Lexique

ARISTOCRACIA

Aristocracia.
Olvidándonos de la etimología de la palabra en cuestión, al referirnos a Aristocracia en el País Vasco, hablamos de una clase social dotada de continuidad histórica, que durante varios siglos constituyó la clase dominante y privilegiada del País. Sus rasgos esenciales son: a) Propiedad territorial, es decir, su carácter de terratenientes. b) Constituirse como una nobleza de sangre, con conciencia de casta, difereneciada del conjunto del pueblo. c) Asimilación del conjunto de ideas y actitudes propias de las noblezas terratenientes vecinas, genética y evolutivamente diferentes. Poco sabemos del origen y formación de la clase nobiliaria en tierra vasca. La falta de unidad política temprana en el País Vasco y las distintas esferas de influencia política y cultural que operan sobre su territorio, configuran diversos tipos de nobleza, feudal o semifeudal en algunos casos, en cada una de las regiones del País. La distinta orientación política de cada una de las unidades político-administrativas vascas, a partir del s. XI, rompe la unidad de acción de las clases políticamente activas, lanzando a empresas y objetivos diferentes y a menudo antagónicos, a los estratos nobles del País. Así, nuestras aristocracias, no pierden su carácter rural; se ven limitadas a vegetar dentro de los márgenes de cada unidad político-administrativa, o a constituir la fuerza de choque mercenaria de los Señores o Reyes, en empresas guerreras fuera de Vasconia. Razones que imponen un análisis separado de las aristocracias de las distintas regiones vascas. Si alineamos a éstas en razón de la importancia de la nobleza como estamento político, sería Nav. la primera, seguida de Laburdi y Zuberoa, Alava, Vizc. y, en último lugar, Guip. Sin embargo, en todas ellas encontramos, como núcleo original de los distintos tipos de nobleza, a las familias cabeceras de linaje de la primitiva sociedad de clan basada en la organización social agnática, conocidas desde remotos tiempos como «parientes mayores», aide-nagusiak. «Llamáronse en lo antiguo parientes mayores ciertos caballeros de la Provincia, propietarios de extensas propiedades territoriales o, como si dijéramos, los ricoshombres de da misma. No faltan, sin embargo, quienes digan que la expresa denominación les vino de la circunstancia de ser ellos los progenitores de las primeras familias pobladoras del País, y como tales, los fundadores y mayorales del mismo. Esta es, sin duda, la razón por la que ha quedado a ciertas familias de la Provincia el concepto vulgar o denominación de que son de sangre azul» (Gorosábel, «Noticia de las cosas memorables de Guipúzcoa»). Las palabras de Gorosábel apuntan a dos aspectos fundamentales del problema de la clase noble o aristocrática en tierra vasca. Por una parte, constata el hecho de su existencia desde la Baja Edad Media, y además, señala la oscuridad de su origen, anotando, sin embargo, su carácter de cabeceras de linaje o jefes de comunidades unidas por los lazos de consanguinidad. En todos los pueblos europeos marginados del modo de producción antiguo, característico del mundo romano, es decir, pueblos cuyo sistema de división del trabajo no había diferenciado a la sociedad en clases antagónicas y en los que, por otra parte, el proceso de producción material estaba destinado al uso y no al cambio en el mercado, el tipo de propiedad comunal y la estructura de la sociedad, dividida en clanes, impedía la existencia de una clase noble definida. No obstante, ciertos cargos administrativos y militares, electivos en principio, pasaron a ser propiedad de determinadas familias del clan y heredables por tanto. Así se dibujó el embrión de una aristocracia hereditaria, que durante las invasiones y guerras subsecuentes, aprovechó su preeminencia política para crearse una extensa propiedad terrateniente privada, coexistente con las viejas formas de propiedad comunal. Debemos suponer que el origen de esta aristocracia vasca, que se nos presenta constituida ya como tal desde el s. XI tuvo un origen semejante y que su propiedad privada territorial fue adquirida durante los años de sobresaltos e inseguridad personal que sucedieron a la caída del Imperio, derivadas de las acrecentadas necesidades de la población en materia de organización militar a raíz de las invasiones de visigodos y francos, y posteriormente de árabes y normandos. · Laburdi, Zuberoa y Baja Navarra. La extrema oscuridad que se proyecta sobre los orígenes de estas tierras antes del s. XI, impide dar datos exactos sobre su composición social. A partir del s. XI encontramos ya instituida una autoridad estatal o semiestatal más o menos autónoma. La división en tres países de la tierra vasca continental, procede de la antigua división en «tierras», base territorial de una o más tribus consanguíneas viviendo en régimen de clan. Hacia 1023, Sancho el Mayor de Nav. convierte la tierra de Laburdi en vizcondado, en beneficio de Lupo-Sánchez. El primer vizconde de Zuberoa conocido es Guillermo Fort de Lavedan, también hacia 1023. Los datos sobre la Baja Nav. son más tardíos. Al comienzo del s. XI, según Veyrin, sólo se conocen pequeños feudos en Arberoue, Ostabaret, Osses, Cize, Mixe y Baigorry. Feudos que durante largos años oscilaron entre el rey de Nav. y el duque de Gascuña. Una acta de 1189 confirma su anexión definitiva, para esta fecha, al Reino de Nav. Estos datos son valiosos desde el punto de vista sociológico, ya que la presencia de los vizcondados da fe de la existencia de una organización feudal de la sociedad, semejante a la del Sur y Mediodía de Francia. No obstante, perdura la unidad étnica y la tradición cultural del pueblo, así como las formas de propiedad comunal y la organización social gentilicia con más intensidad que en los territorios vecinos romanizados y sometidos a la dominación franca. Este es un hecho que configura una especial constitución social. Las organizaciones democráticas del pueblo coexisten con la organización política de la aristocracia feudal. Circunstancia que da origen a una estructura política popular coherente del conjunto del territorio, a diferencia del régimen feudal clásico, en que la primitiva organización prefeudal popular es rota por el señorío. No es, por tanto, exacta la afirmación exagerada de la universal nobleza de los vascos y de su exclusiva organización democrática, ni la opuesta exageración que incluye al País Vasco continental en los moldes del feudalismo clásico. La realidad es más compleja y no encaja en esquemas lineales y unilaterales. El hecho de la coexistencia de dos organizaciones políticas es modulado por los acontecimientos históricos, predominando una sobre otra según las circunstancias. Durante el Antiguo Régimen, el poder de la gran nobleza había decaído y las libertades particulares y organización administrativa democrática son generales. En Laburdi quedan 9 casas nobles en 1789 de las 60 que había en 1311. En la Baja Nav. se conocen 7 grandes barones: Luxe, Ostabat, Lantabat, Gramont, Berguey, Sorapuru y Beorleguy que poseían tribunales de justicia y milicias propias. En Laburdi el poder está en manos de los St.-Pée, barones de Arbonne, y los Belzunce, vizcondes de Macaye. «El País Vasco ha conocido, pues, perfectamente el feudalismo, pero es verdad que éste se conciliaba con una particularidad importante: todas las tierras eran francas y las personas exentas de servidumbre... Es en el llamado franc alleu en el que es preciso, creemos nosotros, remontarnos al oscuro origen de la organización social de los vascos en el tiempo de su instalación en este lado de los Pirineos» (P. Veyrin). En el origen de la nobleza vasco-continental encontramos el mismo hecho inicial que en el resto del País. De la organización gentilicia inicial, surgen los jefes de clan, el jaun, que se apropia y transmite a sus herederos ciertos bienes materiales y reverenciales que hasta entonces eran atribuidos por decisión colectiva mayoritaria. Las invasiones francas, normandas y árabes acentúan, debido a las necesidades militares, el carácter diferencial de este grupo social, dando lugar a pequeños señoríos, autosuficientes económicamente y con milicias propias. Los vínculos de vasallaje que estos señores establecen con los jefes de los estados cercanos, dibujan los contornos de una nobleza terrateniente que adquiere aspectos distintos según las regiones a estudiar. En Laburdi y Zuberoa la oposición tradicional de los barones y el rey de Inglaterra, acentúa el peso del poder real y limita las prerrogativas de los señores. En la Baja Nav., en cambio, las necesidades militares de la Corona obligan a ésta a mantener la estructura feudal, así como el creciente número de vasallos ennoblecidos por el rey por sus servicios de guerra, ensanchando el estamento de la nobleza. Dice Veyrin que a la máxima francesa medieval «ninguna tierra sin señor» cabe oponer la máxima vasca de «ningún señor sin título de propiedad». Es ésta, la casa y la tierra, la que decide el «status» social con más vigor que el origen familiar. Resumiendo, la estructura social del País Vasco continental se divide en los siguientes estamentos: a) Los señores, terratenientes o gentilhombres. Algunos de ellos forman parte de los ricos-hombres de Nav., grupo análogo a las diez potestades de Zuberoa, especie de casta superior dentro del estamento noble, gozando de especiales derechos en Las tierras de pastos comunales. b) Los infanzones [33 en Laburdi, 1505, 87 en la Baja Nav., 1700], pequeña nobleza muy pagada de su origen, pero en realidad campesinos más ricos que sus vecinos, descendientes de algún segundón de la nobleza casado con una campesina de casa franca. Si bien su riqueza no es muy grande, su espíritu de casta es alto. Es conocida la divisa de aquella casa infanzona de Baigorry: «Infanzon sortu niz, infanzon hilen niz» (Infanzón he nacido, infanzón moriré). c) Las casas francas, campesinos libres de pechas y corveas, hombres libres que sólo soportaban la carga de un don voluntario otorgado al rey. d) Casas censuarias o labradores pecheros, «fivatiers», «botoys» en Zuberoa..., etc. Labraban tierras otorgadas por el señor por medio de un contrato privado, pagaban una renta en especie o dinero, estando exentos de toda pecha servil. Podían gozar de su parcela, cederla o legarla a sus hijos, pero si el labrador pechero moría sin testar, la tierra volvía al señor.
Bizkaia. La estructura social de la Vizc. medieval se refleja en tres estamentos perfectamente definidos: a) Alta nobleza o parientes mayores. b) Baja nobleza o parientes menores: caballeros, infanzones o hidalgos. c) Labradores pecheros habitantes de casas censuarias. García Cortázar señala como características de los señores solariegos vizcaínos o parientes mayores, las siguientes: 1.-Constituir una clase circunscrita al Señorío, cuyos intereses y propiedades no rebasaban los limites del mismo. 2.-Propiedad territorial reducida. 3.-Dependencia estrecha del Señorío, que les hace partícipes de las rentas del mismo. 4. - Su carácter de cabeceras de linaje, es decir, la persistencia de los lazos agnáticos de la vieja sociedad gentilicia. Dice Teófilo Guiard que «sin existir verdadero feudalismo en Vizcaya, en esta época banderiza, sin embargo, los derechos no eran inherentes a la persona, sino que estaban afectados por la tenencia de la propiedad y la solidaridad en el apellido, factores ambos fundamentalmente germánicos» (Hist. de la noble villa de Bilbao). Es innegable que la existencia de labradores pecheros y casas censuarias supone la existencia de una clase social que no disfruta de la plenitud de derechos políticos comunes al resto de la población vizcaína, dato que puede interpretarse como una forma larvada de feudalismo que tendría su origen en los años oscuros de las invasiones árabes o astur-leonesas, durante las que necesidades de tipo militar hicieron posible una situación privilegiada y prepotente de algunos cabeceras de linaje. Pero no es menos cierto que esta situación fue progresivamente siendo anulada en el transcurso de la Baja Edad Media, para culminar en el Fuero de 1525 con la declaración de nobleza universal de todos los vizcaínos. La dependencia de los labradores pecheros de los señores de la alta nobleza, no era directa, sino mediada por el Señorío. El pedido o tributo de los labradores censuarios era cobrado por el Señorío, juntamente con el pedido de las villas, la renta de los prebostazgos de las villas y los derechos de las ferrerías. El pedido de los labradores censuarios rendido en moneda, escanda, panizo o cabezas de ganado, constituía una de las exacciones fiscales más importantes, de ahí la legislación -procedente del Señorío, no de los parientes mayores-, tendente a perpetuar el carácter de estas pechas con objeto de mantener la renta del Señorío. Era el señor el que repartía en forma de mercedes, en principio vitalicias, más tarde hereditarias, las rentas del Señorío, excepto las procedentes del prebostazgo de las villas, entre los 147 linajes nobles que según Labayru había en Vizcaya. Esta situación de dependencia por parte de los parientes mayores excluye toda posibilidad de analogía entre la estructura social de la Vizc. medieval con el modo de producción feudal europeo. Por tanto, la situación económica de la alta nobleza vizcaína era precaria, debiendo buscar sus rentas en la explotación de ferrerías propias o en la posesión de iglesias propias. En Vizc. y en Guip. las iglesias se dividían en diviseras u ofercionales, de realengo y diocesanas, según sus rentas fueran a parar a los bolsillos de los parientes mayores, del señor o del obispo. Según García Cortázar, que trata de limitar la importancia de las primeras, en 1383 había en Vizc. 36 iglesias de realengo, habiendo ascendido esta cifra a 50 en 1487. Sin embargo, por estas fechas, Fortún García de Artega era propietario de 7 monasterios con una renta de 65.000 mrs., Francisco Adán de Yarza de 8 monasterios y 69.000 mrs., Gonzalo Gómez de Villela obtenía tusa renta de 120.000 de sus iglesias, Pedro de Abendaño poseía 12 monasterios, con una renta de 136.000 mrs., Juan Alonso de Múxica de 14, con 154.000 mrs., etc. La importancia de estas rentas la refleja la animosidad feroz que los nobles vizcaínos presentaban frente a los obispos. Al obispo no le corresponde más que 1/3 del diezmo y nada de la venta de las iglesias, y este «ius episcopale» no se hace efectivo hasta el s.XI. Baste decir que en 1227 no percibía de todas las iglesias de Vizc. más que 24 mrs., mientras que sólo de la iglesia de Madriz de la Rioja, recibía 12 mrs. La ley 2.ª, tít. 32 del Fuero de Vizcaya, decía expresamente: Algunos obispos con osadía y favores ganan y traen del Papa y otros prelados bulas y cartas desaforadas para deponer a los tales vizcaínos de sus monasterios, lo cual era y es, en deservicio de su Alteza y en daño de tales fijosdalgo y patronos, por ende si semejantes bulas o cartas desaforadas se layesen en Vizcaya sean obedecidas y no cumplidas. A lo que contestaban los obispos del Reino en su querella contra los hijosdalgo vascos, «que por mayor injuria llaman en Guip., Vizc. y Alava a tales iglesias, monasterios...». Querella que dura toda la Edad Media, subsistiendo el concepto de iglesia propia, situación grata al resto de la población ante el temor, bien fundado, de que el obispo nombre párrocos a clérigos extraños al País.
Laburdi, Zuberoa y Baja Navarra. La extrema oscuridad que se proyecta sobre los orígenes de estas tierras antes del s. XI, impide dar datos exactos sobre su composición social. A partir del s. XI encontramos ya instituida una autoridad estatal o semiestatal más o menos autónoma. La división en tres países de la tierra vasca continental, procede de la antigua división en «tierras», base territorial de una o más tribus consanguíneas viviendo en régimen de clan. Hacia 1023, Sancho el Mayor de Nav. convierte la tierra de Laburdi en vizcondado, en beneficio de Lupo-Sánchez. El primer vizconde de Zuberoa conocido es Guillermo Fort de Lavedan, también hacia 1023. Los datos sobre la Baja Nav. son más tardíos. Al comienzo del s. XI, según Veyrin, sólo se conocen pequeños feudos en Arberoue, Ostabaret, Osses, Cize, Mixe y Baigorry. Feudos que durante largos años oscilaron entre el rey de Nav. y el duque de Gascuña. Una acta de 1189 confirma su anexión definitiva, para esta fecha, al Reino de Nav. Estos datos son valiosos desde el punto de vista sociológico, ya que la presencia de los vizcondados da fe de la existencia de una organización feudal de la sociedad, semejante a la del Sur y Mediodía de Francia. No obstante, perdura la unidad étnica y la tradición cultural del pueblo, así como las formas de propiedad comunal y la organización social gentilicia con más intensidad que en los territorios vecinos romanizados y sometidos a la dominación franca. Este es un hecho que configura una especial constitución social. Las organizaciones democráticas del pueblo coexisten con la organización política de la aristocracia feudal. Circunstancia que da origen a una estructura política popular coherente del conjunto del territorio, a diferencia del régimen feudal clásico, en que la primitiva organización prefeudal popular es rota por el señorío. No es, por tanto, exacta la afirmación exagerada de la universal nobleza de los vascos y de su exclusiva organización democrática, ni la opuesta exageración que incluye al País Vasco continental en los moldes del feudalismo clásico. La realidad es más compleja y no encaja en esquemas lineales y unilaterales. El hecho de la coexistencia de dos organizaciones políticas es modulado por los acontecimientos históricos, predominando una sobre otra según las circunstancias. Durante el Antiguo Régimen, el poder de la gran nobleza había decaído y las libertades particulares y organización administrativa democrática son generales. En Laburdi quedan 9 casas nobles en 1789 de las 60 que había en 1311. En la Baja Nav. se conocen 7 grandes barones: Luxe, Ostabat, Lantabat, Gramont, Berguey, Sorapuru y Beorleguy que poseían tribunales de justicia y milicias propias. En Laburdi el poder está en manos de los St.-Pée, barones de Arbonne, y los Belzunce, vizcondes de Macaye. «El País Vasco ha conocido, pues, perfectamente el feudalismo, pero es verdad que éste se conciliaba con una particularidad importante: todas las tierras eran francas y las personas exentas de servidumbre... Es en el llamado franc alleu en el que es preciso, creemos nosotros, remontarnos al oscuro origen de la organización social de los vascos en el tiempo de su instalación en este lado de los Pirineos» (P. Veyrin). En el origen de la nobleza vasco-continental encontramos el mismo hecho inicial que en el resto del País. De la organización gentilicia inicial, surgen los jefes de clan, el jaun, que se apropia y transmite a sus herederos ciertos bienes materiales y reverenciales que hasta entonces eran atribuidos por decisión colectiva mayoritaria. Las invasiones francas, normandas y árabes acentúan, debido a las necesidades militares, el carácter diferencial de este grupo social, dando lugar a pequeños señoríos, autosuficientes económicamente y con milicias propias. Los vínculos de vasallaje que estos señores establecen con los jefes de los estados cercanos, dibujan los contornos de una nobleza terrateniente que adquiere aspectos distintos según las regiones a estudiar. En Laburdi y Zuberoa la oposición tradicional de los barones y el rey de Inglaterra, acentúa el peso del poder real y limita las prerrogativas de los señores. En la Baja Nav., en cambio, las necesidades militares de la Corona obligan a ésta a mantener la estructura feudal, así como el creciente número de vasallos ennoblecidos por el rey por sus servicios de guerra, ensanchando el estamento de la nobleza. Dice Veyrin que a la máxima francesa medieval «ninguna tierra sin señor» cabe oponer la máxima vasca de «ningún señor sin título de propiedad». Es ésta la casa y la tierra, la que decide el «status» social con más vigor que el origen familiar. Resumiendo, la estructura social del País Vasco continental se divide en los siguientes estamentos: a) Los señores, terratenientes o gentilhombres. Algunos de ellos forman parte de los ricos-hombres de Nav., grupo análogo a las diez potestades de Zuberoa, especie de casta superior dentro del estamento noble, gozando de especiales derechos en Las tierras de pastos comunales. b) Los infanzones [33 en Laburdi, 1505, 87 en la Baja Nav., 1700], pequeña nobleza muy pagada de su origen, pero en realidad campesinos más ricos que sus vecinos, descendientes de algún segundón de la nobleza casado con una campesina de casa franca. Si bien su riqueza no es muy grande, su espíritu de casta es alto. Es conocida la divisa de aquella casa infanzona de Baigorry: «Infanzon sortu niz, infanzon hilen niz» (Infanzón he nacido, infanzón moriré). c) Las casas francas, campesinos libres de pechas y corveas, hombres libres que sólo soportaban la carga de un don voluntario otorgado al rey. d) Casas censuarias o labradores pecheros, «fivatiers», «botoys» en Zuberoa..., etc. Labraban tierras otorgadas por el señor por medio de un contrato privado, pagaban una renta en especie o dinero, estando exentos de toda pecha servil. Podían gozar de su parcela, cederla o legarla a sus hijos, pero si el labrador pechero moría sin testar, la tierra volvía al señor.
Gipuzkoa. Más precaria era todavía la situación de los parientes mayores en Guip. Parece ser que en los primeros momentos críticos de la Edad Media, los aidenagusiak tuvieron ciertas atribuciones de autoridad. Sin embargo, prontamente fueron desposeídos de ella, siendo la Hermandad de Guipúzcoa y sus alcaldes los únicos depositarios del poder ejecutivo. A partir de 1376 la Hermandad refuerza su jurisdicción sobre Guip. con el nombramiento de siete alcaldes. Si recordamos que para entonces el número de villas existentes en Guip. era ya considerable (Tolosa, Villafranca y Segura, 1256; Mondragón, 1260; Vergara, 1268, etc.) y su importancia económica y apoyo político a la Hermandad de mucho peso, comprenderemos el carácter conflictual que la vida social guipuzcoana presentaba de modo inminente e irreversible. Serán las villas las que den el golpe de gracia a los aidenagusiak; sus habitantes, artesanos y comerciantes, ven sus intereses económicos coartados por las trabas que los parientes mayores oponen a la producción y al comercio. El famoso desafío de Mondragón será el punto de partida de la violenta guerra civil en la que se enfrentan los intereses de los cabeceras de linajes guipuzcoanos y la naciente burguesía urbana. La derrota de los parientes mayores los elimina como fuerza social en la vida política de Guipúzcoa. No sólo se derribaron sus torres y se condenó a la deportación a los cabecillas más recalcitrantes, sino que se limitaron sus derechos políticos mediante una serie de medidas restrictivas que la Hermandad introdujo para evitar nuevos intentos de dominio por su parte. No podían, por tanto, ser elegidos procuradores en Juntas, diputados generales, comisionados en Corte, ni alcaldes de Hermandad. Tampoco pudieron obtener los oficios municipales, de alcaldes, regidores y demás de Ayuntamientos, ellos ni sus adheridos, según disponía el art. 198 de las Ordenanzas del año 1463 (Gorosábel). Medidas que limitaron sus derechos políticos, pero que no quebrantaron su poder económico. Hecho que siglos más tarde hará decir al propio Gorosábel: «¡qué tiempos aquellos en que las personas más arraigadas y principales de la Provincia, sólo por serlo, no podían reunirse a hablar de sus asuntos sin exponerse a un procedimiento criminal..!» Como efectivamente ocurría; en 1516 la Provincia se querelló contra ciertos caballeros que habían efectuado una reunión privada. Nuevamente, en 1624, fueron procesados otros cinco caballeros parientes mayores por haberse reunido, con licencia del corregidor en Villabona, condenando en rebeldía a dos de ellos, Francisco de Berástegui y Miguel de Eraso, a cuatro años de destierro, multa de 1.000 ducados y a que se quemasen sus casas y talasen los manzanales y bosques de sus propiedades. Por otra parte se prohibía el uso de títulos que significaran señorío sobre tierra guipuzcoana. Las Juntas generales de Guip. prohibieron en 1680 a D. Miguel de Oquendo el título de marqués de San Millán, el de marqués de Vidaurre, en 1609, a D. Fernando de Moyúa, en 1732 a D. José M. de Esquisábel el de señor de la tierra y palacio de Berástegui, el de alcalde de San Adrián, en 1749, al marqués de Monte Hermoso, el de marqués de casa Justiz a D. Manuel Manzano en 1790..., etc. La nueva recopilación de los Fueros de Guip. de 1696 establece la hidalguía general de Guip. No obstante, la hidalguia general era un hecho desde muchos años antes. Lo confirman la evidencia de considerar como fijosdalgo a los habitantes de las villas guipuzcoanas, en vez de estimarlos como «ruanos» u «homes buenos», sujetos a pechas y tributos, tal como se consideraba a los restantes burgueses europeos en tales años. Así, Azcoitia, en 1339, reclamó al rey contra la exacción de determinados tributos alegando la condición de hijosdalgo de sus habitantes. Hecho análogo sucedió en Tolosa en 1341. Enrique IV exime a los habitantes de Deva en 1468 de los tributos que se les quería imponer «contra su voluntad y con agravio de sus vecinos, por ser hijosdalgo».
Navarra. La nobleza del resto del Reino es semejante, en cuanto a sus prerrogativas, a la nobleza de la sexta merindad navarra. La conquista por los reyes de la monarquía pirenaica de las tierras llanas de la Nav. actual, da origen a señoríos de nuevo cuño, en los que las relaciones entre vasallos y señor tienen carácter marcadamente feudal. Dice D. Arturo Campión: «la índole de la sociedad navarra es aristocrática; su base física, la propiedad territorial». Para Campión los buruzagis, cabeceras de linaje de la antigua organización tribal, se transforman con rapidez en señores feudales, los riscos-hombres del reino, señores de caballeros y vasallos. Richombre o ynfanzon cabayllero poderoso, oviendo creaturas fillos et fillas, caveros, vassayllos et escuderos que prenden sua soldada, o su bien et manzebos soldados, claveros et iuveros, vaqueros et pastores et porqueros et muitos otros soldadados et creando parientes próximos dándoles a comer et vestir et lo que han menester..., etc. (Fuero general). Por debajo de los ricoshombres se sitúan en la escala social de la Nav. medieval, los señores solariegos propietarios de una torre o un pequeño castillo rodeado de sus bienes patrimoniales. Dentro del estamento noble, hay que incluir también a los infanzones o hidalgos, simples campesinos, pequeños propietarios, pero libres por naturaleza, muy inclinados a realizar misiones de tipo militar o de orden público y que sólo pagaban al rey una pecha determinada. Los infanzones de abarka serían el núcleo original del infanzonado navarro, más tarde engrosado por siervos, vasallos, mezquinos, collazos o ruanos, ennoblecidos por el rey, grupo denominado infanzones de carta. Fuera del estamento noble se encontraban tanto los burgueses o ruanos, pobladores de las villas, como la masa de los campesinos sometidos a vínculos de vasallaje, siervos collazos o mezquinos, así como los jornaleros, base del proletariado urbano de las villas
Alava. Aquí la estructura y composición de la aristocracia son semejantes a Nav. A diferencia de Vizc. y Guip., donde la prueba de hidalguía estaba ligada al solar -a la casa matriz del apellido propio de un determinado linaje-, en Alava la hidalguía y nobleza están sujetas a la prueba de hidalguía de sangre. En la estructura social de la Alava medieval se distinguen los siguientes estratos: a) Señores. b) Vasallos hijosdalgos. c) Labradores libres. d) Siervos collazos o mezquinos. Dice Marichalar que «desde la mayor antigüedad se distingue el señorío particular con su obligado cortejo de labradores, siervos collazos y siervos abrazgos, o sea de abadengo, de abbas y ager. Estas tres clases de vasallos, más o menos sujetas al señorío, aparecen ya como existentes de antiguo en documentos oficiales de D. Alfonso el Sabio. En la escritura de convenio de 18 de agosto de 1258 dice el rey: el los collazos que compraremos o ganaremos o obieremos otrosí, que los hayamos a aquel fuero que vos los fijosdalgo avedes los vuestros». Como posibles causas de este hecho cabe pensar en una estratificación antigua de la sociedad, fundada en el mantenimiento de la infraestructura económica del modo de producción romano, basado en el «fundus» agrícola explotado por esclavos. La persistencia de esta unidad de producción básica durante los años caóticos que siguieron a la caída del Imperio, mantiene la continuidad de la estructura social en lo fundamental, es decir, en la existencia de dos polos sociales antagónicos y complementarios: los señores propietarios de la tierra y la fuerza de trabajo humana encargada de explotarla. La destrucción de las villas alavesas, principales consumidoras del producto de los «fundus», la deteriorización de las comunicaciones y la consiguiente perturbación de los circuitos de distribución del producto, debieron afectar intensamente la propia continuidad y existencia de la unidad de producción básica. Sin embargo, es de suponer que ésta subsistió en forma de comunidad aldeana formada por labradores libres. La reestructuración social citada, con los dos polos sociales antedichos, nos es desconocida en sus detalles. Cabe suponer que las mismas causas que Maurer cita para la Galia, en cuanto a la transformación de las comunidades aldeanas en señoríos y al paso de cierto número de hombres libres a la condición de siervos collazos, hayan operado en el caso alavés. En todo caso es, o parece, evidente que el mantenimiento de la unidad de producción básica y el período de guerra e inseguridad extremas padecidas entre los ss. IV al IX, con la subsiguiente prepotencia de la casta señorial-militar y el progresivo empobrecimiento y endeudamiento de los campesinos, no pudieron ser ajenas al cambio efectuado. El mismo Marichalar afirma la existencia, anterior a la incorporación a Castilla, del Señorío de la Cofradía de Arnaga, citando el famoso párrafo de la crónica de Alfonso III (883), «Alava namque Bizcai, Aiaona et Urdunia..., etcétera», como demostrativo de una tierra de Alava organizada bajo la forma señorial desde tiempos lejanos. La unión a Nav. debió aumentar la fijeza de la estructura social, si bien el paso definitivo de la formación de la clase aristocrática alavesa lo constituye la definitiva anexión a Castilla en 1332, sobre todo por la desaparición de la Cofradía de Arriaga. Esta Cofradía constituía el último reducto democrático donde parte de las capas populares podía hacer oír su voz, donde se reunían para deliberar, además de los labradores, «los hijosdalgos, ricos-hombres-infanzones, caballeros y escuderos, obispo de Calahorra, su arcediano y clérigos de la misma provincia..., también las dueñas y señoras alavesas eran de esta Cofradía» (Landazuri). La sustitución por la Cofradía de Caballeros de Elorriaga, que tuvo vida efímera, marca el comienzo de la separación entre la nobleza alavesa y el resto del cuerpo social. El poder de la nobleza era considerable: solamente las Casas de Hijar, Oñate e Infantado poseían 3/4 partes de la provincia. De 53 hermandades sólo 17 eran de realengo. En la cláusula III de la escritura de incorporación a Castilla se citan los cargos municipales reservados a hijosdalgos. Los conflictos entre la Corona y los señores respecto al pago de los tributos cobrados a los labradores y siervos collazos son continuos. Juan I hace extensiva a Alava «la prohibición a los vasallos realengos que lo sean de los magnates y caballeros del Reino((Marichalar), prohibición reiterada el 15-9-1500 por los Reyes Católicos. En 1258, la Cofradía de Arriaga dona 16 villas a Alfonso VIII, bajo la condición de no poderlas enajenar ni poblar con nuevas gentes. El rey reconoce no ser de realengo sino los cascos de Vitoria, Salvatierra y Treviño. En esta contradicción, no del todo clara, sobre las pechas que debían pagarse al rey o a los hijosdalgo (Cláusulas VI y X de la escritura de 1332), parece que sólo son pechas reales las del Buey de Marzo y Semoyo, siendo el resto pagaderas a los hijosdalgo. Entre las razones que más influyeron en la pérdida de la personalidad original de la nobleza alavesa, figuran su ingreso en el gremio de la castellana según Fuero de Castilla, y la Cláusula XV de la escritura de 1332, por la que se le añade el privilegio castellano de indemnización por herida sufrida en servicio de la Corona. A partir del s. XV se aprecia una nueva tendencia entre los nobles; linajes importantes se trasladan del campo a la ciudad. Es célebre la lucha entre Ayalas y Callejas en la ciudad de Vitoria. Dice Micaela J. Portilla: «a la vez, los nobles, que a partir de finales de la XIV centuria y durante todo el s. XV, afluyen del campo a la ciudad, se dedican en gran número al comercio y se levantan suntuosos palacios, orgullo de la vieja Vitoria. Los Martínez de Heali, antecesores de los Esquivel, los García de Estella, Sáez de Bilbao..., etc.». Cambio de función y de características de la clase dominante alavesa por tanto; los entronques con familias castellanas, el agotamiento de los pequeños linajes montañeses y su distanciamiento de los grandes señores y la aparición de esta nueva nobleza de toga, comerciante y ciudadana, marcan el final de una época y de una clase ya totalmente integrada en las estructuras del poder que tienen por centro la Monarquía absoluta. El último grito de inconformismo y de protesta contra el nuevo giro de la historia está expreso en la sedición comunera del Conde de Salvatierra. La ciudad de Vitoria, la Diputación, las Juntas y las milicias de las Hermandades, pueden más que este postrer intento de resucitar el pasado y dar marcha atrás al reloj de la historia.
Conclusiones. La Aristocracia vasca vio, pues, agotadas sus oportunidades y posibilidades para constituirse en la clase dirigente del País. La conquista de Nav. y las vicisitudes habidas en las demás regiones vascas, llevaron a la clase aristocrática a tomar dos derroteros: 1. - Salir fuera del País, polarizándose en torno al monarca absoluto de Madrid o París, adquiriendo en su servicio nuevos títulos y propiedades fuera del País. De esta forma, parte de nuestra aristocracia se desgaja de la sociedad vasca, cesando su influencia política en nuestra tierra y paralizando el ritmo de crecimiento de sus explotaciones agrícolas en ella. 2.-Pasar a formar parte, por enlace matrimonial o cambio radical en su modo de existencia, de la burguesía comercial existente sobre todo en las villas comerciales de la costa. De esta forma los parientes mayores participan en las actividades industriales y comerciales de la época, movidos por la idea de beneficio económico que sus inversiones en la producción y el comercio podían depararles. Desde entonces su inserción en la burguesía comercial y en el modo de producción burgués es clara. Desde los tiempos más remotos ya nos encontramos con parientes mayores propietarios de ferrerías, es decir, que no existía en tierra vasca la opinión, común en Castilla y otros lugares europeos, de que era deshonroso para un noble dedicarse a actividades mercantiles o productivas. Sin embargo data de la destrucción de los linajes la tendencia a participar en el beneficio comercial. Desde el s. XV, importantes parientes mayores vizcaínos invierten gran parte de la plusvalía obtenida en sus caseríos, iglesias y ferrerías, en las empresas de comerciantes y armadores de Bilbao. Por otra parte, los segundones de los linajes pasan a vivir a las villas, donde la hidalguía general imponía como sólo signo de diferenciación social la potencia económica. Se constituye así una clase que Caro Baroja compara a la «gentry» inglesa «constituida por familias adineradas, de linaje más o menos oscuro y mezclado, que aumentan su dinero, generación tras generación y que viven muy holgadamente, usando todos los adelantos y modas del momento». Clase amalgamada de elementos diversos, nobleza «de espada», nobleza «de toga», burgueses ennoblecidos, grandes armadores y comerciantes..., etc. La analogía con la clase dirigente británica es exacta, pues tiene en común con ella varios aspectos: a) Ausencia de una aristocracia terrateniente pura como en Francia. b) Inversión de la plusvalía obtenida en el comercio en bienes raíces. c) Explotación de estos bienes con criterios de rentabilidad inmediata. d) Actividad y dinamismo que impidieron la creación de una capa burguesa inactiva, como entre la burguesía francesa, que vive de las rentas acumuladas por la generación anterior. e) Un cierto sabor rural. f) Su adhesión a ciertos bienes reverenciales, propios de las aristocracias terratenientes de otros climas, circunstancia que impidió el desarrollo temprano de una ideología de claro color burgués que limitó el impulso de esta clase, retrasando la revolución burguesa y lanzándola al compromiso político con la aristocracia terrateniente de Castilla y Andalucía. Ya desde el s. XVI viene concentrándose la propiedad de los caseros en muy pocas manos, dando origen a que sólo una pequeña proporción de los caseros fuera propietaria de sus caseríos. Se estima que a finales del s. XVIII un 85% de los caseros guipuzcoanos eran inquilinos de sus viviendas. El crecimiento del poder económico de esta clase hizo factible su preponderancia económica. Desde finales del XVII se trata de elevar la cifra de las condiciones de riqueza que el Fuero imponía para ser elector y elegido en los cargos municipales. En Guip. este proceso de limitación de las personas capaces de desempeñar cargos públicos se observa en las Ordenanzas de 1533 y 1552 y sus reformas de 1639, 1695, 1705 y 1735·De esta forma «el mando concejil iba quedando vinculado a un número cada vez más restringido de personas, turnándose pacíficamente. Era la clase de los caballeros o pelucas, así motejados por el pueblo por la moda francesa del peinado postizo» (I. Gurruchaga). Así, en Azpeitia, hacia 1705, se reunían solamente 40 vecinos concejantes, en tanto que en plena Edad Media era de 300 el número de vecinos concejantes, para una población de aproximadamente la mitad de habitantes. La legislación, tanto provincial como municipal es, a partir de entonces, un simple instrumento político en beneficio de esta clase, como lo demuestran las distintas Ordenanzas de 1794, 1796, 1808 y 1833 sobre la extensión de los cultivos (v. AGRICULTORES). La animadversión del pueblo hacia esta clase se pone de manifiesto en el movimiento de Vizc. de 1632, en el que la cólera popular se dirigió contra los Jauntxos o caballeros, por considerar existía un acuerdo entre ellos y el teniente corregidor para aumentar las exacciones pidiendo «que de allí en adelante fuesen del Gobierno (de Vizc.) los de capote y lanza (el pueblo) que eran los verdaderos vizcaínos y defensores de la patria» (Labayru). Análogamente, en el movimiento popular de la «Matxinada» guipuzcoana de 1766, el odio popular está dirigido contra los aundikis. El miedo que entre jauntxos y burgueses despertó este movimiento popular se pone de manifiesto en su participación en la represión del mismo. De la misma forma que en la «Zamacolada» de 1804, en la que un autor anónimo señala la alianza entre Jaunes y Horteras (comerciantes), durante la matxinada son los «caballeros y gente que tenían qué perder... amedrentados y temerosos de cosas mayores, porque la gente común estaba orgullosa y lo mandaba o quería mandar todo a su gusto..., los que instaron al comandante de San Sebastián para que enviase tropa que pudiera contener a la gente» (Manuscrito de la época citado por I. Gurruchaga). San Sebastián, ciudad comerciante contra la que también iban dirigidas las iras populares, proporcionó más de 1.000 voluntarios que se sumaron a las tropas del Gobierno, con el alcalde al frente. «En el trayecto fueron agregándose varios caballeros y personas principales, entre ellos los marqueses de San Millán y Narros y el conde de Peñaflorida» (I. Gurruchaga). Tenemos, pues, a lo más florido de los miembros de la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País, o «Caballeritos de Azcoitia», sumados al aparato de represión popular. Circunstancia que más que cualquier análisis abstracto, ayuda a revelar el carácter de clase de la citada sociedad y la ambigüedad de sus pretensiones de representantes de los intereses del País en general. Todo ello nos demuestra taxativamente el carácter burgués de esta clase social; lo que podía quedar de la antigua aristocracia un siglo antes, se ha esfumado a finales del XVIII. Tanto la «Zamacolada» como la «Matxinada» , no son sino los prolegómenos del conflicto civil que estallara en 1836. Veremos que los sucesores de los «matxinos» serán carlistas, y los protagonistas de su represión liberales; la base de clase continúa siendo la misma. Los jauntxos o aundikis se verán desde entonces totalmente integrados a la potente burguesía comercial, única vencedora del conflicto, desapareciendo como tal clase, si bien algunos de sus constituyentes continuaran figurando entre los principales detentadores del poder político y económico hasta bien avanzada la Edad Contemporánea.

José Antonio AYESTARÁN LECUONA