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CULTO A LOS SANTOS

Antroponimia. Los estudios antroponímicos permiten observar las modas devocionales de cada momento histórico, ya que llevan implícito un mensaje determinado (Martínez Sopena, 1995).

La onomástica personal vasca apenas se componía de santos hasta los siglos XI-XII, salvo las excepciones de Juan, Pedro y algunos otros apenas significativos. Su porcentaje fue incrementándose en los siglos sucesivos, hasta llegar al XIV y XV con una auténtica proliferación de Marías, Pedros, Juanes o Migueles, fruto de la moda del momento. Resulta difícil calibrar la devoción de aquellas personas y sus progenitores por el nombre escogido, sin embargo, parece evidente que existía una afinidad devocional-hagionímica en algunas elites, en cuyos sellos personales utilizaban figuras hagionímicas como signo sustitutivo de su nombre, tal y como se puede observar en el caso de Juan. Por otra parte, esta realidad se hallaba intrínsecamente unida a la repetición de los nombres personales en una misma familia y lugar, sin grandes variaciones hasta bien entrada la Edad Contemporánea. Pese a esta realidad poco mutable, la utilización de los nombres de los santos conoció un auge a raíz del Concilio de Trento, siendo los más frecuentes en Euskal Herria los de Juan, Pedro, Miguel, Antonio, Gregorio, Sebastián, Martín, Francisco, Bernardo, Diego, José -en el caso de los varones-, y sus equivalentes femeninos en las mujeres, a los que habría que unir los de María, Graciana/Graciosa, Magdalena y Catalina. Véase NOMBRE.

La elección de un nombre del santo local es un fenómeno fundamentalmente contemporáneo. Dejando a un lado los escasos precedentes modernos del siglo XVII y XVIII, en el siglo XIX comienzan algunos padres a bautizar a sus hijas con los nombres de los santuarios marianos de sus localidades, fenómeno acentuado en los años del franquismo a raíz del impulso dado al culto de Santa María. A partir de los años sesenta y con la apertura del régimen, se produjo un descenso más que notable en esta práctica, invertida en lo concerniente a los nombres vascos. Estos últimos proliferaron a partir de 1977, cuando existió libertad oficial a la hora de bautizar, desapareciendo la ley que imponía el nombre castellano de los niños. Fuera del ámbito estrictamente local, otros nombres hagionímicos no corresponden tanto a una devoción popular, sino a las modas del momento, como ocurre con numerosos nombres como Ainhoa, Aitziber, Irantzu o Itziar (Jimeno Aranguren, 1999).