Sindikatuak

Unión General de Trabajadores

UGT

La Unión General de Trabajadores nace en 1888 en un contexto de reconfiguración del sistema político español marcado por la Revolución Industrial, que genera una fractura entre el capital y el trabajo que da paso a la organización obrera de la mano del Partido Socialista Obrero Español (1879) primero, y de la Unión General de Trabajadores después (1888).

Como es por todos conocido, en Euskadi, la secuela de esta Revolución es un cambio en el modelo productivo, que va a demandar gran cantidad de mano de obra de trabajadores procedentes de todas zonas de España. Como es comprensible, la extrema dureza de las condiciones de trabajo, unida a la difusión de las ideas socialistas, crea un caldo de cultivo que explica una creciente conflictividad laboral que da paso a los primeros intentos de articulación sindical, no solo a nivel estatal, sino también en nuestra tierra.



A finales del siglo XIX, al objeto de responder a los cambios de todo tipo que provoca la Revolución Industrial, los obreros inician un paulatino tránsito que, partiendo de fórmulas de cooperación y asistencia colectiva irá avanzando hacia modelos más organizados y reivindicativos de articulación laboral. Sin embargo, el limitado contexto de apertura que permite una embrionaria vertebración del movimiento obrero con la I república, da paso, con la Restauración, a una vuelta a las políticas restrictivas que se concreta en la ilegalización de esas organizaciones.

Esta represión, sin embargo, indirectamente ayuda a la definición del movimiento obrero, en la medida en que provoca la definitiva disociación entre éste y la pequeña burguesía democrática, lo que da fuerza al sector bacunista de los trabajadores, que paulatinamente comienzan a radicalizar sus posiciones. Así, la importancia del movimiento bacunista obliga a una alianza entre reformistas y marxistas basada en un pacto tendente a defender las bases sindicales conquistadas -especialmente en Cataluña en torno al Centro Obrero y las tres Clases de Vapor- y a la conformación de alternativas complementarias, partidaria y sindical.

En cualquier caso, la entente entre reformistas y marxistas se debilita pronto, finalizando en una ruptura que cristaliza en la apuesta de los sectores marxistas por conformar un sindicalismo basado en la lucha de clases y en el rechazo de la esencia armónica del sistema. En este sentido, podemos entender el nacimiento de Unión General de Trabajadores no solo como un intento de contraponerse a los planteamientos anarquistas en lo sindical, sino como una clara apuesta de ciertos sectores obreros por decantarse por un reformismo cuyo orizonte es el socialismo.

En este contexto de efervescencia obrera, dos años después del nacimiento de UGT, se celebran por primera vez manifestaciones obreras del 1º de Mayo, inaugurando un ciclo de conflictividad que permite una mínima consolidación de la estructura organizativa bicéfala (PSOE - UGT) que eclosiona en la década anterior (Castillo, 2008: 40). No obstante, el balance del periodo que va de 1890 a 1900 está marcado por la precariedad de los logros debido a las constricciones de un marco político nada propicio para su consolidación.

La década de los 90 también es la década en la que en Euskadi irrumpe el movimiento obrero. Efectivamente, en mayo de 1890 Bizkaia conoce la primera gran movilización que inaugura lo que Unamuno definiera como "el periodo de las grandes huelgas". Así, entre 1890 y 1910 esta provincia asiste a 5 huelgas generales de gran dimensión, lo que convierte a Bizkaia en uno de los polos de movilización obrera más importantes de España. Como decimos, en 1890 se celebra el 1º de Mayo también en Euskadi. Esa jornada son 20.000 los obreros que se movilizan por primera vez en la historia de este país. Pocos días después, 5 de los representantes del Comité Socialista de la Arboleda son despedidos. Este hecho desencadena una ola de movilización y solidaridad que se concreta en la paralización total de la zona minera el 13 de mayo. Al día siguiente, la autoridad militar asume el mando de la provincia y declara el estado de sitio.El día 15 los obreros presentan una tabla de reivindicaciones (jornada laboral de 10 horas, eliminación del trabajo a destajo, supresión de los barracones y readmisión de los despedidos). A pesar de la negativa de los patronos a negociar, finalmente, un General del ejercito inicia una estrategia de mediación que decanta el final de la huelga con una clara victoria de los y las trabajadoras vizcaínas.

Paradójicamente, de acuerdo con Miralles (1990: 33) el éxito de esta convocatoria no ayuda a la consolidación del sindicalismo vasco a corto plazo, al extenderse entre los trabajadores la confianza en fórmulas espontáneas y masivas de auto-organización obrera en las que la presión violenta jugaba un papel destacado. Se debe esperar, pues, a comienzos de siglo para vislumbrar la fortaleza que el sindicalismo ugetista pasará a tener a posteriori. Así, la UGT de Bizkaia sólo contaba con 511 afiliados en 1893, lo que explica que hasta 1902 no hubiera representación de esta provincia en los congresos del sindicato. En 1900 UGT cuenta con 1.253 afiliados, ascendiendo a 3.212 en 1915. En resumen, en Bizkaia, la victoria de la huelga de 1890, así como el ciclo de movilización obrera de las dos décadas posteriores (que se salda con victorias para los obreros en las huelgas de 1903 y 1910 y con derrotas en las de 1892 y 1906) abre un primer periodo en el que el sindicato comienza a consolidarse y trata de ostentar la representación de los trabajadores ante las autoridades como consecuencia de la cerrazón patronal (Urquijo, 2004: 200).

En el caso de Gipuzkoa, el desarrollo del sindicalismo (también el ugetista) es más tardío como consecuencia del modelo económico más diversificado y desconcentrado propio de este territorio (Luengo, 1990). Así, se produce una modernización no traumática, sin grandes cambios en la estructura social, con un proletariado autóctono, que limita en gran medida los conflictos sociales. Por ello, debe esperarse a la II República para encontrar una cierta proyección social del sindicalismo en este territorio.

En Navarra, por su parte, los fracasos previos en la creación de organizaciones de resistancia cristalizan en 1900 con el nacimiento de la Sociedad de Obreros y Carpinteros. A esta primera sociedad le siguen otras 11 en los dos años posteriores, las cuales se fusionan creando en 1902 la Federación Local de Sociedades Obreras, que si bien no se declaran explícitamente socialistas, cuenta con la presencia de cuadros que forman parte de la estructura del PSOE. En 1904 se crea el primer Centro Obrero de caracter ugetista en Tafalla. Para ese periodo, existen 11 sociedades obreras con 316 afiliados; en 1916 se contabilizan 8 secciones y 368 afiliados (Virto, 1989: 2).

Ya entrado el siglo XX, el periodo bélico permite un súbito desarrollo que sin embargo, pronto da paso a una situación de crisis económica, de desconcierto político y de agitación social, que se explicita en la huelga de 1917. Concretamente, esta movilización es secundada por 100.000 trabajadores en Bizkaia, afecta a todos los sectores y deja un saldo de 14 muertos, numerosos heridos, cientos de detenidos y 700 trabajadores despedidos de Altos Hornos.Un fracaso, en definitiva, que se entiende por el carácter prematuro del movimiento, por el papel destacado del ejercito, que se enfrenta a los huelguistas, por la falta de coordinación entre la UGT y la CNT y por la ausencia del campesinado (Urquijo, 2004). No obstante, esta gran huelga inaugura un ciclo de movilización sin precendentes que permite la consolidación del sindicalismo, que ya para 1920 suma 21.481 afiliados en Bizkaia, 4.053 en Gipuzkoa, 325 en Álava (Urquijo, 2004: 200) y 1.224 en Navarra (datos para 1921, en Virto 1989: 2).

Pérez Rui y otros autores (1986) han analizado la movilización obrera en Bizkaia entre 1918 y 1923, diferenciando dos fases. La primera, entre 1818 y 1920 se caracteriza por un amplio número de huelgas de carácter fundamentalmente económico (centradas en el aumento salarial, la reducción de la jornada...). Es una fase en la que las movilizaciones son locales, centradas en el lugar de trabajo. Con bajos niveles de violencia, estos conflictos acaban encontrando un cauce de resolución negociado que se concreta en claras mejoras de la calidad de vida de los trabajadores. En contraste, el periodo que va de 1920 a 1923 se caracteriza por un menor número de huelgas, pero que adquieren tintes más violentos y radicales. A diferencia de los años previos se observan algunas convocatorias de carácter general, así como la aparición de nuevos repertorios contenciosos (boicot, huelga de brazos caídos, huelga salvaje...). También en estos años se observa un claro bloqueo en las dinámicas de negociación, marcado por una ofensiva de los empresarios para reducir los niveles salariales alcanzados en los años previos. Finalmente, esta fase viene caracterizada por cierta desorganización obrera, así como por la crisis del sindicalismo que provoca la salida de la escisión comunista de UGT. Es comprensible, en consecuencia, que en estas fechas descienda el nivel de sindicación. En definitiva, en Bizkaia asistimos a 214 huelgas entre 1818 y 1920 y a 44 entre 1920 y 1923 (Pérez, 1986: 33). En Gipuzkoa, por su parte, solo contamos con 29 huelgas entre 1904 y 1916, que suben a 81 entre 1917 y 1923 (Luengo, 1991: 166).

Sobre estas bases de creciente conflictividad y articulación sindical, el socialismo y el sindicalismo ugetista crecen exponencialmente en el periodo de la II República. En este contexto, Bizkaia es una de las protagonistas destacadas del movimiento revolucionario de octubre de 1934, que se concreta en una huelga de una semana que se extiende rápidamente por los nucleos obreros industriales. Esta huelga también se difunde en Gipuzkoa, provincia en la que asume tintes más radicales, especialmente en Mondragón y Eibar, donde los huelguistas llegan a tomar el control de los ayuntamientos, aunque fugazmente. No obstante, el movimiento fracasa como consecuencia de la falta de una dirección organizada, de un programa claro y de la rápida respuesta de las fuerzas gubernamentales con un saldo de 41 muertos, la detención de 1.600 obreros y la clausura de las sedes socialistas, pero también de ELA (así como dos Batzokis).

En el caso de Navarra, el periodo republicano también posibilita la consolidación de un potente movimiento sindical ugetista, que se concreta en la puesta en marcha de hasta 26 secciones locales para comienzos de los años 30. Ante la falta de un programa para el campo, la UGT celebra en Pamplona en 1931 su I Congreso Agrario, tras el que se exige la devolución de los bienes comunales. Poco después, la reforma agraria que se impulsa con la República permite, como es lógico, una cierta capitalización del trabajo previo, lo que posibilita que el número de secciones de UGT ascienda a 46 en mayo de 1932, aunque la salida de los socialistas del gobierno y la falta de aplicación de la reforma generan cierta frustración que frena la expansión del sindicato.

En definitiva, de acuerdo con Redero (1992: 101) en fechas cercanas a la Guerra Civil, se puede concluir que UGT está fuertemente implantada en Euskal Herria sur, especialmente en la provincia de Bizkaia, con casi 20.000 afiliados en 1931 (cifra solo superada en Madrid, Valencia Badajoz y Jaen), 30.000 en 1934 y nuevamente unos 20.000 en 1936. Nivel de afiliación ugetista muy alto para una población activa asalariada de 150.000 trabajadores. Por su parte, en Gipuzkoa UGT cuenta con 7.694 afiliados, en Navarra 3.884 (aunque Virto los cifra en más de 7000) y en Álava sólo 587.

En sus orígenes, UGT pivota sobre una estructura interna bastante poco uniforme, escasamente racional y no muy operativa, de acuerdo con Redero (1992, 68). Efectivamente, la organización ugetista se articula en torno a una sociedades de oficios que se adhieren directamente a la dirección. Se trata de un modelo disperso que imposibilita la relación transversal entre los miembros de las diverentes secciones, de forma que la única unión del sindicato se establece por medio de las publicaciones elaboradas por los órganos de máxima responsabilidad.

Para tratar de superar las limitaciones de este modelo (que respondía a un sistema de producción económica preindustrial basado en unidades limitadas de producción), durante la II República UGT acomete una reforma interna de sus estructuras que se concreta (especialmente a partir de su XVI Congreso de 1932) en la búsqueda de una mayor centralización, basada en la vertebración interna por medio de federaciones nacionales de industria, que engloban y aglutinan a varios oficios. La federeación, así, se convertía en el nexo que unía a individuos y secciones de una misma industria, posibilitando una comunión de intereses y solidaridad entre distintos sectores del proletariado. Como resume Redero (1992: 69-70) se consideraba que este modelo respondía de forma más eficaz a las estrategias cada vez más complejas y potentes de desarrollo del capitalismo. Igualmente, trascendiendo la dimensión local del modelo de oficios, la nueva formulación buscaba superar la improvisación a través de una mayor coordinación y coherencia interna.

De igual forma, encontramos en el periodo de la II República ya definidos los contornos ideológicos del sindicato. Así, de su Declaración de Principios Fundamentales se desprende una clara orientación marxista que orienta una estrategia revolucionaria a largo plazo. En buena lógica con su orientación ideológica marxista, UGT se define como un sindicato de clase que trata de potenciar la solidaridad entre los trabajadores. A pesar de todo, y en paralelo, la práctica sindical de UGT, de acuerdo con Redero (1992), asume un perfil reformista que se concreta en la lucha por la consecución de mejoras puntuales como forma de ir avanzando hacia sus objetivos estratégicos. Por ello, otro de los rasgos del sindicalismo que se definen ya en este periodo, y que tienen continuidad tras la transición, es su caracterización como sindicato de intervención -colaborando con la patronal y el gobierno al objeto de llegar a acuerdos laborales-.

Tras el alzamiento fascista, UGT se vuelca en la resistencia contra los sublevados. Concretamente, son 10 los batallones de gudaris ugetistas y socialistas que participan en la defensa de las instituciones republicanas y vascas (Urquijo, 2004).

Sin embargo, a la derrota de las fuerzas democráticas le sigue la durísima represión franquista, que hace languidecer al potente movimiento obrero, obligando a su dirección a continuar su limitada actividad en el exilio. Ambas cuestiones explican la limitada presencia de UGT a lo largo de la dictadura franquista, así como su papel secundario en la reorganización del movimiento obrero que acontece en la década de los 60 y que permite la eclosión de unas CCOO que en la transición se vislumbran como la central sindical más potente, también en tierras vascas (Ysas, 2008; Garmendia, 1996) .

En cualquiera de los casos, la fortaleza del movimiento obrero en Euskadi, así como el alto nivel de movilización que despunta en la década de los 60, refleja una relevancia de la central ugetista en nuestra tierra que contrasta con su debilidad a nivel estatal. Un elemento indicativo de esta fortaleza es el papel que el sindicalista vasco Nicolas Redondo pasa a jugar en esta central a partir del XI Congreso de 1971. En cualquiera de los casos, y a pesar de ello, las variables recién citadas tienen sus efectos también en Euskadi, de forma que aunque tanto UGT como ELA mantienen durante la dictadura y la transición una digna actividad, la movilización obrera se articula fundamentalmente en torno a asambleas unitarias y espontáneas de trabajadores que prefiguran lo que en poco tiempo se convertirá en el sindicato más fuertemente implantado durante la transición en Euskadi sur: Comisiones Obreras.

Uno de los elementos explicativos de esta pérdida de influencia de UGT se encuentra en la decisión que esta central asume de no participar e incluso boicotear las elecciones sindicales patrocinadas por el Régimen, oponiéndose al planteamiento de las Comisiones Obreras, que practican el "entrismo" con el objetivo de desgastar al Régimen y obtener una representación cuasi-legal que acompañan del activismo clandestino. Al contrario, desde la perspectiva de UGT, la participación en las estructuras sindicales del franquismo y la utilización de la negociación colectiva en el marco del sindicalismo vertical legitimaba los instrumentos utilizados por la patronal en contra de los intereses obreros, amén de segmentar las reivindicaciones laborales, ajustándolas a marcos de empresa, dejando de lado el caracter unitario de las luchas. En última instancia, como resume Redero, para UGT, "el entrismo no sería más que un inaceptable colaboracionismo con estructuras antidemocráticas y represivas" (Redero, 1992: 138).

Junto a este elemento, frente al sindicalismo de CCOO que nace de arriba a abajo, y que, en consecuencia, se haya fuertemente imbricado en la realidad de los trabajadores, la citada reclusión de la dirección de la UGT en el limita su margen de maniobra. Razón por la cual, desde 1971 se apuesta por reforzar la estructura del interior, a pesar de las reticencias iniciales de los sindicalistas vascos, que por su experiencia conocían las consecuencias nefastas de la represión franquista.

Durante la larga noche franquista, y a pesar de las dificultades organizativas y represivas, UGT, junto con otras formaciones como el PNV, trata de mantener la presión sindical. Así, en 1947 esta central llama a la huelga en Euskadi, de la mano de la Junta de Resistencia. Efectivamente, el 1º de mayo de 1947 unos 20.000 trabajadores de 400 empresas secundan esta convocatorio que se salda con un éxito rotundo. Sin embargo, las consecuencias represivas son brutales, concretadas en el despido de cientos de trabajadores, muchos de los cuales nunca más volverán a sus puestos.

Durante la transición, esta central, a pesar de mantener en el discurso las posiciones previas en las que se apostaba por la ruptura, finalmente asume el modelo de reforma (Redero, 2008) que se certifica con la aprobación de una Constitución que es entusiastamente apoyada por la UGT (al igual que el Estatuto de Autonomía). Esta estrategia posibilista se acompaña en lo sindical de una apuesta pactista que tenía como objetivo modificar unas relaciones de fuerza que situaban a este sindicato como segunda fuerza, por detrás de las CCOO. Así, UGT firma los Pactos de la Moncloa, lo que supone el abandono definitivo de los planteamientos radicales previos, y se aceptaban políticas de ajuste a cambio de compromisos para la puesta en marcha de medidas propias de un Estado de Bienestar. En esta línea, una efimera unidad de acción entre UGT y CCOO que surge a finales de los 70, se rompe pronto como consecuencia de la firma por parte de la UGT del Acuerdo Básico Interconfederal, lo que inaugura una nueva estrategia de acuerdos bilaterales y trilaterales entre UGT, CEOE y el gobierno que buscan limitar la centralidad de CCOO. Las elecciones sindicales de 1980 y 1982, finalmente, refrendan esta estrategia, lo que se acompaña de un incremento de su afiliación. Sin embargo, la estrategia pactista de UGT es fuertemente contestada en el País Vasco, como refleja la huelga general convocada para diciembre de 1979 por CCOO, ELA y LAB, y que movilizó a medio millón de trabajadores, paralizando totalmente la actividad económica (UGT, 2003)..

Ni qué decir tiene que el ascenso socialista en 1982 al gobierno de España tiene efectos claramente legitimadores para la UGT. En cualquiera de los casos, las políticas de austeridad del gobierno socialista dan paso a un malestar que finalmente se concreta en el claro divorcio entre esta central y el partido hermano que se visualiza en la huelga de diciembre de 1988 (UGT, 2003, Redero, 2008). Esta huelga, que paraliza la actividad económica en Euskadi Sur, precede al divorcio entre la central sindical ugetista y el PSE, que poco después asume responsabilidades en el Gobierno Vasco. A juicio de la UGT de Euskadi, la estrategia del PSE legitima de las posiciones de ELA al romper el marco central de negociación colectiva (UGT, 2003).

En 1976, UGT celebra su XXX Congreso, en el que se delimitan las líneas generales de su acción sindical. Así, esta central se define como sinficato de clase; revolucionario, apostando por una transformación profunda de la sociedad capitalista: autónomo respecto al Estado, la patronal y los partidos; democrático en cuanto a su funcionamiento interno; unitario e internacionalista. En lo territorial, apuesta por el autogobieno de las nacionalidades históricas. En esta cita están representadas 28 federaciones y secciones locales españolas, además de 12 federaciones de industria. Se estima que en ese momento UGT contaría con casi 7000 afiliados, de los que el 21,23% serían vascos (Redero, 1992: 186-187).

El congreso constituyente de UGT de Euskadi, celebrado en Leioa el 30 de junio de 1978, sirve para definir la posición doctrinal de este sindicato. Así, desde UGT se considera "trabajador vasco a todos los que venden su fuerza de trabajo en Euskadi", razón por la que esta central se compromete a luchar contra cualquier intento de división o discriminación de los trabajadores por motivos racistas o xenófovos. Desde UGT se considera a Euskadi una "nacionalidad diferenciada que en función de su actual organización política autonómica, consitituye el marco específico de desarrollo de la lucha de clases y del sindicalismo". Más concretamente, se apunta que "Euskadi es una nacionalidad integrada en el Estado Español, lo que exige la coordinación e integración de nuestra lucha en el mercado global del sindicalismo estatal". En consecuencia "UGT de Euskadi constituye la organización autónoma de Euskadi de la UGT, proclamando con la misma intensidad su autonomía para desarrollar el sindicalismo en Euskadi, como su solidaridad con la clase obrera de todo el Estado" (UGT, 2003: 17).

En la actualidad, el órgano máximo de decisión de la UGT de Euskadi es el Congreso, que se reúne cada cuatro años teniendo como funciones la aprobación o rechazo a la gestión de los diferentes organismos la UGT; la aceptación o no de la línea a seguir en los próximos años; y la elección de los miembros de la Comisión Ejecutiva y de la Comisión de Control. El Comité Nacional es el máximo órgano de decisión entre Congresos y está formado por 75 delegados y delegadas procedentes de Uniones Comarcales y Federaciones de Euskadi, más los miembros de la Comisión Ejecutiva. La Comisión ejecutiva es el órgano de dirección permanente de la UGT en Euskadi. Se elige por voto mayoritario en el Congreso. Actualmente la conforman 9 personas que representan al sindicato y dedican su labor en las distintas Secretarías: Secretaría General, de organización, tesorería, de Acción Sindical, de Igualdad, de Formación y Secretarías Ejecutivas. Finalmente, el Consejo Nacional es el órgano asesor y consultivo para la toma de decisiones de la Comisión Ejecutiva y está formado por Secretarios Generales de Federaciones y Uniones de Euskadi, reuniéndose cuatro veces al año. Actualmente UGT Euskadi cuenta con 8 federaciones, las mismas en las que se organiza UGT - Navarra.

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