Voz francesa tomada del vasco kartolak y ésta, a su vez, de origen latino ( carri-tabula). Esta singular forma de locomoción, propia de Bayona y del N. del país, fue utilizada en diferentes ocasiones por la emperatriz Josefina y por las damas de su séquito, para visitar las costas del Océano. La señorita de Avrillion hace una descripción interesante que reproducimos aquí:
"Es un caballo en el que se ha adaptado una especie de albarda; sube una persona de cada lado, de forma que los dos viajeros se hallan de espaldas uno contra el otro. Cuando no son del mismo peso, se restablece el equilibrio por medio de un saco lleno de arena, sistema al que tuvimos que recurrir al ser mi compañera de viaje mucho más ligera que yo".
Casi todos los viajeros que pasaron por Bayona en tiempos de la guerra de España, han hablado de los "cacolets" en sus Memorias. La mayoría de estos vehículos eran conducidos por mujeres, de las que muchas destacaban por su belleza.
En papeles inéditos encontramos, con fecha de 2 de junio de 1808, el encantador relato de un paseo realizado por la emperatriz Josefina a la "Chambre D'Amour", en circunstancias tan especiales, que no creemos poder reproducirlo con todos los detalles: A la una, el servicio de guarda de honor fue encargado de acompañar a Josefina. Se componía de 12 jinetes bayoneses y de seis caballos ligeros polacos y gendarmes de lo más selecto, ya que nunca se tomaban bastantes precauciones contra el crucero inglés, que podía intentar algún desembarque y dirigir una emboscada. La escolta encargada estuvo preparada a la hora prevista, y a caballo ante el patio. Su Majestad no se hizo esperar y pronto apareció en un coche tirado por cuatro hermosos caballos. Le acompañaba Mme. Maret y en el asiento de delante se hallaba la señorita de Avrillion, una de sus camareras. Junto a la puerta de la derecha cabalgaba el general Ordener, su primer escudero, a la izquierda, un paje con su lindo uniforme, detrás venía la escolta. El coche, precedido por un postillón, iba a buena marcha y tomó la ruta de Anglet, a donde llegó rápidamente. Pero cuando se desembocó en Chassin y hubo que pasar por las arenas, el coche se introdujo hasta los ejes y pronto hubo que pararse. No obstante, habiendo sido prevista la situación, dos de los mejores cacolets de la región se hallaban allí a punto, como para sacar del apuro a Su Majestad. Se habían preparado éstos con un atuendo suntuoso y no habían elegido ni los peores caballos ni las conductoras más feas. La emperatriz bajó del coche, y el guardia de honor que nos ha conservado este recuerdo, tuvo así la ocasión de ver cómodamente a Su Graciosa Majestad Imperial y Real. Estaba vestida con un traje de color suave salpicado de ramilletes de flores, un cinturón rodeaba su talle y un chal tan ligero como una gasa descansaba en sus brazos más bien que sobre sus hombros. Su tez, ordinariamente un poco pálida, estaba suavemente animada y fue una gran tarea cuando hubo que subirla al cacolet, en el que Mme. Maret tenía que hacer de contrapeso. Siendo la emperatriz mucho más ligera que esta última, hubo que restablecer la diferencia con la ayuda de un saco de arena atado a una de las sillas; después se acercó el caballo a una gran piedra sobre la que se subió la emperatriz. A pesar de todas las precauciones, la guardia de honor pudo ver, con ojos encantados, una pierna encantadora en una media de seda transparente cuya fineza era tal, que se veía la piel a través y un pie diminuto en un zapato liviano de piel tan flexible que le ajustaba como un guante; pie maravilloso, cuya imagen debía quedar grabada en los espíritus para siempre. Mme. Moret, tan graciosa como hermosa, se colocó al otro lado de la albarda y la señorita Avrillion se subió en el otro cacolet en compañía de la pequeña vasca que conducta el caballo; la escolta precedía y seguía a la emperatriz. Llegaron a la Chambre d'Amour, en donde Josefina quiso visitar la gruta y hacerse contar, por un anciano campesino, el episodio de los dos amantes. Después se paseó un poco al borde del mar, que estaba muy tranquilo; en el horizonte se percibían algunas velas que brillaban al sol, y que le dijeron pertenecían al crucero inglés. Después de algunos momentos de descanso, volvieron a los cacolets y no tardaron en encontrar el coche. A las cinco de la tarde Josefina volvía a Marrac. Ref. Edouard Duceré: Dictionnaire historique de Bayonne, 2 vols, Bayonne, 1911-1915.
"Es un caballo en el que se ha adaptado una especie de albarda; sube una persona de cada lado, de forma que los dos viajeros se hallan de espaldas uno contra el otro. Cuando no son del mismo peso, se restablece el equilibrio por medio de un saco lleno de arena, sistema al que tuvimos que recurrir al ser mi compañera de viaje mucho más ligera que yo".
Casi todos los viajeros que pasaron por Bayona en tiempos de la guerra de España, han hablado de los "cacolets" en sus Memorias. La mayoría de estos vehículos eran conducidos por mujeres, de las que muchas destacaban por su belleza.
En papeles inéditos encontramos, con fecha de 2 de junio de 1808, el encantador relato de un paseo realizado por la emperatriz Josefina a la "Chambre D'Amour", en circunstancias tan especiales, que no creemos poder reproducirlo con todos los detalles: A la una, el servicio de guarda de honor fue encargado de acompañar a Josefina. Se componía de 12 jinetes bayoneses y de seis caballos ligeros polacos y gendarmes de lo más selecto, ya que nunca se tomaban bastantes precauciones contra el crucero inglés, que podía intentar algún desembarque y dirigir una emboscada. La escolta encargada estuvo preparada a la hora prevista, y a caballo ante el patio. Su Majestad no se hizo esperar y pronto apareció en un coche tirado por cuatro hermosos caballos. Le acompañaba Mme. Maret y en el asiento de delante se hallaba la señorita de Avrillion, una de sus camareras. Junto a la puerta de la derecha cabalgaba el general Ordener, su primer escudero, a la izquierda, un paje con su lindo uniforme, detrás venía la escolta. El coche, precedido por un postillón, iba a buena marcha y tomó la ruta de Anglet, a donde llegó rápidamente. Pero cuando se desembocó en Chassin y hubo que pasar por las arenas, el coche se introdujo hasta los ejes y pronto hubo que pararse. No obstante, habiendo sido prevista la situación, dos de los mejores cacolets de la región se hallaban allí a punto, como para sacar del apuro a Su Majestad. Se habían preparado éstos con un atuendo suntuoso y no habían elegido ni los peores caballos ni las conductoras más feas. La emperatriz bajó del coche, y el guardia de honor que nos ha conservado este recuerdo, tuvo así la ocasión de ver cómodamente a Su Graciosa Majestad Imperial y Real. Estaba vestida con un traje de color suave salpicado de ramilletes de flores, un cinturón rodeaba su talle y un chal tan ligero como una gasa descansaba en sus brazos más bien que sobre sus hombros. Su tez, ordinariamente un poco pálida, estaba suavemente animada y fue una gran tarea cuando hubo que subirla al cacolet, en el que Mme. Maret tenía que hacer de contrapeso. Siendo la emperatriz mucho más ligera que esta última, hubo que restablecer la diferencia con la ayuda de un saco de arena atado a una de las sillas; después se acercó el caballo a una gran piedra sobre la que se subió la emperatriz. A pesar de todas las precauciones, la guardia de honor pudo ver, con ojos encantados, una pierna encantadora en una media de seda transparente cuya fineza era tal, que se veía la piel a través y un pie diminuto en un zapato liviano de piel tan flexible que le ajustaba como un guante; pie maravilloso, cuya imagen debía quedar grabada en los espíritus para siempre. Mme. Moret, tan graciosa como hermosa, se colocó al otro lado de la albarda y la señorita Avrillion se subió en el otro cacolet en compañía de la pequeña vasca que conducta el caballo; la escolta precedía y seguía a la emperatriz. Llegaron a la Chambre d'Amour, en donde Josefina quiso visitar la gruta y hacerse contar, por un anciano campesino, el episodio de los dos amantes. Después se paseó un poco al borde del mar, que estaba muy tranquilo; en el horizonte se percibían algunas velas que brillaban al sol, y que le dijeron pertenecían al crucero inglés. Después de algunos momentos de descanso, volvieron a los cacolets y no tardaron en encontrar el coche. A las cinco de la tarde Josefina volvía a Marrac. Ref. Edouard Duceré: Dictionnaire historique de Bayonne, 2 vols, Bayonne, 1911-1915.
