Sailkatu gabe

VIRGEN DEL CORO

Virgen patrona de San Sebastián, Gipuzkoa.
Orígenes. Consta que en 1637 era ya conocido su culto en San Sebastián. Antes no, porque la referencia de que Felipe IV, cuando visitó la ciudad, en 1615, pidiera un manto de la Virgen del Coro, no está avalada en la meticulosa crónica que fray Tomás de Lasarte escribiera, como testigo de vista del viaje de aquel monarca. Se limita a decir que, con ocasión de la fortuita entrada de este rey en la parroquia de Santa María, se cantó el Te Deum y no afirma más. Ni siquiera aparece la Virgen del Coro en los inventarios antiguos. En aquel tiempo las imágenes marianas que recibían mayor culto eran otras dos o tres, perfectamente diferenciadas- del Socorro, del Buen Viaje y la llamada Negra o de La Antigua- existentes en el recinto de la mentada iglesia; al siniestrarse ésta, en diversas ocasiones, fueron trasladadas al convento de las Carmelitas, o de los Dominicos, perdiendo con ello continuidad su devoción en Santa María. Por el Contrario, la del Coro pasó desde la umbría del recinto en que los clérigos salmodiaban en comunidad, a sitio más destacado. En efecto, desde 1540, los dos cabildos de las Parroquias de Santa María y de San Vicente (24 beneficiados en total) se reunían en el coro de la primera de las iglesias citadas, teniendo en él un magnífico facistol y sobre él, la Virgen. Era la iglesia mencionada de estilo gótico. El coro se hallaba en el crucero, ya que no se construían coros en los presbiterios, ni en lo alto, al fondo del templo, como después. Haciendo honor a la leyenda de que un fraile, encariñado con la imagen chiquita del Coro, la quitó del gran atril para llevársela a su celda, algo así como para tener egoístamente a su exclusiva merced a María, entendemos que se debió realizar algún hecho prodigioso para que empezara a merecer tal imagen, sin gran valor aparente, la aceptación que tuvo por encima de las otras que antiguamente fueron veneradas en Santa María. A este respecto, dice la tradición que el fraile aludido, después de sustraída la estatua, no pudo seguir camino de su convento porque aquélla adquirió tal peso que era imposible cargarla. Esto, unido al sobresalto de tropezar con los beneficiados que se dirigían al coro a Vísperas, fue causa de que los clérigos del s. XVI -antes tampoco, pues no hubo frailes ni conventos masculinos en San Sebastián- arrebataran al fraile la imagen hurtada y comenzasen a honrarla con el extraño atractivo que la anécdota arrojaba sobre la hasta entonces inapreciable imagencilla. Que la Virgen del Coro fue primeramente venerada tan sólo por los clérigos y que éstos fomentaron su devoción entre el pueblo, se colige de la costumbre remota de que sean únicamente sacerdotes quienes la llevan en andas en las procesiones, etc. En 1688 estalló un polvorín en el castillo de la Mota, produciéndose desperfectos considerables en la iglesia de Santa María que se alzaba a su pie. El cronista de la época olvida a la Virgen del Coro como una de las imágenes que se desalojaron de la iglesia en trance de ruina y que pasaron al Convento de las Carmelitas. No existía, pues, en el vulgo todavía la devoción a Nuestra Señora del Coro. Pero es presumible que uno de los sacerdotes devotos de la misma influyera en más de un dirigido espiritual suyo, hasta obtener un clima de fervor en torno a la graciosa imagen de María, la del Coro. Por ello, la Real Compañía de Caracas al ofrecer su ayuda económica para la reconstrucción de la iglesia de Santa María que no se culminaría hasta 1764, puso como condición para cooperar a dichas obras el que puesto que la titular del templo continuaría siendo «Santa María», fuese a su vez la imagen del Coro la que ocupara el puesto de honor en el retablo del nuevo altar mayor. En realidad, cabe añadir que las demás imágenes marianas disponibles estaban ligadas a diferentes Cofradías ajenas a la Compañía de Caracas. Y ésta deseaba singularizarse con una imagen afecta a los clérigos, con lo cual se congraciaban con quienes en definitiva habían de resolver del que su Compañía patrocinase gallardamente y con honorables condiciones la reconstrucción que comentamos. Las relaciones mantenidas entre la mentada Compañía de Caracas con la Virgen del Coro son muy manifiestas, hasta el extremo de que la misa que cada sábado se decía con esplendor ante su imagen era designada por la de «Caracas» ya que de esta forma lo canta una coplilla del s. XVIII. La Compañía de Caracas tenía asignado a esta Virgen un canon por cada fragata propia que de Venezuela llega a los puertos de San Sebastián, Pasajes o Cádiz. Aparte tenía una asignación fija de mil pesos anuales. Esta Sociedad mercantil y marítima, establecida para la adquisición del cacao en Venezuela y su distribución por el comercio europeo en tiempos en que la economía española no era capaz de afrontar su explotación a cuenta directa del Estado, data documentalmente de 1728. Tuvo sus oficinas centrales en San Sebastián, anexas a la vieja parroquia de Santa María, hasta 1751 en que se trasladaron a Madrid. Además de la parroquia de Santa María de San Sebastián, la Compañía erigió otra iglesia en Puerto Cabello.
La imagen. Está esculpida, de pie, en caoba, bien aparejada y pintada con muestras de anterior dorado. La cubre desde el cuello una chapa de plata, destacándose en esta laminilla dibujos hechos a punzón en estilo floreado, menos el busto y manos de la imagen que, así como todo el cuerpo del niño, están desprovistos del revestimiento metálico. Lleva un sencillo manto. En su cabeza y en la del niño hay una punta saliente que sirve para sujetar en ella las correspondientes coronas. En 1960 el decorador Lizarraga practicó algún trabajo de consolidación en la sagrada talla, carcomida lamentablemente por la polilla. Mide 40 cms. de altura, 8 de ancho en los hombros, y 14 en la base por lo que muy bien puede caber dentro de una manga un poco holgada. Cuenta 12 mantos, de diversos colores y riqueza, según los días litúrgicos. Para que tales vestiduras le caigan mejor, tiene por el contorno la imagen un aro. El Niño se lleva una mano al pie y el dedo índice de la otra a la boca. Se alza esta estatua en una peana que encaja en una cuña del trono sobre el que descansa. En este basamento se lee la siguiente inscripción: A devocion de D.ª M.ª IPHA DE AYERDI = PHELIP- BY- FECIT- 1756. Se comenta que el primitivo trono con andas de plata que se estrenaron en 1 759, pesaba mucho, por ser todo macizo. Figuraban en él jarrones de bronce y figuras de patriarcas y reyes de la genealogía de María. Fue labrado en Huesca por el artífice José Lastrada. Tenía una vara de alto. Debió de costearlo una señora emparentada con la familia Pérez-Isaba, a condición de que cuando sacaran en procesión por las calles a la Virgen, la detuvieran por espacio de una Salve frente a su domicilio, que se hallaba en la calle de Vildósola, actualmente desdibujada en el emplazamiento de la calle de San Lorenzo. Lo que aún permanece de entonces es un halo de plata rematado por la simbólica paloma del Espíritu Santo. El resto es imitación en madera estofada, ejecutada en el s. XIX. En 1794, después de peligrosas circunstancias que pertenecen a la historia militar de San Sebastián, la imagen fue salvada por el vicario de la iglesia de Santa María, quien la llevó a Madrid. La dibujó y labró D. José F. Ximeno, de la Real Academia de Bellas Artes. Desde 1729 existía ya otro grabado de 0,33 x 0,22 mts., realizado por anónimo artista en Roma. Es una imaginaria reproducción hoy incognoscible, pues incluso María sostiene un cetro en su mano derecha; verosímil por otra parte porque podía haberlo llevado, practicando un orificio en la mano ahora unida al busto de la Virgen por la lámina de plata. Algún autor, por el gesto del Niño Jesús que parece llevarse la manita a la boca, atribuye a la imagen una ascendencia italiana, concretamente del artista Donatello, pródigo en obras de esa traza. Pero sabido es que esa expresión la vemos en la iconografía mariana de otros países, exactamente, en el lienzo del s. XVI, debido a los pintores alemanes, hermanos Dünvegge, según puede contemplarse en el Museo de Leipzig, con el titulado de «La Virgen de San Lucas». Creerla procedente de la ciudad venezolana del Coro, es muy problemático. No era aquel país sudamericano el apropiado para exportar con el cacao imágenes, sino para recibirlas. De parecida factura son las imágenes de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, la de la Virgen del Rosario del Convento de Santo Domingo de Vitoria, hoy en su Catedral, la del monasterio de Bidaurreta de Oñate, etc.
Milagros de la misma. Antes aseguramos que no consta documentalmente acto alguno de devoción concreta a la Virgen del Coro hasta 1637, en cuyo año está fechado un testamento otorgado por María de Sagasti, serora de la basílica de Santa Ana, anexa del actual convento de Santa Teresa. Deja para la Virgen una cadena de oro. Lo que sí es tradición que había, al menos desde 1611, una imagen mariana que solían llevar en andas». Y es fácil identificarla con la del Coro, que si bien no puede ser la conocida por nosotros, sí aquella a la que sustituyó debido tal vez a su mal estado de conservación. Y es el 23 de enero de 1738, al producirse un incendio en la plaza del Ayuntamiento cuando para implorar del Cielo la extinción del fuego trajo el Párroco hasta el lugar del siniestro a la Virgen del Coro, relatándose que casi inmediatamente desaparecieron las llamas. La Corporación Municipal acordó en consecuencia dedicar una rogativa con Misa solemne y Te Deum en acción de gracias por el favor extraordinario. El 1 de diciembre de 1 768 se declaró otro incendio, esta vez en el convento de Santa Teresa, al arder los almacenes contiguos de la Compañía de Caracas, donde había grandes existencias de cera, aceites y grasas. Después de ocho días de arder dicho edificio se acordó sacar la imagen de Nuestra Señora del Coro, con lo que fue apagándose paulatinamente el fuego. El 4 de diciembre de 1740 el buque «San Ignacio», propiedad de la Real Compañía de Caracas, fue sorprendido por un temporal a la altura de Guetaria. Huyendo de las olas que lo arrojaban contra el acantilado llegó al puerto de Pasajes. Al atardecer del día 11 fue visto desde San Sebastián y la Dirección de la mencionada Compañía acudió a la Virgen del Coro encendiendo velas y rezándole. Mientras, unos fuertes golpes de mar levantaron a flote al navío «San Ignacio» y cuando sus tripulantes se veían ya perdidos, una misteriosa ola los dejó pausadamente en el centro del puerto de Pasajes. Se habla de otra intervención de María a favor de la Compañía de Caracas, salvando a tres buques de la misma, Aviso de San Sebastián, San Joaquín y La Presa, del ataque de la Escuadra inglesa que atacaba el puerto de La Guaira, del que habían salido aquéllos con cacao. Cuando la flota británica les iba ya a acorralar, se encomendaron a Nuestra Señora del Coro, patrona de la Compañía, y un viento inexplicable azotó de pronto, poniéndose en ruta distinta de la del almirante Knowles. El 2 de agosto de 1794 durante la dominación francesa hubo peligro de que la imagen, enmarcada en joyas y aderezos, fuera robada. Por ello el entonces vicario de Santa María, D. Miguel Antonio de Remón, huyó de la ciudad asediada por el general Moncey y en una lancha embarcó con la imagen de la Virgen del Coro a Guetaria. Una tempestad sumergió a los tripulantes, ahogándose 30 de éstos, sin que ni el Vicario ni la ocultada imagen sufrieran percance alguno. En vez de llegar al puerto de Guetaria atravesaron con facilidad la peligrosa barra de Orio desde donde continuaron viaje a Madrid, para que algún artista de la Corte mejorase la imagen. En esta ocasión un dibujante hizo el grabado (segundo de los conocidos) de la estatua mariana, denominada «milagrosa» en casi todas las referencias que de ella hacen los devotos donantes de mantos y joyas a Nuestra Señora. También la Virgen atendió, en casos de sequía, al pueblo de San Sebastián. Así, en 1830, cuando la pobreza de la ciudad era excesiva, recientes aún las calamidades militares sufridas, entre ellas la destrucción total de la población. Asistieron a las rogativas, anunciadas en pregón municipal, junto con los donostiarras, los labradores de los caseríos de Hernani, Astigarraga, Andoáin, Pasajes, Oyarzun y Rentería. La imagen de la Virgen fue llevada por los polvorientos senderos de la sedienta campiña, y la lluvia no se hizo esperar. El beneficio del agua se consigna en el libro de sesiones del Ayuntamiento, 22 de mayo de 1830. En 1855 se declaró la peste en la ciudad. Habían muerto atacados por ella cinco habitantes. Se acudió a la Virgen, que fue llevada por las calles afectadas, mientras el vecindario portaba hachas encendidas en número de dos mil quinientas. La Virgen, otra vez más, consiguió del Señor para el pueblo donostiarra la gracia necesaria. En la noche del 7 al 8 de febrero de 1905 unos cables que se fundieron tras de las maderas del camarín de la Virgen fueron la causa de que estando ya cerrada la iglesia, se quemase parte del altar mayor, siendo la imagen de Nuestra Señora del Coro la más amenazada. Pero providencialmente el sacristán del templo, que habitaba en un aposento que domina desde uno de los ábsides el interior de la iglesia, entre las dos torres de la misma, estaba desvelado por hallarse enfermo. Todavía hoy se distinguen las huellas del incendio sofocado por el vecindario y los bomberos, que acudieron al momento de pedir socorro el citado empleado de la parroquia, Miguel Olaechea. Para evitar nuevo peligro de que se quemase la venerada imagen, se suprimieron los cortinajes y demás lienzos que ocupaban entonces el tabique del Camarín. No se conservan por otra parte datos ciertos de cuanto con la sagrada imagen sucedió en las deplorables guerras que a San Sebastián tuvieron por escenario exactamente en 1813 y después en la carlistada. Se presume que fue retirada a algún convento y después sacada hasta las murallas para que su presencia infundiera respeto a quienes iban a combatir contra sus protegidos. No obstante, en cuanto a lo ocurrido a la misma durante la guerra civil de 1936-1939, se conocen todas sus particularidades. El guardián de tan amada imagen fue el párroco de Santa María, D. Agustín Embil, retirado en Zumaya y ya muy enfermo, quien deseándola tener junto a sí, logró que varios jóvenes sacerdotes se la trajeran a Zumaya con una primera escala en el hotel Toki-Alay de Orio, de cuyo pueblo era oriundo uno de los aludidos clérigos. Días más tarde, fue conducida la Virgen asimismo por sacerdotes vestidos de paisano en taxi a Zumaya, en cuyo hotel homónimo, propiedad de una hermana de don Agustín Embil, entregaron la imagen. Allí la pusieron en la habitación ocupada por D. Agustín Brunet quien la puso en una mesilla ante la cual durante cuatro horas estuvo rezando rosarios un público emocionado, dirigido en las preces por D. Miguel Eliceche, cura adscrito a la parroquia de Santa María. Las sobrinas del citado párroco enfermo, llevaron por orden del mismo, a la Virgen, como a lugar más decoroso, al vecino convento de Carmelitas de la Enseñanza, quienes la recibieron en el jardín, en comunidad, con cirios encendidos, entonando la salve y las letanías lauretanas. D. Juan Zaragüeta, distinguido filósofo, es testigo de cómo días más tarde, el 7 de septiembre, víspera de la festividad de N.º S.ª del Coro, unos jóvenes donostiarras la reclamaron, por no existir peligro alguno en San Sebastián. Así fue como a las 10 de la noche, en auto, la devolvieron al templo titular, después de una consulta verificada por D. Agustín Embil y otras personas responsables. No conocemos más vicisitudes o anécdotas especiales acerca de la Virgen del Coro, a no ser el robo consecutivo de cuatro coronas -dos de la Virgen y otras dos del Niño- ocurrido en fechas muy próximas del otoño de 1947 y que, pese a ser denunciado, no fue difundido ni por la radio ni por la prensa. Para en lo sucesivo, el entonces párroco de Santa María, D. Segundo Garayalde, adoptó medidas preventivas, tales como que las joyas fueran depositadas en la caja fuerte del Banco Guipuzcoano. Cuando ha de lucirlas N.ª S.ª del Coro las trae al templo un sacerdote, custodiado por dos policías de la Guardia Municipal, que están de centinela junto a la imagen, incluso de noche, mientras la imagen las ostente.
La devoción popular. En una lista que durante la visita pastoral del Obispo de Pamplona, monseñor Irigoyen, se realizó en 1771, constan 24 oratorios privados en la ciudad y en sus caseríos. Igoramos qué estampa era la propagada para ello. Modernamente se han editado cuadros, por no agradar el ya indicado grabado, debido al artista madrileño D. José Ximeno. La cierto es que Benedicto XIII concedió siete años y otras tantas cuarentenas de indulgencias perpetuas a todos los que postrados ante ella practicaran ciertos cultos. Además, ya en 1648, los mantos inventariados, algunos de brocado y damasco forrados de tafetán, eran acomodables a su pequeña imagen aunque en su origen fueran hechos para vestir a otra talla mayor. Un cronista del s. XVIII escribe que esta devoción a la Virgen del Coro «era tan grande que en su adorno se gastaban potosíes». Las procesiones eran: 1.ª, el 20 de enero, festividad de San Sebastián, patrono de la villa. Se hacía procesión con la reliquia del mártir llevada por el Vicario de Santa María hasta la parroquia del Antiguo, cuyo encargado celebraba una misa solemne. La vigilia de este día era de ayuno, por voto que hicieron los donostiarras con ocasión de la peste de 1597. 2.ª, el 16 de agosto, festividad de San Roque, copatrono de la villa, por igual motivo que el santo anterior, con obligación de oir misa en su día. 3.ª, el 22 de mayo, Santa Quiteria, saliendo la procesión desde San Vicente con asistencia de los del Antiguo. Pasaba por fuera de las murallas y se dirigía a la iglesia de Santa María la Mayor, por voto hecho con motivo de una corrupción de aires. 4.ª, el 17 de noviembre, San Acisclo y Victoria, en recuerdo de una batalla ganada ese día por los donostiarras. Salía de Santa María e iba por fuera de las murallas. 5.ª, el Domingo de Ramos. 6.ª, Lunes Santo, de Santa María a San Vicente, donde se cantaba la misa. 7.ª, Martes Santo, con itinerario inverso del lunes. 8.ª, Miércoles Santo, de Santa María al Antiguo. Acudían las cruces de las iglesias de Alza y de Pasajes, como sufragáneas. 9.ª, el día de la Ascensión. Se portaba la «Cruz de oro». 10.ª Corpus. También con dicha cruz, una vez concluida la misa mayor. II.º, en la octava del Corpus, corriendo la procesión por el claustro y cementerio de Santa María. 12.ª, día de Santiago; iban a la ermita de Santiago, en el barrio de San Martín. 13.ª día de .San Lorenzo, hasta la basílica de Santa Catalina, antiguo convento de Templarios en la Zurriola. 14.ª, día de San Bartolomé, hasta el convento cie su nombre. 15.ª, día de San Marcos, rezándose por las calles las letanías mayores. 16.ª, día de la Natividad de la Virgen, 8 de septiembre, por voto hecho en la victoria conseguida por Fuenterrabía en 1638 contra los franceses. Se edita una revista de divulgación, La Voz de la Madre, que llega ya al número 200 de publicación sucesiva, dirigida por el sacerdote don Juan Otaegui. La Virgen del Coro es descendida de su camarín anualmente, en la fecha de su conmemoración, el 8 de septiembre, que desde hace muy pocos años aparece incluida en el Calendario Diocesano con rito de primera clase, para todo San Sebastián. Una de las ceremonias oficiales en las que la Virgen del Coro representa papel principal es la ceremonia que desde 1689 se celebra -con excepción del lustro revolucionario de 1858-73-, en la que el Ayuntamiento donostiarra acude a presencia de N.ª S.ª del Coro. Es también ya tradicional la ofrenda de flores que los niños hacen los sábados del mes de mayo, mientras los monagos de la parroquia las van colocando en el camerín. Terminado mayo, hubo de continuar la ofrenda en todos los últimos sábados de mes. También los tres últimos días de la novena de la Virgen del Coro (6, 7 y 8 de septiembre) son fechas escogidas para esta ofrenda infantil. En cuanto a novenas, el ejercicio piadoso que comienza el 30 de agosto, no carece de texto. El más antiguo se debe a la pluma de fray Antonio de Alquiza, lector de Teología en el convento de San Francisco, de Tolosa. Se publicó el primer ejemplar en San Sebastián, en la imprenta de la viuda de Undiano, en 1780.
La coronación canónica de la imagen. Según referencia que adjuntamos en el apéndice, Pío XII concedió el patronazgo oficial de Nuestra Señora del Coro a la ciudad de San Sebascuyo título aún no había sido refrendado por la Iglesia y a la vez permitió que fuese coronada canónicamente. Ocurrió la ceremonia a partir de las nueve de la mañana del día 8 de septiembre de 1940. La confección de la corona para la cual aportaron los donostiarras todos los elementos necesarios, se realizó en la ya desaparecida joyería de D. Vicente Echeverría. La corona mayor, la de la Virgen, de 40 centímetros de diámetro, se construyó de platino y oro. Lleva 389 brillantes y 368 diamantes. Del interior de la corona pende un gran brillante. Son ocho los solitarios que están en el círculo de su base. La aureola es de platino y oro. En sus ráfagas grandes lleva 315 brillantes y, en las dobles ráfagas pequeñas, 588 diamantes. La corona menor, la del Niño Jesús, tiene otra perla fina colgada de su interior. Sobre el platino y oro de que consta, lleva 93 brillantes. La mascarilla que bordea el rostro de la Virgen es un encaje de platino y oro, con 80 brillantes y 78 diamantes. Además, posee una gargantilla de tres filas, dos de perlas y una de brillantes y perlas haciendo juego; en total, 65 brillantes y 64 perlas. Hay también un pendentif de tres filas, con 9 esmeraldas finísimas y 146 brillantes. En letras de oro y platino donde montaron otros 146 brillantes, se lee: «A Nuestra Señora del Coro»,
Gozos. Don Manuel de Lecuona compuso en vasco los primeros Gozos oficiales aparecidos acerca de la Virgen del Coro. Los tradujo al castellano D. Juan José Pérez Ormazábal. La música es de D. Juan Urteaga. El prelado de San Sebastián concedió 100 días de indulgencia a todos los fieles que devotamente cantaran o leyeran aquéllos, editándose al efecto, por generosidad de doña Laura Anzizu de Mendizábal, diez mil ejemplares en tipo cuadernillo, más dos mil ejemplares en tamaño folio, para su distribución gratuita. Donostiarrak Ama zaitugu zeruko Ama laztana. Bear aunditan arkitzen gera; eskean gatoz Zugana. Zeruko Aitak Zuretzat ume egin gaitun ezkeroztik, Zaitu gaitzazu zerutik. Itxas aserre beltzetan, Ama, estu da gure bizia;baña pozaren izar ederra orixe zaude zu, Maria. Zeruko Aitak gure pozkarri egin zaitun ezkeroztik,Zaitu gaitzazu zerutik. Gure biotzak egarri dira; ta munduan eziñ ase. Bañan Zurekin, Ama maitea; iñor ez bait-da izan gose... Zeruko Aitak gu gozatzeko egin zaitun ezkeroztik, Zaitu gaitzazu zerutik. Itsasoetan ibilketa gero Koruan kokatu... eta geroztik gure aitonak antxe zinduzten maitatu. Zeruko Aitak gure Uso txuri egin zaitun ezkeroztik,Zaitu gaitzazu zerutik. Korutik gero aldaretaño egatu ziñan gozoro, ortik Donosti maite guztia begira naiez maitaro. Zeruko Aitak gure Zaindari egin zaitun ezkeroztik, Zaitu gaitzazu zerutik. Zure Koruko kantari alai izan nai degu guk, Ama;gero zeruko beste Koruan artu gaitzazun Zugana. Zeruko Aitak, ere orixe opa digun ezkeroztik, Zaitu gaitzazu zerutik. La música del maestro Urteaga es la siguiente: (véase tabla).
  • Arrúe, Antonio: San Sebastián y la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, conferencia pronunciada en el ayuntamiento de la ciudad de San Sebastián el 19 de abril de 1963.
  • B. Olarra, José María: La imagen de la Virgen del Coro de las Dominicas de Ategorrieta, en UNIDAD, 27 de octubre de 1962, p. 6.
  • -La Medalla de Oro de la ciudad a su Patrona, en "V. de E.", 23 de agosto de 1963, p. 2.
  • -Deterioro de la polilla (entrevista con las Camareras de la Virgen del Coro), en UNIDAD, 25 de octubre de 1963, p. 2.
  • Brunet, Agustín: La odisea de la imagen de la Virgen del Coro en Orio en "D. V.", 8 de septiembre de 1940, p. 8.
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J. M.ª B. Olarra