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Alarde del Moro de Antzuola

El Alarde del Moro de Antzuola (Gipuzkoa) es el principal rito de la localidad, uno de los pocos ritos municipales vascos que no tiene origen religioso ni está vinculado a una divinidad. Se celebra anualmente en las fiestas locales el tercer sábado de julio. Su coreografía es compleja: desfile de gentes armadas e intérpretes musicales, salvas de fogueo de fusil y cañón, versos cantados por un coro, la entrega de la bandera del pueblo, un discurso y una escenificación. Cada participante viste según el papel que interpreta, incluida gente a caballo. Finalmente, como complemento pero no parte integrante del acto, un repertorio de danzas tradicionales vascas.

La complejidad no oculta el protagonismo de la figura principal: el rey moro preso, que es liberado una vez jura no volver a invadir el territorio. Todos los demás elementos se someten a esa escenificación: según tradición local, el Alarde celebra una victoria de la compañía de antzuolarras en el contexto de la batalla de Valdejunquera, en el año 920. Aunque coreográficamente el núcleo de la escenificación, del discurso y del desfile sobrepasa la centuria (está documentado a finales del siglo XIX y apenas hay datos anteriores), tras el franquismo, el cambio de percepción sobre lo que se celebraba ha tenido su reflejo en el acto.



En teoría, el rey moro debería de ser el antagonista, y el protagonista, el capitán de la compañía antzuolarra que declama el discurso y conmina al enemigo a cambiar de actitud; pero el propio nombre de la fiesta delata que la escenificación la protagoniza el rey moro, y el resto de componentes, previos y posteriores en el desfile, se ajustan a él: intérpretes de música, fusiles y batería de artillería; el rey moro bajo custodia; la bandera supuestamente arrebatada a los moros; tras el desfile por las calles de la localidad, bajo la casa consistorial, discurso del capitán sobre la victoria, la bandera y el escudo local, y conversación teatral entre capitán y rey moro, que finaliza con la liberación de éste; versos de Iparraguirre, que cantan tanto las glorias antzuolarras contra los moros como los fueros; y salvas honoríficas de fusil y cañón.

El discurso, justificación histórica del acto folklórico, también ha ido variando a medida que ha variado su percepción: en la Transición, se pasó de un relato farragoso y grandilocuente en castellano a una versión en euskara, más breve y sencilla, que en 2009 ha vuelto a ser modificada. Los versos de Iparraguirre se incluyeron en 1978. En la década de 1980 se le dio más importancia al Alarde en sí, es decir, a la música y vestuario de quienes interpretaban la música o desfilaban con escopetas o cañones, siguiendo criterios más acordes a otros alardes folklóricos vascos. En resumen, tras el franquismo se rebajó el aspecto belicista y se acentuaron los caracteres vascos. Asimismo, la escenificación del rey moro, que ya fue dulcificada aquellos años, se ha dignificado en los últimos cambios: de ir en burro a montar a caballo, de tizne negro a maquillaje moreno, de signos de sumisión ante el capitán (turbante en el suelo, de rodillas, postrado, gestos de intento de huida...) a una conversación de igual a igual (por ejemplo, desde 2099, responde en euskara y árabe), etc.

Aunque está muy extendida la teoría de que en el origen de los Alardes folklóricos vascos se hallan las milicias forales del mismo nombre, lo cierto es que tanto el nombre de alarde como su estructura y componentes se documentan en numerosas procesiones durante el Antiguo Régimen, entre otras, las que celebraban victorias militares. Es el caso de Antzuola. No hay prueba documental alguna de la presencia de la compañía de antzuolarras en la batalla de Valdejunquera, pese a que así lo afirma la justificación del rey de armas al detallar los componentes y origen del escudo y de la bandera en 1745. Pese a que tipológicamente responde a tiempos de los Austrias, o resulta extraño en la ideología de la época considerar la bandera un despojo arrebatado a los moros. Del mismo modo, de aquellas interpretaciones parece que derivó la conclusión de que el rey encadenado del escudo era moro.

La historiadora y experta en heráldica Rosa Ayerbe ha hallado la conexión entre el relato de 1745 y el libro Nobiliario de la Provincia de Guipuzcoa, que aclara la presencia del rey encadenado: en el siglo XVI, durante una época, el rey del escudo de Gipuzkoa se representaba encadenado (el rey de Aragón, apresado por tropas guipuzcoanas). Aunque no tuvo continuidad, se sabe que el escudo de Antzuola se basó en aquella iconografía. No está claro, sin embargo, cómo se llegó en Antzuola a la interpretación de que se trataba de un rey moro, puesto que en el texto de 1745 ni siquiera se insinúa que en la victoria antzuolarra nadie fuera hecho prisionero. ¿Tal vez una confusión basada en las fiestas de moros y cristianos del folklore vasco, documentadas por lo menos en los siglos XVI al XVIII? ¿O una mezcla de la tradición local de la batalla con alguna de la varias escenificaciones decimonónicas, durante las guerras coloniales en Marruecos? En el caso de Antzuola, no hay documentación que aclare el origen y primera evolución de la fiesta.

La mención más antigua del Alarde es de 1539, precisamente sobre el derecho de Antzuola a poder celebrarlo en la propia localidad sin trasladarse a Bergara: como en otras poblaciones que no eran municipios independientes, más allá de la obligación militar, el alarde simbolizaba una reivindicación de la identidad local. De todos modos, no está claro que el desfile folklórico provenga directamente de aquellos alardes una vez desprovistos de carácter militar. Por lo menos a partir de 1881, además de una compañía armada conocida con el nombre de alarde, se constata la presencia de un desfile en el que participan el capitán con su discurso, danzantes, dos cañones, una cuadrilla de toreros y un soldado con turbante y encadenado que hacía de moro preso.

A excepción de los toreros, el Alarde del Moro que ha llegado al siglo XXI ya estaba básicamente configurado. Es su percepción la que ha variado con el tiempo, en especial en la Transición. Se cuestiona la participación antzuolarra en aquella histórica batalla y, con ella, toda la celebración que supuestamente emana de ella. No se trata de un prurito académico ante la falta de documentación que la avale, sino que es fruto de la evolución de los valores cívicos, ahora cuestionados: un concepto de cristiandad tan del gusto franquista, desprecio al moro, militarismo... En una localidad donde la insumisión tuvo gran importancia en la década de los 80, la juventud no se sentía atraída por un espectáculo de eminente aspecto militar. Asimismo, a medida que se debilitaba la cohesión de la comunidad antzuolarra (localidad dormitorio, gran proporción de habitantes de origen foráneo, tendencia a pasar los fines de semana y hacer compras fuera del pueblo, etc.), también la fiesta se ha debilitado: que no tenga una fecha fija de celebración es un indicativo de ello. Por tanto, los cambios efectuados durante la Transición no evitaron el declive.



El 19 de julio de 2009 se escenificó un Alarde formal y conceptualmente renovado. Los mayores cambios se realizan en el protagonista: el rey moro aparece dignificado en atuendo, porte, escolta, en el trato con el capitán; no se escenifica una rendición, sino la paz y la convivencia, etcétera. En general, toda la coreografía es más vistosa. Participó más gente, en especial jóvenes, y se incorporaron mujeres. También atrajo más público, que aplaudió las novedades.

Fue el resultado de la reflexión y labor iniciados unos años antes. El Ayuntamiento de Antzuola, junto a la Asociación Mairuaren Elkartea, solicitó a Eusko Ikaskuntza que analizara el tema e hiciera propuestas. El análisis evidenció que el problema no era histórico ni folklórico; es más, valoró los aspectos positivos del rito en ese sentido y propuso realzarlos en la renovación. El trabajo de campo antropológico recogió las distintas percepciones respecto al rito, las contrastó y ofreció, a partir del Alarde, un diagnóstico de toda la comunidad. Recalcó la importancia de consensuar con la ciudadanía las propuestas de cambio.

La renovación no solo ha reforzado el acto como espectáculo, sino la cohesión social que refleja: personas antes muy críticas han participado en el proceso de recreación y en el propio Alarde, junto a quienes tradicionalmente ya participaban, y así, el trabajo de revitalización ha sido general.

  • AYERBE IRIBAR, Mª Rosa. Sobre el REY ENCADENADO del escudo de Antzuola. Andoain: inédito, 2011.
  • BULLEN, Margaret; KEREXETA, Xabier. Antzuolako Alardearen lehena, oraina eta geroa. Antzuola: Eusko Ikaskuntza (inédito), 2007.
  • RAMIREZ TELLERIA, Iñigo. Antzuolako Alardea: Mairuaren Jaialdia. Antzuola: Ayuntamiento de Antzuola, 1990.