Kontzeptua

Matxinadak (1989ko bertsioa)

Nombre que recibieron las revueltas populares en el País Vasco, en especial las que tuvieron lugar en los siglos XVII-XIX. Su nombre deriva de Matxin, personificación del pueblo en lengua vasca.
La Edad Moderna europea aparece recorrida por gigantescas revueltas y revoluciones que se extendieron desde Inglaterra hasta Rusia, desde Suecia a Italia. Por doquier, insurrecciones urbanas y revueltas campesinas agitaron las conciencias de pobres y ricos. Tampoco, lógicamente, las Monarquías de los Habsburgo y Borbones peninsulares se vieron libres de tan pavorosos acontecimientos. Por desgracia, todavía carecemos de una cronología histórica y de estudios sistematizados de las numerosas revueltas populares que jalonaron la modernidad ibérica, sin duda, todo un signo preocupante. La situación historiográfica vasca sobre tal cuestión dista mucho, por lo demás, de ser consoladora. En el presente artículo trataremos de remarcar, de forma global y contrastada, las grandes líneas en las que, a mi modo de entender, tendríamos que enmarcar las revueltas de 1631-34 («Estanco de la Sal»), 1718 («Revuelta de las Aduanas»), 1766 («Motines en cadena») y 1804 («Zamacolada»). Desde luego existen otras muchas conmociones populares pero la propia importancia histórica de las señaladas permite definir un conjunto de elementos característicos y significativos del conflicto social preindustrial vasco. Aunque cada matxinada tiene un desarrollo propio, con hitos puntuales, advertimos al lector que las reflexiones realizadas en el presente trabajo se alejan de cualquier concepción positivista de tales fenómenos históricos. Por consiguiente, y de una forma muy sintética, me ha parecido acertado operar sobre tres cuestiones, en ningún caso autónomas, a saber: coyunturas matxinas y revueltas vascas, Fueros y matxinadas, y estructuras y funciones de las revueltas vascas.
Coyuntura histórica y revueltas vascas. En innumerables ocasiones los historiadores nos sentimos tentados a buscar una causa final, universalmente presente y funcional, para explicar una conmoción social, una revuelta o una revolución. Se trata, sencillamente, de un tremendo error. Desde luego, todas las insurrecciones vascas que vamos a analizar están invariablemente relacionadas con los cambios económicos e, incluso, políticos, mucho más profundos que los que afectaron únicamente al conjunto o a partes de las Provincias Exentas. Se impone de esta manera analizar los contextos históricos en los que se produjeron las Matxinadas. Porque las grandes revueltas vascas son una excepción, el punto final de un proceso que acabó en enfrentamiento social, en insurrección política, violenta y popular. En efecto, tres elementos conjugados precipitaron las conciencias sociales hacia la revuelta. En todas las Matxinadas vascas observamos imbricados una coyuntura agraria caótica, una tributación extraordinaria y una situación bélica. La escasez de alimentos, por sí sola, no desataba el descontento. Las malas cosechas eran frecuentes; pero cuando se hacía patente que ciertas categorías se beneficiaban de los malos tiempos, las comunidades campesinas tenían sobrados motivos para sublevarse. Acaparadores de cereales, comerciantes exportadores fueron el blanco de las iras populares en la Matxinada de 1755 ("Matxinada de la Carne") en Guipúzcoa y la Matxinada de 1766 en todo el territorio foral. La escasez unida a los elevados precios de los cereales motivaron la aparición de pasquines como el siguiente: "Sólo aquí en San Sebastián se permiten varios Esquilaches. Pues, ¿qué mayores enemigos o demonios que los mismos capitulares de esta ciudad, que, en lugar de proveer en cinco cuartos el pan, nos proveen en diez...?, y nos vemos precisados a ejecutar un desatino, si es que no pongan remedios útiles, como lo verán y en ocho días por la nochecer. Nadie quite este papel, pena de la vida" (San Sebastián, 14, abril, 1766). Si observamos el siguiente cuadro, elaborado por el profesor norteamericano E. J. Hamilton, el lector podrá constatar cómo la revuelta de 1766 aparece cabalgando sobre una coyuntura de precios vertiginosamente al alza:

Cuadro I. Precios del trigo en Castilla
(1760-1767)
Años Precios: maravedi/fanega
1760
1761
1762
1763
1764
1765
1766
1767
1.009
843
1.039
1.360
1.258
1.657
1.054
1.791

Fuente: E.J. Hamilton, War and prices in Spain, 1651-1800. Harvard University Press. 1947. (Nota: Estos precios son muy similares a los del mercado de Tolosa).

Diversas relaciones documentales subrayan la dinámica infernal de los precios: "En esta provincia de Guipúzcoa el año de 1766 llegaron a valer los granos de manera que los pobres oficiales apenas alcanzaban con su trabajo para poder comer un poco de pan. Subió el trigo a 40 reales la fanega y la de maíz se vendía a 30 reales y como el jornal diario no pasaba de 4 ó 5 reales y muchos de ellos se hallaban cargados de familia y los años antecedentes habían sido también poco felices, llegaron a verse muy apurados". La Matxinada vizcaína de 1804 debe inscribirse bajo idénticos parámetros. Los años finales del siglo XVIII -años de posguerra- fueron muy difíciles. El nuevo siglo no cambió la tendencia. El año de 1803 fue estéril y uno de los regimientos generales decretó importar veinte mil fanegas de maíz y que todas las repúblicas del Señorío manifestasen las que precisaban. Para paliar la angustia de la hambruna (el recuerdo de 1789, calificado por las autoridades vizcaínas como el "año del hambre", obró como eficaz preservativo) se prohibió la extracción de granos del país. Mas previendo la formación de ejércitos de menesterosos, ya de por sí numerosos, el corregidor Pereira ofició a los ayuntamientos, disponiendo que mientras durase la indigencia, se proporcionara ocupación a los trabajadores y jornaleros, principalmente en el invierno, y se abriesen suscripciones públicas. Vanos esfuerzos a juzgar por los resultados. En 1718 observamos semejante situación. Y paroxismo en la coyuntura de 1630-35. Y es que las mentalidades colectivas del Antiguo Régimen vasco, como las europeas y peninsulares, aparecen marcadas por la obsesión del pan cotidiano, de la subsistencia mínima. Movilizadas para defender su pan diario, las mujeres de Bilbao claman contra las señoras poderosas, afirmando: "ahora nuestros hijos y maridos serán alcaldes y regidores y no los traidores que nos venden la república, y pues en Vizcaya todos somos iguales, más han de ser las haciendas que no es bien que ellos coman gallina y nosotros sardinas". Toda una máxima de igualitarismo en los consumos y milenarismo social. Este rasgo de precios accesibles, a mi entender, subyace en todas las manifestaciones machinas. Sea el pan, la carne, la sal, concurridos en el mercado, han de tener un precio razonable, que es, además, el precio justo. La tasación popular o la defensa de mecanismos que afectan a la libre oferta y demanda de la foralidad -Aduanas- responden a criterios morales y políticos, en definitiva, populares, de la colectividad vasca preindustrial. Muy estrechamente ligada a la crisis agraria, constatamos unafuerte presencia de exigencias tributarias. Ya fuese por las graves necesidades de la hacienda estatal o las haciendas forales provinciales, el recurso a gravar los consumos, al extremo de agobiarlos, fue también decisivo en la formación de un estado de opinión insurreccional. En el cuadro siguiente, puede comprobarse la fijación de dos modelos tributarios tendentes, no por casualidad, a fiscalizar consumos populares en una fase que podríamos calificar premachina: 1629 y 1800:

Cuadro II. Vizcaya: Tributaciones sobre consumos. Años 1629 y 1800
1629
-- 2 maravedíes en azumbre de vino de la cosecha del Señorío y
de todo el que entrase o saliese.
-- 1 real por cada carga de pescado.
-- 2 reales por cada carga de pescado escabechado y curado que
se cargase en cabalgaduras en los puertos para fuera de ellos.
-- 0,5 % de todo género de pescado salado que se importara.
-- 1 % de todo género de lencería, pañería, quincallería, mercería, papel, obras y
fábricas de lana y seda que se trajera de fuera de estos Reinos.
-- Quedaban exentos de pago los granos, el aceite y la grasa de ballena.
1800
-- Un cuartillo de real en libra de azúcar.
-- Medio real en libra de cacao.
-- Cuatro reales en libra de canela.
-- 2 maravedíes en libra de vaca.
-- 1 maravedí en libra de bacalao.
---2 reales en resina de papel de escribir, medio real en la de estraza y
4 maravedíes en pliego de marquilla.
-- 2 reales en docena de naipes.
-- 1 % en elavazón y manufactura de hierro extranjero.
-- 2 reales por instrumento público.

Además, los impuestos sobre los comestibles coincidieron con un aumento en el precio de los mismos, debido a las alteraciones monetarias efectuadas por la corona. En ambas . coyunturas, el encarecimiento de los alimentos de primera necesidad y las alteraciones monetarias provocaron dificultades en el tráfico comercial. Este hecho es sumamente importante por cuanto explicaría ciertas actitudes y comportamientos de los hombres del comercio durante el Estanco de la Sal y la Zamacolada. Ni que decir tiene que ambos modelos fiscales fueron fuertemente contestados. Lejos de remediar males, alimentaron un fuego que pronto se iba a extender violentamente. El establecimiento en las provincias vascas, en enero de 1631 , por parte del Estado, del monopolio sobre la sal, producto que debería venderse en lo sucesivo en cupos obligatorios y a un precio que suponía el 60 % de incremento de su nivel anterior, fue la gota que desbordó el vaso. En cualquier caso, es necesario advertir que "el medio de la sal", aceptado por las autoridades forales en un principio, sólo fue la ocasión para la explosión de tensiones políticas y sociales más profundas. Sintéticamente, se puede afirmar que las protestas se dirigieron contra un conjunto de medidas y exigencias fiscales, promulgadas en el decenio de 1620, que dañaban al tráfico comercialcon la Europa nórdica, por una parte, e "igualaban" fiscalmente a los vascos con los avecindados en Castilla, por otra. Es difícil, por no decir imposible, desligar el aumento de las contribuciones de las situaciones de guerra, con todas las consecuencias que conllevaba ésta. Obsérvese que todas las Matxinadas vascas se insertan en un período dominado por el "casus belli". Existe un paralelismo innegable entre Guerra de los Países Bajos y Estanco de la Sal, guerra contra Francia y Aduanas y guerra contra Inglaterra y Matxinadas de 1766 y 1804. De hecho, los modelos contributivos extraordinarios se articularon para rellenar y mantener las insaciables intendencias militares tanto del Estado central como de las administraciones forales vascas. Los impuestos señalados arriba, correspondientes a 1629, se decidieron, a pesar de la fuerte oposición de las villas y ciudad de Orduña, para proveer un servicio al rey de dos galeones de seiscientas toneladas cada uno, 36.000 ducados para ayuda y mantenimiento y la artillería y el sueldo de doscientos marineros por seis meses. Si cabe, la explosiva situación que percibimos en Vizcaya y Guipúzcoa en la primavera y verano de 1718, se hunde en las exasperantes contribuciones realizadas durante la Guerra de Sucesión (1700-1714). El Regimiento de 500 hombres reclutado en Vizcaya, en 1709, y repuesto al año siguiente, inicia el proceso. En 171l son ya 11 reales los que se imponen por foguera, para pasar a doce en 1713 y estabilizarse en un escudo desde 1714. Tenemos numerosas evidencias documentales de que los diferentes gobiernos del Señorío rebañaron los límites de la capacidad contributiva de los vizcaínos por los expedientes de emergencia adoptados por los regimientos en 1712 y 1713. Al mismo tiempo, los arbitrajes fiscales sobre los consumos populares, especialmente el ochavo sobre vino foráneo y el maravedí sobre el chacolí decretados en 1708 y regulados en 1712, levantaron numerosas protestas, especialmente, lo que es muy significativo -como señala Sagarminaga- "de las repúblicas marítimas del Señorío". A la progresiva cascada de exigencias desde Madrid, que se había iniciado con la instalación en marzo de 1714 de la Factoría de Tabaco en Bilbao -un instrumento más para controlar los contrabandos tabaqueros por parte de comerciantes, al por mayor, y numerosos campesinos, al por menor, que de gestión económica-, continuado con la "leva de marinería", y concluido con la plantificación de la aduana a "pie de agua", hizo creíbles rumores y bulos en el sentido de que los vizcaínos, como se hizo público en septiembre de 1718, mes de la revuelta, pronto todos serían "pecheros". En tal contexto de conflicto social, agravado por las expectativas de una mala cosecha -aunque todavía los datos son fragmentarios, sabemos que la coyuntura agraria (1715-18) fue alarmantemente deficitaria-, y por la situación bélica, la instalación de las aduanas en el litoral fue la causa suficiente para provocar la sublevación. De la misma manera, los sucesos de agosto de 1804 constituyen el punto final de un largo proceso de desajustes estructurales que, iniciados en 1789 con una crisis finisecular agraria, seguidos por la guerra contra los republicanos franceses, los servicios votados para sostenerla y los arbitrios para sufragarla ("En esta cuestión -afirma Murga, singular cronista de aquella Matxinada- estuvo precisamente el germen de la animosidad que concibió el escribano Zamácola contra la representación política de Bilbao") ven su culminación en leyes represivas ("Ley Aranguren y Sobrado"), levas de marinería, de "vagos y maleantes", donativos y contribuciones extraordinarias, malas cosechas y mortandades, etc.
Fueros y Matxinadas. De la misma manera que evidenciábamos una correlación entre coyuntura histórica y revuelta, las peculiares características institucionales, sociales, económicas y culturales de las Provincias Exentas, dotadas de códigos específicos (Fueros, franquezas, libertades, usos y costumbres) e instancias propias de gestión y administración, en definitiva de poder autónomo, nos comprometen a hacer una reflexión, ineludible y necesaria sobre el hecho foral y la revuelta. Si observamos los modelos de revuelta en la Monarquía española y, por extensión, en la Europa moderna, encontramos una recurrencia constante de dos tipos de disturbios. Por una parte, está la revuelta del hambre, insurrecciones de masas provocadas directamente por la miseria o por la elaboración «paranoica» y colectiva de un futuro de pobreza y que, en repetidas ocasiones, se transforman en protesta violenta contra la totalidad del orden social; por otra, también encontramos la revuelta que surge de una «nación» política: la protesta de una fracción o de la mayoría del «país» político contra una prerrogativa impopular impuesta desde la cúspide del poder central monárquico. Las revueltas vascas, las grandes matxinadas vascas, son una simbiosis de ambos modelos insurreccionales. El Estanco de la sal, la instalación de las aduanas o la exigencia de un servicio militar zamacolista con carácter obligatorio, fueron, desde un punto de vista jurídico, una verdadera declaración de guerra al modelo institucional foral vasco. Ciertamente, la cuestión planteada es delicada. Desde luego, tal como señala Juan Aranzadi, los fueros son algo más que una mera organización política o una legislación variable. Si aceptamos que la foralidad, y por ahora no encontramos motivos para lo contrario, es «la encarnación jurídico-institucional de toda una sociedad y cultura», lo que equivale a una defensa a ultranza de la sucesión troncal, la hidalguía universal, la exención fiscal y de servicios militares y la libertad de comercio, se comprenderá fácilmente el impacto que pudo provocar históricamente cualquier disposición contraria al mantenimiento del «statu quo» foral vigente. En este sentido, no puede olvidarse algo que llama la atención cuando se analizan las diversas manifestaciones de enfrentamiento social en el País Vasco durante la modernidad: sitúese la frontera social que divide y opone a los contendientes, entre artesanos y patriciado urbano, como en el Estanco de la sal; entre comerciantes y campesinos, de una parte, y notables rurales de otra, como en la zamacolada; o, incluso, entre «jauntxos» y campesinos, de un lado, y burguesía urbana, de otro, como en las guerras carlistas; lo importante es que esta frontera coincide siempre para los participantes en la revuelta con la existente entre foralidad y antiforalidad. Dicho de otra manera, siempre aparece superpuesto al conflicto social generado en el seno de la propia sociedad vasca, la oposición entre el Estado central y la «foralidad moral de la multitud», recibiendo de modo reiterado el grupo que se apoya o se identifica con la política centralista el calificativo de «traidor a la Patria». Y ello con independencia del contenido de las reivindicaciones inmediatas y de la cual haya sido la medida concreta que ha suscitado el conflicto. Tal constante parece revelar que, al margen de cuáles sean los intereses sociales que pueda haber bajo esta o aquella decisión de las juntas, regimientos o diputaciones, de cuál sea la clase, fracción de clase, estrato o categoría social que controla y utiliza a su servicio las instituciones forales, la defensa de los fueros fue siempre un referente dominante que afectó a la totalidad de la sociedad vasca preindustrial. Cualquier ataque, ya fuese pretendiendo imponer el estanco de la sal, las aduanas en el litoral, etc., rompía la cohesión foral vasca, no sólo porque eclipsaba los marcos infraestructurales (libertad de comercio, exención fiscal) sino también porque demolía todos los tejidos políticos, institucionales y culturales trazados y defendidos por el conjunto de la sociedad vasca. Merece la pena, desde luego, leer con detenimiento este alegato, elaborado por Fontecha y Salazar, patricio vizcaíno, a mediados del siglo XVIII, sobre el estanco de la sal: «Fundaba el Señorío que no era obligado admitir en su distrito la imposición ni estanco de la sal: lo primero, por haber confirmado Su Majestad a Vizcaya las inmunidades todas de sus Fueros, y oponerse directamente el estanco a la libertad (de comprar y vender los vizcaínos) y la imposición a la inmunidad capitulada... , lo tercero porque no eran súbditos los Vizcaynos, quando por uso, costumbre y Fuero establecieron sus Leyes, ni quando celebraron su contrato en la ereccion del Señor: por lo que, .. , no pueden padecer ni alteracion ni revocacion...». Un contemporáneo de aquella matxinada, el licenciado Echevarri, síndico del Señorío, fue más contundente en las conclusiones elevadas al Consejo de Castilla: «... con su execucion se le quiebran los fueros... El primero de ser libres los vizcaínos en comprar y vender y recibir en sus casas cualesquiera mercadurias y vituallas... El segundo de poder cualesquiera mantenimientos de Francia, Inglaterra y otros reinos extranjeros... El tercero, de ser libres y exemptos de cualesquiera imposicion, pecho, servicio o tributo, alcabala, derecho de puerto seco y de cualquiera género... El cuarto, de que ninguna ley ni privilegio de Vizcaya se puede mudar sino es estando el Señor con los vizcaínos, en junta so el arbol de Guernica, de que hay escrituras y capitulación con el rey Don Enrique y todas las leyes del Fuero insinuan lo mismo, porque consta de ellas que las hicieron los vizcaínos. El quinto, que todas las cartas y provisiones reales, que sean o ser puedan contra los dichos fueros, directe o indirecte, sean obedecidas y no cumplidas, aunque sean por primera, segunda o tercera «jusion» (sic), o mas, como cosa desaforada de la tierra... ». Frente a las pretensiones forales, la Corona respondió con el silencio. Pronto aparecerían libelos sediciosos que presagiaban violencias: «Biban los leales y mueran los traidores, pretensores de abitos, mayorazgos y rentas. Balgan nuestros fueros y privilegios» (1632, Bilbao). Y es que, como apuntó magistralmente un funcionario vasco de las Aduanas Reales, Irazagorria, con relación al estanco de la sal, «... la apreensión que ellos tienen es que se viola sus leyes y la voz común que corre ya entre ellos es la que se les quiere reducir a la condición de plebeyos». Existen evidentes paralelismos entre la Junta General de septiembre de 1631 , prólogo a cuatro años de inestabilidad política y social, y la Junta revolucionaria de agosto de 1804, cuando los sublevados legitimaron institucionalmente la revuelta antizamacolista. En el primer caso aquella asamblea contestataria, «... con gran boceria apellidava por la libertad de su fuero... y que heran unos traidores los del govierno y todos los de capa negra, que era mejor matarlos y acavar de una vez con ellos y que Vizcaya fuese governada por sus berdaderos y orijinarios vizcaynos, los caseros de las montañas, que no la benderian como aquellos que alli estavan por sus particulares fines...». Dos siglos después, en 1804, «la Junta escribe Murga en su Memoria Justificativa- se presentó tan concurrida de infanzones de abarcas y garrote, que los mas ancianos decian no haber visto cosa igual sino guando se trató del primer sevicio de gente después que los franceses penetraron en Guipuzcoa». El pueblo, conmovido y reunido en Junta General en ambos casos, desborda las pretensiones del reformismo foral que anidaban en las élites gobernantes. En 1718 no hubo convocatoria a juntas, pero como señaló un Informe Anónimo elaborado en los días de la revolución, ésta fue legitimada llamando a cada una de las anteiglesias «... y ban viniendo todas las jentes de las Republicas a alistarse y empeñarse conjuramento a la Común Defensa (del orden foral)». El mismo anónimo informador constata la existencia de una idea de complot contra la identidad de la foralidad vasca, por parte de las Repúblicas vizcaínas, cuando afirma: «Los de las anteiglesias que por falta de práctica entienden menos la forma de componer la defensa de los fueros con el respeto al Rey desconfiaron de nuestra conducta en el establecimiento de las Aduanas, especialmente cuando vieron que levantó el Rey el embargo de los Patronatos en que nos consideraron más interesados y los mercaderes de menos caudal sospecharon también de los acaudalados, creiendo que por alzarse con todo el comercio influieron para que se extrechase mas lo de las Aduanas...». En todo caso, el testimonio refiere un estado de opinión, de raíz foral, en el que convergen campesinos y pequeños comerciantes. El doctor Femández Albadalejo igualmente ha constatado, para Guipúzcoa, un comportamiento foral por parte del mundo clerical, anterior al estallido insurreccional campesino de 1718, cuando propagan «que los fueros estaban cadáveres». A tenor de lo dicho, cabría preguntarse si existe una conciencia foral en el cosmos mental vasco preindustrial. Todos los testimonios apuntan a una respuesta afirmativa. De hecho, en las actividades y comportamientos de los sublevados observamos una defensa a ultranza de la foralidad, con todo lo que comportaba. Valga como ejemplo el siguiente documento: -1804, agosto, 22. Guernica: «A la lectura bascongada de cada capítulo (del plan militar zamacolista) se seguia gran murmullo de desaprobacion de la mayor parte del auditorio, y parecia declarada la voluntad de la Junta de desechar el plan... Creo, pues, que se decreto asi sin mas tardanza, pero habiendo corrido el plan como equivalente a diferentes sevicios de gentes pedidos por S. M, se paso a ver las ordenes relativas a este asunto, que eran las de mandar entregar un numero determinado de mal entretenidos y cuatrocientos y tantos hombres para reemplazo del ejercito. Esto dio motivo a que se hablara mucho sobre los pases (forales), y a que se desahogaran bastantes quejas sobre las calificaciones de malentretenidos...». Los murmullos de desaprobación están en relación con una gestión política ejecutada, precisamente, por los zamacolistas, que anulaba uno de los principios básicos de la identidad popular foral: la exención militar. Frente a tal desafuero, los matxinos recordaron a las autoridades la existencia de preservativos: el pase foral. Finalmente, frente al vilipendioso calificativo de malentretenidos, muchos junteros clamaron por su nobleza e hidalguía universal. Sencillamente, se remitían a una lectura del Fuero: en Vizcaya, los derechos constitucionales de los avecindados eran los que señalaban los Fueros y el rey no podía despojar a aquéllos sin consentimiento de las Juntas Generales.
Estructuras de las Matxinadas. Funciones de las revueltas. No cabe duda que la característica social de las Machinadas vascas, hasta el punto de convertirse en definición, es el protagonismo de las capas populares, del mundo plebeyo. El hecho de que en todas las revueltas vascas constatemos una repetición inalterable de gestos, actitudes y comportamientos, más allá de tiempos y espacios diferentes, nos induce a creer que todas las matxinadas poseen elementos convergentes y generales, independientes de los hitos puntuales perseguibles en tal o cual circunstancia histórica insurreccional concreta. Se podría, de esta manera, hablar de una sola revuelta, de una sola matxinada. Por ello, es posible trazar unos criterios tipológicos capaces de organizar y ordenar la estructura y funciones de la(s) revuelta(s). Así, la posición socioeconómica de los participantes, la extensión y focos geográficos de la acción subversiva, los objetivos, implícitos o explícitos, de la rebelión y los blancos de la violencia, las formas y grados de la organización rebelde y, finalmente, la mentalidad que justifica creencias, ideologías y comportamientos, formarían los ejes conductores del presente análisis. Ni que decir tiene que es imposible estudiar las revueltas vascas sin haber constatado previamente la estratificación social, política y económica del país, comarca, región o provincia en que se producen. Desde luego, tal planteamiento desborda lo que aquí nos interesa destacar. A pesar de ello, no es casualidad que siempre nos encontremos con una frontera entre las clases populares, los notables rurales y los comerciantes urbanos, que actúan de forma confrontada durante el desarrollo de la revuelta matxina. La misma documentación analizada tabica socialmente, lo que equivale política y económicamente a los grupos citados. Y aunque sea aplicando una terminología genérica ("gentes principales" frente a "gentes trabajadoras"), las posiciones socio-económicas de los protagonistas determinarán sus comportamientos ulteriores. De aquí que tampoco sea posible circunscribir la protesta popular a una resistencia antifiscal o anticentralista; continúa más allá, bajo formas de lucha, feroz y violenta, contra los que detentan el poder en las provincias vascas, es decir, los notables. Es éste, sin duda, el problema esencial de la oposición entre las "pequeñas capas" y los de la "capa negra", proclamado por las mujeres de los humildes, en 1632: "Ya no mandara el comisario Villarreal, el veedor Domingo Ochoa de Yrazagorria, el Dr. Saravia, Don Diego de Victoria, el Licenciado Echavarri, Gonzalo de Lopategui, Don Diego de Echavarri y otros, no tendran la gravedad de antes; asi, asi an de andar mui corteses y comedidos y nos an de haqer primero reberencia que nosotros a ellos... de aqui adelante seremos todos y todas yguales y por que razón se an de llamar las mujeres de estos Don y nosotros no y an de andar mui galanas y enjoyadas, sepan que tan nuestro son sús haciendas como suias y que todos emos de comer y bestiar ygualmente... esto decian las mugeres de los herradores, herreros, barquineros, amarradores, zurradores, zapateros, sastres, varqueros y la demas jente humilde de la Republica en las yglesias y en sus casas y ellos en las calles y plazas, en que tambien entraron algunos escrivanos, procuradores, letrados y tratantes de baja esfera que haviendose criado y conocido en humildes pañales querian alajar sus personas y cosas a lo de la jente principal y ylustre, mas fundadas en vanidad y locura que en la diligencia de sus personas y como se hallavan ymposibilitadas a conseguir su intento por camino licito, coxieron la ocasion por los cabellos y cada qual, con ynquietud y biolencia, procuraba quitar la hacienda a su becino y bengar sus rencores". Se trata de un manifiesto igualitario en el que las contribuciones tributarias quedan desbordadas, emergiendo, con fuerza, las contradicciones económicas y políticas de la sociedad del siglo XVII. Para caracterizar las posiciones socioeconómicas de los participantes, es ilustrativo trazar las fronteras que separan a las víctimas directas de la matxinada de las víctimas de la represión. Empecemos por las víctimas de las violencias matxinas. De entrada, todas las referencias documentales a este grupo social aparecen bajo el calificativo de "gentes principales" (idea de rango social), "hombres prudentes y honestos" (idea de virtuosismo) "personas de las mayores obligaciones" (idea de poder político), "ilustres" (concepto de prestigio), etc. Pese a ello, el radicalismo de la acción popular no tuvo prejuicios al ajusticiar, en octubre de 1632, a Domingo de Castañeda, alto funcionario de la Audiencia del Corregidor, de asaltar la casa del escribano Aparicio de Uribe, alcalde de Bilbao, de saquear la casa de Don Pedro Fernández del Campo y de buscar a Don Pedro de Villela, cuyo padre fue uno de los comisarios del servicio de galeones, poniendo como advertencia una horca en la casería que poseía en Munguía. Es decir, todos los perseguidos poseen caracteres sociales muy definidos: hombres poderosos, funcionarios de la administración foral o central, con cargos honoríficos de república y gestores económicos de las contribuciones extraordinarias. Conocemos mejor la posición económica de las víctimas de la Machinada de 1718. Singularmente es coincidente, como lo será en 1804, con las características apuntadas arriba, a las que habríamos de sumar los rasgos siguientes: beneficiarios de excedentes agrarios (perceptores de diezmos), cosecheros de vino, propietarios rurales, poseedores de mayorazgos e inversores en negocios comerciales (lana y tabaco). El cuadro siguiente ubica social y económicamente a los perseguidos en esta matxinada:

Cuadro III. Víctimas Matxinada 1718 en Vizcaya.
Rasgos sociales, económicos y políticos.
Enrique Manuel de Arana



Juan José de Castaños

Antonio de Alzaga
Martín de Ugarte
Antonio de Vargas e hijo

Juan Tomás de Escoiquiz


Martín de Escoiquiz
Juan Antonio de Jaureguibeitia
Gregorio de Esterripa
- Diputado General del Señorío.
- Sobrino del Patrono de Begoña. Emparentado con el Juez de Contrabando,
Sierralta y la poderosa familia Vitoria de Lecea.
- Propietario de los Patronatos de Axpe y Ceánuri.
- Padre de Provincia. Diputado en el bienio 1716-18.
- Propietario de los Patronatos de Begoña, Galdames y Zalla.
- Propietario rural. Fiel de Erandio.
- Propietario rural. Fiel de Lejona.
- Regidores del Señorío hasta julio de 1718.
- Una de las más importantes familias linajudas de Vizcaya.
- Alcalde de Bermeo. Uno de los más importantes propietarios de la
Cofradía de pescadores en dicha plaza.
- Encargado de la leva de marinería de 1718.
- Hermano del anterior. Alcalde segundo de Bilbao.
- Síndico Procurador General del Señorío.
- Cuñado de Martín de Escoiquiz. Regidor del Señorío.

Junto a los citados, la violencia popular se dirigió, también, contra el conjunto de funcionarios reales ocupados en la aduana. No obstante, Manuel de Bolivar, escribano de contrabando, Antonio Ventura de la Riva, juez de arribadas de Indias, y Lorenzo de Sierralta, juez de contrabando, consiguen huir. Frente a las víctimas de la acción popular, ubicadas socialmente bajo parámetros de poder y status, el componente popular represaliado por los notables es innegable. En cualquier caso, el estudio de la represión permite establecer una cartografía social de las alianzas del pueblo con las capas intermedias del entramado social. El hecho de que encontremos a miembros de la élite rural, a comerciantes, a eclesiásticos entre las víctimas de la represión ejercida desde el poder pone de manifiesto, para cada coyuntura matxina, los desequilibrios no sólo en las relaciones sociales y en el control efectivo de los aparatos forales de decisión política sino también en los comportamientos económicos de las fracciones de clase dominantes. Aunque la historiografía vasca suele sobrevalorar la acción popular matxina como un fenómeno instrumentalizado por comerciantes y notables -sin duda existe un grado de mediación-, el carácter autónomo de las actitudes sociales y económicas de cada clase y categoría social parece evidente. Con todo, el carácter popular, plebeyo, de los insurgentes domina sobre cualquier otra consideración. En la acción subversiva, y esto será constante, ya se trate de revuelta agraria o revuelta urbana, la masa sublevada estará conformada por barqueros, herreros, zapateros, barberos, sastres, curtidores, conductores de vena, etc. Las mujeres de estas categorías profesionales tendrán también un fuerte protagonismo durante los acontecimientos. Ciertamente, encontramos a otros grupos sociales, como los represaliados en 1634:

Cuadro IV. Vizcaya. Extracción socio-profesional de
los exceptuados del perdón real. Año 1634.
Nombre Ocupación
Doctor Morga
Juan de la Fluente
Martín de Arauco
Bachiller Domingo de Armona
Juan de Larrabaster
Diego de Charta
Martín Ochoa de Ajorabide
Los dos hermanos Vizcaiganas
Lope de Aulestia.
Pedro de la Puente
Licenciado Velendiz
Letrado. Varias veces consultor del Señorío y de la Villa de Bilbao.
Escribano.
Secretario escribano del Ayuntamiento de Bilbao.
Eclesiástico.
Escribano.
Sastre. Comerciante de paños.
Escribano. Secretario del gobierno del Señorío.
Maestros herradores.
Síndico general elegido en la Junta de 1633 por los sediciosos.
Carecemos de datos.
Idem.

Los citados, en opinión de los represores forales, serían los responsables morales de la sublevación, los cuadros dirigentes e intelectuales de las acciones punitivas populares. En este caso el castigo no tuvo un sesgo indiscriminado. Se obró contra quienes, desde posiciones de poder social, político y económico, fueron insumisos al Rey y al statu quo foral vigente. No ocurrirá así en las otras machinadas.
La extensión geográfica. La extensión geográfica de la acción rebelde es, también, un criterio esencial en las matxinadas, que incluye no sólo el espacio físico, sino también social, económico y político. Las generalizaciones regionales y/o comarcales, perceptibles en el transcurso de la acción revolucionaria, no deben hacernos perder de vista la correlación existente entre intranquilidad, disturbio social y estructura de la propiedad de la tierra. Es significativo que las Matxinadas vizcaínas de 1718 y 1804 tengan como focos de expansión y desarrollo el hinterland bilbaíno, portugalujo, bermeano y guerniqués. El doctor Fernández de Pinedo ha podido constatar a partir del análisis de la foguera de 1704, cómo alrededor de Bilbao existía ya una amplia zona en la cual la propiedad campesina era mínima: Basauri (7,94 %), Begoña (4,43 %), Deusto (15,32 %), Echevarri (16 %), Arrigorriaga (22,09 %), etc. Esta situación se agravaría en el transcurso del siglo ilustrado. Es significativa también la relación entre geografía de la revuelta y distribución de cultivos. En toda Vizcaya y en la práctica totalidad de Guipúzcoa, la cosecha más importante era la de maíz y, en mucha menor medida, la de trigo. Ambos cereales están relacionados con el descontento popular. Este hecho parece clave para explicar la revuelta guipuzcoana de 1766. Así, más de la mitad de los pueblos sublevados tenían, como también ha constatado el doctor Fernández de Pinedo, una renta bruta agraria per cápita por debajo de la media provincial. Se trataría de una zona deficitaria en granos, con problemas de abastecimiento y con una parte importante de sus vecinos viviendo de la pesca (Deva, Guetaria, Motrico) o de la industria ferrona (Placencia, Mondragón, Eibar, etc.). Por todo ello, tampoco nos parece paradójico que la geografía de los cultivos sea coincidente con la geografía de la revuelta guipuzcoana de 1718: cuenca alta del Deva, siendo el foco inicial de la revuelta, Vergara. En las matxinadas vizcaínas se constata también un paralelismo entre focos subversivos y cultivo de viñedos. No puede parecemos casualidad que sean precisamente aquellas aldeas (Begoña, Abando, Deusto, Baracaldo, etc.), con campos dedicados al cultivo de vino txakolí, las que inicien la sublevación y ataquen a notables urbanos y rurales, organizados en la poderosa Cofradía de San Gregorio Nacianceno. Sintetizando, podríamos afirmar que los disturbios matxinos afectaron esencialmente a regiones y comarcas de cultivo de cereales, donde persistía una economía agraria tradicional y en las que, progresivamente, se desarrollaron desequilibrios entre sociedad y estructuras de propiedad social. Pero los focos de la acción subversiva aparecen caracterizados por otros fenómenos que explicarían la irradiación de la revuelta. Las aldeas vizcaínas sublevadas, tanto en 1718 como en 1804, están directamente relacionadas con los fenómenos de mercado y de economía de mercado de una plaza mercantil tan importante como Bilbao. Desde un punto de vista comercial, la aduana que pretendió establecer Alberoni en las provincias vascas conmocionó no sólo a mercaderes sino también a los campesinos. A los primeros porque aquélla controlaba el tráfico de ciertas mercancías; a los segundos, porque les impedía seguir contrabandeando con total impunidad. Valdría decir que la aduana anulaba, para ambos grupos, los suculentos beneficios que comportaba, legal e ilegalmente, el giro tabaquero. Es obvio que en la expansión matxina tuvieron siempre un papel determinante los caminos y las redes de tabernas, mesones, mercados, ventas y ferias para extender actitudes, noticias y emociones. Con todo, la geografía matxina tiene puntos de convergencia en aquellos espacios de identificación "universal". La "toma de Bilbao", último eslabón en el recorrido de cualquier pueblo conmovido, nos indica una percepción absoluta de su acción: allí se encontraba el poder, allí vivían los "malos gobernantes", los "traidores a la patria". Ciertamente-sería imperdonable olvidarlo- existen evidencias para afirmar que también coexisten paralelismos entre focos de revuelta y parroquias recorridas por fenómenos de mendicidad y criminalidad, agravados coyunturalmente. Igualmente, tenemos referencias que prueban una correlación entre aldea rebelde y la presencia de un notario o secretario de ayuntamiento (no olvidemos el papel que este grupo profesional tuvo en todas las matxinadas). Todo este conjunto de elementos nos va a orientar perfectamente para realizar una radiografía rápida de las formas y grados de la organización rebelde. Será en la aldea campesina donde se inicie la acción subversiva y donde cristalizarán los apoyos precisos, por medio de la persuasión o de la intimidación. Y es que la percepción fundamental de aquellos hombres sublevados estuvo fuertemente mediatizada por la conciencia comunitaria. Los agravios operaban dentro del consenso popular de cada anteiglesia, aldea y villa en cuanto a qué prácticas de los gobernantes eran legítimas y cuáles ilegítimas. Frente a una literatura que ha fomentado el carácter caótico y desorganizado de las Matxinadas, la intervención insurreccional aldeana aparece cohesionada y organizada. Los aldeanos, a son de campana tañida, se fueron congregando a las puertas de las iglesias y ayuntamientos, donde, en presencia de las autoridades municipales, los clanes familiares más importantes e influyentes en la vida comunitaria, clérigos y secretarios del ayuntamiento, fue decidida la partida hacia aquellos centros de poder político de los cuales, pensaban, imanaban los males que padecían o los peligros que, en el futuro, pudiesen padecer. Lo sorprendente en todas estas matxinadas es su carácter disciplinado. En los inicios de la agitación, no obstante, debemos destacar el papel catalizante de las mujeres aldeanas. Un ejemplo de todo lo dicho lo tenemos en la revuelta de 1718. Armados con arcabuces, guadañas, porqueras y palos, los campesinos de los alrededores de la villa de Bilbao, los días 4 y 5 de septiembre, tomaron la plaza "en forma de comunidad" con imágenes que remarcan el carácter organizado y disciplinado de aquellos actos: "formados los vecinos en dos filas en el Arenal", refería un testigo para los de la anteiglesia de Deusto; "formados a modo de milicias", aseguró otro, y también los testimonios constatan que "los fieles presidían sus desfiles por la villa". El cuadro que sigue resume la presencia de comunidades campesinas en Bilbao, dirigidas de forma operativa por sus autoridades locales:

Cuadro V. Comunidades campesinas sublevadas y fieles regidores. Año 1718.
Abando
Alonsótegui
Aracaldo

Arrancudiaga
Baracaldo
Basauri
Begoña
Deusto
"Con sus fieles"
Francisco Hurtado de Saracho
Juan Antonio de Ybarreche
Pedro de Larrea
Sebastián de Arbide
"Con sus fieles"
Agustín de Yrusta
Tomás de Zevericha
Antonio de Tellaeche
Erandio

Galdácano
Lejona

Lezama

Mundaca
Zamudio
Zarátamo
Zollo
D. Antonio de Alzaga
Juan de Ibarra
Juan de Zamacona, escribano.
Martín de Ugarte, escribano.
Martín de Zuazo, fiel.
Domingo de Goiri
Miguel de Zabala
Albis
Juan de Aresti
Juan de Iridin
Andrés de Arbide

Aquellos fieles, que con su incomparecencia se hicieron sospechosos de complicidad con las aduanas, pagaría cara su "desafección". Tal es el caso de Antonio de Alzaga, fiel primero de Erandio, o del escribano Ugarte, fiel de Lejona, cuyos bienes fueron quemados. La explicación que se dio para estos actos violentos explica también las obligaciones y el sentido de la cohesión de esta sociedad tradicional. Al fiel citado de Erandio le acusaron de "haberlos dejado desamparados". Obviamente, durante toda la acción rebelde constatamos una efervescencia imaginativa, un entusiasmo popular, donde, bajo apariencias múltiples, un cúmulo de fenómenos "teatrales" tienen lugar: oradores, predicadores, sediciosos, traidores, ambiciosos. La aparición de libelos y panfletos forma parte del ritual subversivo. Las masas reunidas quedan entusiasmadas. Recorren las calles de las villas ocupadas y seleccionan los blancos de su acción. En octubre de 1632, "una manifestación de más de mil personas" celebra con algarabía, en la plaza de Santiago, la publicación de la suspensión del estanco de la sal, arrancada por la fuerza al cabildo municipal de Bilbao. Posteriormente se dirige a la posada del corregidor para legitimar su acción revolucionaria. Desarbolado el poder y liquidados sus instrumentos de subordinación y dominación, la plebe recorre las calles en la búsqueda de aquellos a quienes considera "traidores": a Francisco de Barrionuevo, veedor del comercio, se le ordena salir de Bilbao en veinticuatro horas. Peor suerte, sin embargo, corrió Aparicio de Uribe, considerado "alcalde ambiciosos y ladrón" por los libelistas en la primavera de 1632: una veintena de hombres, con las caras cubiertas, saquean su casa. Este mismo grupo se dirigirá más tarde a la casa de Domingo de Castañeda, abogado. Será ejecutado. Finalmente recorren la villa "danzando, dando señales de fiesta y tirando algunos tiros de arcabuz". Esta función justiciera de la acción subversiva popular es la más evidente y explícita en el transcurso de las Matxinadas vascas. Dar muerte a los responsables de los males públicos e incendiar sus propiedades constituiría el último grado de justicia popular. En este sentido, la revuelta revelaba toda una suerte de derecho subjetivo de la comunidad que tenía como fin prioritario purificar las relaciones sociales tradicionales agredidas. Los saqueos de casas fueron resultado de un consenso comunitario ordenado. En efecto, las casas de las víctimas serán arrasadas pero sus ejecutores velarán para impedir el pillaje individual, hasta el extremo que Luis de Ibarra, fiel segundo de Erandio, se defendió de la acusación judicial formulada contra su persona por dar la orden de ejecutar a un mozo, llamado Tomás de Bareño, afirmando: "... se decis que dicho moso habia entrado en algunas casas de las que padecieron saqueo e yncendio en esta villa (de Bilbao), y que siendo forastero, no era razon ynfamase a la republica de Herandio, con tan malos prosedimientos, (y que) se inclino a executarlo por ser publico y notorio habia yncurrido en dicho exseso y que tiene oydo comunmente haverse retirado a Herandio por haver muerto en Sopelana a un hombre...". En la acción punitiva popular, por consiguiente, observamos referencias polivalentes. Dar muerte a los enemigos públicos del entramado comunitario nunca se hizo improvisadamente. Las ejecuciones espectaculares, moralizantes se realizaron en aquellos lugares emblemáticos reconocidos por todos los participantes en la algarada: "El lunes 5 de septiembre (de 1718) parecio para Bilbao dia del Juicio Unibersal, para las 8 de la mañana nos vimos por todas partes rodeados de mas de 5.000 hombres con bocas de fuego, lanzas... Hicieron un Decreto como quisieron; lo firmo el Correxidor, se pregono en todas partes publicas. En el declarava todos los complises en la admision de la Aduana que fuesen castigados ellos y sus haziendas, que jamas se admitiesen aduanas, etc... y a eso de las onze que se despedian dos republicas en el Arenal, no faltaron demonios aqui que sugirieron hiban engañados y que todo era fingido y se revelan diziendo les an de entregar a Don Enrique (de Arana, diputado general del Señorio de Vizcaya, huído y refugiado "a divinis") ...Vino y le rodeo la republica de Herandio y despues de haver fiermado, en medio del Arenal, diole uno un golpe que le abrio media caveza; a este le siguieron tantos con espadas, chuzos y lanzas que es orror el dezirlo y quantoa aldeanos pasavan a verle todos le metian las espadas. No dejaron que nadie le tocase el cuerpo en todo aquel dia, ni noche, pena de la vida. No hubo sacerdote que atreviese llegar porque hacian con el lo mismo". El ceremonial macabro referido contrasta con comportamientos solidarios. Los insurgentes graduan sus acciones en los casos que pudiesen dañar a inocentes. En Bilbao, durante las jornadas revolucionarias de 1718, Melchora Laso de la Vega, una viuda negociante, que compartía lonja con el síndico y comerciante Jaureguibeitia, una de las víctimas de aquella asonada, vio respetados todos sus géneros de tienda. Al mercader Diego Allende no le quemaron su casa de Bilbao, porque podía pasar elfuego a la vecindad, "pero sacando de su casa todo lo que tenia en ella se quemo en la calle publica y tambien le "arazaron" (si, por abrasaron) en Alvia una casa de campo mui buena...". Con los aduanistas, ciertamente, los campesinos no tuvieron piedad. La ferocidad de sus acciones pronto se vería institucionalizada mediante decretos municipales. Valga, como ejemplo, el siguiente, correspondiente a la República de Lezama. Lleva por fecha un día crítico: 6 de septiembre de 1718: "...Dijeron aver llegado a su noticia que diferentes personas de este Señorio por combenienzias particulares habian contravenido a las cartas y ordenes de nuestro señor (se refieren al Rey) en las cuales manifestaba su animo Real la observancia de los fueros, franquezas y libertades de este Mui Noble y Mui Leal Señorio de Vizcaya y que atendiendo al servicio de Su Magestad y puntual observancia de dichos fueros en su mayor limpieza, decretaban y decretaron todos de una conformidad que cualesquiera persona asi contraviniendo en lo suso expresado y sabiendo ciertamente quien era, le matasen, y a la tal persona le darian zincuenta escudos de plata de gracia y le sacarian fiel electo y que pena de su vida ningun vecino de esta dicha anteiglesia le recoja en su casa a semejante persona sospechosa...". En todas las revueltas matxinas aparecen, al menos en sus inicios, rasgos lúdicos y festivos. El destronamiento de las jerarquías se ejecutó mediante el recurso "teatral" y dramático a la vez, a símbolos propios de los carnavales. En 1632, los matxinos bilbaínos no encontraron en su casa a Pedro de Uranzadi, "y como no pudieron ejecutar su animo en su persona, la cogieron su cabalgadura y la trajeron por las calles hasta que se cansaron". El carácter burlesco de la acción es más explícito en otro manuscrito, "sacaron por las calles una mula de silla suia por ynjuria". Desde los repiques de campanas hasta el baile del "aurresku", como en Guipúzcoa en 1766 después de aprobarse la tasación de granos; desde las manifestaciones populares de victoria, acompañadas de estandarte, caja y pifanos, como en Bilbao durante las grandes jornadas revolucionarias del estanco de la sal, hasta los asaltos de casas, como la de Don Nicolás de Echevarria en donde los sublevados arrojaron por la ventana 1 .500 escudos y "quemaron poco a poco un retrato del mismo Don Nicolas", la ilusión del fin de la operación se celebra, prodigiosamente, con desbordante alegría. Se trata de una formulación grosera de utopía. Todo este conjanto de actitudes nos lleva finalmente a comentar, de forma conjunta, los objetivos y la mentalidad rebelde que justificaba la acción revolucionaria. Sus protagonistas no dudaron en asumir una especie de misión "cristiana", de actuar de acuerdo con su conciencia y su deber al orden tradicional. Inconscientemente, buscan por medio de la violencia, mantener y perpetuar el pasado modélico.
Conclusión. En líneas generales, se podría afirmar que la acción popular está mediatizada por una concepción del mundo y de las cosas que mira hacia el pasado. De aquí que las matxinadas vascas tengan un carácter netamente conservador. Los matxines, cuando actúan lo hacen para suprimir el desorden que ha introducido una intervención política innovadora. Estancos, aduanas, levas y acaparamientos de comestibles son cuñas concebidas por la masa rebelada como peligros a un "pasado modélico", a una "Edad de Oro", formulados ideal y paranoicamente. Para un lector contemporáneo, este hecho puede resultar absurdo. Entre las barreras que separan a dos mundos diferentes, las culturas industriales buscan su definición en una idea de progreso, de futuro; por el contrario, el mundo tradicional preindustrial lo encontró en la tradición, en el pasado. La revuelta antizamacolista de 1804 comenzó en Begoña. En su basílica, los matxines apelaron a su patrona, prometiendo actuar pacíficamente. Al menos, no hubo víctimas mortales. En 1718, por contra, hubo muchas. Pero se intentó corregir los desafueros populares sobre todos los templos sagrados "...y para que semejantes arroxos no queden sin justo castigo y a otros sirva de ejemplo, acordaron que si se justificase haver sido alguna persona de esta Republica (de Galdácano) complise en tales desordenes sea castigado seberamente a costa de esta Republica". Al discemir los sublevados sus objetivos punitivos, ilustran, también, sus comportamientos mentales. No cabe duda de que en la acción subversiva popular es detectable una noción de legitimidad. Con su actuación, los matxines creían estar defendiendo los derechos tradicionales admitidos consuetudinariamente por la comunidad. La profunda convicción de que los precios deberían ser regulados en épocas de escasez y de que los comerciantes acaparadores se excluían a sí mismos del cosmos social, catalizarán los comportamientos matxinos guipuzcoanos de 1766. En tal sentido, los saqueos, incendios y muertes formarían parte de un ritual necesariamente purificador. La afirmación de un testimonio correspondiente a 1718 es reveladora de lo que decimos: "dizen que no toman dinero ni otra cosa, diziendo que no buscan sino la honra de la Patria". La justificación de la acción subversiva contra las aduanas se vehiculó mentalmente mediante la asunción colectiva de la propia realidad cotidiana, agravada hasta el paroxismo: "... bajaron para que no se les hiciese complices en la plantificacion de las Aduanas y para que se quitasen, diciendo que aun sin ellas no se podia vivir". La legitimidad de la acción popular se apoyó en un cuadro cultural normativo constituido por interpretaciones míticas, justicieras, religiosas y metafísicas de la realidad. Los matxinos, en ningún caso tuvieron conciencia de formar parte de una sedición. Sus acciones violentas fueron concebidas como necesarios instrumentos de autodefensa frente a los atropellos provocados por los gobernantes. Protestan y actúan sin negar ni poner en duda su sumisión a la Corona, los Fueros y la realidad social y económica imperante; protestan, en definitiva, limitándose a exigir que fuesen contemplados y respetados sus derechos comunitarios y consuetudinarios. En efecto, al grito de "Viva el Rey" y "Vivan los Fueros", las manifestaciones matxinas nunca actuaron irracionalmente. Las peticiones, las quejas, los "cuadernos insurreccionales" recriminan las violaciones de las libertades "provinciales" o aldeanas, el agobio impositivo, las acciones de los comisarios y recaudadores de impuestos, las actitudes de comerciantes acaparadores, el mal gobierno, etc. De aquí que la revuelta preindustrial vasca tenga una expresión política carente de matices de transformación social revolucionaria, tal y como es perceptible en la sociedad industrial. Todas las demandas se canalizarán a través de las instancias institucionales apelando al carácter sagrado de la costumbre, de la tradición, el cual consideraba todo impuesto nuevo no consentido por las Juntas Generales y Cabildos locales, como una gabela, como una exacción intolerable. Si repasamos las peticiones populares en todas las matxinadas observaremos, grosso modo, que las quejas se formularon en función de necesidades inmediatas y nunca subvirtiendo el modelo social, político y económico recurrente del "pasado modélico". La realidad cotidiana, sentida y vivida por cada comunidad rural y urbana, será la que sancione, históricamente, cada puntual reivindicación. En 1633, congregados en Junta General más de dos mil marineros y campesinos armados con lanzas, exigirán:

- Que se anulen todos los nombramientos y comisionados hechos en razón del Estanco de la Sal.
- Que se proceda contra los quebrantadores del Fuero.
- Que no se pagasen las bulas en plata sino en vellón.
- Que en Vitoria no se impusieran derechos a las cosas que se llevan de Vizcaya.
- Que no se cierren los puertos ni se impida la navegación a los navíos vizcaínos por ninguna causa.
- Etc.

Dos siglos más tarde, en 1766, los vecinos de la villa marinera de Motrico y de Elgóibar capitularán:

- Que la fanega de trigo valga 26 reales y 15 la de maíz, "todo perpetuamente".
- Que los inquilinos, por falta de recursos, compren la fanega de trigo a 22 reales.
- Que se destruyan las medidas nuevas y se usen las viejas.
- Que la primicia sea administrada por la villa, sin sacarla a remate público.
- Que la castaña sea repartida entre los vecinos.
- Que no se pague diezmo de castaña.
- Que no se pague diezmo de cerdo.
- Que se pague diezmo en función de lo que se sembrase y no de lo que se recogiese.
- Que las cabras pazcan libremente en los términos comunales y de particulares.
- Que ningún clérigo o "expectante" pueda tener más de dos capellanías.
- Que la villa pague salario al médico y no exija sisa por ello a los vecinos. Que en los "auzolanes" de caminos participen todos los vecinos.
- Que se hagan puentes en todos los lugares por donde haya de pasar el santo beático.
- Que en los trabajos de carpintería de ribera pague el amo 8 reales al artesano y 5 reales y 17 maravedís en caso de mantenerle y a los galafates 8 reales y cuartillo de vino ("según costumbre antigua").
- Que a cada foguera se le dé anualmente ocho cargas de leña para la cocina.
- Que de todo lo referido se pida a la primera Junta General su confirmación y que las pesas de las alhóndigas y ferrerías sean iguales".

No cabe la menor duda de que se trata de un manifiesto social, económico y político elaborado para reglar la vida de una comunidad preindustrial. En efecto, se regula el orden tradicional. Se pretende operativizar una moral de muchedumbre. Se busca, en definitiva, frenar y enterrar el tiempo. La "Edad de Oro" queda consagrada para siempre.

José Carlos ENRÍQUEZ FERNÁNDEZ