Concepto

Bruja

Personaje malvado, habitualmente femenino, que acostumbra a reunirse con sus semejantes por las noches en el aquelarre. Se cree que son debidas a su malvada intervención desgracias tales como la pérdida de cosechas, las averías de ferrerías y molinos, la mortandad infantil, ciertas enfermedades y aojamientos, los naufragios, etc. También se cree que pude metamorfosearse en diversos animales. En un sentido más general, se usa esta denominación aplicada a cualquier personaje considerado malvado y no-cristiano: Mari, jentiles, lamiñas, etc.

Cuando las sorginas se reúnen con el Diablo en el aquelarre, se dice que lo adoran, bailan en su honor y se entretienen en toda clase de juegos libidinosos. Se conocen numerosos lugares donde supuestamente se celebran dichos aquelarres: citamos entre otros el akelarre (prado del macho cabrío) de Zugarramurdi, el puente Mandabieta de Ataun, la peña Garaigorta de Orozko, el llano de Petralanda en Dima, los llanos de Abadelaueta en Etxagüen o el crómlech de Ameztoieta en Oiartzun.

"Madre e hija eran brujas. Tenían un criado para hacer los trabajos. A menudo partían bien arregladas los viernes por la noche. Cuando el criado las veía arreglarse así, solía acecharlas. Solían guardar un ungüento bajo el hogar, y se lo aplicaban en las piernas y diciendo "por encima de lo más pequeño y por encima de lo más grande", partían. En una ocasión en que se fueron así, el criado también se aplicó el ungüento. Pero entendió mal las palabras de las mujeres y en lugar de aquéllas dijo "por debajo de lo más pequeño y por encima de lo más grande", y así fue por debajo de todas las zarzas y por encima de los árboles hasta Eperlanda (llano de las perdices) de Muxika. Allí estaba Luzifer, el jefe de las brujas. Estas tenían por costumbre besar el culo a Lucifer. Todas lo hicieron una a una. Llamaron al criado "Sorginbarri" (bruja nueva). Este había llevado consigo una aguja de hierro de las de coser abarcas. Cuando fue a depositar su beso, pinchó a Lucifer con la aguja. Este le espetó: -"Sorginbarri, tienes la barba dura". Cuando el criado vio este panorama, dijo: -"Jesus eta Credo, qué culo más negro!" Cuando escucharon esto todos huyeron espantados. Llegaron a casa madre e hija, y también el criado. Este dio parte de lo ocurrido al párroco del pueblo. El párroco llamó a casa a las mujeres y las puso en el buen camino.

Una vez, como otras tantas, una mujer solía hilar con rueca en la cocina de su casa, y todas las noches un gato le entraba por la chimenea y la mujer se asustaba, y le contó al marido lo que le sucedía. Luego, pues, el marido dijo a la mujer que él se arreglaría vestido con las ropas de aquélla, incluso con el pañuelo blanco en la cabeza (el pañuelo blanco en la cabeza es señal de mujer casada). Estando el hombre hilando con la rueca apareció el gato; pero el hombre tenía la barba crecida y el gato se dio cuenta de que no era la mujer de las otras veces; y luego el gato le dijo al hombre que hilaba con la rueca: "Hombre e hilando con rueca?" Y el hombre dijo al gato: "Gato y hablando?". Y el hombre cogió un asador del hogar y mató al gato, y luego lo tiró por la ventana de la cocina al huerto. Al día siguiente apareció muerta en el huerto una mujer de la vecindad, con su falda roja corta y todo" (Barandiaran, 1972-73).

La primera observación que es necesario realizar en torno al tema de las brujas es la de su escaso valor mitológico. En efecto, aunque está bastante extendida la creencia de que las leyendas y el folklore de las brujas contienen vestigios del antiguo paganismo, lo que se cuenta en dicho folklore y en dichas leyendas tiene poco que ver con la auténtica tradición popular y mucho que ver con lo que bullía en la cabeza de los cazadores de brujas. Lo que se oculta tras ellas no tiene su origen en el antiguo paganismo, sino en las invenciones y obsesiones de los predicadores cristianos. Por eso las brujas son todas iguales y hacen aproximadamente las mismas cosas en todas las regiones de Europa, sin apenas diferencias o matices. La información relevante de carácter etnográfico que se puede obtener en este ámbito no se refiere, pues, al antiguo paganismo, sino más bien a las características de la sociedad del tiempo de la caza de brujas e inmediatamente posterior.

Existen muchos mitos modernos en torno a las brujas. El primero, el que acabamos de mencionar, referido a la supuesta presencia en su folklore de elementos importantes del antiguo paganismo. Otro, también muy conocido y extendido es el que asegura que la caza de brujas fue una iniciativa planificada de la Jerarquía Católica romana y de su Santa Inquisición para extirpar los vestigios de paganismo aún vivos en ciertas capas sociales, y que en el caso del País Vasco además incluiría ciertos intereses políticos. Sin embargo parece, a la luz de recientes trabajos historiográficos, que la realidad fue bastante diferente.

Las cazas de brujas se desarrollan en Europa y Norteamérica entre los siglos XV al XVIII. El pico más violento en el País Vasco se produce a inicios del XVII, con la actividad de Pierre de Lancre en Lapurdi en 1609, y en Hegoalde con el proceso de Logroño de 1610. Sin embargo los primeros episodios documentados aparecen casi dos siglos antes en Italia y en ellos vemos que la Inquisición no sabe qué hacer con el tema. La Jerarquía de Roma no tomó la iniciativa de la caza de brujas, pero la llama que prendió el fuego sí que provino del fanatismo católico. Recientes estudios apuntan a la actividad de un muy popular predicador renacentista del siglo XV, San Bernardino de Siena, como la primera llama que desata el incendio. En los sermones que durante muchos años elaboró este predicador, que lograba congregar cada vez a miles de oyentes, se hallan los elementos que poco a poco iban a conducir a extender y generalizar un estado de histeria colectiva. La propia Inquisición española, y muy en particular uno de sus miembros más influyentes, Alonso de Salazar y Frías, en plena efervescencia de la caza de brujas a inicios del XVII atribuye, entre otras, a la acción de los predicadores y sus sermones la culpa de propagar la histeria. La inquisición española y sobre todo dicho Alonso de Salazar se muestran bastante críticos con el modo en que se instruyen los procesos contra las brujas, hasta que finalmente, eso sí, después de haber torturado y quemado a un buen montón de ellas, son pioneros en la Europa del momento en la introducción de criterios objetivos y empíricos, y en sostener explícitamente que no es posible condenar a nadie por brujería basándose solamente en las declaraciones de los testigos y de los propios acusados. Gracias a esta nueva praxis, a pesar de que los procesos por brujería se extenderán en España aún por muchos años, disminuyen notablemente el número de condenas y su gravedad.

La brujería y su persecución son fenómenos complejos, no reducibles a una explicación única. El fuego lo prende el fanatismo católico, pero no es una iniciativa de la Santa Inquisición, la cual sin embargo fue la autora directa de miles de detenciones, torturas y ejecuciones, aunque también contribuyó a salvar la vida a muchas personas acusadas de brujería por poderes civiles locales aún más fanatizados y menos garantistas. Quienes han analizado los manuscritos del cazador de brujas francés De Lancre, nos refieren que es un hombre henchido de prejuicios contra los labortanos, que juzga diabólicas sus costumbres y modo de vida, aunque no es posible hallar ni rastro de comentario peyorativo alguno referido al euskera. Existe un trasfondo general de histeria colectiva, pero luego las acciones de los actores individuales y de los poderes públicos que intervienen no se alinean en una misma dirección y a menudo se contradicen entre sí.

Uno de los aspectos más interesantes en torno a la caza de brujas es el análisis de los prejuicios de sus cazadores. El caso del francés de origen vasco Pierre (Rostegui) De Lancre, que asoló las tierras labortanas a principios del XVII está muy bien documentado y muestra la misoginia como factor común. Abomina de muchas de las características de las mujeres labortanas de la época así como de la dejación de funciones de la que, según él, hacen gala los hombres. Por ejemplo, el hecho de que el apellido no lo transmita el hombre sino la casa, merece un comentario de asombro y desaprobación. Encuentra a las mujeres excesivamente libres y autónomas, tanto en su aspecto como en sus funciones. Ve mal que los hombres se ausenten por la pesca en Terranova durante tantos meses, dejando solas a sus mujeres, a su albedrío. Refiere que las muchachas se bañan desnudas en el mar junto a los muchachos, y que en cualquier momento levantan las faldas para cubrir su cabeza, descubriendo el trasero. Incluso la clásica zoronga o tocado de las mujeres casadas le parece un símbolo fálico. El hecho de que coman manzanas y beban sidra también lo encuentra reprobable, a causa del episodio de Eva en el Paraíso, y critica incluso la existencia de las seroras, que a juicio de este hombre que no ve más que el mal por todas partes, supone dar entrada al Diablo hasta el interior de las iglesias. Este cúmulo de observaciones le hace temer que las gentes de Lapurdi sean fácil presa del Demonio.

Podría pensarse que bajo las acusaciones de brujería pudiera haber un cierto trasfondo de verdad, en el sentido de ritos y costumbres enraizados en el antiguo paganismo. Sin embargo sabemos que la parte más importante de dicho paganismo pudo escapar de tales conflictos con la religión dominante y sobrevivir adoptando ropajes cristianos: los curas que conjuran a Mari, las ofrendas a los difuntos de la casa, las colectas en el seno del vecindario, las romerías para diversos fines, etc. Quizás hubiera vestigios de algún ámbito relacionado con la salud y la medicina tras esas historias. O de costumbres sexuales demasiado atrevidas a los ojos de los curas de la época. El propio término sorgin nos puede ofrecer alguna pista. Dicho término podría ser el equivalente del actual emagin, o sea partera, lo que casaría bastante bien con el ámbito hacia el que el fanatismo católico de la época muestra una mayor animadversión: un ámbito cerrado, gobernado por las mujeres y del que los hombres están excluidos, relacionado con el sexo femenino, con la medicina y con la magia.

Aceptar lo anterior, no significa que la caza de brujas fuera una iniciativa destinada a acabar con las parteras. Muchísimas costumbres de medicina popular han llegado hasta nuestros días sin rastro de estigma, la gente ha continuado acudiendo a diversas fuentes para curar eccemas o combatir la esterilidad, y aún hoy hay quien sabe hacer emplastos de hierbas medicinales. No parece que hubiera ningún propósito de acabar con la medicina tradicional. Más bien habría que pensar que la palabra sorgin con la significación de partera pudo ser la elección de los curas euskaldunes como término que mejor se ajustaba a ojos de sus feligreses al concepto que les querían transmitir. Y si observamos la toponimia vasca, podemos suponer que anteriormente se usó el término lamiña o lamia para el mismo fin, al igual que en el resto de Europa, donde se usa de modo generalizado como sinónimo de bruja.

La influencia de la brujería y de la caza de brujas en la mitología vasca se puede suponer importante. Aunque gran parte del viejo paganismo se pone a salvo bajo el camuflaje cristiano, cabe suponer que dos siglos de caza de brujas tuvieron que acarrear la desaparición de una parte importante del patrimonio etnológico. Esto es deducible por pura lógica, pero existe algún testimonio explícito de tal situación, aunque referido a otras latitudes europeas. El viajero inglés M. Martin, que visitó las islas occidentales escocesas en 1688 y en 1712, dice, a propósito de un ritual de adivinación ampliamente extendido en las mismas, que en un lapso de veinte años su presencia se había reducido a la décima parte.

Junto a la presumible pérdida de patrimonio etnológico, podemos observar también la pérdida de calidad de lo que queda del mismo. Tanto las lamiñas como las sorginas, ambas sinónimo de brujas, empiezan a teñir la mitología vasca de un color único y negativo que afecta a todo el mundo pagano y a sus personajes, cuyas respectivas personalidades se hallaban anteriormente definidas con nitidez. Mari es ahora una sorgina, a los gentiles empiezan a llamarles lamiñak en algunas comarcas, a algunos dólmenes sorginetxe, etc.

La mitología de las sorginas está llena de motivos cuyo origen se encuentra en los sermones y en otras fuentes exóticas. La conocida fórmula de laino guztien azpitik eta sasi guztien gainetik (por debajo de las nubes y por encima de las zarzas) que supuestamente usan las brujas para teletransportarse se origina en una fórmula similar francesa, en la que el equívoco se justifica por la similitud fonética entre dessus (encima) y dessous (debajo). La prohibición de hablar de las brujas, impulsada por el ya mencionado Alonso de Salazar, con el fin de detener la histeria colectiva, entra en colisión con las supersticiones ya muy enraizadas en torno a las mismas, y dicho conflicto da origen a múltiples expresiones. Por ejemplo la fórmula, direnik ez da sinetsi behar, ez direnik ez da esan behar (no hay que creer que existan, no hay que decir que no existen), y el ciclo de leyendas en torno a este tema, en el que al protagonista que niega la existencia de las brujas se le aparecen luego éstas y le dan su merecido por haber osado negarlas. O la expresión bagarela eta ez garela (que somos y que no somos) que usan las brujas para reivindicar su existencia cuando se le aparecen al desafortunado protagonista. Este ciclo legendario es uno de los más modernos de nuestra mitología, junto con el del traslado de las ermitas. También tiene su origen en la mencionada prohibición la expresión izena duen guztia bada (todo lo que tiene nombre existe), que a veces se escucha elevada a la categoría de máxima filosófica, y que bajo su aspecto un poco enigmático no es más que el subterfugio prosaico para mantener tercamente que las brujas existen, aunque la Inquisición prohíba decirlo.

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