, Bilbao, 1865, Astuy, y D. Arístides de Artiñano y Zurikalday, autor de El Venerable mártir, Ilmo. Sr. D. Fr. Valentín de Berrio-Ochoa y Arizti, Obispo de Centuria y Vicario Apostólico del Tung-kin central, Bilbao, 1886. Los Padres Domingo Ibáñez de Erquizia, dominico, y Julián de Lizardi, jesuita, fueron martirizados en 1633 y 1735, respectivamente. Antes de un lustro, había ya sido escrita y corría en Salamanca una Vida y virtudes del Ven. mártir P. Julián de Lizardi, por Lozano, misionero de la Compañía de Jesús, reeditada en Madrid en 1862 y en Barcelona, imprenta Subirana, en 1901; del P. Erquizia no conocemos biografía, como no reputemos por tal unas Breves noticias del Ven. P. Domingo de Erquicia, de la Orden de Predicadores, y del Ven. P. Julián de Lizardi, de la Compañía de Jesús, ilustres mártires guipuzcoanos, que vieron la luz pública en Florencia, corriendo el año 1876. Peor suerte cupo, de parte de sus compatriotas, a un beato de la categoría de Alonso de Orozko, oriundo de Vizcaya, como ya dijimos, y coetáneo de Felipe II, cuyos cuatro hagiógrafos, agustinos, son extraños al País Vasco. El último de ellos fue el ilustre Padre Fr. Tomás Cámara, quien publicó en Valladolid, imprenta Cuesta e hijos, año de 1882, la Vida y escritos del Beato Alonso de Orozco, del Orden de San Agustín, predicador de Felipe II. Sin duda la no existencia de plumas vascas que hayan ensayado narrar los hechos y virtudes de tan eminente personalidad ascética se debe a la circunstancia de no haber nacido ella en el territorio de su oriundez, razón insuficiente, a todas luces, para no considerarle verdadero hijo suyo. En compensación, San Miguel de Garikoits, muerto en 1863, cuenta ya desde 1878 con una Vida y Cartas del Rdo. P. Miguel Garicoits, publicada por los Padres Augusto Etchecopar y Basilidio Bourdenne, en 1882: con un epítome en euskera Miguel Garicoits Aphezaren Bizitza (Vida del Pbro. M. Garikoits), por el abate Juan Etcheverry, editado en Bayona, imprenta Laserre; una Colección de pensamientos de M. Garicoits, por el mismo Padre Etchecopar, en 1890, y una Noticia sobre la vida y las virtudes de M. Garicoits, compuesta por el mismo autor en 1894, sin referirnos, por ahora, a los libros referentes al mismo santo, que vieron la luz en el siglo XX.