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CALATRAVA

Célebre localidad de la provincia de Ciudad Real. Fue tomada por las tropas cristianas, entre las que se contaban las de ultrapuertos que comandaba el señor de Vizcaya Diego López de Haro, en las operaciones previas a la decisiva BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA (v.). Los despojos de la rendición fueron cedidos por el rey Alfonso VIII el Noble al rey de Aragón y a los referidos ultramontanos. Según recoge el arzobispo toledano Rodrigo Ximénez de Rada sobre la base de testigos oculares a los que personalmente escuchó el relato de los hechos, en ocasión en que los hermanos Templarios de Calatrava se hallaban con gran preocupación ante los rumores de que venía contra el fuerte un grueso contingente de tropas musulmanas, Raimundo, abad de Fitero, que entonces se hallaba en Toledo, pidió al rey Sancho III de Castilla, por instigación de un monje llamado Diego Velázquez, que le concediese la plaza fuerte de Calatrava. Siéndole concedida la gracia, pidió el abad de Fitero la ayuda del primado de Toledo, que puso a su disposición todos sus recursos materiales y espirituales. Cuando el abad de Fitero y el monje Diego Velázquez llegaron a Calatrava al frente de la tropa que se organizó en Toledo, resultó que no acabó de llegar la horda musulmana causante de las preocupaciones, y muchos que tomaron parte en la expedición, movidos por la devoción, entraron a formar parte entre los hermanos de Calatrava, con lo que prosperó mucho la vida y la actividad de la plaza por obra de los monjes. Pero aquí viene lo más curioso: «Entonces el Abad volvió al monasterio y juntando ganado y rebaños y lo demás móvil de que a la sazón abundaba Fitero, además de una tropa de guerreros a los que suministró soldada y vituallas, se vino con todo ello a Calatrava, habiendo dejado sólo para el servicio del monasterio a los débiles y enfermos; y, según pude escuchar de quienes vieron estas cosas, llevó consigo casi veinte mil hombres». No cabe duda de que andaba sobrado de hombres Navarra... Según apostilla el arzobispo navarro, éste fue en Fitero el primer abad (así, literalmente), que muerto, fue enterrado en Ciruelos, cerca de Toledo, del que se dice que Dios obra milagros por su mediación. De esta forma quedó para Fitero por siempre la villa y el fuerte de Calatrava (cfr. De Rebus Hispaniae, Lib. VII, Cap. XIV, pp. 158-159 de la edición matritense de 1793; lib. VIII, cap. VI, pp. 180-181, íd. ed.