Kontzeptua

Pacto de Santoña

El hecho conocido históricamente como "Pacto de Santoña" se refiere a la serie de acontecimientos que culminaron en la rendición y apresamiento de la inmensa mayoría de las fuerzas nacionalistas vascas por parte de las tropas franquistas en las poblaciones santanderinas de Laredo y Santoña en el mes de agosto de 1937, en plena guerra civil española.

Para entender adecuadamente el sentido de este hecho puntual, conviene valorar algunos elementos políticos acerca de la posición que el Partido Nacionalista Vasco se vio obligado a adoptar ante la sublevación del 18 de julio de 1936, así como el sentido último de su participación en la guerra civil española al lado de la República. A partir de 1934, el nacionalismo jelkide inició un proceso de acercamiento a las izquierdas rompiendo su alianza con el tradicionalismo; por otro lado, aquéllas fueron abandonando algunas de sus posiciones más contrarias al estatutismo peneuvista para pasar, en las elecciones de febrero de 1936, a asumir como propia la bandera del Estatuto. La vinculación entre República y Estatuto iba, en consecuencia, a pesar decisivamente a la hora de tomar una decisión a favor o en contra de los sublevados.

A pesar de los elementos ideológicos que tradicionalmente habían distanciado al PNV de las izquierdas y de la presión ejercida por el Vaticano para participar en las elecciones de febrero con el bloque derechista -el ya famoso "O Cristo o Lenin"-, el citado partido se alineó en favor de la República a través de la decisión hecha pública por el EBB el 19 de julio. Esta posición, adoptada "sin mucho entusiasmo" como afirma Juan Ajuriaguerra en la obra de Ronald Fraser Recuérdalo tú y recuérdalo a otros, no implica que el PNV perdiera su personalidad política y se entregara en pies y manos al Frente Popular. Antes al contrario, una vez logrado el Estatuto de Autonomía y formado el Gobierno Vasco presidido por Aguirre -en octubre de 1936-, el nacionalismo jelkide obtuvo la hegemonía política en el territorio sujeto a su gobierno, poco más que la provincia de Vizcaya.

Los constantes enfrentamientos entre los gobiernos vasco y central a lo largo de la guerra nos hablan no sólo de diferencias políticas, sino de un clima de recelo mutuo, perfectamente expresado por Azaña en sus Memorias cuando afirma que "estos nacionalistas no se baten por la causa de la República sino por su Autonomía y semi-independencia". De hecho, a medida que se acentuaba el cerco franquista sobre Bilbao, las tensas relaciones entre ambos gobiernos se situaron prácticamente al borde de la ruptura: por parte del poder central, temas como la no evacuación o destrucción de material de guerra o instalaciones industriales claves fueron motivo de graves acusaciones; el PNV por su parte, consideró que la República había abandonado a Vizcaya por la falta de aviación, llegando a utilizar el término de "traición manifiesta".

En cualquier caso, una vez perdida la guerra y el territorio vasco, el PNV decidió actuar autónomamente, aun sin desengancharse formalmente de la causa general republicana. De otro lado, los intentos de la jerarquía eclesiástica de romper la alianza entre el nacionalismo vasco y el Frente Popular continuaron, a pesar del fracaso de experiencias como la pastoral "Non Licet" de Mateo Múgica o la polémica entre el lehendakari Aguirre y el cardenal Gomá. En concreto, el futuro papa Pío XII -cardenal Pacelli- envió a Aguirre un telegrama el 12 de mayo de 1937 comunicándole las condiciones de una inmediata rendición de Bilbao puestas por Franco, básicamente centradas en la promesa de respetar personas y bienes. El sentido del cable, interceptado por los servicios republicanos y que nunca llegaría a su destino, venía a reflejar el interés del Vaticano de poner fin al enfrentamiento sangriento entre fuerzas confesionalmente católicas. Es decir, obtener una paz separada entre el bando franquista y el PNV.

Las iniciativas de negociación continuaron, esta vez con protagonismo italiano. El 11 de mayo, el cónsul Cavalletti se entrevistó en San Juan de Luz con el padre Alberto Onaindía, un personaje clave en todo este proceso. El estado fascista italiano mostraba su disposición de "interponer su garantía para la rendición de Bilbao". Sin embargo, las cosas no avanzaron tras esta entrevista: el canónigo Onaindía cenó en Bilbao con Aguirre, quien le hizo saber que no cabía diálogo sobre el término rendición. De todas maneras y según Onaindía, Aguirre le comunicó que "el Ejército Vasco sólo defendería el territorio de Euzkadi hasta la frontera de Santander, sin seguir adelante en la resistencia", lo cual implica que la decisión sobre el hipotético futuro está ya tomada.

Tras estos dos primeros intentos (que por la coincidencia de fechas hacen suponer una estrecha colaboración en el asunto entre el Vaticano y el régimen de Mussolini) se entra en un compás de espera, a pesar de las numerosas entrevistas que mantuvieron Onaindía y Cavalletti. Lo rotura del Cinturón de Hierro rompió también ese compás de espera con la súbita intervención de Juan Ajuriaguerra, personaje que, en adelante, llevará sobre sí todo el peso de las conversaciones con los italianos. Aguirre quedó en un segundo plano; su actitud y sus iniciativas -como la propuesta de traslado del Ejército Vasco por Francia para atacar al enemigo en Navarra- hacen pensar, además, que estaba escasamente informado del curso real de los acontecimientos.

El 16 de junio, días antes de la caída de Bilbao, Ajuriaguerra envía un telegrama radiado a José Michelena, jefe de los servicios de información del PNV en el exterior, ordenándole que, vía Onaindía, haga llegar a Cavalletti el mensaje de "si tropas Franco entrasen en Bilbao espera que los italianos que han llegado a comprender nuestro problema querrán ser salvaguardia vidas población civil y que nosotros estaremos hasta el último momento para evitar desórdenes". La respuesta italiana es muy concreta: proponen una entrevista directa entre representantes del PNV y del Ejército italiano. Aquí comienza en realidad el llamado Pacto de Santoña. Las dificultades de comunicación, propias de una ciudad asediada pero que resiste ferozmente, impiden que el contacto se materialice antes de la caída de Bilbao. Presumiblemente, fue esta cuestión la que permitió que fueran las tropas franquistas las que entraran en la capital, en lugar de las italianas, con las consabidas consecuencias, como el ametrallamiento aéreo sufrido por la población civil en su retirada hacia Santander. En cualquier caso, como recordará Ajuriaguerra en telegrama a Onaindía, el PNV cumplió las condiciones establecidas en esta especie de acuerdo tácito: los presos políticos fueron liberados, la ciudad quedó intacta y las instalaciones industriales fueron defendidas por batallones nacionalistas con las armas en la mano, contraviniendo las expresas órdenes del Gobierno de la República.

Por fin, el día 25 de junio, se celebró la entrevista entre Ajuriaguerra y los mandos militares italianos en el Puerto Viejo de Algorta. En las conversaciones, que tuvieron lugar en el centro de operaciones del Ejército italiano -el palacio de Horacio Echevarrieta-, se abordó directamente el tema de la rendición del Ejército vasco a cambio de garantías sobre la vida de la población civil, gudaris y dirigentes políticos y militares, todo ello según Onaindía, quien no pudo estar presente en las negociaciones, al parecer, por problemas técnicos. El dirigente nacionalista, por razones desconocidas, decidió amarrar más firmemente la llamada entonces "solución italiana" enviando a Roma al canónigo Onaindía para tratar el asunto directamente con el Gobierno de Mussolini. El clérigo, acompañado de Pantaleón Ramírez de Olano, director de Euzkadi, viajó con plenos poderes -uno del presidente Aguirre y otro del EBB- y se entrevistó en repetidas ocasiones con el ministro de Asuntos Exteriores, conde Ciano.

Pueden distinguirse dos tipos de cuestiones importantes en el resultado del viaje de Onaindía y Ramírez, las dos en relación al Pacto. La primera se refiere al visto bueno por parte del general Franco, obtenido tras un largo telegrama enviado por el Duce al Caudillo. En él se insiste en la conveniencia del acuerdo con el PNV en base al previsible desplome del frente Norte tras la rendición de los batallones vascos y al, textualmente, "aspecto moral mundo católico al desaparecer contienda pueblo católico vasco". El mismo argumento reiterado por el Vaticano. Dos argumentos importantes, en cualquier caso, que lograron el acuerdo de Franco a pesar de su escepticismo, motivado, al parecer, en sus dudas sobre si las fuerzas vascas obedecerían a Aguirre y en la resistencia que esperaba de los combatientes asturianos. La segunda cuestión se refiere al carácter mismo de la rendición. Los dirigentes italianos piensan en todo momento en lograr una capitulación "diplomática", es decir, la ruptura de la alianza entre el PNV y la República española con todas sus consecuencias. Algo demasiado arriesgado en el verano de 1937, por el aún incierto desarrollo de la guerra: un acuerdo de esa naturaleza conllevaría gravísimas consecuencias para el Estatuto vasco y para el propio PNV en caso de victoria republicana. Así pues, desde ese partido no se contempla la posibilidad de una rendición pública, es decir, el mantenimiento del apoyo formal a la República resulta innegociable. La comunicación de Onaindía a De Peppo, jefe del Gabinete Diplomático, no deja lugar a dudas: "De efectuarse la rendición ha de ser precisamente en forma de operación militar, es decir, como resultado de una victoria italiana sobre el campo de batalla, y sin que aparezca en momento alguno la existencia de negociaciones de carácter diplomático". Los italianos acabaron cediendo, pero este elemento fue la clave de los cortocircuitos que se produjeron en el frente de Santander y que condujeron al desastre final, tema barcos aparte.

La rendición habría de realizarse de forma simulada, a espaldas de la República, dando la imagen de una derrota militar. Algo técnicamente complicado: mientras los italianos pretenden consumar la capitulación en pocos días, el PNV necesita tiempo para hallar el momento idóneo. En caso contrario, como señala Onaindía, la comedia puede convertirse en tragedia porque es precisa una escenificación adecuada, el más absoluto secreto y suerte en que no haya imprevistos de última hora.

En consecuencia, el escenario decisivo de los acontecimientos se traslada a Santander, donde, en un ambiente hostil, se halla tanto la población civil refugiada como el Ejército. Por lo que respecta al frente, alrededor del 20 de julio, los comisarios de guerra nacionalistas comienzan a tener noticias concretas de la llamada "solución italiana" de boca de Arteche, miembro del EBB. Según los comisarios nacionalistas Lejárcegui y Ugarte, los compromisos adquiridos por ambas partes serían básicamente tres: que los vascos se mantendrían en situación defensiva, sin prestar ninguna colaboración al resto del Ejército del Norte, pero sin abandonar el frente que "miraba a Euzkadi"; que los italianos se comprometían a dejar libre el mar hasta el 31 de julio para la entrada de barcos con víveres, quienes a su vez podrían evacuar la población civil, y que el ataque al frente Norte no se produciría de Este a Oeste sino desde el Sur, es decir, por Reinosa y El Escudo para ocupar Torrelavega y Solares, los dos puntos estratégicos de comunicaciones con la capital santanderina y Asturias. Así, el Ejército vasco quedaría copado en su demarcación y podría proceder a su rendición, dando, efectivamente la imagen de una derrota. Posteriormente, los responsables políticos y militares podrían ser evacuados al extranjero y las tropas rendidas quedarían bajo protección italiana en campos de concentración sin que ningún gudari tuviera que retomar las armas mientras durase la guerra. En estos compromisos y por petición vasca, los medios de evacuación quedan en sus manos.

El primer obstáculo con el que tropezó este plan fue la nueva política impulsada por el Gobierno Negrín, creado poco antes, en mayo. Una de las primeras directrices emanadas por el nuevo Gobierno fue el de la transformación de las milicias de partido en un verdadero Ejército regular, lo cual suponía la disolución de las antiguas unidades y su integración en otras de carácter orgánico sujetas a la correspondiente cadena militar de mando. En el Frente Norte, ello equivalía a la disolución del llamado Ejército Vasco, es decir, la disgregación de las unidades militares sujetas a disciplina nacionalista, las mismas que se preparan para la rendición. Difícilmente podrían concentrarse en el sector oriental del frente si dependían de mandos militares nombrados por el Gobierno frentepopulista, estando, además, integradas en batallones formados independientemente de adscripciones partidistas. El PNV, en consecuencia, se opuso firmemente a las órdenes dadas por el general Gámir Ulibarri, jefe del Ejército del Norte, de proceder a la disolución de unidades de partido. El EBB, afirmó que "esta guerra tenía un carácter eminentemente político y de doble aspecto para nosotros ya que nuestra participación en la guerra no era mirando solamente el aspecto del problema republicano en España sino que nosotros colaborábamos y ofrecíamos al régimen republicano nuestra fuerza 'político-militar', partiendo del principio de autodeterminación de Euzkadi y de nuestro hecho diferencial político-confesional". Gámir Ulibarri hizo oídos sordos a la nota y se ratificó en sus órdenes. La respuesta nacionalista no se hizo esperar: sus batallones iniciaron la retirada del frente dirigiéndose a Laredo. El general se vio obligado a dar marcha atrás, dejando al PNV que reorganizara por su cuenta las unidades. Con ello se había dado el paso decisivo.

En realidad, y hasta consumarse la rendición, los incidentes entre las tropas nacionalistas y el mando del Norte fueron constantes. A finales de julio, y aprovechando el traslado de fuerzas enemigas a Brunete -la famosa batalla se prolongó durante todo el mes- el Estado Mayor del Ejército del Norte decidió pasar a la ofensiva proyectando un ataque sobre Oviedo y la posición estratégica de la ermita de Kolitza. Las tropas nacionalistas cumplieron el acuerdo establecido con los italianos de no participar en los combates; como afirman los comisarios Lejárcegui y Ugarte, "nos opusimos a ella [la orden de atacar] decididamente y, pasara lo que pasara, dimos orden a nuestros batallones para que no actuasen, cumpliéndose la misma y haciendo fracasar totalmente los intentos de lucha". El ambiente en el que se vive en el Frente Norte santanderino bordea ya la rebelión, en palabras de los comisarios citados: "Nuestro papel era muy airado, no solamente ante los jefes militares, sino también ante las organizaciones políticas y sindicales de Euzkadi y del Norte, a quienes, como es lógico, transcendían las continuas rebeldías y conatos de indisciplina de las unidades nacionalistas vascas, con la particularidad de que ya se señalaba que el origen de las mismas no provenía de los batallones sino más bien era una trama preconcebida y dirigida por los jefes nacionalistas. Entre éstos nos situaban a nosotros, con la especial particularidad de ostentar el cargo de Comisarios de Guerra, representantes genuinos de la moral y disciplina del Ejército y que en la práctica resultábamos todo lo contrario, equivaliendo nuestro papel al de unos verdaderos agentes provocadores, con todos los visos de estar laborando más por el enemigo que por la causa antifascista".

En este clima van pasando los días sin mayores novedades para el desarrollo de los acontecimientos que, lógicamente, van a precipitarse a partir del inicio de la ofensiva franquista sobre el frente Norte, el 14 de agosto. La víspera, Ajuriaguerra viaja a San Juan de Luz para entrevistarse con los mandos italianos. Allí, informa sobre la situación exacta de las cuatro divisiones nacionalistas en el frente y llega a un acuerdo acerca de las fechas en las que el mar se hallará libre: desde las 12 de la noche del 21 hasta la misma hora del día 24. Es en este lapso de tiempo cuando habrá de procederse a la evacuación.

El ataque franquista se produjo, como queda dicho, en dirección Sur-Norte, en dirección a Torrelavega, en tanto que el objetivo estratégico de las tropas nacionalistas consistía en mantenerse al Oeste de la cuña abierta por el enemigo. Salvo un par de incidentes, las cosas discurrieron tal y como estaba previsto. Sólo un inesperado encuentro entre tropas italianas y dos batallones nacionalistas, con el consiguiente enfrentamiento, y la necesidad de defender el nudo de comunicaciones entre Solares para garantizar la salida de Santander de Aguirre y otros dirigentes representaron un problema de alguna entidad.

En la medida en que la ofensiva franquista avanzaba con rapidez hacia Torrelavega, las tropas nacionalistas fueron replegándose paulatinamente en torno a Santoña y Laredo. Lejárcegui y Ugarte describen perfectamente la operación: "Todo nuestro empeño consistía en dos cosas. Primero, evitar toda participación en la lucha a nuestros batallones, y después debilitar el frente de tal manera que las divisiones italianas pudieran moverse a su antojo y conquistaran rápidamente Torrelavega (...) Debemos confesar que estos días temimos por nuestras vidas, pues ya nos era imposible disimular las cosas y claramente se veía nuestra intervención y responsabilidad, pero como no quedaba otro remedio que seguir adelante con nuestro plan, ya las cosas las hacíamos como vulgarmente se dice por la cara". La retirada total se produjo el día 23, tras garantizarse la salida de Santander de las autoridades nacionalistas.

Con el abandono del frente se consiguió el primer objetivo de la operación: quedar concentradas en un sector sin contacto alguno con fuerzas leales a la República; aunque todavía no era irreversible, el factor tiempo comienza a ser un obtáculo para el éxito de la llamada "solución italiana". El acuerdo definitivo con los italianos tuvo lugar el día 22. En la nota que el mando legionario entrega ese día se dice, básicamente, lo siguiente: primero, confirmar que los barcos destinados a la evacuación de dirigentes políticos tienen paso libre y que los oficiales que se rindan en el plazo fijado no serán entregados a las autoridades españolas; segundo, autorizar que un máximo de seis batallones permanezcan armados después de las 24 horas del día 24 para proteger a la población civil; tercero, confirmar que las tropas rendidas serán consideradas como prisioneras de guerra del mando italiano y, cuarto, informar sobre la conveniencia de que se presente un oficial vasco de Estado Mayor "por cada uno de los tres grandes caminos indicados en la nota de ayer" ante las tropas italianas para informar sobre "cuáles y cuántas son las tropas que se rinden".

Como se ha señalado, los dirigentes nacionalistas directamente implicados en el frente -Lejárcegui y Ugarte, junto con Arteche- rompen la baraja el día 23 en Laredo. Tras consumarse la rebelión se adoptaron una serie de primeras medidas, como asegurarse el control de las comunicaciones, reorganizar el frente en tres sectores y poner en libertad a los presos políticos del penal de El Dueso. Ese mismo día, por la tarde, llegó a Santoña Juan Ajuriaguerra asumiendo directamente toda la responsabilidad. Además de informar del acuerdo alcanzado con los italianos, Ajuriaguerra tomó todo tipo de precauciones para evitar la publicidad sobre cualquier tipo de responsabilidad política (EBB o Gobierno Vasco) en la operación: serían los comisarios nacionalistas los únicos autores de la rebelión. Paralelamente se decide solicitar una prórroga de 48 horas para la evacuación, ya que no ha aparecido ningún barco en el horizonte. Por otro lado, se traza también un "plan general" para el cumplimiento de la rendición donde se contempla la creación de un Estado Mayor, una Junta de Defensa (encargada del Orden Público y de la evacuación) y una comisión de enlace, además de elegir a los oficiales encargados de pasar al campo enemigo como consigna para iniciar la rendición. Resta, pues, lo más importante: que lleguen los barcos. Como afirma Ajuriaguerra, "si no llegan nos cogen como a ratas". Pero solamente un avión hace acto de presencia.

Un error técnico empezó a complicar definitivamente las cosas en la madrugada del día siguiente. Dos de los oficiales enviados por la carretera de Castro a Somorrostro regresaron afirmando que el teniente coronel Farina hablaba de condiciones de rendición completamente distintas de las pactadas. La cuestión era que "deberían haber tratado exclusivamente de modalidades de detalle relativas a la rendición, y no deberían haber discutido sobre las condiciones de la misma, que de todos modos no eran de su compentencia ni de los mandos vascos inferiores, como tampoco de los mandos inferiores italianos", según la respuesta de estos últimos.

Este problema tuvo un alcance importante, pues originó un nuevo retraso, origen de las reticencias italianas a conceder la prórroga solicitada: "todo dependerá del modo en que se efectúe dicha rendición y del número de hombres que se rindan". Ante esta situación, Ajuriaguerra decidió acudir a entrevistarse directamente con los jefes del Ejército italiano. Ya de noche, tras alguna peripecia (viajó de Laredo a Algorta en un coche oficial italiano para volver a Castro porque su interlocutor había ido a buscarle), consiguió hablar con el general Roatta. La noticia que recibió fue bien concreta: el compromiso quedaba roto. Los argumentos expuestos en la nota que le fue entregada giran en tomo a una clave básica: el factor tiempo. "Las conversaciones para la rendición de las tropas vascas (...) se han prolongado en exceso, debido exclusivamente a los retardos, a las vacilaciones y tergiversaciones de la parte vasca". Según la nota, en el límite del plazo fijado, no se había rendido ningún soldado vasco, añadiendo que la situación estaba superada militarmente: "teniendo en cuenta que el victorioso avance legionario-nacional ha cortado toda posibilidad de huida a las tropas vascas, la rendición de dichas tropas queda a discreción de las autoridades legionarias".

Como es lógico, Ajuriaguerra intentó justificar las razones por las que resultó imposible el cumplimiento de los plazos fijados, básicamente las relacionadas con la desorientación causada por el resultado de la incursión de los oficiales citados en las líneas italianas y la ausencia de barcos. Insistió en que "la demostración de la nobleza con que ha actuado la tropa vasca está bien patente en que los batallones que cubrían el frente no han opuesto resistencia alguna". Según escribe Ajuriaguerra, Roatta quedó del todo convencido y prometió trasladar el tema a sus superiores.

Por fin, el día 26, las divisiones nacionalistas se entregaron al general italiano, sin que por parte del mando del mismo se tuviera respuesta concreta alguna. Paralelamente, los buques británicos "Boby" y "Seven Seas" llegaron al puerto de Santoña, con lo que parecía que la evacuación podría comenzar. La intervención de la marina de guerra franquista la hizo imposible. En esta caótica situación, Ajuriaguerra aceptó la propuesta de Roatta, la cual, según el primero, era la siguiente: "los responsables políticos saldrían de los barcos, elegirían unas casas, un cuartel o un edificio, los italianos pondrían una guardia exterior para impedir que los españoles pudieran entrar, y los nuestros habrían de considerarse dentro en libertad. Tratarían de arreglar la salida de los nuestros con Franco y si no lo conseguían, nos sacarían en algún barco italiano a la fuerza". El "edificio" elegido fue el penal de El Dueso, vacío desde pocos días antes. El domingo 29 de agosto, Ajuriaguerra y Roatta se despidieron definitivamente. El primero marchó al penal, y el segundo al frente de Aragón con su división de Flechas Negras. Fuerzas italianas custodiaban a los encerrados en El Dueso y en los campos de concentración de Castro y Laredo hasta que, el 4 de septiembre, el Ejército franquista relevó a aquellas unidades y se hizo con el control absoluto de la situación.

Cabe realizar alguna consideración sobre las causas del completo fracaso en el que culminó todo este proceso de pacto-rendición. En primer lugar se plantea la interrogante, aún no resuelta, sobre las razones de la ausencia de los barcos en los días fijados, tema no resuelto, porque, aunque se abrió un expediente en su día, no se conoce ninguna conclusión. En segundo lugar, hay que insistir en el carácter delicado de una operación que trata de simular una derrota militar. Finalmente, no pueden olvidarse las estrechas relaciones que mantenían el Estado fascista italiano y los sublevados.

Sobre esta última cuestión, y más en general, sobre la interpretación del fracaso del llamado Pacto de Santoña, un hombre que lo siguió tan de cerca como el canónigo Onaindía realiza algunas valoraciones importantes, fruto de una conversación mantenida con el cónsul Cavalletti en noviembre de 1937: "lo sucedido en Santoña fue que los vascos se rindieron cuando ya no podían más y, de hecho, la rendición tuvo lugar después del último plazo fijado. Cavalletti había visitado Roma en el mes de julio en donde se entrevistó con Pietro Marchi, alto funcionario del Ministerio de Asuntos Extranjeros, quien le dijo que en el Ministerio se había creído que, como consecuencia del telegrama de Mussolini a Franco en favor de los vascos, éstos facilitarían rápidamente la rendición, pero no habiendo sido así, sospecharon que los vascos les estaban tomando el pelo. (... ) Los militares españoles habían opinado, por su parte, que los vascos no habían sido sinceros en el problema de la capitulación. Añade que, al parecer, Franco estaba dispuesto a acceder a las peticiones hechas por Mussolini en su telegrama, pero a condición de que los vascos al rendirse le dieran algo. Como la capitulación se hizo en los últimos momentos, Franco se había creído defraudado".

En cualquier caso, lo que sucedió en Santoña a partir del 4 de septiembre es bastante conocido. Tras el primer fusilamiento -el comunista Manu Eguidazu, el 5 de octubre- los franquistas procedieron a un muestreo de representantes de las fuerzas democráticas vascas para su ejecución. Así, dos dirigentes del PNV, dos del Ejército Vasco (afiliados al PNV), dos de ELA-STV (también del mismo partido), dos socialistas, dos comunistas, dos republicanos y dos anarquistas fueron pasados por las armas. Ajuriaguerra y Arteche, los dos principales protagonistas del pacto, pudieron salvar su vida, precisamente por ello. La mediación italiana jugó un papel decisivo a partir de la presión ejercida por el PNV y el mundo eclesiástico. De todas maneras, largos años de cárcel, de trabajos forzados o de campos de concentración esperaron a todos los que pudieron salvar su vida.

  • ONAINDÍA, Alberto. El pacto de Santoña, Bilbao, Laiz, 1983.
  • GONZÁLEZ PORTILLA, M.; Garmendia, J.M. La guerra civil en el País Vasco, política y economía, Madrid, Siglo XXI, 1988.
  • TUÑÓN DE LARA y otros. La Guerra civil en el País Vasco, 50 años después, Bilbao, UPV ed., 1987.