Gobernador y teniente general de Guyena. Duque de Epernon y de Candale, par y coronel general de Francia, príncipe de Buch, señor de Lesparre, conde de Foix, Astarrac, Montfort-l'Amaury, Benauges y otros lugares. Aunque no fue un príncipe de sangre era, como puede verse, un gran señor y la ciudad de Bayona creyó que debía recibirle tan bien o mejor que a sus predecesores.
En primer lugar, el 7 de agosto, la Corporación municipal decidió que el palio que se debía presentar al gobernador sería de satén blanco forrado de seda carmesí, el cielo de tafetán blanco bordado con hilos de oro y con lentejuelas; sería rematado, además, por cuatro penachos y decorado con las armas del duque de Epernon, bordadas en oro y plata. Un caballo español le sería ofrecido como presente y se buscaría el mejor vino del país. También debía hacerse acopio de forraje para las cabalgaduras. Dos arcos triunfales y una tribuna fueron alzados para la recepción. También le serían ofrecidas dos docenas de picas y su alojamiento se prepararía en la casa de Montaut, siendo instalado el resto de su séquito en las casas circundantes. Y, finalmente, las compañías de la milicia debían estar listas para tomar las armas. Seis burgueses, escogidos entre los más notables, fueron designados para ir al encuentro del gobernador "un poco más allá del Moulin Neuf -Molino Nuevo-, que está en la provincia de Tarnos". El 6 de agosto de 1625, habiendo recibido la Corporación municipal el aviso de que el duque de Epernon había salido de Burdeos para dirigirse a Bayona, fue pasado aviso al capitán del Sacre para pasar revista a toda su gente, y al día siguiente las compañías se encontraron con un total de 1.400 hombres, es decir, con 1.000 mosqueteros y 400 piqueros, a los que se ordenó proveerse en el arsenal del equipo completo de armas y, asimismo, se ordenó a los guardias de este establecimiento que no rehusasen las armas a los que las pidiesen.
El 9, el teniente de alcalde Detcheverry, y los diputados de Naguille y de Lalande, partieron para ir al encuentro del duque de Epernon, que debía hacer noche en Saint-Vincent. Al día siguiente por la mañana estaban de regreso y anunciaron que su ilustre huésped llegaría ese mismo día por la tarde. Todo se puso en seguida en movimiento para la recepción, y las compañías de milicia se colocaron a ambos lados de las calles por donde iba a pasar. El duque llegó acompañado por un cañonazo y por salvas de artillería; iba a caballo, rodeado de sus principales oficiales y seguido de su compañía de guardias mandados por el señor de Roches. Es esta misma compañía la que debía cubrirse, más tarde, en 1636, de gloria en la defensa del Labourd, invadido por un ejército español. La ciudad había hecho levantar al lado de la puerta Saint-Esprit, puerta de Francia después, una especie de teatro donde se encontraba una cátedra forrada de satén blanco y destinada al noble duque. Una vez en tierra, el duque se negó a subir a la tribuna y fue animado por el teniente general, por el teniente de alcalde, por el Ayuntamiento, ataviados con trajes rojos y capucha. Monsieur de Epernon montó a caballo, y le fue presentado el palio de satén blanco engalanado con pasamanería y franjas de oro, adornado con sus armas y las de la ciudad. Lo llevaban el teniente de alcalde y tres regidores, pero no quiso entrar bajo él, y continuó su camino siguiendo la calle Pont-Mayou, cuyas casas estaban adornadas con tapices de alto lizo y con el pavimento alfombrado de ramas verdes; al final de esta calle se había levantado un arco de triunfo donde, en honor de este alto personaje, había escritas unas inscripciones que, desgraciadamente, nuestros archivos no nos han conservado. De esta manera llegó a la catedral, y en la puerta fue recibido por el gran vicario acompañado de todo el clero; de nuevo se pronunció un discurso y acto seguido entró en la iglesia, donde se cantó un Te Deum, después de lo cual fue acompañado al Cháteau-Vieux y pasó bajo un arco de triunfo alzado "delante de la morada de Monsieur de Sorhaindo, teniente general en otro tiempo". Una vez delante de la puerta del Cháteau-Vieux, bajó del caballo y fue recibido por el conde de Gramont, que le había hecho preparar sus habitaciones. Se le preguntó entonces si deseaba ver desfilar a la milicia burguesa por delante de sus ventanas y consintió en ello. El porte marcial, el orden y la disciplina que mostraron le causaron gran admiración. Antes de retirarse, los magistrados suplicaron al visitante que se dignase honrar con su presencia el alojamiento que con grandes esfuerzos habían preparado en la casa del señor de Montaut. El les prometió que a su vuelta de San Juan de Luz se quedaría allí todo el tiempo que pudiera consagrar de nuevo a Bayona. El día 13 del mismo mes salió para la frontera acompañado de M. de Gramont, del teniente de alcalde y de Detcheverry. El 16 volvió para irse de nuevo el 18. En esta ocasión le fue ofrecido un hermoso caballo español magníficamente enjaezado, con una manta con las armas de Bayona, bridón dorado, etc., y también 24 picas con las hojas de oro, recuerdo aún vivo de las costumbres feudales. Estos hermosos presentes fueron recibidos con gratitud, y el Señor de Epernon tuvo, más tarde, un recuerdo muy especial para la amable y delicada hospitalidad bayonesa.
La ciudad de Bayona debía recibir la visita del duque de Epernon aún dos veces más. La primera en 1636, cuando el Labourd se encontraba en peligro, invadido por un ejército español; el duque lo socorrió con todos los esfuerzos que pudo conseguir. La segunda vez hizo su entrada en 1644 y el cañón de la ciudad disparó con una violencia tal que una parte de la muralla del reducto y algunos alféizares se derrumbaron. Esta vez el dispendio fue más elevado aún que para la primera entrada. El caballo español, que fue comprado a un gentilhombre de Pamplona por intermedio del conde Duhart, costó 1.416 libras y 16 sueldos; los arcos triunfales, 425 libras; la tribuna de discursos, 150 libras; el palio de satén blanco, 162 libras; el alojamiento en el Boucau de M. de Epernon, 387 libras. Finalmente, 104 pistolas o 1.046 libras se entregaron al capitán de los guardias, al secretario, al caballerizo, al furriel, a los trompetas y a los suizos; 348 libras a nueve pintores que trabajaron durante 10 días; 84 libras se pagaron por 24 picas compradas al Sr. de Saint-Pé; el vino costó 90 libras. Todo lo cual representa un total de 5.225 libras.
Ref. Edouard Duceré: Dictionnaire historique de Bayonne, 2 vols, Bayonne, 1911-1915.
