Concepto

Solsticio

Se conoce como solsticio cada uno de los dos puntos de la eclíptica en los que la distancia angular del Sol al ecuador celeste es máxima. A lo largo del año la posición del Sol vista desde la Tierra se mueve hacia el Norte y el Sur. Los solsticios son aquellos momentos del año en los que el Sol alcanza su máxima posición meridional o boreal; su máxima declinación norte (+23º 27') y su máxima declinación sur (-23º 27') con respecto al ecuador celeste. Su existencia está provocada por la inclinación axial del eje de la Tierra. En el solsticio de verano del hemisferio norte el Sol alcanza el cenit al mediodía sobre el Trópico de Cáncer y en el solsticio de invierno alcanza el cenit al mediodía sobre el Trópico de Capricornio. La primera sucede entre el 21 y el 22 de junio y la segunda entre el 21 y el 23 de diciembre. Las fechas del solsticio de invierno y del solsticio de verano están cambiadas para ambos hemisferios. Cuando el Sol está en el solsticio de invierno su posición en el firmamento es la más baja de todo el año y la longitud del día la más corta, mientras que en el solsticio de verano es la más elevada y la más larga duración del día. En el solsticio el sol apenas modifica su posición sobre el horizonte. Parece detenerse. Fruto de esta observación espontánea es la denominación latina de Sol Sistere (el sol detenido) de donde proviene solstitium, solsticio.

En la mayoría de las culturas antiguas se celebraban festivales conmemorativos de los solsticios. En Europa desde tiempos prerromanos se realizan diversas celebraciones rituales en torno al fuego, al agua y la vegetación. En tanto las de invierno se desarrollan en el entorno recogido de la casa, las de verano se hacen en el exterior. El cristianismo instituyó en estas fechas dos festividades cardinales: la Navidad (solsticio de invierno) y San Juan Bautista (solsticio de verano).

En el solsticio de diciembre (invierno en el hemisferio norte), se celebraba el regreso del Sol, en especial en las culturas romana y celta: a partir de esta fecha, los días empezaban a alargarse, y esto se asociaba a un triunfo del Sol sobre las tinieblas, que se celebraba encendiendo fuegos. Para contrarrestar su componente pagano, la Iglesia Católica decidió situar en una fecha cercana, el 25 de diciembre, la Natividad de Jesucristo, dándole el mismo carácter simbólico de renacer de la esperanza y la luz en el mundo. Los evangelios nada dicen acerca de la fecha del nacimiento de Jesucristo. Todavía en pleno siglo III los teólogos discutían las diversas fechas posibles y era preferida, y predominante en celebraciones, la del día 6 de enero. La práctica asimilatoria de los rituales paganos por la Iglesia se manifiesta de manera notable cuando a mediados del siglo IV se decide que el nacimiento de Jesús tuvo lugar en la fecha del 25 de diciembre. Una determinación de la Iglesia occidental (en la época no había una autoridad única para la cristiandad) viniendo a coincidir con la fiesta romana de la Natividad del Sol Invicto. El propio San Agustín se ocupó de fomentar la sustitución y exhortaba a los cristianos a venerar al Creador del Sol.

La cultura popular ha conservado creencias que hoy chocan con los conocimientos específicos que se posee de los hechos naturales que la motivan. Para la tradición oral vigente europea la noche más larga del año es la del 13 de diciembre, festividad de Santa Lucía. Los refranes alusivos son numerosos en todos los idiomas. En euskara, por ejemplo, todavía se escucha:. Santa Luzia eguna argi deneko iluna; Santa Luzitan gaurik luzeena; etc. ¿Cómo pudo la sabiduría popular alejarse tanto de un fenómeno natural de fácil observación como el solsticio? Ni una ni otro tienen la culpa. La causa está en la errónea medida del tiempo aplicada durante muchos años. Es un problema de calendarios.

Julio César determinó que el año solar tenía una duración de 365,25 días, para ajustar el calendario a un número entero de días agregó un día cada cuatro años (al que llamaron bi-sexto, de ahí bisiesto). Pero el calendario juliano, que así se denomina, partía de un ligero error de cálculo ya que el año tiene 365,24232 días, unos once minutos menos que lo estimado por Julio César. Esta desviación, pequeña en apariencia, era ya de once días a finales del siglo XVI. La alarma levantada en la Iglesia por el peligroso corrimiento de la fecha de Pascua (determinada por la primera luna llena tras el equinoccio de primavera) hizo que el Papa Gregorio corrigiera el error. Estableció para ello un nuevo cómputo que suprime un año bisiesto cada cuatro siglos (así elimina las ocho milésimas de año sobrantes). Es el actual y vigente calendario gregoriano. Y para rectificar el desfase acumulado de once días suprimió los comprendidos entre el cuatro y el catorce de octubre de 1582. Una medida que no fue seguida por la Iglesia ortodoxa. La distancia entre la festividad de Santa Lucía y el verdadero solsticio nos permite acotar el tiempo en que, en efecto, el 13 de diciembre fue para los cristianos el día más corto del año durante los siglos XI y XII. Los refranes que nos dejaron tienen por tanto la venerable antigüedad de casi mil años.

El Sol fue el primer dios universal. En el devenir del tiempo continuo el solsticio del dios Sol es un punto crucial, un apoyo para el primitivo armazón cosmogónico. Para las culturas antiguas es una hierofanía, una manifestación de lo sagrado que se vincula con el concepto teológico de la muerte y la resurrección. En su origen late el temor atávico a la muerte del Sol. Un dios que muere y resucita. El tiempo se renueva (de ahí eguberriak, los días nuevos). La debilidad manifiesta y preocupante del dios sol parece reclamar la ayuda del hombre que la proporciona mediante el ritual del fuego. Tras el solsticio, con precisión astronómica desconocida para nuestros antepasados, el sol remonta en su trayectoria celeste y el júbilo se desata por la buena nueva que vivifica de nuevo la Naturaleza y anuncia la fecunda y ansiada primavera. Algo de extraordinaria importancia para los agricultores neolíticos. Aunque todavía queda todo el invierno por delante, el sol ha renacido y es motivo de fiesta.

El fuego se configura como un elemento esencial para fortalecer al extenuado astro-dios. La cultura tradicional europea ha conservado con amplia generalidad el rito del solsticial tronco ardiente en el hogar. Desde el nórdico Yule Log al pirenaico tronco de Navidad que entre los vascos se conoce como subilero, sukilero, olentzero-enbor. Los rigores del invierno obligaban a suspender en buena parte la actividad humana. Hasta la guerra se interrumpía. La inactividad unida a la falta de luz imponía un mayor recogimiento en el hogar. El entorno era indicado para la celebración de rituales en torno al sol y al fuego sagrado en los que se manifiesta la fuerza del hogar, de la Casa. Ésta es en la cultura vasca una institución permanente. Las personas, los animales y las plantas nacen y mueren, pero la Casa subsiste. Se cree que de algún modo, los difuntos permanecen en ella, adquieren cierto protagonismo y garantizan la continuidad. En el estado de recogimiento del solsticio invernal el mundo real entra en contacto con el sobrenatural a través de la comunión con los antepasados y los pactos protectores con la divinidad y los espíritus de la Naturaleza. En la antigua Europa, fue época de singulares fiestas que incluían ceremonias del fuego con troncos encendidos, velas o candelas; recolección y uso plantas mágicas -el muérdago- y obsequios y presentes como consecuencia de las relaciones de buena vecindad y visitas recíprocas en forma de postulaciones o cuestaciones.

Ciertas características de las fiestas solsticiales son universales, como el abuso en la ingestión de alimentos y bebidas y los rituales del fuego en el hogar. Otras han quedado diseminadas, como la recogida de hierbas mágicas extendida en los países nórdicos y no en otras culturas meridionales, quizá porque la recogida del muérdago fue temprana y expresamente prohibida por la Iglesia. Entre todas, sobrevivió hasta época reciente una muy general costumbre que los vascos compartían con los pueblos pirenaicos y buena parte de los europeos de montaña: el Tronco de Navidad. Desde el pirineo vasco hasta el oriental generaciones de montañeses oficiaron el ritual de sukilero, la tronca, el tió, la toza, el tronc, la choca, la rabasa,...

Con ayuda de caballerías se arrastraba un pesado tronco hasta la gran cocina baja. Debía permanecer encendido desde la Nochebuena hasta la Nochevieja o el día de Reyes. Por la noche, se cubría con ceniza para prolongar la combustión y sobre él se colocaban en cruz los hierros del fogón. Creían en Amorebieta que si se dejaba apagar en el año entrante moriría un familiar. Un pedazo debía conservarse para aprovechar las propiedades purificadoras de sus cenizas para con los recién nacidos y los animales. A éstos se les hacía pasar sobre ellas el día de San Antón. En Aezkoa y Baja Navarra se utilizaban para curar el endurecimiento de las ubres de la vaca. Las cenizas de la noche de Navidad se esparcen en forma de cruz en los campos el día de San Esteban (Ibarruri).

La evolución de la arquitectura del caserío y la desaparición de la cocina baja alteró la costumbre. El gran tronco dio paso a otros más manejables que se dedicaban a cada miembro de la familia. En otras culturas europeas destaca un ritual similar que recibía el nombre de Yule Log. Hay quien sostiene que la costumbre de decorar con velas encendidas un árbol de hoja perenne fue una metamorfosis del ritual del Yule Log que ha derivado en la moda actual del árbol de Navidad.

La denominación más usual del Tronco de Navidad en euskara era la de subilero, sukilero o baztarreko, pero en algunos pueblos de los valles prepirenaicos de Navarra se conocía como olentzero-enborra, igual que en Oiartzun, así como Onantzaro mokorra en Larraun. Esta denominación muestra la estrecha relación del sukilero con Olentzero. Sin embargo el ámbito geográfico de la tradición del tronco de Navidad es mucho más amplio que la del personaje o personificación de Olentzero. El tronco debía arder en el hogar al menos durante doce horas e incluso, según tradiciones, durante varios días. Otras características de las fiestas solsticiales son también universales como la abundancia, hasta el exceso, en la ingestión de alimentos y bebidas. En general los rituales precristianos y paganos han marcado el desarrollo de la Navidad cristiana. Téngase en cuenta que aunque para los reinos cristianos de la península ibérica el Concilio de Toledo supuso una fuerte limitación de aquéllos, los pueblos germanos y galos los mantuvieron casi incólumes hasta bien entrada la Edad Media.

Existen diversas denominaciones en euskara para estas fechas. Eguberri, Gabonak, Olentzero - y sus variantes Olentzaro, Onontzaro - Subilaro o Sukilero. En Larraun y en muchas villas vizcainas en la mañana de Navidad se hacía hilo en recuerdo de María Santísima y para defenderse de las lamias. Por Navidad se debe barrer bien la cocina, y si después de Misa aparecen granos de cereal, el año será de cosecha abundante. En Nochebuena las familias de Larraun, Baztán, Barkus, y Garazi cuando acuden a la misa la Nochebuena tienen costumbre de vestir alguna prensa nueva con el fin de arrancar un ojo al diablo.

De Olentzero, como personaje, hay noticia antigua en las poblaciones del noroeste de Navarra, tanto en torno al Bidasoa como en Lesaka y Goizueta y en los valles occidentales de Larraun o Arakil. En Gipuzkoa se conoció en su parte oriental desde Irún hasta Zarautz, incluyendo el Beterri. El núcleo original de esta caricaturesca figura parece coincidir con la demarcación de la diócesis de Baiona vigente hasta 1566, lo cual alienta una hipótesis poco explorada sobre su génesis. Consta que tras la misa de Gallo, salían los niños cantando los versos de Olentzero en Sara, Ustaritz, Kanbo, Ezpeleta, Ainhoa, Saint Pée, Hondarribia, Irun, Lezo, Oiartzun, Rentería, Pasaia , Lesaka, Etxalar, Bera, Igantzi, Santesteban , Bertiz, Zubieta y Goizueta.

Los nombres de Olentzero

A pesar de su reducido ámbito geográfico original, la voz que designa al personaje-tiempo varía significativamente. Junto al divulgado nombre de Olentzero, fueron populares las denominaciones de Olentzaro (Orexa, Lesaka, Arakil) y localmente otras como Onentzero, Onentzaro (Andoain), Onontzaro, Orentzero, Orentzaro (Zarautz), Orantzaro (Berastegi, Larraun), Orentzago, Olentzero-enbor y Onontzaro-mokor.

En la actualidad el nombre de Olentzero se vincula al orondo personaje folclórico que recorre las calles vascas en los atardeceres prenavideños. Pero en la tradición oral y escrita, Olentzero hacía referencia a la nochebuena, tal como sostiene el refranero popular: Onenzaroz leioan, pazkoetan sua - por Navidad en la ventana, por Pascuas (haciendo) fuego-; Olentzero gauerdiko hegoaizea berrogei eguneko haizea - si sopla viento sur en la nochebuena habrá cuarenta días de viento -; Olentzeroz Jainko Aundi, iñauteriz jainko txiki. Y en coplas muy populares como la que comienza O, o, o, bihar Olentzero, i, i, i, etzi Eguberri -mañana Olentzero, pasado mañana Navidad-.

Acerca de la etimología de Olentzero se ha escrito mucho sin que, hasta la fecha, los expertos hayan llegado a un acuerdo. Se reconoce que se trata de un vocablo compuesto de dos partes, OLEN + (z)ARO, y hay consenso en interpretar la segunda, bien bajo la forma -Aro o bien como -Zaro. Ambas se asocian al concepto tiempo. Pero mientras ZARO hace referencia a un tiempo neutro como, por ejemplo, una época de la vida (haurtzaroa), ARO es la sazón o el tiempo oportuno para algo, tal como ocurre con azaroa o garagarzaro. Olentzero es, por tanto, la época o el tiempo propicio para algo. No hay consenso en cuanto a la explicación de la raíz OLEN. Hubo quien halló en OLEN una insinuante mudanza de NOEL. Incluso se ha defendido su parentesco con la voz árabe Al Hansaro. Pero las hipótesis más sólidas son otras.

Lope Martínez de Isasti escribía en el siglo XVI: "a la noche de Navidad (llamamos) Onenzaro, la sazón de los buenos, otros llaman Gabon, noche buena". Larramendi y Azkue siguen a Isasti y sostienen lo mismo. Según esta hipótesis de Onentzaro habrían derivado, por permutación fonética, los Onontzaro, Olentzaro y Olentzero. Olentzero es así la época o el tiempo de lo bueno.

La explicación que se basa en las antífonas de la O y que estudió Caro Baroja, tiene origen medieval. La antífona es una forma musical y litúrgica cristiana que consiste en un verso con melodía propia que se canta antes y después de un versículo, un himno o un salmo. Las denominadas antífonas mayores o de la O son siete y se cantan con el Magnificat del Oficio de Vísperas desde el día 17 hasta el día 23 de diciembre. Se llaman así porque las siete comienzan en latín con la exclamación "O", en castellano ¡Oh! De ellas procede también la advocación mariana de la Virgen de la O. Son un llamamiento al Mesías recordando las ansias con que era esperado por todos los pueblos antes de su venida, y, también son, una manifestación del sentimiento con que todos los años, de nuevo, le espera la Iglesia en los días que preceden a la gran solemnidad del Nacimiento del Salvador. Fueron compuestas hacia los siglos VII-VIII. En Francia se conocen como Oleries. Por extensión, y unida a las postulaciones propias de ese tiempo, se denomina olez-olez a las canciones de ronda y de cuestación y, en Bizkaia, a la misma acción de postular - Oles-oles ibili-. Según lo dicho, Olentzero es la época de las oleries o de las olez-olez. José María Satrústegui aportó una canción de cuestación recogida en Urdiain que incluye esta locución:

Zapata txuriyek paperez
Iauriya dekala, baterez
Nagusi jaunari esango deagu
Asiko ote gaan ero ez.

Orra, orra gure Olentzero
Pipa hortziyen duela
Ixerita dago
Kaponak era bai ta
Oilaskotxuekin
Biher merendatzeko
Botilla arduakin

Olez, olez
bakaillu jalez
bost eta sei hamaika
Txorixorik ez balin badago
igual dela lukainka

Fisonomía y carácter

Olentzero tiene una cabeza grande con ojos sanguinolentos que brillan como ascuas en su cara ennegrecida por el carbón. Suele fumar en pipa y lleva en las manos un haz de árgoma y una hoz. Es gran comilón y buen aficionado al vino. Para unos es un gigante.

La irritación de los ojos lo señala como bebedor, aunque también podría atribuirse al aspecto terrorífico propio de su carácter primario. Bart arrastian edan omen du hamar arruako zagia, dicen que anoche se bebió un odre de diez arrobas. En la canción se le pregunta, con uso de palabras de doble sentido, a ver dónde ha pillado la borrachera: Olentzero begi gorri, non arrapatu duk arrai hori" a lo que en tono irónico responde precisando el lugar y la hora: "Zurriola erreketan, bart arratseko hameketan. De su cualidad insaciable informan estas coplas recogidas en Lesaka:

Olentzero buru haundia

Entedimentuz jantzia

bart arratsian edan omen du

hamar arruako zagia

Ay! urde tripa haundia

tragatu bai duk zagia

Olentzero guria

ezin degu ase

bakarrik jan dizkigu

amar zerri gazte

sayeski ta solomo

tripazaiak aste

Jesus jaio delako

konsola zatezte

La endémica falta de alimentos en las economías domésticas de subsistencia creó en los folclores europeos figuras similares. Una de ellas, Saint Pansard, célebre por la literatura francesa, dio origen a la voz Zanpanzar. Las coplas recuerdan que, más allá del sempiterno puchero de legumbres y de las castañas, la reserva energética en los largos inviernos debía buscarse en el despiece del cerdo -txerrikiak-, el capón cebado y las aves de corral.

Las coplas discrepan en cuanto a la inteligencia de Olentzero, ya que mientras para unos está dotado de entendimiento, Entedimentuz jantzia, como en la canción lesakarra, para otros es algo lelo. Esta descripción es contrapuesta en Goizueta por Entendimentuz gabia-falto de entendimiento-. La transmisión oral de las canciones genera este tipo de cambios léxicos, pero también puede ser un reflejo del carácter dual del personaje.

Las contradicciones van más allá. De un lado es un ser misterioso, terrible e inteligente y, de otro, se muestra simple, glotón y bebedor. Este doble carácter, común a muchas deidades, puede explicarse por la humana necesidad de reírse tanto de los todopoderosos dioses como de los genios maléficos. En el caso de Olentzero, el predominio del carácter secundario sobre el primario pudo ser promovido por la Iglesia en su tarea de ridiculizar los mitos paganos. El proceso de cristianización de Olentzero puede observarse en la evolución de las coplas tradicionales donde, por ejemplo, la amenaza de cortar el cuello a quien no mantenga la debida limpieza de las chimeneas se desvió hacia aquellos que quebranten la regla del ayuno.

Onontzaro begi gorri

txaminira da etorri

austen balin badegu barua

orrek lepoa kendu guri

(Larraun)

Relatos recogidos en Tolosaldea explican que Olentzero bajaba por la chimenea de la casa y podía castigar a sus moradores por diversos motivos, entre ellos la falta de limpieza. También se conservan expresiones utilizadas para asustar al los niños con la amenaza de ser llevados por Olentzero: Orontzaro etorkook eta eamaan hau!

Las estrofas más repetidas señalan que Olentzero es carbonero de oficio Olentzero joan zaigu mendira lanera, intentzioarekin ikatz egitera. Pero también pudo ejercer de pescador, pastor o labrador. Incluso podría tener esposa ya que, al decir de las coplas recogidas en Oiartzun, en una ocasión su mujer le vendió las ropas: Olentzero guria / portuna tristia / arropak saldu dizka / bere emaztiak. Narraciones recientes lo han emparejado con Mari Domingi.

Olentzero es mensajero que anuncia la llegada de Jesús. Se estima que es una ocupación añadida cuando los vascos se convirtieron al cristianismo. Atribuida en las leyendas a los míticos gentiles -jentillak-. Según los testimonios que hace casi un siglo recogió Barandiaran de labios de pastores en Aralar eran los gentiles quienes conocieron y divulgaron dieron la noticia del nacimiento de Cristo. De permanecer pagano, como los gentiles, quizá Olentzero no hubiese conservado su fortaleza. Él mismo pudo ser uno de ellos, quizá el último. Su heráldica misión es recordada por las populares coplas:

Olentzero joan zaigu

Mendira lanean

Beregan ala ustez

Ikatz egitera

Aditu duanean

Jesis jaio dela

Lasterka etorri da

adieraztera

Una fiesta juvenil

En el atardecer del día de nochebuena un grupo de jóvenes sacaba en andas a Olentzero y cantando coplas alusivas pedían la colación por las casas. La comparsa se componía de los cuatro porteadores, el bolsero y el koplari y salían tantas comparsas como el número de jóvenes permitiese formar. A veces se representaba Olentzero por un monigote de paja que luego se quemaba, al igual que a otros personajes inanimados representativos de un ciclo que se cierra, como los carnavalescos. La quema de Olentzero no fue una práctica general y las noticias de ella son aisladas.

La fiesta se caracterizó por la postulación y posterior ingesta colectiva de lo recogido y por los rituales en torno al fuego como símbolo solar y las ceremonias de protección. Las cuestaciones de nochebuena protagonizadas por adolescentes están documentadas desde el siglo XVI pero su práctica es, sin duda, anterior. Un compañero insaciable es el pretexto que refuerza la petición de alimentos por los jóvenes en su postulación -puskabiltzea-. No pedimos por nosotros, parecen decir, sino por este ávido hambrón. Hay noticia de que en ocasiones, quizá por falta de previsión y tiempo para preparar el muñeco, salía un muchacho disfrazado de Olentzero. También hubo costumbre de atar el muñeco a la chimenea o exponerlo en la ventana.

Nunca fue una fiesta infantil sino más bien juvenil, de adolescentes dotados de cierta autonomía para organizarla, desarrollarla y disfrutarla. En Euskal Herria era la de San Nicolás o Samikolas la principal fiesta reservada a los infantes que se celebraba el día 6 de diciembre y en la que recibían regalos. Todavía está viva en numerosas localidades vascas y en otras que la perdieron las personas de edad recuerdan versos y cantos. Una importante fiesta compartida con los niños de Francia, Gran Bretaña, Austria, la Suiza alemana, Baviera, Tirol, Alsacia, Eslovaquia, Países Bajos o Rusia. Los emigrantes europeos llevaron a los Estados Unidos estas viejas personificaciones navideñas donde, ya en el siglo XX, fueron fundidas en la mercantil y poderosa imagen de Santa Claus o Papa Noel.

Desde su llegada a la ciudad moderna, Olentzero ha asumido la novedosa tarea de traer a los niños vascos los regalos navideños con agradecido adelanto al comienzo de las vacaciones. El amenazador gigante de grosero aspecto y nada ejemplares costumbres no era un Papa Noel bonachón. Es una función que le ha proporcionado popularidad e indudable éxito, pero que también ha modificado su misteriosa naturaleza. La costumbre de los regalos en el periodo solsticial es muy antigua. Los romanos hablaban de estrenas, regalo, y era señal de buen augurio. Todavía se usa, con el mismo significado, la palabra celta aguinaldo. Y mucho antes que los Reyes Magos o Papa Noel los niños europeos celebraban, como queda apuntado, a San Nicolás. En el cambio de funciones subyace un fenómeno de traslación del contenido ritual de una fiesta a otra, y es también una prueba de la capacidad de adaptación de Olentzero.

Canciones y coplas

Fieles al concepto de folclore, las coplas de Olentzero carecen de autor conocido. Y, según los expertos, no son muy antiguas. En general, las estrofas pertenecen al género zortziko txikia de cuatro puntos. Los versos muestran estrecho parentesco con el modo de balada romance conocida en Navarra e Iparralde en la edad moderna. También el euskara de algunas coplas es moderno, pues hay palabras y frases enteras que revelan una notable influencia del castellano, como entendimentu, pipa, kapoia, merendatu, botilla, portuna, tristia, arropak, konsolatu e intentziua. E incluso se advierte un uso de la lengua impropio del habla popular que apunta a plumas versadas como, por ejemplo, al emplear expresiones como parte emathera o embajadoria.

Las melodías suelen ser sencillas y pegadizas. Las hay que son casi exclusivas de cada localidad y por ello menos conocidas como en Tolosa, Zarautz, Lesaka, Mutriku y Hondarribia. Pero otras están muy extendidas como la archiconocida Olentzero joan zaigu, mendira lanera, intentzioarekin ikatz egitera que se canta con aires de zortziko en 5/8 para seguir en su segunda parte en ritmo binario: Horra, horra, gure Olentzero, pipa hortzetan duela, eserita dago... Otra muy popular melodía que acompaña a una de las estrofas más repetidas -Olentzero, buru haundia, entendimentuz jantzia. Bart arratsean, edan omen du bost arruako zahagia-, tiene su origen en La Farandole Joyeuse que los txistularis habrían aprendido y difundido en el siglo XVIII como biribilketa. La alegre melodía acogió con facilidad diversos textos, entre los más conocidos el Artolak dauka que se canta en todo Euskal Herria, el sanferminero "Uno de enero" que le puso el pamplonés Ignacio Baleztena. En Gasteiz suena como kalejira con Celedón. Además de las coplas alusivas al personaje se cantan villancicos y otras canciones navideñas.

Historia reciente

El régimen franquista reprimió con dureza las expresiones populares vascas y castigó a sus organizadores. Tan sólo en algunos pueblos y al amparo de la Iglesia se mantuvieron viejas celebraciones, como la de Olentzero en Lesaka. Poco a poco, en todos los territorios de Euskal Herria, organizaciones juveniles vinculadas a centros parroquiales y otras instituciones religiosas iniciaron la revitalización de las agonizantes tradiciones folclóricas. Fueron los jóvenes de Acción Católica dirigidos por el P. Arizmendiarrieta quienes recuperaron en Arrasate la tradición de Olentzero después de la guerra; en Pamplona, años más tarde, fue la Juventud de San Antonio a impulso del P. Isidro Ansorena y en 1968 el colectivo Batzalde organizaba en Deusto el primer Olentzero de Bizkaia. Por su parte, las pequeñas localidades originarias de la tradición lucharon por mantenerla y mostraron nervio suficiente para su divulgación, como es la experiencia de Lesaka que instituyó en 1945 un concurso de Olentzeros. De la vitalidad de los lesakarras son deudores buena parte de los Olentzeros en Navarra.

En Pamplona, la Juventud de San Antonio había dispuesto todo para recibir a Olentzero en la nochebuena de 1956 pero las trabas administrativas le retuvieron hasta el año siguiente. El enfoque religioso del acto, con inclusión de la recreación del misterio de Belén, protegía a la sospechosa figura. En la década de los sesenta la fiesta se extiende por todo el país, si bien en muchas ocasiones organizada desde la clandestinidad y con muchos obstáculos. En Iparralde la fiesta ha cobrado una significativa progresión a partir de 1969 por impulso de las ikastolas. A Tudela llegó en 1972 de la mano de los antonianos pamploneses y se ocupó de él la peña la Teba y luego la peña Beterri. En los últimos veinte años, Cascante, Castejón, Cortes, Ablitas y Villafranca, entre otros, han acogido como propio al mítico carbonero.

El modelo festivo basado en el recorrido de un artesanal monigote a hombros de sus porteadores se enriqueció con coros, txistularis, dantzaris, trikitrilaris, txalapartaris, villancicos y diversos elementos extraídos de la cultura campesina desde las indumentarias hasta los animales de caserío. En la década de los años setenta del siglo XX se sumaron a los cortejos de Olentzero expresiones de naturaleza política y reivindicativa que fueron el pretexto para la represión policial. Todavía a comienzos del siglo XXI persisten las trabas políticas y administrativas a los organizadores de la fiesta en algunas ciudades y barrios.

Con el aire de un espectáculo folclórico de calle, cada 24 de diciembre, Olentzero aviva el recuerdo, ya difuso, de unos ritos paganos que estuvieron vigentes hasta el siglo VIII y evoca la vida rural que nuestros mayores tuvieron que abandonar para venir a la ciudad. Es el tiempo solsticial, el último gentil, montañés dionisiaco que pregona la nueva buena y símbolo identitario en una fiesta abierta, sin exclusiones. El tiempo propicio para hacer lo bueno.

La noche y el día de San Juan concentran numerosos ritos vinculados a determinados elementos naturales como el fuego, el agua y la vegetación. La creencia popular atribuye a las hogueras de San Juan propiedades curativas, en particular las afecciones de la piel como la sarna. Se encendían delante de las casas y en las plazas, en los cruces de caminos o en otros lugares destacados. A la hoguera solían arrojarse las hierbas benditas de otros años, enramadas de saúco, los ramos de laurel, las san juan belarrak y los juncos que alfombran las calles al paso de la procesión del Corpus. Se quemaban viejos odres o botas y los jóvenes las agitaban en llamas por las calles. Las cenizas de las hogueras, al igual que las del tronco de navidad, se conservan porque tienen propiedades profilácticas en humanos y animales. Durante el encendido de las hogueras solían tañer lentamente las campanas de la Iglesia -abemarik-.

El recorrido por donde debía pasar la procesión del Corpus Christi o Besta berri se alfombraba con abundante verde: colas de caballo -eztaiñu belarrak-, hojas de nogal -giltxaur hostoak-, hojas de fresno -lizar hostoak-, rosas -arrosak-, bohordos -zinta belarrak-, espadañas -ezpata belarrak-, ... Finalizada la procesión , los chavales las recogían y dejaba secar al sol resguardándolas en caso de lluvia. Más tarde servirían para prender el fuego de la noche de San Juan.

En la víspera de San Juan -San Joan bezperan- una o dos mujeres de cada casa salían al campo a recoger lirios, rosas, claveles, margaritas, una espiga de trigo -gariburu-, una planta de maiz -artolandaria- y una rama de cerezo o manzano con su fruto. Con ello preparaban el ramo que ataban con hojas de espadaña y llevaban a bendecir a la misa mayor del día de San Juan. El ramo se coservaba todo el año y servía, al siguiente, para prender la hoguera solsticial junto con los restos ya secos del alfombrado verde del Corpus.

Según tradiciones, el ramillete de San Juan -San Joan sorta o San juan-belarrak- incluía varias clases de hierbas además de las dichas (laurel, helecho, ajenjo, apio, romero...) y tiene propiedades diversas según tradiciones: protege del trueno, alivia el dolor de muelas, ablanda la ubre de las vacas, ahuyenta las culebras. Con el vaho de un manojo cocido del ramo bendecido se combate el flemón. Para curar el catarro de pecho tomaban un baño de pies en el agua caliente tras hervir en ella un haz del ramo. Para curar el mal de ojos se lavaba la parte dañada por medio de un pequeño lienzo, todos los días durante el tiempo que fuera necesario. Para madurar un divieso se fríen en una sartén con algo de aceite varias flores de saúco bendecidas en la mañana de San Juan, se reparten en dos lienzos y se atan al tumor inflamatorio. En el caso del ganado las hierbas se arrojaban sobre brasas preparadas en un caldero y el humo de la combustión se aplicaba a la parte enferma del animal (ubre o tripa).

Para disfrutar de los beneficios curativos del fuego era necesario saltar por encima de las llamas al menos tres veces, invocando un tipo de conjuro que variaba de una zona a otra de Euskal Herria. Así, por ejemplo, se decía "sarna fuera" o ezkabia kanpora. También se pedía el bien y se expulsaba el mal de modo genérico Ona barnera, gaixtoa kanpora o con mayor precisión Ogia Espainara, ezkabia Frantziara (Montaña de Navarra). Todos, niños y ancianos incluidos, debían saltar la hoguera, aunque fuese por el borde, y el que se veía impedido se acercaba al fuego y acercaba primero una pierna y luego la otras moviéndolas en cruz.

En Garai cantaban una canción con esta letra: San Juan San Juan eztot nik besterik gogoan / Lapurrak eta sorginak erre erre / artoak eta gariak gorde gorde. En Amorebieta, antes de saltar la hoguera:. San Joan gaur dala / bihar dala doni Andres / guri etxien lapurrik ez / badago begoz, erre deitezela danak / Arrautza bi kolkoan eta beste bi aguen ¡San Joan!. En Oiartzun para espantar a las brujas encienden hogueras y cantan: San Juan San Juan heldu da / sorgin begia galdu da / galdua bada galdu bedi / ¡sekula agertu ez baledi!

Y en Etxebarria lo que sigue:

San Joan da san Joan
Eztauket besterik goguen
Sorgiñek eta lapurrek erre
Garixek eta artuek gorde

San Joan, san Joan bagilian
Denpora edarrian
San Joan da San Joan
Abadiak, prailliak
Aserretu zirian
San Joan da san Joan

San Joan, san Joan
Bezpera gabian
Abadiak aserretu zirian
Ezebe besterik egiten
Alkarri musterrez apurtzen

Joan nintzan orture sobrata
Sobrien onduna batana
Au da nere laztana

Sorgiñek erre
Lapurrek batu
Artuek eta garixek
Ondo berinketu

En la medianoche de San Juan deben enterrarse las hojas de olivo para eliminar verrugas, quistes y otras malformaciones de la piel. También a esa hora quien tiene cardencha arranca, con la primera campanada, uno de los cardos y lo arroja al campo del vecino.

Un ritual practicado en una amplia zona de la geografía vasca, y en otras culturas europeas, consistía en hacer pasar a un niño herniado a través de un tronco joven o rama seccionada y abierto al efecto y posteriormente cerrado. Los dos hombres encargados de pasar al niño debían llamarse Juan y recitaban "tómalo, Juan" "dámelo, Juan" "enfermo te lo doy" "sano te lo devuelvo". Si el árbol -roble, encina, fresno,...- una vez recompuesto sobrevivía, el niño sanaría. Una variante más complicada exige que los oficiantes deben llamarse Juan y Pedro y ser hermanos gemelos.

En la noche y en especial en la madrugada del día de San Juan el agua adquiere poderes curativos. Determinadas fuentes, riachuelos, o el mismo rocío en los verdes campos atraían las gentes del entorno para "sanjuanarse" antes de la salida del Sol. De las centenares señaladas por la tradición citamos Doniturrieta (Aralar), Dama-Iturri e Iturri-Santu (Betelu), Saniturri (Beorburu y Riezu), Aingiruiturri (Anocibar), Zabale (Bernabeitia), San Juan de Igantzi, las piscinas del "agua salada" de Estella, las innumerables fuentes sulfurosas o "de batueco",... Es conocida la práctica de caminar o revolcarse desnudo sobre pastos o trigos mojados por el rocío para evitar la sarna.

Existe la creencia extendida de que en la mañana de San Juan el sol sale bailando. Al amanecer el hombre de la casa coge el hacha y sale a cortar ramas de fresno -lizarra- y de espino negro -elur arantza- y emparejándolas las clava en la entrada del caserío y de la cuadra. También en las puertas se coloca una planta llamada largazta que protege del trueno.

Había que dar tres vueltas a la casa antes de la salida del sol para que eliminar alimañas. La hierba cortada en la mañana de San Juan no se marchita y es más sabrosa que la que se corta días antes o después. A las chicas se les corta un poco el pelo para que les crezca más hermoso. También debe sembrarse zanahoria, pues no se echará nunca a perder. En Erroibar sembraban las últimas alubias -San Joan eguneko ilarrak- que se veían favorecidas por un crecimiento más rápido.

Quien duerme siesta el día de San Juan tendrá sueño todo el año y quien madruga también lo hará fácilmente el resto del año. El día de San Juan es el más largo del año, algo que debe soportar quien trabaja de sol a sol, pero como todos los demás también tiene su fin; así reflexionaba un labrador de Etxalar: Arraoia! Aundiya itzen baiño ire juan itzen.

San Juan arbolia. En algunas localidades vascas, los jóvenes salían al monte y cortaban un haya o roble, también fresno, chopo o pino, que acarreaban hasta la plaza donde lo descortezaban excepto la copa que dejaban con ramas y hojas y que adornaban con flores. Luego lo izaban tras practicar un agujero en el suelo. Solían bailar alrededor y tras unos días lo retiraban y subastaban si el dueño no lo reclamaba o bien era conservado para otro año.

Juan Lobo Según la tradición, hace más de cuatrocientos años los cofrades de la Cofradía del Glorioso San Juan Bautista y Alabarderos, fundada a finales del siglo XIV, se pusieron a bailar de alegría junto a la balsa en la que habían dado muerte al último moro, Juan Lobo, que capitaneaba una partida de bandoleros. No se conoce con precisión el desarrollo de la fiesta en aquél tiempo pero sí tal y como se celebra al menos desde hace más de cien años. La víspera de San Juan llegan los gaiteros y se encienden hogueras dando comienzo la fiesta que continuaba hasta el amanecer momento en que era costumbre acudir a la fuente a purificarse con el agua de las primeras horas del día. Un cofrade con la cara pintada de negro se disfraza de moro, Juan Lobo, utilizando diversas ramas para cubrirse. Los mozos le persiguen y tras varias escaramuzas y huidas el fugitivo se zambulle en la balsa desde donde salpica a quien intenta atraparle. Al fin es apresado, juzgado en el frontón, condenado y ejecutado. Los cofrades, tras la batalla, se visten con sus prendas y atributos (bastón tallado, lazos de seda con pañuelos multicolores y flores frescas en la lanza del abad) y con ellos acuden a la procesión y solemne misa. Por la tarde, tras las vísperas y el rosario los cofrades van con los gaiteros a la balsa donde tiene lugar el alarde en el que cada cofrade por riguroso turno, comenzando por el abad, debe bailar ante la lanza. Se desconoce cuál fuera el baile anteriormente, pero desde que se tiene noticia ha sido tocado por gaiteros con melodía de jota con tres partes, una de las cuales más lenta a modo de copla o canción. Este bloque tradicional es testimonio de un rico y antiguo ritual con elementos propios de la festividad y del solsticio como la danza, agua, fuego, cofradía, lucha de moros y cristianos, chivo expiatorio y espíritu vegetal.

  • Azkue, Resurrección María de: Euskalerriaren Yakinza I. Madrid. Espasa Calpe. 2ª edición. 1959.
  • Caro Baroja, Julio: El Carnaval, Taurus, Madrid, 1965.
  • Caro Baroja, Julio: La estación del Amor, Taurus, Madrid, 1979.
  • Caro Baroja, Julio: El estío festivo, Taurus, Madrid, 1984.
  • Euskal Dantzarien Biltzarra Nafarroa y Larraiza Dantza Taldea: "Torralba del Río: la cofradía de San Juan. El baile de la Balsa", Dantzariak, 18.
  • Garmendia Larrañaga, Juan: Ritos de Solsticio de Verano. Festividad de San Juan Bautista (I) Kriselu. Donostia. 1987.
  • Garmendia Larrañaga, Juan: Ritos de Solsticio de Verano. Festividad de San Juan Bautista (II) Kriselu. Donostia. 1988.
  • Jimeno Jurío, José Maria: Calendario Festivo. Primavera. Panorama nº 15, Pamplona. Gobierno de Navarra, 1990.